7/10/12

Una lucha


A veces, las batallas que se libran en el interior de uno son más voraces que la de dos perros echándose mordiscos al cuello sin que nadie los separe. Como ese momento de suspenso, el de la bisagra entre el día y la noche, porque sucede a diario y está instalado en la dinámica de cada suspiro. Sonará a broma para un aspirante de la nada, pero los obreros de la existencia requieren, requerimos –me incluyo- vivir el reverso de las horas: en el trabajo, en los sueños, en las pretensiones.

Arranca todo en el destino de mis manos, que no saben si extenderse en busca de unos libros u otros; los libros no significan nada por sí mismo, sino palabras. Y estoy convencido de que esas palabras acaban, dependiendo del lector, en diferentes lugares. En el cielo o en el estercolero, por ejemplo. Thoreau, en su Walden, lo describe así: “La mayoría de los hombres ha aprendido a leer para servir a una ínfima conveniencia, así como ha aprendido a calcular para llevar las cuentas y que no la engañen en el negocio; pero poco o nada sabe de la lectura como un noble ejercicio intelectual; sin embargo, leer, en un sentido superior, no es lo que nos arrulla como un lujo y deja que se duerman entretanto las facultades más nobles, sino sólo lo que nos mantiene en vilo para leer, con devoción, en las horas más alerta y despejadas”. Y a pesar de mi verdor en muchas, muchísimas, aristas de mi edad temprana (cada vez menos), puedo agarrarme a esa máxima con orgullosa fidelidad.

Una guerra sin respuestas, incapaz de combinar las dos caras de la literatura: estética y enjundia. A veces el exhibicionismo de la primera oculta el vacío. Alguien acusaba a Umbral de eso, de mucha bala de fogueo. Lo segundo (el conocimiento profundo), a menudo resulta viscoso y espeso, y nada apetecible para pasar noches en vela con los párpados bien abiertos.

Dice Escohotado que Hegel tiene párrafos de una prosa inigualable, pero que para llegar a ellos hay que leerse muchísimos más infumables. ¿Cómo desenredar ese nudo? Obviamente, lo encuentro, y en ocasiones, por seguir con Thoreau, me pego un revolcón en letras “talladas con el aliento de la vida misma”.  

El vicio de no elegir esa combinación perfecta no es del todo vicio, pero algo tiene de desafortunado. Sucede con muchas de las columnas periodísticas que uno lee, que piensan que en 300 palabras resumen el estado del universo y se van por ahí a tomar una cerveza creyendo que han descubierto la piedra de Roseta. Uno de esos tipos, al cual admiro, hoy hablaba de “ese mito de que en España no hay democracia”. No me gustó la poca precisión; porque las cosas, además de parecer, tienen que ser. Y si no hay espacio para explicarlo, yo  habría entrecomillado aquello de “democracia”.

Me sucede en muchos momentos, cuando observo que compañeros y coetáneos se ganan el pan con el periodismo. El urgente impulso de seguirles la pista me ciega, aunque a lo segundos me consuela la particularidad del camino individual, único. No me gusta ir a una boda y observar a todos los hombres vestidos idénticamente. Sobre todo porque la eliminación de particularidades (y no lo digo, sino Erich Fromm) es peligrosa por “esa creciente tendencia a eliminar las diferencias (…). En la sociedad capitalista contemporánea, el significado del término igualdad se ha transformado. Por él se entiende la igualdad de los autómatas, de hombres que han perdido su individualidad (…) Igualdad significa «identidad» antes que «unidad». Es la identidad de las abstracciones, de los hombres que trabajan en los mismos empleos, que tienen idénticas diversiones, que leen los mismos periódicos, que tienen idénticos pensamientos e ideas”. Después, cuando cae la noche y me arropa en su complicidad, me reafirmo al saber que Manu Leguineche hizo un viaje de dos años y 36.000 kilómetros alrededor del planeta y el libro donde recogió la experiencia lo llamó El camino más corto.

No sé. Soy joven, capaz de correr 30 kilómetros sin parar, pasarme dos noches en vela y beberme 15 cervezas sin que nadie sospeche que estoy borracho. No sé cómo puedo estar en el medio de semejante tensión.

5 comentarios:

Yeamon Kemp dijo...

Todavía tengo casi todos mis dientes
casi todos mis cabellos y poquísimas canas
puedo hacer y deshacer el amor
trepar una escalera de dos en dos
y correr cuarenta metros detrás del ómnibus
o sea que no debería sentirme viejo
pero el grave problema es que antes
no me fijaba en esos detalles


Te haces mayor Diego. ¿O acaso estarás madurando?

Diego dijo...

A veces a uno le llaman inmaduro al tener ciertas cosas claras...

Fer dijo...

Las batallas que se están claramente librando en tu interior son las más voraces, sí, son temibles, pero son también las más necesarias para tu crecimiento personal y para dejar huella en el camino que vas haciendo al andar, ese que sabes único e individual.

Un beso grande, Diego.

Marta De Dios Crespo dijo...

Con veintitantos ser viejo es imposible y ser inmaduro debiera ser obligación. A mí me preocuparía más eso de las 15 cervezas...

:)

Diego dijo...

Marta, me preocupa el "después de la juventud", de la pasión y de los sueños juveniles. Hay tiempo para prepararse.