10/3/11

Quisiera ser

Me gustaría tocar el saxofón. Hacer hablar a un instrumento con los dedos, mover la cadera y saltar, y soplar como un huracán. Desearía que fuese plateado, del color de la luna, que se reflejara cada destello de luz. Tocarlo en cada esquina, inundar el aire con la melodía, acompañar a los peatones, alegrarlos el día.

Si fuera una guitarra estaría sonando a todas horas. Vibraría sin parar, sería autónoma, autosuficiente. Buscaría unas manos duras, una voz grave acompasada.

Me gustaría ser una gota de agua. Me filtraría entre las hojas de los bosques: caería de repente en una hoja, me deslizaría con pereza para finalmente descolgarme poco a poco de su confín, y repetir el proceso en otras hojas hasta caer en el musgo. Durante el viaje, cruzaría la capa verde hasta atravesarla y llegar al suelo. En picado me iría al fondo, sin prisa. Y sería eterna. De vez en cuando arañaría los cristales y vería a las chicas guapas desnudas. Vería el espectáculo hasta que el marco inferior de la ventana me ocultaría los encantos.

Si me reencarnara, pediría ser un cerezo. En la primavera explotaría en flores y atónitos dejaría a los mortales. Me envidirían. Unos meses más tarde daría la fruta más rica que existe en la Tierra y lo haría en racimos. Maduraría y tomaría matices rojos cristalinos, brillantes. Me picotearía algún pájaro. Quizá alimentase a sus crías. Sería un canto a la naturaleza.

Por un tiempo me gustaría ser una falda. Llegaría por las rodillas y en Nueva York volaría hasta el pecho cuando quien me portara se pusiera encima de las rendijas del metro. Miraría las baldosas, los chicles pegados, casi petrificados, del suelo.

Si me pidieran ser un aroma me vestiría de aire puro. Limpiaría los pulmones, estaría en busca y captura y sería un ser minoritario. Me extinguiría poco a poco y con el tiempo me escondería en los lugares más inaccesibles. Sería un conjunto de olores y nadie sabría con exacitud quién soy.

Si fuera una figura jurídia, me pediría ser divorcio. Cotizaría al alza y observaría la sinrazón de seres humanos del siglo XXI y sin embargo tan primarios. Tendría vida larga, conocería mucha gente, recogería dos versiones. Absorbería la mentira, la injusticia, la vileza; conocería juzgados, despachos de abogados, chantajes, heridas, traumas infantiles. La condición del habitante civilizado del planeta.

Si me compusiera un escritor sería un verso. Breve, sencillo y certero. Tendría poco valor literario e inmensamente humano. Me escribiría alguien humilde, seguramente ya muerto con no mucho dinero. El valor poético se me daría con el tiempo.

Cuando me pregunten qué estación soy diré que el otoño. Caduco la mitad de la naturaleza, cambio los colores y me aprovisiono para el frío. Soy un concierto de colores ocres, viajo a la reserva del Saja y vivo en los arroyos. Escucho el crepitar de las hojas cuando los corzos se mueven, y el piar de las aves, los cazadores y los perros, y los gritos y la lluvia.

Si fuera un sueño por la mañana no me acordaría de quién soy. Sudaría y justifiaría la respiración.

Cuando alguien, en esta u otra vida, me conceda el deseo de volar, seré humo. Seré blanquecino, casi invisible a tramos, y zigzaguearía de molécula en molécula, caprichosamente. Formaría una nube y el viento me arrastraría por todo el mundo. Visitaría los cinco continentes a la vez.

Si fuera un libro sería pequeño, manejable. En mis entrañas no se escribirían excelentes tratados de política ni filosofía: historias humanas, alguien andaría y reflexionaría. El protagonista sería un chico, pues llevaría la gorra de Tom Joad. Bebería agua de las montañas, que caería desde un peñasco alto, como si fuera el nacimiento del Asón. Y viviría siempre en otoño y primavera, y tocaría la guitarra, y soñaría con dulces cerezas que amansarían los divorcios. Y en primavera estallaría en mil aromas que perfumarían las noches que paso en vela mirando a una luna llena color saxofón. Y nunca olvidaría la falda que vestías cuando te conocí.

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