2/2/16

La difícil decisión de ahuyentar a las palomas


Aguas inconscientes –aquellas aguas del Génesis– fuerzas infinitas, rechazadas por la superstición de la ciencia, por la irracionalidad de la razón racionalista, por la fantasía sin imaginación del progreso indefinido, por el tormento de la moral impuesta tanto por las derechas como por las izquierdas, se abren paso a codazos. Quieren manifestarse, estallar, tanto si nos gusta como si no.

 Antoni Pascual, en el prólogo de Cartas a un joven poeta, de RM Rilke


Hacia las ocho de la mañana, me echan de la cama. Lo  intento unos minutos, dando golpecitos al techo con la palma de la mano, los nudillos, los pensamientos. Pero mis deseos solo me sirven para perder la esperanza medio minuto después de mis acciones: vuelta a empezar. Rendido, trato de dar la última cabezada en el sofá, aunque finalmente se alarga más de lo previsto.

Aparentemente, la decisión de dormir tranquilamente depende de mí: de que me asome por la ventana y pegue un escobazo a las palomas que emiten sus guturales sonidos. Puedo admitir, incluso estar de acuerdo, en que esos graznidos no son agradables a los oídos, menos a las ocho de la mañana, mucho menos cuando revientan los últimos coletazos de la fase REM.

Dando media vuelta en la cama, los brazos me alcanzan al techo, que va cayendo –como mi ánimo cuando las okupas me roban las primeras horas del día– hasta juntarse con el cabecero donde ahora reposa una biografía de Nube Roja –pero esto es otro tema. Hasta ahora me han servido mis métodos, al menos para pasar unos meses sin fulminar a unos pájaros que ya vivían allí cuando yo aún no había llegado. ¿El okupa soy yo?

Cuando el hombre perdió la noción de quién era, pasó creerse en el centro. Y en nombre del progreso sometió al mundo, la naturaleza, a sus semejantes, sus hijos. Desde que se convenció de que no era vulnerable, de que la ciencia era la herramienta que necesitaba para estar en condiciones de superioridad, todo se vino abajo: desde que el progreso y el materialismo se convirtió en dogma, y la ciencia da las explicaciones que da –los animales huelen las catástrofes naturales y huyen, la ciencia y loa inmensa mayoría de seres humanos, no– el hombre finalizaría mi disputa echando veneno, metiéndolas un perdigón en la tripa, arrojando una red y deshaciendose de ellas.

Puesto que la convivencia entre las palomas y yo se está haciendo difícil, reconozco que debo de tomar una decisión. Podría cambiar mis ciclos y adaptar mi horario al suyo, incluso servirme de sus graznidos en lugar de dejar encendido el teléfono para que suene el despertador. Podría, incluso, ponerme unos tapones, encajar esa rutina de ruidos que me parece desagradables, encaramarme al tejado del quinto piso donde habito para tapar el nido o arrancarlo de las tejas y mis pesadillas.

Se me ocurre lanzar petardos al primer canto del día, pero no estoy seguro de si en ese inocente acto, en ese lanzar un gramo de dinamita sin aparentes consecuencias, reproduzco un sometimiento de mi voluntad al mundo, a los animales, a la naturaleza. Al fin y al cabo, ¿qué diferencia hay entre perturbar la vida de una paloma que me molesta y la de las panteras del Amazonas? Se trata solo de posibilidades: si me molesta una paloma encima de mi cabeza, los lobos también lo harán si tengo un rebaño de ovejas en el monte o un posada rural en Brasil. La semilla, me digo, es la misma.

Mi duda aumenta e incluso me llego a sentir culpable, así que pido una opinión sensible y más autorizada. Más consciente. “El ser humano ha perturbado la naturaleza y, una vez haberla jodido, ya solo le queda controlar lo que ha destrozado”, me dicen. Cierto: ¿es que habría especies invasoras en el río Ebro si la presión humana no hubiera alterado el ecosistema?

Decidido a echar un petardo en la primera mañana de mi decisión, se me olvida el petardo, quizá como un modo inconsciente de no llevar a cabo mi imposición. Bueno, en estos días también se me han olvidado muchas cosas: comprar las pilas para el mando de la televisión, cambiar las sábanas, las mallas para correr, cambiar de música en mi pen drive. Pero va llegando el día y lanzaré un petardo, imponiendo mi autoridad.

Y parece una tontería: quizá lo sea, quizá no. Pero lo que me preocupa es que mis razones son las que tiene cualquier ser humano para acabar con los osos que hurgan en la basura, los tigres que atacan a vecinos en las ciudades de la India o los zorros para hacerse abrigos carísimos. Si se trata de perturbar nuestra existencia, todas las razones son subjetivas. Pero seguramente el problema seamos nosotros: hemos reventado el equilibrio de este planeta, que agoniza, sin que nadie levante el dedo cuando preguntan quién es el culpable.

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