24/5/12

Vivir mejor que escribir

De aquellos hombres grises que habían decidido dedicarse, cada cual por sus propias buenas razones, a la tarea de acabar sus días de borrachos sin un céntimo, solo yo, al compartir su modo de vivir, ofrecía una imitación de la infancia hacia la que su vista podía dirigirse cada día, y al estar así injertado entre ellos me convertí en el hijo artificial de un buen puñado de derrotados.

Neal Cassady, en El primer tercio

Habíamos salido de Chicago el día antes y no sabíamos qué sucedería en las siguientes semanas. Llevábamos las mochilas y un plan secreto: cruzar los Estados Unidos. Unos miles de kilómetros más allá nos esperaba la tierra prometida, pero por delante afrontaríamos el fuego del desierto, la lluvia de Oklahoma, la carne de Texas,  la noche en las Vegas y botellones encerrados en moteles cuando el único alcohol que se podía adquirir era en alguna liquore store –éramos 5 y tres rozaban los 60, entre ellos mi padre y mi tío…-. Aún así, alcanzamos con gloria Los Angeles como último destino después de rodar 7.800 kilómetros y alguna que otra fiebre, insolación, caídas, borracheras y demasiadas risas. Ah, y yo dormí muchísimas noches en los baños: siempre odié los ronquidos, por lo que echaba el pestillo y hacía mear a mi compañero (uno de los mencionados arriba) en la calle.

Retomo esta historia –este sueño hecho carne- que sucedió hace menos de dos años al estar enfrascado, en las dos últimas noches, en la única novela de Neal Cassady, El primer tercio, el mítico héroe de la generación beat que con 21 años ya presumía de haber robado 500 coches. Nació en la carretera y vivió en la carretera. Su padre era un borracho que acabó deambulando por Denver en solitario. Esto hizo que su hijo, al que arrastró a la ciudad, acabara admitiendo que quiso ser vagabundo desde que tenía uso de razón.

Entonces, yo apenas había repasado el rastro de estos héroes que marcaron mi imaginación. Creo recordar que solo había digerido En el camino, de Kerouac, y algunas versos heridos de contemporáneos suyos. Pero aquel viaje por carretera cambió mi vida y me animó a hincarle el diente a los sueños.

Recuerdo que aquel día que salimos de Springfield mi padre tenía aún roja la piel de la insolación que la noche anterior le había hecho pasarlas canutas. Le llevamos un sándwich a su habitación con una Budweiser y parece que alivió el sufrimiento. Mi tío desayunaba con cerveza. Y en esas pusimos rumbo hasta que una moto nos dejó tirados en el condado de Montgomery. ¿Qué hacemos en medio del campo en una carretera secundaria, sin tener ni idea de dónde estamos? Como era la moto en la que yo iba con mi tío, me tocó contactar con alguien que nos solucionara el problema, pero cuando me preguntaron que dónde estábamos, no le supe contestar con precisión. Me acerqué a un jalón del camino y vi que estaba inscrito el número kilométrico y “Montgomery County”, así que se lo dije al fulano al otro lado del teléfono. Pero no lo encontraba en su ordenador.

La fortuna quiso que el embrague fallara al lado de una granja donde había un inmenso árbol que nos cobijó las horas que tardó una grúa en venir a por nosotros. Indicarle nuestra situación fue complicado, aunque al final uno de la granja nos indicó nuestra ubicación exacta. El de la grúa llevaba un bigotillo espeso, y recuerdo que al pasar por un edificio viejo, a mi tío y a mí, que maldecíamos nuestra avería, nos dijo que era un manicomio y que allí se “mataban unos a otros”.

Llevábamos apenas un par de días en la carretera y todos los mitos salían a flote, concentrados en dosis explosivas. ¡Y solo llevábamos dos días en la carretera! Diré la verdad: el día anterior el embrague había fallado por primera vez en mitad de la autopista y alcanzamos un área de servicio remolcados por mi padre con una cuerda. Y yo andando por el arden que escupía fuego. Ese mismo día, como mi tío y yo nos quedamos esperando al menos cuatro horas a arreglar el incidente, nos echamos al atardecer –con exceso de velocidad- entre los maizales de Illinois hasta que un policía no echó el alto con sirena y todo, pero sin barriga. Nos dejó marchar.

Este exceso de nostalgia lo recuerdo al leer ahora a Cassady, el Dean Moriarty de On the road cuya vida acelerada marcó una época que ahora, desde varios flancos, los teóricos de la lírica tratan de echar por tierra al poner en cuestión la trascendencia de la literatura beat. Acaban de presentar la adaptación de la biblia de Kerouac, y ya se escuchan voces discordantes. “La descripción física del viaje está en pantalla, las interpretaciones están a la altura, pero el alma se ha perdido por el camino y queda una narración morosa”, he leído por ahí.

A mí me da igual la maldita crítica de alguien que sentado en su sofá cuestione todo. Cuestionar a alguien que dice que desde que supo quién era quiso ser vagabundo simplemente no me interesa. A cada cual le vibran ciertas notas de acuerdo a su experiencia. Personalmente, siempre he preferido quienes vivieron las cosas a quienes se dedicaron a inventar historias que nunca vivieron. Hablar de quienes lo vivieron y lo escribieron es otro tema. Y éste es el caso de los beat.



4 comentarios:

Yeamon Kemp dijo...

Quizá el problema sea que ahora nadie se conoce antes de decidir lo que quiere ser. O que está de moda ser un necio.

¿Qué es la obra sin crítica? ¿Qué es el crítico sin obra? ¿Qué es el público sin obra? ¿Y el público sin crítica?

Diego dijo...

No sé, aquí todo el mundo hace críticas literarias y musicales, de cine y demás, sin haber escrito una línea, tocar la guitarra o haber hecho ni siquiera un cortometraje.
Claro que habrá niveles y calidades, etc., pero este tipo de críticas y disputas parece que se trata de ver quién la tiene más larga...
A mí me aburren (véase Carlos Boyero)demasiado. Que nos dejen con nuestros gustos!

Joselu dijo...

Leí hace muchos años On the road pero no me dejó un poso que haya considerado inolvidable. Apenas la recuerdo. Es el modelo lo que quedó, la historia de un joven que recorre las highways americanas hilvanando experiencia y reflexión sobre la existencia. Esto es un clásico en la historia del cine americano. Estaría incompleto sin este género que la road movie que inauguró la novela de Jack Kerouac. Alguna vez transité por las carreteras de USA haciendo dedo y tuve ocasión de experimentar un recorrido unido a la experiencia de compartir un tiempo con un desconodido. En alguna manera yo hice mi road movie particular. He viajado bastante en autostop. Y he dormido en el margen (o en alguna casa) de la carretera. Lamento que la vida moderna haya perdido estos estímulos, y que todos nos hayamos convertido en especímenes que ya no buscan la aventura en ningún caso, y que todos buscamos un refugio seguro y ya no buscamos estar on the road. Considero que la imaginación ha disminuido sustancialmente, la imaginación y el sentido del riesgo existencial. Todos quieren colocarse, pero lo cierto es que va a ser difícil en todo caso. Es como si todos nos hubiéramos burocratizado.

Diego dijo...

Joselo, En el camino no sé si es para imitarlo al pie de la letra. Pienso que no, pero tampoco creo que la comodidad y la seguridad sean la única elección de vida.
La prueba está en que mucha gente no lo ha integrado.
Saberme burgués en horario de oficina a mí me produce un malestar...