17/10/10

Dos velas en mi habitación

Dos velas parpadean con cadencias diferentes. El reloj diseña sus deseos, a eso de las tres de la mañana; pero me los conozco al dedillo y por eso no le concedo mayor importancia. Llego a casa después de bajar a un ritmo placentero tres cervezas, jugar un ajedrez, un parchís, adivinar unos personajes y morir de la risa. Ya es tarde, pero aún ensucio el paladar con medio vaso de café recalentado. Hoy lo admito, no hay prisa y el placer quiere fluir. La tarde tuvo la culpa, que me aconsejó quedarme en casa. Bastaron un cuarto acogedor, una luz tenue y una predisposición siempre dispuesta. Retomo sus recuerdos tarde, después de quebrar promesas leves, quiero decir, apetencias, que las cambio por lo anteriormente mencionado.

Avanzo a ritmo lento esa novela. Pero son pasos certeros, que clavan su aguijón con alevosía y con concentradas dosis de conciencia. Agitan algo en mi fuero interno. Creo que es uno de esos libros que marcan y que saltan directamente a la lista favorita de lecturas, más cuando existen razones -qué más da cuáles sean- personales.

El reloj sigue avanzando impasible, como cruza el tiempo cualquier cosa indeseable. Se suceden acordes variados, y los ojos se derriten por el destello de esta pantalla. De fondo, la cera de las velas se consume. Restan los minutos, las horas. Cada vez queda menos para hacer la mochila y echarme de nuevo al mundo. Da algo de vértigo, pero hay fórmulas para atenuarlo, y existen tretas que uno inventa. Como hay compañías que colaboran con la causa y palabras que animan a deshacer los miedos. ¡Eso, eso, gritan algunos!

El camino, como me dijeron cierto día en el que el mundo iba y venía, no puede ser el erróneo si al recorrerlo se va disfrutando. La escritura, me contaron, tiene sentido si se disfruta. Y nada más. Solo lo que da placer cobra vida. Lo demás está de más. Disfrutar de un cobijo supone felicidad; qué bien eso de confundir, de despistar con palabras, de sembrar la duda con la ironía. Cómo a uno le recorre un tembleque de arriba a abajo.

Total, que calculo que en dos o tres días finalice ese libro. Es un libro muy conocido, un clásico. Pero es un secreto, porque en él hierve la vida, y en él hay un espejo para cada estado emocional. Lo suelo combinar: en los entresijos de cada capítulo me meto un chute de imaginación, y alabanzas mudas al autor. Me gusta ese tipo de escritores, tallados por las peripecias de la vida.

Siguen consumiéndose los minutos en estas horas propicias a los delirios. Claro, caigo, que uno puede delirar en su perfecta cordura, y puede ser el más razonable en la mayor de las locuras. Así que, como teórico, claro está, no me ganaría la vida.
Pero sigo pensando que esa cera arde extraña.

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