6/8/18

Historias

Husmeando entre los poemas de José Hierro me encuentro historias...

...historias maravillosas como la del que se propuso asesinar al rey de un país lejano, y cabalgó bajo el sol y la luna, y un día halló a otro jinete que llevaba el mismo rumbo, y compartieron los alimentos, y conversaron bajo el sol y la luna, pero el malhechor no habló de la razón de su viaje hasta que llegaron a las puertas de la ciudad en que el rey tenía su palacio, y entonces dijo: «Amigo, no es conveniente que te vean conmigo; vengo a matar al rey de este país y, si me cogen, te ahorcarían también a ti, considerándote mi cómplice». Y entonces, su amigo inclinó la cabeza y dijo: «Cumple tu propósito, pues yo soy el rey». Y el malhechor abrazó al rey, que ya era su amigo, y regresó a su país. Esta cabeza recuerda historias maravillosas.

27/7/18

Ojos de verdura y de canela

Ojos de verdura y de canela
que al reverso del espejo
siempre inunda
con la luz apagada de una vela.

Ojos de musgo y lana fina
con estampas del verano
o una ruina:
cómo se beben las aguas,
cómo se vive la vida.

Ojos de verdín y arena,
de amarillo que rodea
el fragor de marzo en las eras:
los caprichos y vientos del otoño                 
queman las hojas
y mueven las goletas
(¿hacia qué tierras?).

Ojos de metal y hiedra
con virutas de pared de enredadera;
también los ríos nacen de la tierra
y sus raíces no rompen las aceras.

Si al mirar de frente se alborotan las semillas
las excusas travestidas
en tus ojos de vino y arcilla, de agua estancada
o cristalina,
o monte nevado, o nube cargada
de lluvia sencilla
que aviva el fuego del alma...

...qué importan los cuerpos
si todo es la vida.

22/7/18

La aldea colombiana que perdonó a sus verdugos

Los mamones cuelgan del árbol en forma de alveolos. Son pegajosos, como el calor tropical que empuja el maíz, el ñame, la papaya.

–No te limpies las manos con la camisa– advierte Juana Alicia Ruiz– porque las manchas no pueden quitarse. 

A las espaldas de la plaza central de Mampuján, donde la hierba se lanza anárquica al cielo y las ramas de los árboles se agitan, corre un arroyo cuyas aguas no limpian ni la baba de los frutos ni los recuerdos que guarda el tiempo: el pueblo entero fue expulsado por un grupo de paramilitares.

–Pero no queremos mostrarlos como unos monstruos que hicieron daño, aunque hicieron mucho, sino como seres humanos que se creyeron con el derecho a vengarse. Y esa venganza fue hacia mucha gente–, dice Juana Alicia, líder comunitaria de esta pequeña aldea afrocolombiana en las faldas de los Montes de María, en el departamento de Bolívar ( Colombia).

Edward Cobos Téllez, alias ‘Diego Vecino’, y Uber Enrique Banquez, alias ‘Juancho Dique’, eran los miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) –grupo paramilitar de extrema derecha financiado por empresarios– que habían liderado el desplazamiento forzoso de las 245 familias de Mampuján el 10 de marzo del 2000. Durante el proceso judicial en el año 2010 en Bogotá, donde fueron condenados a ocho años de cárcel por este delito, uno de los representantes de la comunidad se acercó a ellos, los abrazó y les regaló una biblia a cada uno. Los miró a los ojos y les dijo: “No entiendo qué tenían en la cabeza cuando cometieron ese crimen. En mi tierra no le apostamos a más guerra: el que está enfermo es el que no puede perdonar”.

Dos años después, ambos jefes paramilitares acudieron al nuevo Mampuján, el territorio que la comunidad había fundado monte abajo, en el marco de Ley de Justicia y Paz a la que se habían acogido. La ley, del año 2005, prometió no castigar a 30,000 guerrilleros y paramilitares con la severidad de la justicia ordinaria a cambio de colaboración, el reconocimiento de los hechos y el perdón. Al llegar a Mampuján, los criminales esperaban encontrarse una comunidad cargada de ira por haber sido arrancada de su tierra, de sus vidas. Pero a la hora del almuerzo, Sixta Tula, una de las vecinas desplazadas, colocó una mesa envuelta en un mantel blanco y dos sillas para que ambos comieran. A ellos se les saltaron las lágrimas.

–¿Y se arrepintieron?

–Si se arrepintieron de verdad solo lo saben ellos, pero nosotros sí les perdonamos– confiesa, aliviada, Juana Alicia.

A Diego Vecino, los tribunales le atribuyen 70,000 desplazamientos y 2,000 crímenes, además de secuestros y varias masacres, mientras que Juancho Dique confesó 565 crímenes entre los cuales está la masacre en Chengue, donde mataron a golpes a 27 campesinos.

Solo en el municipio María La Baja, donde el viejo Mampuján se ahoga entre matorrales y el nuevo Mampuján respira tristeza, fueron desplazadas 17,500 personas entre 1997 y 2010 por las AUC. María La Baja es un municipio de la región Montes de María en la cual la violencia alcanzó niveles desconocidos: el número de desplazados aquí es cinco veces más que en los departamentos aledaños de Sucre y Córdoba. 

Las narraciones de los sucesos que ambos dirigieron en la región se hunden en lo macabro. Según cuentan, los paramilitares, fusil y cuchillo en mano, mataron, amenazaron, decapitaron, violaron, colgaron a las víctimas de los árboles, arrasaron casas y jugaron al fútbol con las cabezas cortadas de los habitantes. En Mampuján aún se preguntan por qué tanta atrocidad, aunque Juana Alicia sugiere una idea: “Detrás de cada hecho violento hay un niño asustado”.

La historia personal de los líderes del desplazamiento se conoció más tarde, cuando los paracos (paramilitares) se desmovilizaron el 14 de julio del 2005 y rindieron versiones libres de los hechos durante el proceso judicial, en los años 2007 y 2008. Juancho Dique fue maltratado por su padre y Diego Vecino, víctima de los guerrilleros, perdió a un tío, lo secuestraron dos veces y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) le incrustaron una bala en el cráneo. Antes de regresar a la vida civil, Dique era líder del frente Canal del Dique y Diego Vecino, comandante del Bloque Héroes de Montes de María.

–¿Y para ti son héroes? 

–No, por favor, cómo voy a creer eso–, dice Juana Alicia, y suelta una carcajada–. Son asesinos.

*



Mampuján Nuevo.
 Foto: Luis M. Charris


20/7/18

A una vela que se consume lentamente

...arder como la vela y consumirse...

Lope de Vega, Ausencia




Prendida con luz que hierve en los dedos
tras eones empañados de inviernos
de destierro, sed y vientos ajenos:
larga espera en anillos acolchados 

donde duermen los siglos, ya cansados.
Porque el hielo solo puede abrasarnos,
y yo con fuego en el pecho y en las manos,
y pretéritos siempre indefinidos.

La vida y alegría son el poso
que se asienta en el fondo tras un día:
el tiempo de la llama, que en reposo,

con caricias al aire convencía.
Nada cambia en este amor prodigioso
tras quemar pieles a la fantasía.

12/7/18

La esencia

A una obra inacabada.


Tus ojos
de maíz y brea
que en estos campos
junio altera.

El trigo añora
la espiga blanca
si en ti descansa.               

Y yo esperando
la luz de mayo
que el río viste
por cada tallo.

Fray Luis contempla
la espuma malta
de las entrañas:
la fragua entera
deshace todo
menos la esencia.

          "A cosa de una legua de la ciudad de Salamanca, junto al viejo camino
        real de Madrid, y a orillas del claro Tormes... " (Miguel de Unamuno)


7/7/18

Como a un reloj de arena

Que la vida se nos va
en zancadas
donde algas y alimañas
desentierran los colores.
Que la vida no es un sueño
en cada invierno.
Son los siglos los que arrasan,
(más asfixian los temores):
dame la mano, dame la vida,
que el abismo no tiene fronteras
y el miedo es una condena.

Son tantas las deudas.

Y los pájaros pican las manzanas
y preguntas, preocupada,
por qué se arruga este nogal, aquel manzano,
y se desliza el agua
y yo te quiero.
Mientras un año mal quemado
encharca las raíces
y vuela el polen, o las semillas,
o las hierbas que no roen
las polillas.

A veces el verano
es una condena
y otras veces le damos la vuelta
de nuevo,
como a un reloj de arena.

Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia).

6/7/18

La autopista del blues

La voz de Elvis Presley, envuelta en motas de polvo, susurra “My Hapiness”. La grabación es de abril de 1953, cuando el joven entró a Sun Records en Memphis para grabar, a cambio de cuatro dólares, dos canciones para regalarle a su madre por su cumpleaños. Regresó meses después y Sam Philips, el propietario, le preguntó qué sabía hacer. “Cualquier cosa”, respondió. Así empezaba la leyenda.

Sun Records es hoy un edificio de ladrillo convertido en un himno a la memoria que recorro junto a un grupo de aficionados. Entre sus paredes grabaron leyendas del blues y el rock, como Muddy Waters, Roy Orbison o Johnny Cash, de quien una guía comienza a rasgar la guitarra e interpretar “I Walk the Line”. Un museo en la planta de arriba y los viejos estudios abajo nos recuerdan que aquí se grabó, en 1951, “Rocket 88”, la primera canción de rock&roll de la historia. Memphis se extiende sobre un recodo del río Mississsippi, en Tennessee, y está atravesada por la ruta 61, conocida como Autopista del Blues, una carretera que surca las entrañas musicales de Estados Unidos: el blues, el rock&roll o el jazz nacieron en los bordes de este camino, a quien Bob Dylan honró en su álbum Highway 61.

Habíamos salido días antes de Chicago rumbo a Nueva Orleans, siguiendo la 61, y Memphis era la primera gran parada. Elvis aprendió aquí los trucos de los cantantes negros, pero además del Rey, muchos artistas están en deuda con el alma de sus calles. Riley Ben King se subía a los escenarios a finales de los años 40 con tanta frecuencia que lo empezaron a llamar “Beale Street Blues Boy”: B.B. King. Sobre Beale hay decenas de clubes que, al caer la noche y encender las luces de neón, nos indican que algo va a suceder, como comprobamos al escuchar la armónica de Vince Johnson. Este virtuoso actúa junto a The Plantation Allstars en el Rum Boogie. La atmósfera y su eterno soplido –un minuto sin tomar aire– hacen honor a lo que, orgulloso, anuncia antes de una canción: “I am a bluesman!”.

Sigue en el número de julio de la revista Aire (Aeroméxico).



28/6/18

Alaska, la última frontera

Desde los 1.000 metros del Mount Robert, los enormes buques de pasajeros que dejan su estela de agua frente al puerto de Juneau parecen pequeñas embarcaciones.

Juneau es la capital de Alaska y, debido a su aislamiento, también el mejor comienzo de un viaje a estas latitudes. Encajada entre las aguas y la cordillera costera, es una de esas extrañas urbes a las que no se llega por tierra, como si quisiera proteger sus misterios. Gracias a que la isla Douglas la defiende de las gélidas corrientes del océano, la fría monotonía del invierno se hace más llevadera para las 30.000 personas que viven aquí todo el año. Caminar por sus callejuelas de coloridas casas de madera y edificios firmes produce la extraña sensación de haber viajado a otro tiempo, una mezcla de presente y de los días de euforia exploradora.

En 1880 Richard Harris y Joseph Juneau descubrieron oro en una zona de bosques e islas que pronto comenzó a ser habitada. Igual que otras ciudades de Alaska, Juneau nació de la mano de mineros que buscaban fortuna y fama eterna. 

*

Sigue en el número de julio de Viajes National Geographic.



31/5/18

Como si nada

Solo tengo interés por el instante.

– Josep M. Rodríguez



Tú que llegaste
a mí
como si nada;
una maleta y el tul
no en los ojos,
en la mirada.

29/5/18

Viaje al surrealismo de Gabo

En Macondo sucedían cosas raras: llovió cuatro años seguidos, los objetos no tenían nombre y se los señalaba con el dedo, nadie tenía más de treinta años y caían flores amarillas del cielo. Gabriel García Márquez, Gabo, encerró todas las fantasías que había vivido en el Macondo de carne y hueso, una bulliciosa población del caribe colombiano llamada Aracataca, donde vivió hasta los diez años. Gabo nació en la casa familiar en 1927, un viejo edificio reconstruido a partir de 2006 como la dejó el escritor al irse con sus padres a Barranquilla tras la muerte del abuelo. El largo pasillo de las begonias que la atraviesa lleva a todas las habitaciones, desde la del propio escritor al taller donde su abuelo fabricaba pescaditos de oro mientras él lo pintarrajeaba todo alrededor. Al fondo, el corredor desemboca en un espeso y bello jardín.

Su abuelo materno, un coronel retirado, había ido a parar a Aracataca en 1912 después de matar a un hombre en un duelo. Nicolás Márquez era un veterano de la Guerra de los Mil Días que dormía con un revólver bajo la al mohada, además de ser el responsable de alimentar las fantasías de su nieto con historias de batallas reales. Mientras tanto, su abuela inventaba fábulas de espíritus que vagaban entre los vivos. Sin saberlo, ambos estaban sembrando el universo literario que más tarde se desparramó en Macondo.

Rodeado de tías, mil comensales e historias inquietantes de guerra, en esta amplia casa encalada aquel niño engordó de tal modo su imaginación que no tuvo más remedio que convertirse en escritor. «Es algo que se lleva dentro desde que se nace y contrariarlo es lo peor para la salud», le había dicho el médico a su madre cuando ambos regresaron a Aracataca unos cuantos años después.

Sigue en el suplemento de Viajes El Mundo de  mayo.

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