28/3/20

¡Adiós!

Hay cosas que tienen un principio y un final, y este blog que ha danzado los últimos trece años conmigo llega a su final. Alguna vez tuvo un sentido, me acompañó muchos viajes y dolores y últimamente traté de alargar una vida que sabía que ya no existía. 

Hace ya varios meses, quizá un año o dos, hice una limpieza de la mayoría de entradas escritas pues, más que no reconocerme en cada lamento y crítica, que también, me avergonzaban. Las cosas empiezan y acaban y la vida tiene sus etapas. No es que me arrepienta de todas las 605 entradas de Al este del Edén (la mayoría, como digo, capadas), si no que últimamente me gustaría escribir y no escribo, versificar y no versifico. Alguna vez estas paredes fueron un refugio. Pero si se vuelcan litros de vino en un viejo tonel con grietas, se acaba por derramar, y uno deja de tener ganas de seguir vertiendo el vino. Así me pasó y esa es la razón por la que es mejor mudarse que alimentar al muerto. A un muerto demasiado querido. 

Recientemente añadí aquí, tímidamente, los últimos versos de los últimos años. Los llamé 180 grados porque así sentía que mi vida, como San Pablo, había cambiado de dirección. Dejaré operativo este escondrijo como recuerdo al que, por qué no, visitar de vez en cuando. Si hay versos que alguna vez tallé están solo en el blog. No guardo papeles ni cuadernos con ellos. Este espacio alguna vez fue un vientre henchido de furia y de vida. Aquí lloré desde el primer día y me alegré y patalee. Aquí, herido de guerra, le pedí tantas veces a dios que saliera al auxilio de una vida que bombeaba demasiada savia y sabía que había una puerta, pero no la encontraba. Pero mis ruegos fueron escuchados. Luego conté anécdotas de mis viajes, volqué algún vídeo y construí casas de catorce tablas, como Neruda. Y borré: borré tantas cosas que esto ya no se parece a nada de lo que alguna vez fue. Mejor irse, o transmutarse, y encontrarnos en un nuevo espacio.

Al este del edén es una novela de John Steinbeck pero también una posición extraviada y ajena al paraíso, cercana a la derrota, y quizá de manera inconsciente ese era el sentido, lo que espoleó mi imaginación o electrocutó mi ánimo. Pero hace tiempo que este cajón de sastre tan amado para mí dejó de tener sentido porque ni concibo la vida así ni la experimento así ni nada de lo que sucedía sucede. Es mejor darle una digna sepultura, vestirlo con la mejor túnica, bendecirlo y visitarlo los años bisiestos, como un recuerdo alegre. Al fin y al cabo, eso es lo que es.

¡Adiós y gracias!

18/3/20

En busca de las mujeres de Boston

Meg Campbell sabía que en las calles de Boston apenas había referencias a mujeres, así que, cuando una compañera de trabajo dio con una subvención del Gobierno para desarrollar proyectos de igualdad, ­sugirió crear una caminata siguiendo sus huellas. Han pasado 20 años desde el primer recorrido y la Boston Women’s Heritage Trail (BWHT), la organización que fundó esta profesora ya jubilada, ha ­inspirado a mujeres de Portland, Salem, Oslo o Reikiavik a crear sus propios recorridos. Además de continuar su labor en Boston, BWHT está asesorando a New Bedford y acaba de diseñar una ruta sobre las sufragistas, coincidiendo con el centenario, este año, del voto femenino en Estados Unidos. 

Investigadoras, profesoras voluntarias y alumnos de escuelas públicas hurgan en la historia para elaborar sus circuitos. Es así como estudiantes de Harvard concibieron un paseo por Charlestown y alumnas de la Codman Academy Charter School se reunieron durante 10 sábados y entrevistaron a miembros de la comunidad hasta completar el itinerario en Dorchester. 

A pequeños sorbos, BWHT fue sumando rutas en North End, Roxbury o Beacon Hill. De las vidas de la escritora trascendentalista Margaret Fuller, de las hermanas Grimké —­que defendieron a los esclavos aunque su familia los empleara— o de cualquiera de las 200 mujeres blancas, asiáticas, negras, latinoamericanas o indias que dejaron su legado en libros, música, ciencia, educación o lucha por la igualdad no se sabía nada. “Si no hemos escuchado hablar de las mujeres”, se lamenta Campbell, “es porque no hemos estado en posición de poder para hacerlo”.

Sigue en este enlace de El País Semanal.

19/2/20

Ruta del blues

El río Misisipi es al blues lo que el coche a la carretera, no se entiende el uno sin el otro. Por eso ponemos rumbo a Nueva Orleans siguiendo la Highway 61, una ruta que comienza en Minnesota y culmina en la desembocadura del río mientras la música dibuja un curioso mapa de esclavos, plantaciones y grandes músicos. Sube el volumen que comenzamos.

La calle Beale sigue siendo el corazón de Memphis.

La galería de fotos y texto sigue en este enlace de El Mundo.

7/2/20

Costa Quebrada, donde el tiempo se lee (y se contempla)

Es una de las costas más espectaculares de España y, aunque nunca había sido un secreto, a partir de ahora lo será un poco menos. La asociación Costa Quebrada había fraguado la idea de presentar su solicitud a la UNESCO para su declaración como geoparque hace tiempo, pero prefirió esperar. Hasta que recientemente, por fin, presentó la candidatura.

Costa Quebrada es una franja litoral entre Santander y Cuchía que a lo largo de veinte kilómetros y cuatro municipios se sucede de formas variadas. Al principio del recorrido se asoman las primeras playas y la costa parece domesticada, pero al salir de la ciudad, llegar a Cabo Mayor –donde el mismo faro lleva guiando a los barcos casi dos siglos– y seguir hacia el oeste, el paisaje se vuelve solitario y agreste. Es entonces cuando se empieza a comprender por qué la asociación, que ya llamaba "parque geológico” a esta costa, busca el certificado oficial.

La UNESCO define los geoparques como “áreas geográficas únicas, donde los sitios y paisajes de importancia geológica internacional se gestionan con un concepto holístico de protección, educación y desarrollo sostenible”. Además, para formar parte de la red mundial de geoparques, la organización tiene en cuenta el patrimonio geológico y humano y su riqueza cultural, algo que en Costa Quebrada se despliega con abundancia. Por eso, el sueño de integrar el club de 147 parques esparcidos en cuarenta y un países –trece de ellos en España– parece ahora más cercano que nunca.

Sigue en este enlace de Viajes National Geographic.

24/12/19

Viaje a Concord, la ciudad de 'Mujercitas'

Amos Bronson Alcott compró una casa rodeada de cuatro hectáreas de tierra y cuarenta manzanos por menos de mil dólares. Tras repararla durante varios meses e instalarse con su familia en 1858, la bautizó como Orchard House (Casa de la Huerta).

Pero si esta vivienda de madera oscura, varios tejados y aspecto tenebroso ubicada en Concord, un plácido poblado a treinta kilómetros del centro de Boston, sigue recibiendo visitas más de un siglo y medio después de que aquel excéntrico profesor la comprara, es porque en su interior se fraguó una de las grandes obras literarias. La novela se llamó Mujercitas y su autora, Louisa May, era una de las cuatro hijas que Amos Bronson tuvo con Abigail May. 

El libro fue publicado en 1868 por una escritora que, por aquel entonces, tenía 36 años y había trabajado como voluntaria en un hospital de Washington durante la Guerra Civil, donde conoció a Walt Whitman. Al regreso, su editor le sugirió escribir una historia para niñas y ella respondió que sabía muy poco de ellas, ya que solo había convivido con sus hermanas. A pesar de ello, decidió recurrir a la memoria y convertir a sus hermanas (y a ella) en las hermanas March para crear una novela insumisa. Louisa se refugió en el personaje de Jo, de quien Patti Smith confesó, en el prólogo de una edición especial por el 150 aniversario de su publicación, que le había enseñado a seguir su propio camino y desobedecer las convenciones sociales.

Sigue en este enlace de Viajes NG.

3/11/19

Tras el rastro de los Padres Peregrinos

Lea Sinclair Filson, expresidenta de la Mayflower Society. 
Al acercarse al litoral de Massachusetts, los pasajeros del May­flower solo podían pensar en sobrevivir. Tras dos meses en un barco de carga durante una travesía atroz que había zarpado de la ciudad inglesa de Plymouth, desembarcaban en una playa en la costa este de Norteamérica en la que, en un futuro, sería la Plymouth estado­unidense. Era noviembre de 1620 y aquel deseo no se materializó del todo porque en el primer invierno murieron la mitad de ellos. Los 102 ocupantes del Mayflower, sin embargo, pasaron a la historia por formar el primer asentamiento permanente de colonos de EE UU. 

“Es importante contar la historia de los peregrinos, ya que ayudaron a fundar este país”, dice Lea Sinclair Filson, volcada en la preparación del 400º aniversario de la llegada de aquella nave en la ciudad de ­Plymouth. Sinclair es miembro y expresidenta de la General Society of Mayflower Descendants (Sociedad General de Descendientes del Mayflower), organización creada en 1897 que agrupa a 30.000 descendientes de aquellos pasajeros, apenas un pellizco de los 35 millones de personas —10 millones de ellos estadounidenses— que descienden de los llamados Padres Peregrinos.

Para Lea Sinclair todo empezó hace medio siglo, cuando su abuela reconstruyó el vínculo con un pasajero del barco. “La mayoría de la gente no busca su genealogía hasta que son mayores. Cuando tienes 50 o 55 años empiezas a pensar que no vas a vivir para siempre y comienzas a investigar de dónde vienes”, detalla. Pero la semilla sembrada por su abuela brotó en ella al cumplir los 40. Y empezó a trepar por las ramas de sus ancestros.

Sigue en este enlace de El País Semanal.

23/10/19

Tras el rastro de Moby Dick

Yo lo había visto. 

Había visto los contornos suaves de sus playas. También había dormido en posadas destartaladas, rezado en capillas y caminado por muelles de madera que crujían bajo mis pies. Había visto a los indios wampanoag caminar desnudos, como acariciando el suelo, y a un capitán con pierna de marfil que gritaba, poseído por la ira, «¡hijos de la oscuridad!». Había estado entre grandes tempestades y había sido engullido por lametazos de olas gigantes. Había visto una maraña de arpones y lanchas y maldiciones. Había ido a los Mares del Sur y holgazaneado en la cubierta del Pequod. Había remado hasta la extenuación con marineros de medio mundo con quienes había trabado amistad. Y había visto colas y lomos centelleantes de ballenas que a veces resoplaban a lo lejos y otras demasiado cerca.

Yo había visto arder lámparas de aceite de ballena en callejuelas adoquinadas. A hombres que fumaban en pipa y a otros que se zampaban con ansia guisos de chowder para desayunar, para comer y para cenar. 

Yo había visto todo eso. 

Cuando el ferry atravesaba la noche viscosa y se acercaba a las costas de la isla de Nantucket, donde el faro Brant Point guiña su luz roja cada cuatro segundos, todo eso regurgitaba en mi cabeza como una danza pegadiza: yo ya lo había visto.

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Sigue en este enlace de Altair Magazine.

22/10/19

El camino continúa cincuenta años después

El sello Ace Books le había ofrecido mil dólares como anticipo por En el camino, pero Jack Kerouac no lo firmó. Allen Ginsberg llevaba tiempo esparciendo sus manuscritos entre los editores y le había conseguido un contrato que calificó de “piojoso”, aunque aquella carta de febrero de 1952 sonaba más a broma. “¡Cómo! ¿Ningún millón?”, le escribió antes de augurarle éxito: “Será la Primera Novela Americana”.

Cuando Kerouac recibió esas palabras estaba en San Francisco junto a Neal Cassady, protagonista de una novela que había acabado el año anterior tras un encierro de tres semanas. Fue durante el mes de abril y atado a la máquina de escribir donde había volcado en tromba las experiencias en la carretera junto a Cassady, Ginsberg y William Burroughs, vaciándose hasta la última gota. Conseguir el éxito literario no era algo accesible. Al menos, de momento. 

Desde que el 17 de julio de 1947 tomó un autobús a Denver, Colorado, Kerouac había rayado el mapa de Estados Unidos en coche y autobús, solo y acompañado, pagando el billete o levantando el dedo a la orilla de la carretera. Era la tarea acelerada y viva, casi devota, de un hombre que había decidido –si es que las pasiones se deciden– zambullirse en el instante.

En el camino se desbordaba, como la erupción de un volcán. Sus letras estaban vivas y palpitaban y su ritmo era tan endiablado que cortaba el aliento. No era un texto que encajara en parámetros conocidos, y eso repelía a los editores; tampoco ayudaba la estética. Escrito en un rollo de papel desplegable de casi cuarenta metros, su apariencia era la de un amasijo atragantado de palabras: ni el más alucinado de los editores hubiera pensado que un coleccionista pagaría por él dos millones y medio de euros medio siglo después.

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Sigue en este enlace de Letras Libres

5/10/19

El regreso de Fray Luis

Azorín no pudo acudir y envió un mensaje de apoyo. “La poesía vence al tiempo porque encierra la esencia de las cosas”, escribió en la carta que alguien leyó en la inauguración del segundo congreso de poesía. Era julio de 1953 y decenas de poetas, como José Manuel Caballero Bonald, Dulce María Loynaz, José Hierro o Gerardo Diego, habían acudido a Salamanca a homenajear la memoria de Fray Luis de León. El aspecto del grupo de poetas debía de ser tan extraño que, caminando por la ciudad, unos chicos les confundieron con jugadores de un equipo de fútbol.

En Salamanca todos siguen recordando a Fray Luis, quien fuera profesor y cuya escultura frente a la fachada de la universidad lleva erguida siglo y medio. Pero el aniversario de este cuerpo de bronce fundido en Marsella y financiado por suscripción popular es la última excusa para exaltar al poeta: aunque nunca se le olvidó del todo, ahora regresa un poco más. En los últimos meses, y aprovechando el ochocientos aniversario de la fundación de la Universidad de Salamanca (1218), se ha replicado el congreso de 1953, se han reditado varios libros y se ha estrenado alguna película, como Asesinato en la universidad.  

Lo más llamativo, sin embargo, ha sido el compromiso de restaurar La Flecha.

La huerta de La Flecha es una antigua granja del siglo XVI que los agustinos poseían a apenas siete kilómetros de la ciudad y donde el religioso se refugiaba en los tórridos veranos castellanos. En el congreso de 1953, después de visitar la tumba de Unamuno y pasar por las aulas, los asistentes acudieron admirados a este lugar de quien el propio Unamuno –ferviente admirador de Fray Luis– escribió que el río pasaba tan lento que parecía gozar durmiendo.

A orillas del Tormes, la estancia es un conjunto de edificios abandonados que la Asociación Hispania Nostra incluyó en su lista roja de patrimonio en el año 2011. Desde finales de los años noventa, ha habido varios intentos de declararlo Bien de Interés Cultural, pero a día de hoy sus piedras de Villamayor siguen envueltas en la maleza y el silencio. Los árboles caídos, las puertas desencajadas, los grafitis y las rejas arrancadas amenazan un monumento que el tiempo y la desidia han tumbado desde que el duque de Aveiro restaurara la capilla en 1904.

Solo dos años después del histórico congreso, en 1955, el Boletín Oficial del Estado publicó la autorización para explotar el entorno, permitiendo la construcción de un estercolero, una cochiquera y dos viviendas para obreros. Al menos, se exigía respetar un espacio dedicado a Fray Luis, al otro lado de una carretera que sustituyó el Camino Real a Madrid y que partió la finca por la mitad. Ahora, de un lado agoniza el monumento a la espera de su reconstrucción mientras del otro se inauguró el año pasado otra escultura –seis libros de hormigón– en honor al fraile agustino.

Si tras casi cinco años de prisión, Fray Luis regresó a las clases con su clásico “Decíamos ayer…” en los labios, fue este paraje el que le arrancó algunos versos que resuenan junto al río. “Del monte en la ladera, /por mi mano plantado tengo un huerto,/que con la primavera/ de bella flor cubierto/ ya muestra en esperanza el fruto cierto”, escribió en su Oda a la vida retirada desde La Flecha, donde además de labrar la huerta, cultivó su espíritu, que nunca se fue del todo. 


Tus ojos de maíz y brea
que en estos campos junio altera.

El trigo añora la espiga blanca 
si en ti descansa.
Y yo esperando la luz de mayo 
que el río viste por cada tallo. 

Fray Luis contempla la espuma malta
de las entrañas:
la fragua entera deshace todo
menos la esencia.


27/7/19

La ballena olvidada de Herman Melville

A veces resulta imposible saber qué partes de una historia nacen de la imaginación y cuáles de la experiencia, pero en el caso de Herman Melville se hace aún más difícil: lo que podría pasar por fantasías, lo había vivido en primera persona. Es así, a través de su extravagante vida, como el autor de Moby Dick rompió la barrera entre realidad y ficción.

Melville nació en Nueva York el 1 de agosto de 1819 en una familia que se dedicaba a la importación, aunque eso no significaba mucho en un país donde te podías arruinar con la misma velocidad con la que se cumplían los sueños. Su padre no soportó la quiebra del negocio y murió, dejando a su esposa y a los ochos hijos con las manos vacías. Melville, con apenas trece años, se empleó en un banco en Lansingburg, donde se habían mudado, y acabó dando clases. Pero no aguantó ninguno de los trabajos y los artículos que escribía para un periódico bajo el título Fragmentos desde una mesa de escritorio apenas le daban beneficios. Entonces, decidió enrolarse en un barco mercante. 

Tras regresar cuatro meses después, fue incapaz de adaptarse en tierra firme y pensó que la próxima vez, ya con el mar dentro de él, viviría una aventura más intensa. Se acercó al puerto de New Bedford y se enroló en el ballenero Acushnet. “Esos viajes son para mí”, escribió en Moby Dick, “el sucedáneo de la pistola y la bala”.

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Sigue en la revista La Aventura de la Historia.