21/3/14

Amistad (a lo largo)

Hay una clase de personas que me pueden comprar y vender por pura afinidad espiritual; por ellos iría a la cárcel si hiciese falta.

Ralph W. Emerson


Hará un par de días que tuve un reencuentro con una amiga después de mucho tiempo. Ella iba a apartarse de la sociedad una semana y acabó por aislarse más de ocho meses en los que su interior hirvió, se enfrió, volvió a eructar y finalizó con un sosiego más tibetano que ibérico. El caso es que llegué a casa con el alma pellizcada por conversaciones donde los códigos se acercan más al terreno espiritual que al terrenal (“pero es que lo espiritual es terrenal”, creo que me corrigió) rumiando esas sensaciones.

Al día siguiente puse sobre mi mesa algún libro donde creía recordar hallaría explicaciones de la amistad, el primero los dos manojos de epístolas morales de Séneca a nuestro ya cercano Lucilio; también acomodé unos cuantos ensayos de Ralph Waldo Eemerson, por aquello del alma; quise transcribir cualquiera de las muestras de amor de Sancho hacia don Quijote y hasta apoyé mi codo izquierdo, que a su vez soportaba mi mano izquierda sobre esa misma sien, casi 400 páginas de poemas de amor de Gloria Fuertes.  Al mismo tiempo recordé algo que escribió Lord Byron;  y el poema amistoso de Gil de Biedma y el compañerismo que se traen por Cuba, por lo que puse delante de mí las obras completas del Che Guevara, encuadernadas en piel de aroma nostálgico. Por si fuera poco, también desempolvé un libro titulado Gandhi. Reflexiones sobre la Verdad.

Inscripción en San Franciso. Agosto del 2010.
Así me sentía ya con fuerzas para comenzar a explicarle a mi amiga lo que yo pensaba sobre la amistad, basado en gentes con más autoridad que lo que pudiera decir yo. Pero no abrí el primero de los libros para entresacar reflexiones cuando caí en la cuenta de que no me gustaba lo que estaba haciendo: demasiado formal para dos personas informales, demasiado rebuscados para dos personas sencillas –ella como el agua cristalina, yo aprendiz de esa simpleza-.

Por eso devolví cada libro a su lugar, a excepción del de Cervantes y la epístola tercera de Séneca, puesto que en la conversación salió justamente la alusión a este fragmento: “Pero si consideras amigo a alguien y no te fías de él como de ti mismo, cometes un grave error y no conoces suficientemente el valor de la amistad. Con un amigo tienes que deliberar de todo, pero delibera primero si es un amigo. Una vez que has establecido una amistad, hay que tener confianza, pero antes hay que juzgar si es verdadera amistad (…) Reflexiona largamente si es conveniente acoger a alguien como amigo, pero, una vez lo hayas decidido, acógelo con todo el corazón y habla con él abiertamente como contigo mismo”.

Eso es precisamente de lo que hablamos. Las horas transcurrieron tranquilas. Sin vanidad, sin cumplidos (yo le dije que el pelo corto le quedaba bien, hasta el punto de no recordar cómo lo tenía anteriormente), alimentando la verdad (nos conocimos hace años, al tiempo que yo descubría a Thoreau), hablando de su hibernación y de las veces que yo me exilio de mí mismo, los nubarrones que pasan y conviene observarlos desde la esencia misma, cómo no caer en las trampas de la mente, las cosas que nos preocupaban y las que no (“yo me veo en un trabajo sencillo, de dependienta en una ropa de tienda”, me dijo ella, licenciada, masterizada y dueña de su destino); le conté mis proyectos periodísticos que, si bien no llenan los bolsillos, sí la mochila y el espíritu.

Lo bueno de los amigos es que no existe más que la desnudez más absoluta: si es invierno se pasará frío sin necesidad de adulterar la soledad. No hay vanidad, el ego se mantiene alineado con la más pura esencia. Apenas existen los consejos porque en la lengua del espíritu pedir respuestas fuera de ti es vulnerar su primer mandamiento. De todo eso hablamos.

La amistad, me huelo, tiene que ver con eso: cierta incondicionalidad a pesar de los traspiés. Porque no existen obligaciones, ni necesidad de hacer cosas que no apetecen, por lo que nunca se podrá defraudar. Comprensión. Una vez le pedí a un compañero muy espiritual un número de teléfono y me respondió pasado mes y medio, cuando ya no me hacía falta. Se excusó diciendo que no sentía pasarme el teléfono. Y yo le comprendí.

Entre todos los aprendizajes que he recibido sobre este arte, desgraciadamente sujeto muchas veces a intereses y a corrompidos lazos de reciprocidad obligada, quizá el más dulce es aquel que enseña Sancho al hablar de su amo: sencillez, la sabiduría, la comprensión, la lealtad, la complicidad y la incondicionalidad. Así se lo explica al escudero del Caballero del Bosque: “… que no tiene nada de bellaco, antes tiene una alma de cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, no tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga”. Don Quijote, más adelante dice de Sancho: “…duda de todo y créelo todo; cuando pienso que se va a despeñar de tonto, sale con unas discreciones que le levantan al cielo. Finalmente, yo no le trocaría con otro escudero, aunque me diesen de añadidura una ciudad...”. Esto es amistad.

Quien lo probó, lo sabe.

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