27/8/12

Sea solidario, ¡de lo que le sobra!

El error, cuando se hace común, ocupa para nosotros el lugar de lo recto.
Epístola de Séneca a Lucilio


Diría que entre los mayores peligros del ser humano está la desinformación, la falta de conocimientos, porque de ahí se derivan situaciones fatales. Lo vemos cada día en las calles, cuando escuchamos posicionamientos hacia cualquier postura con argumentos (por llamarlos de alguna manera) tan débiles como sus portadores. Llevo tiempo queriendo escupir algo acerca de esto, pero no acababa de bajarlo a tierra, de aterrizarlo, que dicen en el alambicado lenguaje burocrático. Pero lo maceré en mis sienes semanas y ahora me ha llegado un chispazo de lucidez y hartazgo.

Lo que me duele es eso. Yo también maldigo a los neutrales, porque sin ser ciudadanos chupan la sangre a los reflexivos. Y lo peor: son legión y el mundo deriva a donde sus caprichos apuntan. Y entonces, cuando se nos mutila un derecho, voceamos cuatro, mientras que si los cohetes de Santiago siguen estallando, los vecinos no van a protestar.

Eso sucede. Sucede en ayuntamientos de España donde comenzaron a fulminar la cooperación al desarrollo (luego vendrían las comunidades y el Estado) sin que apenas protestaran más que los de siempre. Lo dijo alguien de un ayuntamiento que escuché cierta vez: “Si recortas de las fiestas al día siguiente tienes a las peñas en la puerta de tu despacho”.

Pero, ¿cómo va a inflamar nadie el verbo cuando lo apabullante, lo masivo, no deja espacio apenas a lo lógico? La semana pasada leí el artículo El museo del exceso donde todo parecía fluir. John Carlin pasa por ser uno de los periodistas más prestigiosos del planeta, y reconozco que me encanta su prosa tan periodista; tan sencilla y a la vez tan bien mezclada. Pero la moraleja me pareció un monstruo: hay que dar lo que sobra, vino a decir.

Uno podría vivir sin una pierna, y sin una oreja, y sin un riñón. Y haría vida, como dicen en los medios, “totalmente normal”. Lo que me preocupa como ciudadano consciente es la inconsciencia de ciertas palabras, incluso de ciertas frases que aspiran a cotizar en el mercado de la verdad.

El otro día alguien me preguntó la diferencia entre un buen y un mal periodista. Me quedé de piedra, sin saber qué responder. Pero la respuesta creo que es muy fácil y pasa por la precisión. Un periodista debería ser un referente de la sociedad, un artesano que pule sus frases con precisión y mimo. Lo sorprendente de este artículo es que supongo pasaría por ser pro solidario y bien visto, cuando debería de tener mil matices.

Si das lo que te sobra ya no es un derecho, sino precisamente eso, las sobras. Y si das lo que sobra no es que seas solidario, es que para sentirte bien destinas no ya tu brazo o tu riñón, sino un mechón de pelo o un trozo de uña. Como damos lo que nos sobra, el Estado ha eliminado prácticamente la Ayuda Oficial al Desarrollo y la gente aplaude porque “si no hay para nosotros, no lo vamos a dar a otros”, equivocando el concepto de lo que es la solidaridad. Uno podría suponer que si España como Estado apoya a un país con lo que le sobra, pongamos, y le retira la ayuda, es lo lógico. Dar lo que sobra supone eso. Pero da la casualidad que los países en vías de desarrollo no pueden desarrollarse por las políticas de los que damos lo que nos sobra, poniendo barreras (físicas y leyes mediante) que no pueden superar. Así que damos lo que sobra, les creamos la dependencia para que sigan suministrando nuestro bienestar a costa de su malestar.

Dando lo que sobra suceden cosas como que la gente envía, cuando se hacen llamamientos de urgencia ante una catástrofe, precisamente eso, lo que les sobra: auténticas chorradas que de poco sirven; como damos lo que nos sobra.

Si uno acude a lugares comunes, como son los periódicos, para informarse, y encuentra que sus referentes incluso morales, textos plagados de buenas intenciones, te dice que ser solidario es “dar lo que sobra”, se comprende que el poblador medio diga que sí, que hay que quitar la ayuda a los otros países. Nunca lo verá como un derecho.  Si ese fulano tuviera una concepción del mundo algo más amable, más global y con más sentido de la justicia, quizá le pareciera un esperpento que el presupuesto de la AECID, que es donde trabajo, haya caído un 72% este año. Y por cierto: la gente comprometida con la lucha contra la pobreza en la AECID son los peor considerados, en el trato y en la jerarquía, a pesar de que la formación sea muy superior en ese campo (a los hechos me remito con el sueldo que cobramos, el tipo de contrato, las condiciones…).

Creo que ahí está la diferencia entre un buen y un mal periodista. Una vez escribí un amplio reportaje sobre la pobreza en Cantabria. Mandé el texto a la redacción y al verlo publicado vi que habían cambiado la palabra “mediana” por “media”. La diferencia es amplia, pero quien me lo corrigió no entendió de la precisión de las palabras, supongo que pensando que yo me había equivocado.

Claro que hay diferencias, y por lo que conozco, por lo que intuyo y observo, los periodistas que más me gustan a menudo son los que no tienen demasiada –o ninguna- presencia en los medios masivos. Lo que la sociedad tiene que hacer es salirse del círculo autocompasivo de lo masivo. Porque hasta los errores pasan inadvertidos y son los que se premian. Y ya se sabe que la diferencia está en las cosas pequeñas (en una improbable sociedad ejemplar).

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Preciosa reflexión y agudísima pluma. Gracias. Un fuerte abrazo desde la distancia, que no desde el olvido.

Miguel dijo...

Dar lo que sobra puede ser como tú bien apuntas, no una acción solidaría, sino una acción que conviene, porque eso que das sobra. Pero no estaría mal que en vez de tirar lo que nos sobra, lo diéramos a gente necesitada.

Un abrazo.

Diego dijo...

Miguel,
estoy de acuerdo contigO: mejor dar lo que sobre que no dar nada, pero si se cambiara el concepto de dar lo que sobra por uno que lo considera un derecho el mundo iría mejor. Sin duda.