31/5/18

Como si nada

Solo tengo interés por el instante.

– Josep M. Rodríguez



Tú que llegaste
a mí
como si nada;
una maleta y el tul
no en los ojos,
en la mirada.

29/5/18

Viaje al surrealismo de Gabo

En Macondo sucedían cosas raras: llovió cuatro años seguidos, los objetos no tenían nombre y se los señalaba con el dedo, nadie tenía más de treinta años y caían flores amarillas del cielo. Gabriel García Márquez, Gabo, encerró todas las fantasías que había vivido en el Macondo de carne y hueso, una bulliciosa población del caribe colombiano llamada Aracataca, donde vivió hasta los diez años. Gabo nació en la casa familiar en 1927, un viejo edificio reconstruido a partir de 2006 como la dejó el escritor al irse con sus padres a Barranquilla tras la muerte del abuelo. El largo pasillo de las begonias que la atraviesa lleva a todas las habitaciones, desde la del propio escritor al taller donde su abuelo fabricaba pescaditos de oro mientras él lo pintarrajeaba todo alrededor. Al fondo, el corredor desemboca en un espeso y bello jardín.

Su abuelo materno, un coronel retirado, había ido a parar a Aracataca en 1912 después de matar a un hombre en un duelo. Nicolás Márquez era un veterano de la Guerra de los Mil Días que dormía con un revólver bajo la al mohada, además de ser el responsable de alimentar las fantasías de su nieto con historias de batallas reales. Mientras tanto, su abuela inventaba fábulas de espíritus que vagaban entre los vivos. Sin saberlo, ambos estaban sembrando el universo literario que más tarde se desparramó en Macondo.

Rodeado de tías, mil comensales e historias inquietantes de guerra, en esta amplia casa encalada aquel niño engordó de tal modo su imaginación que no tuvo más remedio que convertirse en escritor. «Es algo que se lleva dentro desde que se nace y contrariarlo es lo peor para la salud», le había dicho el médico a su madre cuando ambos regresaron a Aracataca unos cuantos años después.

Sigue en el suplemento de Viajes El Mundo de  mayo.

*


10/5/18

Debería


Debería serlo todo
(y soy nada).
Flotando en el Mar Muerto.
Debería darte tanto
(y no se acaba).
Debería estar ya loco
(y ya lo estaba).

Deberían silenciar
las espuelas de esta alma
(al galope, ¿quién gana?).

Debería ya no verte
y por verte, te veo en todo:
en las piedras,
la madera, en los pomos
de las puertas, los volcanes,
en las eras.

Debería, debería...

Debería tantas cosas
que deber no debería
más que amarte
en fantasías:
debería ahorrarme todo
y seguir aullando al lobo
encerrado en la garganta.

Y ya ves que el debería
pasó, y pasó a mejor vida.

Debería amarte tanto,
debería serte útil
debería lo que debo;
lo que debo, fruslerías.
De deber no debo nada
más que alguna tontería:
qué bien sientan los comienzos
si comienzan cada día.

2/5/18

Lenin está en La Habana

El enorme rostro de Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, vigila La Habana mientras una docena de figuras humanas de mármol lo jalean. Su cara, esculpida en bronce, resplandece custodiada por ruinas, edificios nobles y la historia. La escena está sacada de los huesos mismos de la Revolución cubana y fue el primer homenaje que se hizo al líder bolchevique fuera de la Unión Soviética.

Cuando Lenin murió el 21 de enero de 1924, el alcalde de Regla —uno de los municipios de La Habana—, Antonio Bosch, decretó a Lenin «Gran Ciudadano del Mundo» e invitó a los vecinos a que fueran a la Loma del Fortín a celebrarlo el 27 de enero, cuando lo despedían en Moscú. En la ceremonia, el alcalde animó a los miles de vecinos que acudieron a la cita a estudiar su obra, ya que —dijo– era uno de los hombres más importantes en la historia de la humanidad. 

Aquella fue una tarde memorable en la que se mantuvieron dos minutos de silencio y se lanzó un bando municipal que ordenaba paralizar todas las actividades sociales. «Los vehículos pararán, los establecimientos no efectuarán operación alguna y los individuos quedarán en quietud absoluta», decía el documento emitido por Bosch. Hacia las cinco de la tarde, se plantó un olivo como homenaje y aquel lugar pasó a ser conocido como Colina Lenin, una denominación que estira la lengua hasta nuestros días. El siglo de historia que carga la colina a sus espaldas y comenzó con un acto de rebeldía era una especie de prólogo a los siguientes años porque Gerardo Machado, que gobernó la isla durante una década, desterró cualquier anhelo comunista.

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Sigue en este enlace de Altair Magazine

Foto: Cubanet

27/4/18

Los frutos de la Sierra

Los gallos resquebrajaban la madrugada no más tarde de las cuatro. Si dormía en la calle, me llegaba el aleteo de los árboles donde se encaramaban las gallinas para dormir. Cuando estiraba la hamaca desde los dos extremos tras las paredes de barro y encajaba el cuerpo como podía, solo escuchaba ese cacareo que, de noche se atascaba en su garganta y en mi cabeza. 

Habíamos llegado a una de las comunidades lo suficientemente pronto como para cenar, pero tarde para comer, así que finalmente nos fuimos a dormir con el estómago seco. A eso de las diez a la noche, mientras los troncos ahumaban la choza, se alborotó el gallinero.

–¡El zorro!– gritó Wilfrido.

Su gruñido me alborotó también a mí, que pegué un brinco de la hamaca y salí a la calle con la linterna. Lo que vi, lejos del zorro o el jaguar –que en esta parte de la Sierra Nevada acechan–, fue a una niña recién bajada del árbol con una gallina en los brazos. Adormilado, al ver que nos había despertado, ella se excusó: “Es el desayuno”.

Durante el mes y medio que he caminado por las tres vertientes de la Sierra, el pueblo arhuaco me ha enseñado que los árboles dan pollos, las tormentas oro, la tierra ángeles y la humildad sabiduría. Y otro día, escribió García Lorca, “veremos la resurrección de las mariposas disecadas”. Y que yo pueda digerirlo con palabras.

"La velocidad es una tragedia"

20/4/18

Mis ancas de rana

Tú eres lo que me está pasando siempre.

–Pedro Salinas


Caminando en el espejo
arrugado
tras el aguardiente
de tus ojos
del pasado,
sin fatiga.
Y la historia humeando
en la otra orilla:
cuánta vida en cada paso
cuánta savia en tus rodillas.

Entre el aire y tus pasos
la madeja del cielo
rueda del norte
y estalla en mi centro:
entre la vida y mis sesos,
¿quién gira los vientos?

La sólida imagen
de un lienzo quemado
que a veces, de noche,
regresa con tiento; me quema el aliento,
las piernas y escamas,
las ancas de goma
la ausencia colmada.

Y siempre de día, o nunca de noche,
la pálidas luces
zurciendo en mis poros,
tu vida y mis ganas.
O fuerzas sutiles
y armadas
de un mundo en desuso
que arranca el abrigo,
que empieza con nada
y acaba contigo.

2/4/18

Todo a una

El poeta, al sentir,
descubre todo lo que no le han enseñado.

–Gloria Fuertes 


En estas calles que se cuecen, que me cuecen, camino sin mirar atrás. Dicen que el destino está lejos, lejísimos, pero voy andando por el filo del fiero mediodía bajo parpadeos de cuarenta grados y quedo indemne, apenas un chorro de sudor bajo la piel. No me inmuto aunque por el camino –obras, persianas echadas, niños que saludan desde los coches: yo qué sé– pienso con lo pasos, que son miles.

Valledupar es territorio vallenato, escuelas gnósticas, billares y templos evangelistas y evangelizadores. El hombre del carrito con diez termos de café que grita y el vendedor de periódicos amarillos que acuchilla el aire con su voz, y en la portada la sangre que tanto vende aunque la cuaresma se acabe en tres días: voraz el apetito del morbo. Y yo jugándomela toda a una: a un lugar, a la penúltima letra del abecedario, al aullido de las letras de la sierra, a los versos que llevan, decía Gloria Fuertes, más sangre que tinta. Pero después me descuelgo del manojo de la noche donde me he recostado y me digo que cuando no hay otra opción, y uno no decide nada y solo se abre para dejar espacio a lo que hierve, uno no se juega nada: es que no puede ser de otro modo.

En estos días crucificamos lo que no somos y, sin embargo, quién absorbe el sentido real de este renacimiento, como también busca la justicia de estas gentes de la Sierra Nevada que viven en armonía con todo, que no fija la atención en el rencor, si no en la confianza de lo que sí somos en lo profundo de todos.

Todo esto sucede mientras sigo viajando y entre Valledupar y Santa Marta pasan una película en la que al protagonista le suceden las pruebas; su corazón, después de que asesinaran a su hija, arde en ira. En un momento, el padre le pregunta a Dios si es religioso. “No”, le responde Dios, “eso es demasiado pesado: yo no quiero esclavos”. Tras un proceso doloroso, el oxígeno vuelve al protagonista y éste comprende y sana sus agujeros del pasado.

Ralph W. Emerson, que junto a Henry Thoreau fueron mis primeros maestros hasta que G. cayó del cielo en carne viva, escarbó en sí mismo –hagamos lo propio...– hasta hallar su propia divinidad y ayudar a liberar otras almas. Y así lo escribió en su diario: “He estado escribiendo y hablando de lo que una vez se llamó novedades durante veinticinco o treinta años y no tengo ningún discípulo. ¿Por qué? No es que lo que decía no fuera verdadero ni que no encontrara receptores inteligentes, sino porque no albergaba ningún deseo de atraer a nadie hacia mí, sino hacia cada uno. Me complace alejarlos de mí. ¿Qué podría hacer si vinieran a mí? Me interrumpirían y molestarían. Me jacto de no tener escuela ni seguidor. Consideraría una muestra de la impureza de la intuición que no crease independencia”.

Atardece en la Sierra Nevada de Santa Marta.

29/1/18

Huellas Negras: el libro

Ya está disponible en las librerías Huellas Negras. Tras el Rastro de la esclavitud, libro que publica La Linea del Horizonte. Es un trabajo periodístico aunque no solo en el que llevo embarcado ya un tiempo. Este proyecto recibió el reconocimiento de la beca Michael Jacobs de crónica viajera 2017, otorgado por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), el Hay Festival y la Michael Jacobs Travel Writing Foundation.



¿De qué va este libro?

Un recorrido por la geografía y la historia a través de las huellas que dejó la tragedia de la esclavitud en diversos lugares del mundo. Con el testimonio de decenas de personas y durante miles de kilómetros, estas crónicas nos sumergen en las entrañas de algunos países donde aún se escuchan los ecos de la desventura, pues tres siglos de esclavitud y colonización marcaron a fuego el porvenir de muchas naciones. El autor da voz a sus descendientes y desgrana sus historias en una serie de reportajes realizados en Jamaica, Gambia, el sur de Estados Unidos, Colombia y Cuba, ejemplos de la diáspora negra en la actualidad. Cuestiones como la identidad, la memoria y la construcción del concepto de negritud se vuelcan en estas páginas como una tarea siempre inacabada y versátil.

Extractos

«Jamaica fue el primer destino al que puse rumbo para escribir las páginas que siguen. Después continué por Gambia, Estados Unidos, Colombia y Cuba. Han sido conversaciones con decenas de personas de los cinco países durante miles de kilómetros: muchas voces están dibujadas en esta media decena de lienzos; muchas otras aparecen de manera invisible; muchísimas más soportan estos textos que he sido incapaz de teñirlos con una mínima sombra de humor.»

*

 «Varios países estudian e impulsan el concepto de negritud como una forma de identidad. Es una pregunta que he hecho a muchas personas en la elaboración de las crónicas. ¿Qué es ser negro? Las respuestas que he obtenido han sido siempre una idea prefabricada de lo negro, como una ficción construida por intelectuales y académicos. Y así, creo, es imposible vivir plenamente lo que somos más allá de las ideas: en realidad, cualquier idea que tengamos sobre nosotros mismos no hace sino impedir vivir lo que verdaderamente somos.» 

*

 «Entre las especies de la naturaleza, sorprende que el ser humano sea el único que se revuelve en su propia inquietud, en su propia guerra, en su propia desesperación, algo que las comunidades indígenas y negras no sufren, ya que viven en cada latido vital.»

22/1/18

Permacultura en Cuba

En el límite entre una playa sin nombre y los sueños del viejo Santiago, el protagonista de El viejo y el mar, Rolando me enseñó su huerta. Hacía poco más de dos meses que el huracán Irma había desguazado la costa, empujado las olas más allá de las lechugas y cubierto los campos de Cojímar de troncos y chatarra. Cuando Rolando se acercó a los cultivos, se le hundió el ánimo y pensó que jamás recuperaría aquel lugar. 

Rolando es permacultor, uno de esos atributos que no pueden separarse de la ambición más pura del ser humano: cuidar de sí mismo. Yo había llegado tras entrevistar a Cari, la directora de un programa de permacultura de una de esas fundaciones cubanas con nombre humanista (Fundacion Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre). Cari me contó que en Cuba hay ya más de 1.200 personas que cultivan, y comienzan a vivir, bajo los parámetros de la permacultura, una disciplina que apuesta por el respeto de la vida en todas sus dimensiones. Es decir: adherirse a su curso armónico y circular.

  

La naturaleza es bondadosa. Después de que el mar cabalgara por su huerta, dejando una capa de sal, lleva semanas lloviendo. La sal se disuelve y Rolando, esperanzado, me explica las técnicas que lleva aplicando los últimos tiempos al campo y a su vida. “Yo pensaba que no era machista”, me explica, “pero después me dado cuenta de que sí, y la permacultura me ha favorecido mucho”.

 –¿En qué más has cambiado?

 –Nunca fui competitivo–, me dice–, ni esclavo del dinero, pero la permacultura me ayuda muchísimo a cerrar el ciclo, a ver las cosas de manera más integral. Vino a poner el punto que faltaba en mi vida. 

Días antes había tomado un autobús para conocer las huertas de Blanca y Jesús en el barrio del Sevillano, a quienes pedí semillas y me explicaron el diseño de sus huertos, incluidos las zonas de robo. ¿Zonas de robo?, pregunté, sorprendido, a Blanca. Sí, me respondió: las que dan al río y a la carretera, y por eso planta árboles y plátanos como muro. Las hortalizas, más codiciadas, están adentro, así que quienes arrancan las frutas –“por necesidad”, matiza Blanca– es el peaje de cultivar aquí.

De allí me traje las semillas y el anhelo de cerrar mi ciclo; también el elogio más sencillo, hondo y precioso que he recibido nunca y que me atravesó, después de estar media mañana con Cari en su despacho. Entonces telefoneó a Jesús y le dijo que iría a visitarle. “Es periodista”, le dijo, “pero tiene aspecto de permacultor”. 

Ahora, fines de enero, me preocupa el tiempo de plantar las patatas. Estaré fuera un tiempo, justo en la época de su siembra: si las adelanto a febrero aún podrán caer heladas; si las atraso a mayo, será tarde, aunque por el momento confío en una respuesta que Virgilio nos da en sus Geórgicas:

Otras lecciones varias
que legado nos han nuestros abuelos
darán rumbo acertado a tus desvelos
mostrándote las vías necesarias.


Que marzo nos pille preparados. 

16/1/18

Los judíos errantes se refugian en Guatemala

“¡Mil árboles de mango!”. El campamento se esparce a los dos lados del camino: primero un anuncio de la comunidad -“Para los refugiados que son víctimas del odio falso e injustificable”- y después las pequeñas casas de lona negra con número pintados. Entre medias, una maraña de árboles. “Cada uno da 2.000 frutas…”, calcula el rabino Uriel Goldman.

En la inmensa finca hay tierras, un río, bosques y montañas que Goldman, 46 años, 14 hijos, barba y tirabuzones ásperos, aún no ha recorrido por completo. “Nunca he subido por esas montañas”, explica en un castellano trastabillado en estos campos de Oratorio, a cien kilómetros de Ciudad de Guatemala. Es el hogar de Lev Tahor, una comunidad judía ultraortodoxa que cayó en Guatemala en 2014 después de abandonar Israel -expulsada por la presión judicial y mediática- y pasar por Estados Unidos y Canadá. La causa, aseguran ellos, siempre ha sido la misma. “Nosotros somos antisionistas: esa es la raíz de toda nuestra persecución. Estamos del lado de la Torá, y vemos que el Estado de Israel deja espacio a lo religioso, pero no lo es”, sostiene Goldman.

Shlomo Helbrans fundó Lev Tahor -“Corazón Puro”- en los años ochenta. Poco después se mudó a Nueva York como líder espiritual de una comunidad formada actualmente por 70 familias. Tras ser acusado de secuestrar a un menor que se acercó a recibir sus enseñanzas, pasó dos años en la cárcel y fue deportado a Israel. En el año 2001, Helbrans se mudó a Quebec con una visa temporal que se convirtió en asilo político. Canadá se lo había concedido y el Ministerio de Inmigración lo respaldó: “Es una persona que necesita protección”.

Así, entre investigaciones de maltrato infantil, la secta -a la que medios israelíes denominan "judíos talibanes"- llegó a Guatemala. Ahora son cerca de 500 miembros. “Yo busco la verdad y vivir fielmente a Dios: estoy aquí porque es lo más cercano a la verdad, al judaísmo puro. No cumplimos las leyes como esclavos, sino con amor. Y esta comunidad es el resultado de muchos años de persecución”, aclara, con amabilidad, Sholem Abrham Yitzjok, de 32 años y expublicista; una amabilidad desconfiada, ya que cargan con denuncias, exilios, investigaciones y deportaciones a sus espaldas. Los 'músculos' de Lev Tahor están cansados y Sholem muestra todo tipo de documentación para respaldar, con el brío de sus convicciones, la lucha: “La mayoría de los judíos lo son porque nacieron judíos, pero no tienen un sentido; nosotros sí”.


Foto: Santiago Billy