3/11/19

Tras el rastro de los Padres Peregrinos

Lea Sinclair Filson, expresidenta de la Mayflower Society. 
Al acercarse al litoral de Massachusetts, los pasajeros del May­flower solo podían pensar en sobrevivir. Tras dos meses en un barco de carga durante una travesía atroz que había zarpado de la ciudad inglesa de Plymouth, desembarcaban en una playa en la costa este de Norteamérica en la que, en un futuro, sería la Plymouth estado­unidense. Era noviembre de 1620 y aquel deseo no se materializó del todo porque en el primer invierno murieron la mitad de ellos. Los 102 ocupantes del Mayflower, sin embargo, pasaron a la historia por formar el primer asentamiento permanente de colonos de EE UU. 

“Es importante contar la historia de los peregrinos, ya que ayudaron a fundar este país”, dice Lea Sinclair Filson, volcada en la preparación del 400º aniversario de la llegada de aquella nave en la ciudad de ­Plymouth. Sinclair es miembro y expresidenta de la General Society of Mayflower Descendants (Sociedad General de Descendientes del Mayflower), organización creada en 1897 que agrupa a 30.000 descendientes de aquellos pasajeros, apenas un pellizco de los 35 millones de personas —10 millones de ellos estadounidenses— que descienden de los llamados Padres Peregrinos.

Para Lea Sinclair todo empezó hace medio siglo, cuando su abuela reconstruyó el vínculo con un pasajero del barco. “La mayoría de la gente no busca su genealogía hasta que son mayores. Cuando tienes 50 o 55 años empiezas a pensar que no vas a vivir para siempre y comienzas a investigar de dónde vienes”, detalla. Pero la semilla sembrada por su abuela brotó en ella al cumplir los 40. Y empezó a trepar por las ramas de sus ancestros.

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23/10/19

Tras el rastro de Moby Dick

Yo lo había visto. 

Había visto los contornos suaves de sus playas. También había dormido en posadas destartaladas, rezado en capillas y caminado por muelles de madera que crujían bajo mis pies. Había visto a los indios wampanoag caminar desnudos, como acariciando el suelo, y a un capitán con pierna de marfil que gritaba, poseído por la ira, «¡hijos de la oscuridad!». Había estado entre grandes tempestades y había sido engullido por lametazos de olas gigantes. Había visto una maraña de arpones y lanchas y maldiciones. Había ido a los Mares del Sur y holgazaneado en la cubierta del Pequod. Había remado hasta la extenuación con marineros de medio mundo con quienes había trabado amistad. Y había visto colas y lomos centelleantes de ballenas que a veces resoplaban a lo lejos y otras demasiado cerca.

Yo había visto arder lámparas de aceite de ballena en callejuelas adoquinadas. A hombres que fumaban en pipa y a otros que se zampaban con ansia guisos de chowder para desayunar, para comer y para cenar. 

Yo había visto todo eso. 

Cuando el ferry atravesaba la noche viscosa y se acercaba a las costas de la isla de Nantucket, donde el faro Brant Point guiña su luz roja cada cuatro segundos, todo eso regurgitaba en mi cabeza como una danza pegadiza: yo ya lo había visto.

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22/10/19

El camino continúa cincuenta años después

El sello Ace Books le había ofrecido mil dólares como anticipo por En el camino, pero Jack Kerouac no lo firmó. Allen Ginsberg llevaba tiempo esparciendo sus manuscritos entre los editores y le había conseguido un contrato que calificó de “piojoso”, aunque aquella carta de febrero de 1952 sonaba más a broma. “¡Cómo! ¿Ningún millón?”, le escribió antes de augurarle éxito: “Será la Primera Novela Americana”.

Cuando Kerouac recibió esas palabras estaba en San Francisco junto a Neal Cassady, protagonista de una novela que había acabado el año anterior tras un encierro de tres semanas. Fue durante el mes de abril y atado a la máquina de escribir donde había volcado en tromba las experiencias en la carretera junto a Cassady, Ginsberg y William Burroughs, vaciándose hasta la última gota. Conseguir el éxito literario no era algo accesible. Al menos, de momento. 

Desde que el 17 de julio de 1947 tomó un autobús a Denver, Colorado, Kerouac había rayado el mapa de Estados Unidos en coche y autobús, solo y acompañado, pagando el billete o levantando el dedo a la orilla de la carretera. Era la tarea acelerada y viva, casi devota, de un hombre que había decidido –si es que las pasiones se deciden– zambullirse en el instante.

En el camino se desbordaba, como la erupción de un volcán. Sus letras estaban vivas y palpitaban y su ritmo era tan endiablado que cortaba el aliento. No era un texto que encajara en parámetros conocidos, y eso repelía a los editores; tampoco ayudaba la estética. Escrito en un rollo de papel desplegable de casi cuarenta metros, su apariencia era la de un amasijo atragantado de palabras: ni el más alucinado de los editores hubiera pensado que un coleccionista pagaría por él dos millones y medio de euros medio siglo después.

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5/10/19

El regreso de Fray Luis

Azorín no pudo acudir y envió un mensaje de apoyo. “La poesía vence al tiempo porque encierra la esencia de las cosas”, escribió en la carta que alguien leyó en la inauguración del segundo congreso de poesía. Era julio de 1953 y decenas de poetas, como José Manuel Caballero Bonald, Dulce María Loynaz, José Hierro o Gerardo Diego, habían acudido a Salamanca a homenajear la memoria de Fray Luis de León. El aspecto del grupo de poetas debía de ser tan extraño que, caminando por la ciudad, unos chicos les confundieron con jugadores de un equipo de fútbol.

En Salamanca todos siguen recordando a Fray Luis, quien fuera profesor y cuya escultura frente a la fachada de la universidad lleva erguida siglo y medio. Pero el aniversario de este cuerpo de bronce fundido en Marsella y financiado por suscripción popular es la última excusa para exaltar al poeta: aunque nunca se le olvidó del todo, ahora regresa un poco más. En los últimos meses, y aprovechando el ochocientos aniversario de la fundación de la Universidad de Salamanca (1218), se ha replicado el congreso de 1953, se han reditado varios libros y se ha estrenado alguna película, como Asesinato en la universidad.  

Lo más llamativo, sin embargo, ha sido el compromiso de restaurar La Flecha.

La huerta de La Flecha es una antigua granja del siglo XVI que los agustinos poseían a apenas siete kilómetros de la ciudad y donde el religioso se refugiaba en los tórridos veranos castellanos. En el congreso de 1953, después de visitar la tumba de Unamuno y pasar por las aulas, los asistentes acudieron admirados a este lugar de quien el propio Unamuno –ferviente admirador de Fray Luis– escribió que el río pasaba tan lento que parecía gozar durmiendo.

A orillas del Tormes, la estancia es un conjunto de edificios abandonados que la Asociación Hispania Nostra incluyó en su lista roja de patrimonio en el año 2011. Desde finales de los años noventa, ha habido varios intentos de declararlo Bien de Interés Cultural, pero a día de hoy sus piedras de Villamayor siguen envueltas en la maleza y el silencio. Los árboles caídos, las puertas desencajadas, los grafitis y las rejas arrancadas amenazan un monumento que el tiempo y la desidia han tumbado desde que el duque de Aveiro restaurara la capilla en 1904.

Solo dos años después del histórico congreso, en 1955, el Boletín Oficial del Estado publicó la autorización para explotar el entorno, permitiendo la construcción de un estercolero, una cochiquera y dos viviendas para obreros. Al menos, se exigía respetar un espacio dedicado a Fray Luis, al otro lado de una carretera que sustituyó el Camino Real a Madrid y que partió la finca por la mitad. Ahora, de un lado agoniza el monumento a la espera de su reconstrucción mientras del otro se inauguró el año pasado otra escultura –seis libros de hormigón– en honor al fraile agustino.

Si tras casi cinco años de prisión, Fray Luis regresó a las clases con su clásico “Decíamos ayer…” en los labios, fue este paraje el que le arrancó algunos versos que resuenan junto al río. “Del monte en la ladera, /por mi mano plantado tengo un huerto,/que con la primavera/ de bella flor cubierto/ ya muestra en esperanza el fruto cierto”, escribió en su Oda a la vida retirada desde La Flecha, donde además de labrar la huerta, cultivó su espíritu, que nunca se fue del todo. 


Tus ojos de maíz y brea
que en estos campos junio altera.

El trigo añora la espiga blanca 
si en ti descansa.
Y yo esperando la luz de mayo 
que el río viste por cada tallo. 

Fray Luis contempla la espuma malta
de las entrañas:
la fragua entera deshace todo
menos la esencia.


27/7/19

La ballena olvidada de Herman Melville

A veces resulta imposible saber qué partes de una historia nacen de la imaginación y cuáles de la experiencia, pero en el caso de Herman Melville se hace aún más difícil: lo que podría pasar por fantasías, lo había vivido en primera persona. Es así, a través de su extravagante vida, como el autor de Moby Dick rompió la barrera entre realidad y ficción.

Melville nació en Nueva York el 1 de agosto de 1819 en una familia que se dedicaba a la importación, aunque eso no significaba mucho en un país donde te podías arruinar con la misma velocidad con la que se cumplían los sueños. Su padre no soportó la quiebra del negocio y murió, dejando a su esposa y a los ochos hijos con las manos vacías. Melville, con apenas trece años, se empleó en un banco en Lansingburg, donde se habían mudado, y acabó dando clases. Pero no aguantó ninguno de los trabajos y los artículos que escribía para un periódico bajo el título Fragmentos desde una mesa de escritorio apenas le daban beneficios. Entonces, decidió enrolarse en un barco mercante. 

Tras regresar cuatro meses después, fue incapaz de adaptarse en tierra firme y pensó que la próxima vez, ya con el mar dentro de él, viviría una aventura más intensa. Se acercó al puerto de New Bedford y se enroló en el ballenero Acushnet. “Esos viajes son para mí”, escribió en Moby Dick, “el sucedáneo de la pistola y la bala”.

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Sigue en la revista La Aventura de la Historia.



28/6/19

La batalla de las trabajadoras del Metro de Madrid

Las trabajadoras del Metro de Madrid recuerdan con cariño a Carmen Vicente, una de las primeras jefas de estación. Había entrado en la empresa a finales de los setenta y un conductor se negó a obedecer sus órdenes porque él, dijo, no obedecía a una mujer. Fue entonces cuando la responsable tuvo que llamar al inspector jefe para que diera la orden. 


Metro de Madrid fue una de las primeras empresas que empleó a mujeres, algo que sorprendió en la España de 1919, el año en que se inauguró la llamada Compañía Metropolitano y la presencia de taquilleras, el gremio al que pertenecían, atrajo el interés de los periodistas: aquello era revolucionario. Con los años, las trabajadoras del metro han tenido que abrirse paso en un entorno laboral masculino que también tomaba las decisiones.

Cuando Pilar Bravo llegó con su familia a Madrid desde Ceuta y vio el anuncio en el periódico de 200 plazas para trabajar en el metro, se lo consultó a su tío, que aprobó su decisión. “Yo no sabía esa fama que tenían las taquilleras”, recuerda ahora, “pero cuando se lo dije a mis amigas, lo vieron como una cosa mala”. 

Pilar tenía 19 años, se había examinado en agosto de 1966 y empezó a trabajar tres semanas después. Entre medias, sin embargo, la Guardia Civil entró en su casa para conocer a la futura empleada. “Tenían que saber qué tipo de personas éramos para hacer ese trabajo”, dice Pilar. Los guardias se debieron de quedar tranquilos al comprobar que su padre era militar. Se presuponía un orden.

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Sigue en este enlace de Yahoo noticias.

26/6/19

La isla de Nantucket

Las ráfagas de luz del faro Brant Point anuncian tierra firme. Es de noche, hace dos horas que el barco ha salido del puerto de Hyannis y aún no se adivina la isla de Nantucket, que aparece bruscamente. Al descender las escalinatas, compruebo que su aspecto es el mismo que llevo en la imaginación. 

Del puerto de Nantucket, un lugar entre la realidad y la fantasía, salió el Pequod, el barco que Herman Melville inmortalizó en Moby Dick. El escritor publicó la novela en 1851, a pesar de que aún no había pisado la isla. Pero las viejas historias y leyendas de la capital ballenera le sirvieron para describirlo en una de las obras más universales.

Hoy ese legado se transpira en apenas 23 kilómetros de largo y tres y medio de ancho, ya sin los barcos que llegaban tras meses de aventuras por todo el mundo cargados de aceite de ballena. A cambio, ese viejo ajetreo de pescadores, herreros y almacenes del siglo XVIII, ha sido sustituido por veleros que siembran la bahía en verano y definen el nuevo Nantucket, destino predilecto de artistas y poetas de Estados Unidos.

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Sigue en el número de julio de la revista Viajes National Geographic.



30/5/19

Medellín, la ciudad recuperada

Una espesa niebla empaña las mañanas de Medellín. El paisaje de esta ciudad situada a 1.500 metros de altura y rodeada por un cinturón de cerros la otorga un aspecto agreste y montañoso, pero el eterno clima templado desmiente la primera impresión. Este ambiente primaveral es lo único que no ha debido cambiar en la ciudad: la capital de Antioquía se ha visto envuelta en una transformación sin precedentes en los últimos 25 años. 

A partir de la década de los 80, Medellín estuvo inmersa en una espiral de violencia que la colocó como la capital mundial del narcotráfico y uno de los lugares más peligrosos del planeta. Sin embargo, gracias a una inteligente estrategia, esa misma ciudad que lloraba miles de muertes se ha convertido en una modernísima urbe que ha ido dejando atrás sus viejas pieles, como las serpientes, hasta convertirse en un ejemplo a seguir. 

Una visión panorámica desde cualquiera de las laderas de la ciudad sirve para comprobar que la alegría de Medellín, alguna vez sepultada bajo la tristeza de los años de “plata o plomo”, ha salido de su escondite. Y los modernos paseos peatonales, las ráfagas de los coches por las modernas carreteras, los edificios emblemáticos que se iluminan como linternas y las luces que trepan por las lomas por las que se extiende la ciudad le dan un aspecto de metrópoli dinámica, llena de vida. La definición de cambio se queda corta, pues se batido todos los récords de transformación, de descenso de la criminalidad –un 80 por ciento en veinte años– y aumento de número de turistas. A esta ciudad de algo más de dos millones de habitantes –cuatro con su área metropolitana–, encajada en el estrecho Valle de Aburrá y surcada por el río Medellín, llegan anualmente 700.000 turistas. Porque, en fin, lo que ha sucedido aquí es uno de esos milagros que suceden cada mucho tiempo.


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Sigue en el número de mayo de la revista Viajar.

20/5/19

Retiro espiritual en el pequeño Tíbet español

El Dalai Lama llegó en 1982, vio estas vaguadas áridas, las montañas encadenadas y el paisaje agreste, y le impresionaron las semejanzas con su añorado Tíbet. Tras un breve descanso y meditaciones en este santuario salvaje de la naturaleza, lo bautizó como O Sel Ling: Lugar de la Luz Clara.

O Sel Ling es un centro budista clavado en La Alpujarra de Granada y fundado en 1980 por los lamas tibetanos Yeshé y Rimpoché. Yeshé había creado años antes la Fundación para la Preservación de la Tradición Mahayana (FPMT), que hoy tiene más de un centenar de centros budistas por todo el mundo. Pero O Sel Ling, debido a su aislamiento, es uno de los más característicos.

Desde Órgiva, la carretera de asfalto serpentea y a la altura de Soportújar un cartel anuncia el desvío. A partir de aquí un camino de tierra y piedras trepa por las montañas, al filo de un barranco, hasta alcanzar los 1.600 metros de altitud. Tras seis kilómetros de pista forestal, se ven las primeras banderas budistas de oración ondeando al viento. Al cruzar el portón de acceso, unos molinillos y una gran rueda de oraciones dan la bienvenida al visitante, que puede caminar por una maraña de senderos de tierra que conectan los diferentes símbolos y monumentos budistas.

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Sigue en este enlace de El Mundo/Viajes.

8/5/19

El sueño final del oro negro

Entre las leves ondulaciones del páramo de La Lora aún se asoman los catorce balancines cobrizos. La maquinaria aparece intacta, como si en cualquier momento fuera a volver a la vida, a mecerse, a extraer el petróleo del vientre de la tierra. Este paréntesis, dicen en Sargentes de la Lora, es eterno.

Durante medio siglo, al aullido del viento, que en esta llanura a 1 100 metros de altura no encuentra barreras naturales, le ha acompañado el interminable chirrido de los caballitos. Hasta que hace dos años las operaciones de los únicos pozos de petróleo de la península ibérica se congelaron, como el viento que rasga las pieles, la vegetación y las banderas. «Las tenemos que cambiar cada dos años», dice Carlos Gallo, el alcalde de un municipio expuesto al aire gélido. «A este paso», bromea, «las vamos a hacer de chapa».

La Lora es una extensa meseta al norte de la provincia de Burgos, limítrofe con Cantabria, atravesada por el río Rudrón, afluente del Ebro; una alfombra de hierba y piedras cuyos costados están bordados de hayas y robles, y apenas habitada por 115 personas en los ocho pueblos —dos abandonados— del municipio. La explotación del campo petrolífero de Ayoluengo, que fue concedida en 1967 a tres empresas —Campsa, Calspain y Texaco—, abarcaba 10 619 hectáreas, pero los 53 pozos que se llegaron a abrir están diseminados en apenas 30 hectáreas. De alguno de ellos no se llegó a sorber ni siquiera un litro y la última prospección fue en 1990, cuando la extracción de petróleo comenzó a ser anecdótica —apenas 25 000 toneladas anuales—. Los empleados se preguntaban cómo se pagarían sus salarios. Tras los cincuenta años de concesión, la empresa cerró.

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Sigue en este enlace de Altair Magazine.

Balancín en Sargentes de La Lora.