5/9/18

Vivo entre eucaliptus ahumados


Vivo entre eucaliptus
ahumados
y miel de abeja de ala
ancha:
en la cera de tus labios, vapor y nubes,
se respiran las ficciones,
los recibos con tinta
del zumbido
de tu vuelo.

Y la firma es la estela
del recuerdo indefinido.

Vivo entre eucaliptus
ahumados, cortinas y vientos
que el mar saliva
cuando enredo en tus ojos
de alcornoque
acicalado,
o del cobre que aún
busco en en los pétalos
de una vida a cielo
abierto,
como el trigo y las olivas.

Todo anhelo, todo siento,
mientras libo el instante
tan preciso:
en el aire son tus huellas
las que queman
el instinto.


Girasoles de finales de verano.

4/9/18

“Hemos pasado de ser asesinados por el Ku Klux Klan a ser asesinados por la policía. Y no pasa nada”

Simeon Wright posa con una foto de Emmett Till
Y la historia se desenterró de nuevo. El pasado día 13 de julio el Departamento de Justicia de Estados
Unidos anunció que reabría las fosas de la historia: la investigación por el asesinato racista de Emmett Till, un chico negro de 14 años. Fue en el ya lejano 1955 del lejano Money, en el áspero estado de Mississippi.

Sesenta y tres años después y atravesados varios intentos de juzgar a los asesinos (el caso se cerró en el 2007 tras la muerte de los acusados), el cambio de versión de una de las testigos en aquel proceso en un libro del historiador Timothy Tyson hace que se vuelva a revisar. Carolyn Bryant, a quien el joven dirigió el silbido, es la confesora: durante el breve proceso judicial, ella mintió. “Nada de lo que hizo ese chico”, admite Bryant en The Blood of Emmett Till, publicado el año pasado, “podría nunca justificar lo que le ocurrió”. Y lo que ocurrió fue que después de comprar, junto a sus primos, unos refrescos y dulces en una tienda de Money, Emmett silbó a la chica, que atendía el establecimiento. Fue su sentencia de muerte. 

Poco importaron los testigos de lo que había sucedido; la montaña de pruebas contra los acusados Roy Bryant (marido de Carolyn) y John Milam, los autores materiales del asesinato tres días después de aquel silbido. Ni siquiera, a día de hoy, ha servido la investigación del FBI que concluyó mediante una prueba de ADN que el cuerpo exhumado en 2005 efectivamente era el cadáver de Emmett Till. Mucho menos sirvió el testimonio de la persona que más de cerca vivió todo, Simeon Wright, su primo. Simeon estaba en la tienda y dormía en la misma cama que Emmett cuando, en la madrugada de aquel sábado 27 de agosto, los asesinos irrumpieron en la casa familiar y se llevaron al joven. Cansado de los bulos, en 2010 escribió Simeon’s Story, donde dice que Emmett “nunca agarró a Mrs. Bryant, ni le puso los brazos encima, que fue lo que ella testificó más tarde durante el juicio. Los separaba un mostrador: Bobo tendría que haber saltado. Bobo no le pidió una cita ni la llamó “nena”. No tuvieron ninguna conversación lasciva. Y pasados pocos minutos, él pagó lo que había comprado y nos fuimos de la tienda juntos”.

Era el 24 de agosto, un miércoles asfixiante y húmedo. No se supo nada de Emmett hasta que, tres días después, apareció muerto y casi irreconocible. Cuando su madre, que vivía en Chicago, dijo que era su hijo, los supremacistas blancos dijeron que lo que quería era cobrar el seguro de vida. 

Simeon Wright tiene ahora 76 años y aún se le cristalizan los ojos cuando habla de aquello. Vive en una apacible urbanización a 25 kilómetros del centro de Chicago, en una de esas casas con un césped que, envuelto en el aura del río Michigan, parece fluorescente. Y allí estuve con él, hace dos veranos, escribiendo sobre las consecuencias de la esclavitud en Estados Unidos para lo que sería el libro Huellas Negras (La Línea del Horizonte). Durante toda una mañana Simeon, atento y didáctico –y paciente– volvió, otra vez a tirar de memoria... Y al presente. 

“Solo un silbido”, comencé diciéndole. “Mataron a Emmett por silbar a una chica”. “Nosotros conocíamos el peligro de hacer algo así, pero él no”, me dijo sentado en un butacón acolchado en el que no paraba de menearse. A partir de entonces siguió contando cómo era Emmett, al que llamaban Bobo –comediante, alegre, bromista–, de lo que hablaban aquellos días y de cómo aquel miércoles 24 de agosto de 1955 se subieron al viejo Ford Sedan del 46 de Moses, el padre de Simeon, para comprar unos refrescos y dulces a la tienda de Bryant en la carretera Dark Fear.

*

Sigue en este enlace de la revista Ctxt

29/8/18

“La situación es tan violenta en Nicaragua porque el ejército ha dado armas de guerra a los paramilitares”

El pasado 21 de julio, en un diario europeo, a Álvaro le preguntaron por la situación de Nicaragua. Él se centró en quién era, de dónde venía, cuántas víctimas se habían cobrado las protestas de su país, por qué les estaban matando y por qué Álvaro, un abogado de treintaytantos años, tuvo que dejar Nicaragua. Álvaro no se llama así, pero al preguntarle qué pseudónimo prefiere, escoge éste.

–¿Por qué?

–Es en honor a un chico de 15 años, Álvaro Conrado, al que un maldito francotirador disparó al cuello: cobarde bestia. Solo llevaba agua a los manifestantes.

Álvaro lanza una piedra a un grupo de paramilitares.


Después de la persecución y huida del país, no es extraño que prefiera dejar su identidad de lado. “Mi casa fue rafagueada dos veces. Pasaron disparando en el muro”, aclara desde su refugio europeo, el cual pide que se omita por su propia seguridad y desde donde vive desde entonces. “Eran mensajes, advertencias. Si yo estuviera allí, estoy seguro que ya estaría siendo devorado por gusanos”, señala. Álvaro sabía desde antes que su activismo podría traerle problemas, pero la decisión de abandonar su tierra la tomó después de que un amigo le filtrara que su nombre aparecía en una lista de personas. “No para secuestrar”, aclara ahora, “si no para darle tratamiento especial”. 

Las protestas comenzaron en Nicaragua en el pasado mes de abril, cuando el gobierno decidió hacer una serie de reformas del sistema de seguro social. Los pensionistas comenzaron a protestar y los estudiantes universitarios, cansados de la deriva del gobierno, se sumaron a las protestas en las que Álvaro participó desde el primer día. Era el 18 de abril y las calles de Managua se convirtieron en un campo de guerra en el que el abogado y activista salió malherido el primer día, cuando lo subieron en una de las camionetas blancas –“se han convertido en el símbolo de la muerte”– en el Camino de Oriente. “Tenían varios objetivos ese día y me reconocieron a mí porque he sido un fuerte activista”, admite.

Después lo apalearon, como se recoge en este vídeo (a partir del segundo 30), pero descamisado, con golpes en la cabeza y una puñalada en la mano, pudo escurrirse. “Lo que hice fue correr ensangrentado y me metí en contra del tráfico, sin importar que me atropellaran, pero era la única manera de que no vivieran a por mí. Me tiré por un desagüe y de ahí pude escapar hacia el hospital Lenin Fonseca”, relata con tristeza. Una vez allí, se dio cuenta de que la Ministra de Salud, supuestamente, había dado la orden a los hospitales de no atender a los heridos en las protestas. “Si las heridas hubieran sido algo más profundas”, dice aliviado ahora, “me hubiera desangrado”.

Álvaro era miembro del grupo Unión Masiva Nicaragua, cuyas actividades de apoyo y difusión de las protestas empezó a generarles problemas. Ayudó a los universitarios, canalizando ayudas desde Europa y llevando alimentos y medicamentos a los estudiantes encerrados en la universidad. “Les dolió mucho que yo hablara con lenguaje técnico legal en las calles”, afirma. Aunque hay varios grupos que coordinan las protestas en el país, Movimiento 19 de abril (el día que oficialmente empezó el conflicto) es el más fuerte. Sin embargo, Unión Masiva Nicaragua tuvo que disolverse cuando alguien hizo público el nombre de la treintena de integrantes. Y el de Álvaro estaba entre ellos. 

En Nicaragua el asesinato número 63 supuso un punto de inflexión en la lucha de los nicaragüenses. “Marcó el hastío”, expresa el joven abogado, “porque pensábamos que esto era una pesadilla, que no podía estar pasando”. Fue tan solo una semana después del inicio de las protestas y la tensa situación que Nicaragua había vivido durante los últimos años acabó por explotar. Desde que Daniel Ortega regresó al poder en el 2006 muchas cosas han cambiado, y lejos quedaba aquel lejano sueño que logró aunar al país y expulsar a la familia Somoza tras el triunfo de la revolución [en este reportaje hablé con agentes del país]. Después perdieron –y admitieron la derrota, algo hoy inviable– en las históricas elecciones de 1990, pero tres lustros después de ausencia en el poder, Ortega regresó con otro talante.

Las elecciones del 2011, además, las ganó con acusaciones de fraude y de manera inconstitucional, ya que fue el tercer mandato bajo una Constitución que solo permitía dos legislaturas. Las de 2016 fueron aún más cuestionadas y la victoria del presidente también fue abrumadora. Pero lo que sí es nuevo en Nicaragua es la violencia en uno de los países más seguros de América Latina. “Lo que hace más violenta la situación es el hecho de que el ejército haya dado armas de guerra a los paramilitares. ¿Te imaginas a esas hienas ansiosas de muerte con armas de guerra?”, reflexiona Álvaro.

La Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH) ha contabilizado, hasta el diez de julio, 351 muertos y 260 desaparecidos, pero las cifras siguen aumentando y entre el pasado domingo y lunes se denunciaron 800 secuestros en todo el país. “Él quiere tener suficiente gente presa para negociar una posible amnistía una vez que le llegue la justicia”, asegura el activista. Sin embargo, la batalla que se presenta en la calle lleva muchos años labrándose; y las marchas eran la primera herramienta. “Pensábamos que íbamos a doblegar al gobierno, que iba a dimitir. Nunca pensamos que la policía se iba a convertir en verdugo y asesino, y que iban a aparecer estos grupos paramilitares”, reflexiona. 

Lejos de una dimisión o unas elecciones anticipadas que exige la Organización de los Estados Americanos (OEA), la represión en Nicaragua está aumentando. Las órdenes, asegura el abogado, vienen directamente de El Carmen [palacio de gobierno], donde el presidente vive rodeado de cientos de policías: “Nos tienen miedo porque ya no tenemos miedo”.

Álvaro relata con tristeza la última tragedia, ocurrida en la noche del 24 de julio, cuando una estudiante de medicina brasileña de 31 años, Rayneia Lima, fue asesinada en el coche. “El hecho de que hayan asesinado a una brasileña puede ser el principio del fin de Otega: la Corte Penal Internacional, en quienes hemos pensado utilizar para condenarlo. Así se abre la puerta para responsabilizarlo por los casi 400 asesinatos”, dice Álvaro.

Junto a esto, otros casos han expandido la tragedia de Nicaragua a todo el mundo, visibilizando la deriva de la pareja presidencial (Ortega y su mujer, Rosario Murillo) en los últimos tiempos. Ambos se han ganado calificativos (por parte de políticos, escritores y de defensores de derechos humanos) como cleptómanos, reaccionarios, autoritarios, dictadores, inconstitucionales o ladrones. Álvaro los tilda, directamente, de “psicópatas”. 

El asesinato de una familia entera en el barrio Carlos Marx el pasado mes de junio, respaldaba –una vez más– la brutalidad represiva. Según los familiares testigos, algunos de ellos supervivientes, fueron los paramilitares los que prendieron fuego a la vivienda de la familia Velásquez. La razón es que se habían negado a dejar el tercer piso de la casa a los grupos armados para que los francotiradores la usaran contra manifestantes. Tras quemar la casa, se apostaron en la puerta con metralletas para que no saliera nadie. Una de las hijas se tiró por el balcón y se salvó, aunque finalmente murieron quemados vivos seis de los nueve miembros.

Un conflicto que sacude todo el país 

Hay varios puntos en los que el gobierno se ha cebado especialmente. El barrio indígena de Monimbó, en Masaya, es uno de ellos. Masaya es símbolo de la resistencia de la población, pero el pasado 17 de julio, 1.500 efectivos –“ejército, policía y paramilitares: el trío de la muerte”, dice el activista– aplastó a los rebeldes. Hubo tres muertos.

Es en ciudades así donde los grupos que apoyan al gobierno y que, según Álvaro, el gobierno financia con sueldos diarios, entran en las ciudades opositoras y queman alcaldías y juzgados para borrar pruebas en contra del gobierno. Luego plantan la bandera sandinista a modo de reconquista. Entre ellos, destaca, hay grupos de mercenarios venezolanos y el equipo cubano de élite Avispas Negras, algo que la prensa local ha sacado a la luz y él analiza ahora: “Por eso no entendíamos antes que nicaragüenses estaban matando tan fácilmente a nicaragüenses”. La actuación del grupo de élite cubano ya irrumpió en las protestas de Venezuela, cuyo número de víctimas ha superado ampliamente Nicaragua en mucho menos tiempo.

“Quisiera no comparar lo que pasa en Nicaragua con Venezuela, porque son situaciones distintas”, asegura. “Mientras Nicaragua está viviendo el clima de un país de derechas, Venezuela está viviendo el terror de ser un país socialista, aunque eso no es socialismo”. En Nicaragua, sostiene Álvaro, existe un empresariado tranquilo y la élite sandinista “ama el dólar”. Y es en ese contexto donde recuerda que el país vendió su soberanía a un empresario chino en el proyecto fantasma del Canal Interoceánico [hace tiempo escribí este reportaje], algo que nadie entendió. La relación entre ambas naciones ha sido estrecha hasta el punto que el gobierno sandinista recibía un apoyo económico que ahora, con la caída de los precios del petróleo, ha repercutido en su debilidad: Ortega recibía –sin dar explicaciones ni pasar por el presupuesto nacional– 500 millones de dólares anuales.

Las críticas internacionales arrecian, los movimientos civiles del país centroamericano se han refugiado en la protesta pacífica y el Gobierno, que en los últimos años trató de conectar con las clases populares vistiéndose de religiosidad, está enfrentado a la Iglesia Católica, desconcertada por tanta represión. “Yo creo que estamos viviendo la peor crisis en la historia de Nicaragua”, afirma Álvaro, contundente, a pesar de que Nicaragua ha experimentado el terror de la guerra. 

Sin embargo, afirma el activista, en la guerra había dos bandos armados mientras que ahora el pueblo se enfrenta con piedras, barricadas y refugiándose en la universidad e iglesias en un país que –afirma– comienza a vivir una “caza de brujas”. Por su parte, no tiene otra opción que confiar en una solución. “A veces sueño con la intervención de los cascos azules”, sugiere desde su refugio, donde trata de consolarse: “No hay mal que cien años dure…”.

20/8/18

Hoy te fui a ver y te he visto

Qué poco curioso es el hombre
que apenas ha buscado su misterio. 

 –Henry D. Thoreau



Hoy te fui a ver
y te he visto.

Hoy te fui a ver
y te he visto
y oído, y desvestido el aliento
de poniente, 
donde todo empieza,
o acaba el resto.

Hoy te fui a ver
y hemos hablado
y rondado, y ladrado a las flores,
las arrugas, el tiempo y al agua
que limpia las fachadas
de varices, vientos,
nevadas.

Hoy te fui a ver
y la pared de plomo y piel
me guiñó que descansabas.
El sol dándonos la espalda
y me has visto
arañar el aire y el silencio
con espuelas de helechos
y manzanas.

Hoy nos hemos visto y
nos veremos:
cuando acabe agosto
y se vendimie el campo
el poso de todo
y escuchemos el deshielo
del cuerpo,
que siempre se está yendo.

Hoy te fui a ver y me viste,
como un perro con pena,
aullar, ya ronco,
a tus huellas
de almíbar y arena.

6/8/18

Historias

Husmeando entre los poemas de José Hierro me encuentro historias...

...historias maravillosas como la del que se propuso asesinar al rey de un país lejano, y cabalgó bajo el sol y la luna, y un día halló a otro jinete que llevaba el mismo rumbo, y compartieron los alimentos, y conversaron bajo el sol y la luna, pero el malhechor no habló de la razón de su viaje hasta que llegaron a las puertas de la ciudad en que el rey tenía su palacio, y entonces dijo: «Amigo, no es conveniente que te vean conmigo; vengo a matar al rey de este país y, si me cogen, te ahorcarían también a ti, considerándote mi cómplice». Y entonces, su amigo inclinó la cabeza y dijo: «Cumple tu propósito, pues yo soy el rey». Y el malhechor abrazó al rey, que ya era su amigo, y regresó a su país. Esta cabeza recuerda historias maravillosas.

27/7/18

Ojos de verdura y de canela

Ojos de verdura y de canela
que al reverso del espejo
siempre inunda
con la luz apagada de una vela.

Ojos de musgo y lana fina
con estampas del verano
o una ruina:
cómo se beben las aguas,
cómo se vive la vida.

Ojos de verdín y arena,
de amarillo que rodea
el fragor de marzo:
los caprichos y las vetas
del otoño                 
queman las hojas
y mueven las goletas
(¿hacia qué tierras?).

Ojos de metal y hiedra
con virutas de pared de enredadera;
los ríos también nacen de la tierra
y sus raíces no rompen las aceras.

Si al mirar de frente se alborotan las semillas
las excusas travestidas
en tus ojos de vino y arcilla, de agua estancada
o cristalina,
o monte nevado, o nube cargada
de lluvia sencilla
que aviva el fuego del alma...

...qué importan los cuerpos
si todo es la vida.

22/7/18

La aldea colombiana que perdonó a sus verdugos

Los mamones cuelgan del árbol en forma de alveolos. Son pegajosos, como el calor tropical que empuja el maíz, el ñame, la papaya.

–No te limpies las manos con la camisa– advierte Juana Alicia Ruiz– porque las manchas no pueden quitarse. 

A las espaldas de la plaza central de Mampuján, donde la hierba se lanza anárquica al cielo y las ramas de los árboles se agitan, corre un arroyo cuyas aguas no limpian ni la baba de los frutos ni los recuerdos que guarda el tiempo: el pueblo entero fue expulsado por un grupo de paramilitares.

–Pero no queremos mostrarlos como unos monstruos que hicieron daño, aunque hicieron mucho, sino como seres humanos que se creyeron con el derecho a vengarse. Y esa venganza fue hacia mucha gente–, dice Juana Alicia, líder comunitaria de esta pequeña aldea afrocolombiana en las faldas de los Montes de María, en el departamento de Bolívar ( Colombia).

Edward Cobos Téllez, alias ‘Diego Vecino’, y Uber Enrique Banquez, alias ‘Juancho Dique’, eran los miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) –grupo paramilitar de extrema derecha financiado por empresarios– que habían liderado el desplazamiento forzoso de las 245 familias de Mampuján el 10 de marzo del 2000. Durante el proceso judicial en el año 2010 en Bogotá, donde fueron condenados a ocho años de cárcel por este delito, uno de los representantes de la comunidad se acercó a ellos, los abrazó y les regaló una biblia a cada uno. Los miró a los ojos y les dijo: “No entiendo qué tenían en la cabeza cuando cometieron ese crimen. En mi tierra no le apostamos a más guerra: el que está enfermo es el que no puede perdonar”.

Dos años después, ambos jefes paramilitares acudieron al nuevo Mampuján, el territorio que la comunidad había fundado monte abajo, en el marco de Ley de Justicia y Paz a la que se habían acogido. La ley, del año 2005, prometió no castigar a 30,000 guerrilleros y paramilitares con la severidad de la justicia ordinaria a cambio de colaboración, el reconocimiento de los hechos y el perdón. Al llegar a Mampuján, los criminales esperaban encontrarse una comunidad cargada de ira por haber sido arrancada de su tierra, de sus vidas. Pero a la hora del almuerzo, Sixta Tula, una de las vecinas desplazadas, colocó una mesa envuelta en un mantel blanco y dos sillas para que ambos comieran. A ellos se les saltaron las lágrimas.

–¿Y se arrepintieron?

–Si se arrepintieron de verdad solo lo saben ellos, pero nosotros sí les perdonamos– confiesa, aliviada, Juana Alicia.

A Diego Vecino, los tribunales le atribuyen 70,000 desplazamientos y 2,000 crímenes, además de secuestros y varias masacres, mientras que Juancho Dique confesó 565 crímenes entre los cuales está la masacre en Chengue, donde mataron a golpes a 27 campesinos.

Solo en el municipio María La Baja, donde el viejo Mampuján se ahoga entre matorrales y el nuevo Mampuján respira tristeza, fueron desplazadas 17,500 personas entre 1997 y 2010 por las AUC. María La Baja es un municipio de la región Montes de María en la cual la violencia alcanzó niveles desconocidos: el número de desplazados aquí es cinco veces más que en los departamentos aledaños de Sucre y Córdoba. 

Las narraciones de los sucesos que ambos dirigieron en la región se hunden en lo macabro. Según cuentan, los paramilitares, fusil y cuchillo en mano, mataron, amenazaron, decapitaron, violaron, colgaron a las víctimas de los árboles, arrasaron casas y jugaron al fútbol con las cabezas cortadas de los habitantes. En Mampuján aún se preguntan por qué tanta atrocidad, aunque Juana Alicia sugiere una idea: “Detrás de cada hecho violento hay un niño asustado”.

La historia personal de los líderes del desplazamiento se conoció más tarde, cuando los paracos (paramilitares) se desmovilizaron el 14 de julio del 2005 y rindieron versiones libres de los hechos durante el proceso judicial, en los años 2007 y 2008. Juancho Dique fue maltratado por su padre y Diego Vecino, víctima de los guerrilleros, perdió a un tío, lo secuestraron dos veces y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) le incrustaron una bala en el cráneo. Antes de regresar a la vida civil, Dique era líder del frente Canal del Dique y Diego Vecino, comandante del Bloque Héroes de Montes de María.

–¿Y para ti son héroes? 

–No, por favor, cómo voy a creer eso–, dice Juana Alicia, y suelta una carcajada–. Son asesinos.

*



Mampuján Nuevo.
 Foto: Luis M. Charris


20/7/18

A una vela que se consume lentamente

...arder como la vela y consumirse...

Lope de Vega, Ausencia




Prendida con luz que hierve en los dedos
tras eones empañados de inviernos
de destierro, sed y vientos ajenos:
larga espera en anillos acolchados 

donde duermen los siglos, ya cansados.
Porque el hielo solo puede abrasarnos,
y yo con fuego en el pecho y en las manos,
y pretéritos siempre indefinidos.

La vida y alegría son el poso
que se asienta en el fondo tras un día:
el tiempo de la llama, que en reposo,

con caricias al aire convencía.
Nada cambia en este amor prodigioso
tras quemar pieles a la fantasía.

12/7/18

La esencia

A una obra inacabada.


Tus ojos
de maíz y brea
que en estos campos
junio altera.

El trigo añora
la espiga blanca
si en ti descansa.               

Y yo esperando
la luz de mayo
que el río viste
por cada tallo.

Fray Luis contempla
la espuma malta
de las entrañas:
la fragua entera
deshace todo
menos la esencia.

          "A cosa de una legua de la ciudad de Salamanca, junto al viejo camino
        real de Madrid, y a orillas del claro Tormes... " (Miguel de Unamuno)


7/7/18

Como a un reloj de arena

Que la vida se nos va
en zancadas
donde algas y alimañas
desentierran los colores.
Que la vida no es un sueño
en cada invierno.
Son los siglos los que arrasan,
(más asfixian los temores):
dame la mano, dame la vida,
que el abismo no tiene fronteras
y el miedo es una condena.

Son tantas las deudas.

Y los pájaros pican las manzanas
y preguntas, preocupada,
por qué se arruga este nogal, aquel manzano,
y se desliza el agua
y yo te quiero.
Mientras un año mal quemado
encharca las raíces
y vuela el polen, o las semillas,
o las hierbas que no roen
las polillas.

A veces el verano
es una condena
y otras veces le damos la vuelta
de nuevo,
como a un reloj de arena.

Sierra Nevada de Santa Marta (Colombia).