19/9/12

Querencias y elección

Nueva York es una ciudad para los excéntricos.
Gay Talese


Mi vista acaba donde empieza Nueva York. En algún lugar del mundo siempre confluyen muchas de las querencias propias, fin en sí mismas. De la nada que sé del budismo, sí recuerdo aquello que mascaban Ray Smith y Japhy Ryder en las lomas del Matterhorn: “Cuando llegues a la cumbre de una montaña, sigue subiendo”. Y es una máxima que recuerdo con cariño y sin ambiciones: ahí está.

Mi debilidad por esa ciudad sospecho que viene de lejos, y cada vez que algo me sacude en esa dirección me ayuda a reafirmarme. Es difícil reafirmarse en estos tiempos. Cuando mi abuela tenía planeado un viaje a Israel y Palestina y los telediarios abrían con bombas en los autobuses, fue al organizador del viaje. “Bórrame, que no voy”. “¿Por qué?”, le preguntó. “Por todo lo que está pasando”, respondió. “¿Pero quién te lo ha dicho”, insistió. “¡La televisión!”, dijo ella, a lo que él concluyó: “Pues no la veas”.

Tenemos memoria, tenemos amigos, tenemos los trenes, la risa, los bares, tenemos la duda y la fe, sumo y sigo, tenemos moteles, garitos, altares. También tendremos la parte sombría de la realidad, y las espinas de las rosas, y la vejez después de la belleza. Pero el universo de excusas es tan inmenso que de brotar algo parecido al placer, tiene que ser en esta vida. Todos somos dorados girasoles  por dentro, y no lo sabemos.

El primer paso, reconocer el ruido. Me quedo con lo que escribió Kerouac a Ginsberg un verano del 49: “Te admiro por haber ingresado voluntariamente en un manicomio de verdad. Demuestra tu interés por las cosas y las personas. Procura, mientras convences a los médicos de que estás chiflado, no convencerte a ti mismo. […] Relájate en la azotea y, en cualquier caso, toma el aire”. Al final va a ser todo cuestión de elección.


No hay comentarios: