9/5/15

La vida cambia en un instante

La vida cambia en un instante. Creo que eso dice Joan Didion en uno de sus últimos libros, leídos con ese entusiasmo que a uno le cuesta recordar y que ahora siento al darle la vuelta a la memoria. Sucede que uno piensa eso cuando apura el penúltimo veneno de la noche, las luces se empeñan en estallar y la gente prefiere insistir en sus cosas. De repente, unos tipos de al lado, cuando –como digo– el bar quiere cerrar, al teléfono llegan mensajes sugerentes, las luces estallan más de lo debido, y unos vecinos de barra empiezan a hablar de Lope de Vega y de Calderón.

Algo farfullan, como ocultando sus intenciones ante al cuadrilátero que los rodea, o los cuadrea –esto es Madrid– y J. y yo hablamos de nuestros versos, le cuento mis ausencias (“Ir y quedarse, y con quedar partirse...”), me habla de sus amores (“Desmayarse, atreverse, estar furioso…”) y hablamos de todo y de nada porque es eso de lo que se habla cuando te quieren echar de un bar cuando la bombilla molesta más de la cuenta y la hora ya se muestra insatisfecha al filo de algo incómodo.

Las noches en Madrid tienen algo que no existen en otros lugares. En esta ciudad quemé más de un año de mi vida. Vine con el pecho en alto, tarareando una canción y magreando un mensaje que al final me devoró. Pero Madrid es así y ahora vengo de visita y hay amigos, y noches, y chicas, y bombillas que queman más de la cuenta, y amaneceres que uno detesta alcanzar, y canciones que quedaron varadas muy lejos, quizá en la media noche, quizá en mí, o en ti, o en nosotros, o en los nudillos que llaman una tarde a tu casa y te sacan con el alma en cabestrillo.

Esta ciudad, cuando apuras el vaso y vuelves a apurar más vasos y acabas cantando en un piano bar, se vuelve algo más idílica: eso no sucede en todas las partes, a todas las horas, en todos los bares. Pero aquí, sí: y entonces vuelves a la casa con un culebreo en las patas que te recuerdan que la última ronda mereció la pena: el último sorbo, la última palabra que se descolgó de la boca de alguien, la última promesa, el último codazo, la última certeza.

Y mañana será otro día y quizá el teléfono suene y las palabras se enciendan y empecemos, tú y yo, por donde lo dejamos anoche.

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