15/4/16

Nantucket: en busca de Moby Dick

Primeros párrafos del reportaje publicado en la revista 7Haizetara.

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El trayecto dura dos horas y cuarto, aunque la distancia entre el puerto de Hyannis y Nantucket parece mucho mayor: como su leyenda. “Este es un lugar remoto”, repiten en esta isla clavada a 50 kilómetros del Cape Cod y que Herman Melville inmortalizó en Moby Dick, una de las novelas clásicas del siglo XIX. Por eso, cuando el barco se acercaba a la costa y los disparos de luz del faro de Brad Point se hacían hueco entre una costa sin rastro de claridad, me vinieron a la cabeza las palabras con las que Melville empieza el capítulo 14 de su relato: “Nada más ocurrió en la travesía digno de mencionarse, así que después de un hermoso viaje, llegamos sanos y salvos a Nantucket”. Esta aventura también empezaba así.

Nantucket es pequeño, apenas un gajo de tierra de 23 kilómetros de largo y 3,5 de ancho en el océano Atlántico, a una hora en avioneta de Boston. Pero para revivir la historia de esta vieja isla quizá ayude el descender las escalinatas del barco en esta “mera colina y un codo de arena; todo playa, sin respaldo”, como la describió el autor.

Envuelta en el silencio y oscuridad, las calles de la ciudad tenían el mismo aspecto que el que uno imagina, aunque en lugar de alumbrado con el espermaceti de la ballena, hoy es la electricidad la que alimenta las casas y los faroles. Si en Estados Unidos se cazaron más de 220.000 ballenas entre 1800 y 1875, se debe a esa sustancia almacenada en la cabeza y que hacía de combustible natural hasta que ya entrado elsiglo XIX se descubrieorn yacimientos de petróleo en Pensylvania.

Herman Melville llegó a Nantucket en 1852, un año después de haber publicado su obra más universal, junto a su suegro. Para entonces la industria de la ballena ya estaba en declive y la población disminuyendo: desde 1700 a 1840, los barcos de Nantucket surcaban los mares del mundo en aventuras de dos, tres y hasta cuatro años. En ese período, la isla fue la capital de la caza de la ballena del mundo: ya que el aceite extraído de la cabeza de estos inmensos mamíferos del mar servía para iluminar las casas de América.

El casco histórico está catalogado como National Historic Landmark District y la construcción en toda la isla está sometida a estrictas reglas estéticas. Por eso los edificios guardan unas semejanzas infalibles y caminar entre unas calles adoquinadas es un ejercicio de vuelta al pasado. A a eso se le añade que quedan en pie en torno a 800 construcciones anteriores a la Guerra Civil (porque otras 300 fueron destruidas por el gran incendio de 1846) y el resultado es un museo al aire libre en el que aún resuenan los apellidos de los primeros colonizadores. Los Starbucks, Barneys, Coffins,Macys, Colemans o los Worths son la huella de los primeros pobladores cuáqueros que llegaron en 1659.

Esta colección de joyas arquitectónicas se encuentra en torno al centro ciudad. Las construcciones blancas y macizas se suceden en un recorrido a pie donde la Nantucket Historical Association gestiona 18 propiedades. La más antigua es la Oldest House, construida a finales del siglo XVII y que aún resiste los duros inviernos. El llamado Old Mill, un molino construido en 1746 o la Old Gaol, la cárcel que funcionó hasta bien entrado el siglo XX, constituyen el corazón de una historia reciente que elevó al archipiélago a un lugar privilegiado  en la memoria.

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