5/10/19

El regreso de Fray Luis

Azorín no pudo acudir y envió un mensaje de apoyo. “La poesía vence al tiempo porque encierra la esencia de las cosas”, escribió en la carta que alguien leyó en la inauguración del segundo congreso de poesía. Era julio de 1953 y decenas de poetas, como José Manuel Caballero Bonald, Dulce María Loynaz, José Hierro o Gerardo Diego, habían acudido a Salamanca a homenajear la memoria de Fray Luis de León. El aspecto del grupo de poetas debía de ser tan extraño que, caminando por la ciudad, unos chicos les confundieron con jugadores de un equipo de fútbol.

En Salamanca todos siguen recordando a Fray Luis, quien fuera profesor y cuya escultura frente a la fachada de la universidad lleva erguida siglo y medio. Pero el aniversario de este cuerpo de bronce fundido en Marsella y financiado por suscripción popular es la última excusa para exaltar al poeta: aunque nunca se le olvidó del todo, ahora regresa un poco más. En los últimos meses, y aprovechando el ochocientos aniversario de la fundación de la Universidad de Salamanca (1218), se ha replicado el congreso de 1953, se han reditado varios libros y se ha estrenado alguna película, como Asesinato en la universidad.  

Lo más llamativo, sin embargo, ha sido el compromiso de restaurar La Flecha.

La huerta de La Flecha es una antigua granja del siglo XVI que los agustinos poseían a apenas siete kilómetros de la ciudad y donde el religioso se refugiaba en los tórridos veranos castellanos. En el congreso de 1953, después de visitar la tumba de Unamuno y pasar por las aulas, los asistentes acudieron admirados a este lugar de quien el propio Unamuno –ferviente admirador de Fray Luis– escribió que el río pasaba tan lento que parecía gozar durmiendo.

A orillas del Tormes, la estancia es un conjunto de edificios abandonados que la Asociación Hispania Nostra incluyó en su lista roja de patrimonio en el año 2011. Desde finales de los años noventa, ha habido varios intentos de declararlo Bien de Interés Cultural, pero a día de hoy sus piedras de Villamayor siguen envueltas en la maleza y el silencio. Los árboles caídos, las puertas desencajadas, los grafitis y las rejas arrancadas amenazan un monumento que el tiempo y la desidia han tumbado desde que el duque de Aveiro restaurara la capilla en 1904.

Solo dos años después del histórico congreso, en 1955, el Boletín Oficial del Estado publicó la autorización para explotar el entorno, permitiendo la construcción de un estercolero, una cochiquera y dos viviendas para obreros. Al menos, se exigía respetar un espacio dedicado a Fray Luis, al otro lado de una carretera que sustituyó el Camino Real a Madrid y que partió la finca por la mitad. Ahora, de un lado agoniza el monumento a la espera de su reconstrucción mientras del otro se inauguró el año pasado otra escultura –seis libros de hormigón– en honor al fraile agustino.

Si tras casi cinco años de prisión, Fray Luis regresó a las clases con su clásico “Decíamos ayer…” en los labios, fue este paraje el que le arrancó algunos versos que resuenan junto al río. “Del monte en la ladera, /por mi mano plantado tengo un huerto,/que con la primavera/ de bella flor cubierto/ ya muestra en esperanza el fruto cierto”, escribió en su Oda a la vida retirada desde La Flecha, donde además de labrar la huerta, cultivó su espíritu, que nunca se fue del todo. 


Tus ojos de maíz y brea
que en estos campos junio altera.

El trigo añora la espiga blanca 
si en ti descansa.
Y yo esperando la luz de mayo 
que el río viste por cada tallo. 

Fray Luis contempla la espuma malta
de las entrañas:
la fragua entera deshace todo
menos la esencia.


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