7/5/12

Vivir en mitos

En el verano de 1993, me quedé solo, la familia andaba desperdigada por varios países. Yo, por mi enfisema, no sentía el menor interés por ese tipo de viajes. Tan pronto me quedé solo en Madrid el reporterismo me agarró la garganta,  no pude más y marché para Sarajevo.
Enrique Meneses


No conocía Sarajevo más que en la sombra, de refilón, como de pasada. Las noticias llegaban cuando yo tenía siete años y jugaba con mi perro y mis gatos, que también pasaron a la historia. Luego, cuando supe de que un tal Pérez-Reverte había tragado muchos wiskys en el lobby de un hotel de fachada dorada, ya estaba en la escuela de periodismo imaginándome por esos mundos de dios, acurrucado en algún rincón escribiendo crónicas que quizá alguien leería. Eran tiempos de soñar, de vivir en la imaginación porque la realidad siempre traicionaba, y eso no se podía permitir en las carnes jóvenes e inquietas de quien comienza la universidad.

Dicen quienes han ido a las guerras y han vuelto que siempre es la misma guerra: el mismo guión, argumento, personajes, cameos… Desde la distancia, incluso desde las palabras emborronadas por las lágrimas de quien lo sufre –qué bonito aquel facsímil de Miguel Hernández, El potro obscuro, donde muchas letras se esparcen emborronadas por sus lágrimas-, la guerra se vive como un juego ajeno donde el sufrimiento es tan habitual que ya ni remueve nuestros cimientos.

Por alguna razón que responde a esos impulsos juveniles, supongo, llegué a Sarajevo hace una semana, por tierra. Llegué en autobús desde Belgrado, en duermevela, tan solo consciente de las carreteras agitadas de vez en cuando. Y me fui a buscar un techo bajo el que reposar los pasos de cada día. Creo que a las dos horas de pisar tierra bosnia ya estaba repantingado bajo una manta que no me llegaba al cuello. Recuerdo que era media tarde y tenía un hambre espantosa, así que di unos tumbos por la ciudad de los mitos del periodista.

Los siguientes días los dediqué a mirar por la ventana de mi habitación, caminar por las calles empedradas y tomar Sarajevskos y apuntes de ecología. También a soportar a la vieja que dormía enfrente de mi habitación, que me hablaba en italiano y pronunciaba mi nombre cuando yo intentaba hacer soluble un café insoluble. Y así pasaron los días, entre amanecer y anochecer, con cierta soledad que a veces bendecía y otras asfixiaba, pero siempre me ponía en su sitio. Recuerdo un atardecer donde mis piernas ya no resistían más caminatas y me senté en el muro que da al río, enfrente de la biblioteca de Sarajevo, a las faldas de la colina donde yo dormía, donde de repente todo era quietud. A algo así aspiro.

Si de una ciudad así hay que decir algo, creo que bien podría ser de su capacidad para reavivar la memoria, incluso de quienes no vivimos aquello, pero sí la sombra periodística de quienes nos sirvieron en caliente. Quizá porque nos hubiera gustado estar allí, metidos en la piel de nuestros héroes de la profesión que atravesaban las calles sin saber si llegarían al otro lado, mucho menos de si volverían a compartir alcoholes y conversaciones en el lobby del Holiday Inn. Al fin y al cabo, vivir en la ingenuidad de las leyendas le permiten a uno vivir otras vidas, a refrendar aquello que dijo Miguel Delibes en su discurso al recibir el Cervantes en el 94: “Pasé la vida disfrazándome de otros, imaginando, ingenuamente, que este juego de máscaras ampliaba mi existencia, facilitaba nuevos horizontes, hacía aquélla más rica y variada. Disfrazarse era el juego mágico del hombre […]. La vida, en realidad, no se ampliaba con los disfraces, antes al contrario, dejaba de vivirse, se convertía en una entelequia cuya única realidad era el cambio sucesivo de personajes”.


Camuflado bajo otras pieles regresé de vuelta, también dormido, en un autobús que me aparcó en Belgrado. A falta de interés, me tiré en un banco, a la sombra de la fortaleza de la ciudad, a esperar que el avión, después de surcar los malditos cielos de media Europa, me trajera de nuevo al cuerpo que habito en Madrid, donde “escribir es llorar, es buscar voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta”

7 comentarios:

Carlos de Hamburgo dijo...

Sabes que no soy un gran lector y todavía peor escritor, pero me ha gustado mucho! y las fotos que he podido ver también. Espero escuchar y ver más sobre ti y tu viaje.

un abrazo amigo!

Ferragus dijo...

Quedé pensando por un momento en esos disfraces y pieles; por un momento intuí cierta sinonimia entre ambos. Saludos, Diego.

María Se Ríe dijo...

Pues yo le deseo nuevas pesadillas, si todas abrazan textos tan inspiradores como éste.

¿Cuál será el próximo viaje?
Un beso grande

Fer dijo...

Una hermosa bitácora, por cierto, mucho más que periodística. Aquí se demuestra que los viajes son siempre ritos iniciáticos, puntos de partida que nos hacen crecer y ver nuestra vida cotidiana desde un lugar nuevo. No creo que debas seguir llorando al escribir, pues ya has encontrado tu propia voz y suena muy bien. Ya ves que quienes son héroes en tus ojos sienten que se han disfrazado de héroes y así la vida se hace invivible.

Un beso.

Anónimo dijo...

No se porqué, siempre te imaginé como reportero de guerra. Tú serías el único capaz de captar con cordura esa sinrazón, de describir con honestidad a los vencedores y los vencidos. Exactamente como lo has descrito: noctámbulo empedernido, escribiendo las crónicas a la vieja usanza al abrigo de la mesa en un bar con un vaso de whisky o un café bien cargado, después de haber salido a la calle como Pérez Reverte, Jon Sistiaga o Jose Couso, para pulsar la realidad. Mientras el resto se conforma con teletipos y retransmisiones desde la seguridad del hotel. Un abrazo desde la distancia, que no desde el olvido. ISA. MICID.

Diego dijo...

Carlos: me alegra que me leas desde la distancia!
Ferragus: a veces uno no sabe si vive de mitos o de realidades...
María: qué deseos! el próximo viaje... al este del mapamundi, muy al este.
Fer e Isa: los viajes sí, son iniciáticos y ese doble viaje que hablé en el anterior post. Yo solo aspiro a poder vivir algún día de contar cosas. No pido más :(

Gracias!

Miguel dijo...

Estupendo y embriagador relato de un viaje. Un viaje al pasado. Un viaje al infierno de la guerra. Un viaje donde has narrado exquisitamente tu implicación actual de hechos pasados.

Un abrazo.