8/1/15

El oficio de soñar

Me hice un hueco entre cajas de 30 kilos de vieiras. Me agaché, se pringó el abrigo con los restos del mar y comencé a disparar fotos a sus arrugas con un cielo azulísimo de fondo. Estaba en Nantucket, una isla a la que llegué a través de la literatura y a la que visité en una continua especie de realidad paralela: allá donde había barcos de marisco yo veía balleneros, allá donde pescadores, yo veía arponeros; donde había una bombilla yo pensaba que era el esperma de ballena lo que ardía; en lugar de respirar la brisa del siglo XXI, yo paladeaba el aroma decadente del siglo XVIII. 

Sankaty Head Light, Nantucket
Hay profesiones que te obligan a soñar: de un oficio uno puede comerse la casquería o devorarlo todo. El de periodista es de los segundos: porque te pinza los nervios y te mantiene vivo y curioso y te permite conocer a gentes y lugares insospechados, cenar con locos y dormir con un cuchillo debajo de la almohada. 

De mi último viaje que tracé en un mapa -el plan era perfecto- cumplí todo. Iba detrás de los cerca de 50 faros en la costa de Massachusetts, de mi héroe de Concord, del rastro atornillado al pasado de Nantucket. Dormí en casas, en suelos, en sofás, en mitos: cómo será, me digo ahora escribiendo una crónica de este viaje para una revista, que hasta me prestaron un coche en el que me asomé al Cape Ann y me tomé un café en Salem. Luego llené el depósito, me atiborré en un restaurante oriental de un pueblo que no sé dónde estaba y volví a casa de una chica que me había acogido -Couchsurfing, nada raro- y que también me dejó una bicicleta. 

En Newport también me acogió un hombre que me abrió la puerta de su casa y se largó. Y nunca más lo volví a ver. Y en New Bedford aparqué un coche alquilado con el que recorrí 1.000 kilómetros y con el que toqué todos los extremos del Cape Cod con algo de miedo cuando aquel tipo me recibió seria pero amablemente y hasta me dijo que me acompañaba a cenar pero yo subí algo de cena del maletero y lo calenté. El miedo, amigo, a acabar sabedioscómo. 

Todo esto sirve: sirve no solo para tu vida y tus fantasías, tus batallitas y las risas. Sirve para rellenar páginas porque los editores te piden anécdotas para las crónicas. “En primera persona y anécdotas del viaje”, me escribe hoy una editora. Me viene a la cabeza un viaje por el oriente de Cuba y yo sacando fotos a una mujer que compraba carne en una carnicería de esas en las que, menos frigoríficos, hay de todo. Y yo diciéndome: “Qué oficio este, qué incierto esto, qué raro un trabajo en el que nadie te pide nada pero peleas y de repente a alguien le interesa y te lo compra y puedes viajar y hacer lo que te de la gana. E interesa a otras personas”. De aquella anécdota salió esta crónica, como de mis sueños salió este viaje por Massachusetts. 

El oficio de soñar es difícil porque uno no sabe si estará a la altura. El pasado mes de diciembre, refugiado en una casa con chimenea a los pies de los Alpes, andaba yo apurando una crónica de mi viaje por Alaska cuando maldije mi inocencia, mi edad, las lecturas de menos, el tiempo perdido de más: si dicen que el problema de los jóvenes era la sobrecualificación, ahí andaba yo peleándome entre crujidos de troncos de pino con mi crónica, puliendo por aquí, puliendo por allá, queriendo escribir en un tono que no alcanzaba y al que aspiro: el oficio de soñar es exigente. 

Cuando a veces me canso de soñar, me despierta la realidad: la fabrico a mi antojo. Que quiero montar a lomos de una leyenda, cabalgo; que quiero ser realista: me voy a ese lugar a vivirlo. Al fin y al cabo creo que lo que hay que cumplir es aquello que describía Coetzee en su novela Juventud: “Está listo para el romance, listo incluso para la tragedia, de hecho, está listo para lo que sea siempre y cuando le consuma y remueve”. No creo que tenga más misterio este oficio periodístico.

Brant Point Lighthouse, Nantucket


Vídeo: Con buscadores de oro en Alaska.


3 comentarios:

Trendy Paper Doll dijo...

Ssigue soñando porque da gusto leerte y seguir tus viajes a través de tus crónicas y también dan más ganas de viajar :)

Ferragus dijo...

Buena fotografía del faro, recordé a Edward Hopper. Gracias por tus sueños.

Diego C. dijo...

¡Así viajamos todos a la vez!