6/3/19

Se han caído los carteles

Se ha quedado la casa fría.
Han volado
los tapices de las sillas, los colores
del retrato,
las migas del camino de regreso
al pasado.

Se han quedado sin aliento
los pasillos,
los balcones de tus ojos –las pestañas–
que me hervían ayer, 
hoy,
y quién sabe si mañana.

Se han caído las orquídeas, el pulgón
de los rosales, las excusas
que me invaden,
el papel de las paredes
donde escribo tus postales.

Se ha caído el cielo, los aciertos,
el péndulo del sueño,
la certeza de una vida con remiendos
de acero.

Se han caído los carteles
de “cerrado”, de “abierto”,
de “veremos”: solo parpadean
los letreros de luces
bajo cero.

Se han caído hasta los vientos, ya sin fuerzas
ni tormento.

Se han caído las pinturas al subsuelo,
el corazón del pecho. Cae el pelo, caen las panzas,
caen los párpados del tiempo.

Se ha quedado nada en movimiento:
la memoria, los bandidos del camino
a tu casa,
las piedras confundidas de ventana.

Las certezas
que nos deja una vida si no quema
son un surco arañado en la arena.

Al principio el mar acecha,
después, lo arrasa.

5/3/19

Canción de cumpleaños

Rocinante era real, y esto es un sueño.

–José Hierro, en Don Quijote trasterrado



Pareciera que entraras por la puerta
susurrando, invisible, el pentagrama.
El aire silba notas, solo Brahma:
de la historia no leas la cubierta.

De todo exijo nada. Solo alerta
al instante y a las venas de quien ama
con la fuerza del trueno, cuando brama.
La sangre está en la vida a llama abierta.

Pareciera que andando por el filo
entrelazado del aire y el aliento
subo un poco –o una vida– a soltar hilo:

el vuelo, y sabe a todo, es alimento.
Y si temes el viaje, solo dilo,
y le arranco los átomos al viento.




15/1/19

La (sabia) ingenuidad de la Sierra

A las once de la noche recibo un mensaje de voz en el teléfono:

–Qué tal, amigo, cómo estás, ¿allá es de noche o de días?

Cada vez que Abel baja a la ciudad, me escribe o llama. Cada vez que sé que deja su comunidad, le escribo o llamo porque en las alturas de la Sierra Nevada de Santa Marta no hay señal de teléfono. Abel es arhuaco y vive en el lugar en el que me desvivo, en la copa de una montaña sagrada a la que regresé recientemente después que sus autoridades tradicionales, los mamos, me lo adelantaran:

–Tú vas a regresar.

Regresé cinco meses después porque estuve regresando durante cinco meses, con sus semanas y sus segundos, con nuestra comunicación bajo tierra y sobre el cielo, en noches de vigilia y de reposo. Al llegar por segunda vez tras dos días de travesía por las rugosidades, los excesos y el rigor del páramo, le pregunté al mamo qué pensó cuando el cabildo mandó a un chico a su casa a buscarle y decirle que había llegado. Él, una mezcla de Hércules y Virgilio, de arañazo en el aire y cellisca de nieve, sonrió y con tono uniforme, serio, como de piedra de granito, dijo que la noticia le puso contento. Entonces le pregunté si sabía que volvería: “Claro, lo estaba esperando”.

–¿Cómo lo sabías?

–Los pájaros, el viento, el fuego, la olla, el relámpago, los sueños, los grillos: todo eso indica si va a suceder.

Un rato antes, el comisario, José Gutiérrez, me había dicho que presentía que alguien estaba viniendo de lejos.

*

Abel fue uno de mis guías en la sierra durante mi primera visita, cuando caminamos bajo las zarpas del sol varios días. Después, en este tiempo, cada vez que hablamos, me pregunta: “¿Y cuándo vuelves?” Yo de algún modo le digo que no me he ido, y él me pregunta por la familia; yo, por el mamo, el comisario, Bienve, Juan. Después nos reencontramos en su comunidad: estaba alistando el mulo, pero se quedó un día más.

Explicar qué es la Sierra con palabras es como tirar una piedra al cielo y querer que no caiga. Y, sin embargo, cientos de páginas de apuntes y conversaciones, días de caminatas bajo los garrotazos del sol y la pólvora de las nubes, y la dinamita de las enseñanzas de esos seres del cielo que disimulan su naturaleza tras la común apariencia humana. Y esa ingenuidad de quien no está contaminada por la resabia condición de los de abajo y su aparente sabiduría, que aquí es silencio.

Cuando mi amigo Abel baja a la ciudad, me escribe, le llamo: “¿Es de día o de noches?” “¿Y la familia?” “El mamo subió a la nevada, Juan se fue con la familia a Sogrome y volverá pronto”. “Caminaré tres días, ayer recogimos el café, el lunes nos reunimos, mañana luna llena”. “La gente no quiere ver que está provocando problemas: físicamente tienen mayor progreso, pero espiritualmente no es progreso”.

Un día, mientras me mecía en el chinchorro tras las cuatro paredes de arcilla, me preguntó cómo guardaban el dinero los ricos.

–En el banco– le dije.

–Sí, eso he oído.

Y se quedó pensando.

31/12/18

Si nada nos eleva

Si nada nos ablanda
las espuelas
cuando el mar se rompe,
y nada aviva la desazón
de nuestras venas atascadas
de promesas.

Si nada nos recuerda
el susurro que nos lleva
entre nubes y arcilla.

Si nada nos eleva, si nada nos revienta,
si nada nos calienta
con briznas del aire
y de ti,
y estos pasos que desando
con las piernas de nadie.

Si nada nos propulsa a diez mil metros
bajo tierra
y nada nos entierra entre águilas y rayos,
si nadie nos compensa en arrabales
y mañanas con ojeras

quizá sigamos
-otra vida-
en la sala de espera.

Sierra Nevada de Santa Marta. Octubre del 2018.

19/11/18

Permacultura en Cuba: una oportunidad ante la escasez forzada

El penúltimo huracán empujó las olas más allá de los cultivos. Cuando Rolando se acercó a la huerta se le hundió el ánimo y pensó que jamás recuperaría aquel lugar: el mar había salado la tierra y toneladas de troncos y ramas lo cubrían todo. Rolando Martínez, 57 años, pasea ahora por las huertas aún encharcadas con el ánimo revuelto, pero bendice a la naturaleza. Qué generosa es, suspira, porque lleva semanas lloviendo y la sal ya se ha disuelto. Del campo despuntan las primeras orejas de lechugas. 

Rolando es permacultor, uno de esos oficios que no puede separarse de la ambición más pura del ser humano: cuidar de sí mismo. La permacultura nació en los años setenta en Australia, impulsada por Bill Mollison y David Holmgren, para colocar al ser humano en la posición que realmente ocupa: un elemento más de la naturaleza. Y es en esta concepción que concibe la existencia desde todos los ángulos –ético, espiritual, agrícola— donde se encuadra la permacultura. O, como la definió Bill Mollison, “una filosofía de trabajar con la naturaleza, en vez de contra; de observación prolongada y reflexiva en vez de acción prolongada y desconsiderada, de mirar a los sistemas en todas sus funciones en vez de esperar sólo un rendimiento y de permitir que los sistemas demuestren sus propias evoluciones”.

Rolando lo ejerce en Cojímar desde 1989, el municipio de La Habana en el que soñaba el viejo Santiago y en quien Hemingway volcó El viejo y el mar. Antes, este ingeniero agrícola cuya tesis de maestría ahondó en el análisis del suelo, solo creía en la agricultura industrial: en tractores, pesticidas, horizontes de tierra quemada, arrancarle a la tierra todo lo posible. “Yo no encontraba a la permacultura ni pies ni cabeza, y menos cultivar en este lugar”, dice en la finca que trabaja con métodos manuales y ecológicos. Junto a Elisabeth, su mujer –“ella es la exploradora”–, abrieron camino en el mundo de la agricultura urbana; después vino la permacultura, el siguiente escalón. “Si lo ves solamente como agricultura urbana”, sostiene ahora, “jamás puedes verlo como un sistema amplio, una cosa cíclica, como algo donde el ser humano es el centro… del problema”.

*
Sigue en este enlace de Pikara Magazine.

4/11/18

Medellín me sabe rara

Las cosas que han pasado en Colombia son caníbales. 

 –Entrevista a un hombre en Medellín sobre la violencia.


Medellín huele a quemado
por la niebla
que respiran las colinas,
las encinas que aparecen
en los sueños de otra vida.

Medellín huele a mojado,
al azul barroco del cuaderno
donde anoto lo que olvido
(y lo que olvido es todo).

Medellín me huele extraño:
a palomas, a la sangre de los vivos
en museos,
a la lengua de los gatos de Botero.
Suena en la garganta el cascabel
de los zapatos
en las curvas de las gordas y toreros,
y caballos con joroba hasta el cielo,
y tu aliento soplando por las calles
de una ciudad
con cristales y tranvías
y el aroma a lo que somos.

Medellín me sabe rara, como el jugo
de guayaba sin dulzura,
las mañanas con el trino y la saliva
de otra herida,
o la misma pero en pieles repetidas.

5/9/18

Vivo entre eucaliptus ahumados


Entre eucaliptos
ahumados y vientos
que el mar saliva:
son tus ojos
de alcornoque
acicalado,
o del cobre que aún
busco en en los pétalos
de una vida a cielo
abierto,
como el trigo y las olivas.

Y la firma es la estela
del recuerdo indefinido.

Todo anhelo, todo siento,
mientras libo el instante
tan preciso:
en el aire son tus huellas
las que queman
el instinto.

4/9/18

“Hemos pasado de ser asesinados por el Ku Klux Klan a ser asesinados por la policía. Y no pasa nada”

Y la historia se desenterró de nuevo. El pasado día 13 de julio el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció que reabría las fosas de la historia: la investigación por el asesinato racista de Emmett Till, un chico negro de 14 años. Fue en el ya lejano 1955 del lejano Money, en el áspero estado de Mississippi.

Sesenta y tres años después y atravesados varios intentos de juzgar a los asesinos (el caso se cerró en el 2007 tras la muerte de los acusados), el cambio de versión de una de las testigos en aquel proceso en un libro del historiador Timothy Tyson hace que se vuelva a revisar. Carolyn Bryant, a quien el joven dirigió el silbido, es la confesora: durante el breve proceso judicial, ella mintió. “Nada de lo que hizo ese chico”, admite Bryant en The Blood of Emmett Till, publicado el año pasado, “podría nunca justificar lo que le ocurrió”. Y lo que ocurrió fue que después de comprar, junto a sus primos, unos refrescos y dulces en una tienda de Money, Emmett silbó a la chica, que atendía el establecimiento. Fue su sentencia de muerte.

Poco importaron los testigos de lo que había sucedido; la montaña de pruebas contra los acusados Roy Bryant (marido de Carolyn) y John Milam, los autores materiales del asesinato tres días después de aquel silbido. Ni siquiera, a día de hoy, ha servido la investigación del FBI que concluyó mediante una prueba de ADN que el cuerpo exhumado en 2005 efectivamente era el cadáver de Emmett Till. Mucho menos sirvió el testimonio de la persona que más de cerca vivió todo, Simeon Wright, su primo. Simeon estaba en la tienda y dormía en la misma cama que Emmett cuando, en la madrugada de aquel sábado 27 de agosto, los asesinos irrumpieron en la casa familiar y se llevaron al joven. Cansado de los bulos, en 2010 escribió Simeon’s Story, donde dice que Emmett “nunca agarró a Mrs. Bryant, ni le puso los brazos encima, que fue lo que ella testificó más tarde durante el juicio. Los separaba un mostrador: Bobo tendría que haber saltado. Bobo no le pidió una cita ni la llamó “nena”. No tuvieron ninguna conversación lasciva. Y pasados pocos minutos, él pagó lo que había comprado y nos fuimos de la tienda juntos”.

Era el 24 de agosto, un miércoles asfixiante y húmedo. No se supo nada de Emmett hasta que, tres días después, apareció muerto y casi irreconocible. Cuando su madre, que vivía en Chicago, dijo que era su hijo, los supremacistas blancos dijeron que lo que quería era cobrar el seguro de vida. 

Simeon Wright tiene ahora 76 años y aún se le cristalizan los ojos cuando habla de aquello. Vive en una apacible urbanización a 25 kilómetros del centro de Chicago, en una de esas casas con un césped que, envuelto en el aura del río Michigan, parece fluorescente. Y allí estuve con él, hace dos veranos, escribiendo sobre las consecuencias de la esclavitud en Estados Unidos para lo que sería el libro Huellas Negras (La Línea del Horizonte). Durante toda una mañana Simeon, atento y didáctico –y paciente– volvió, otra vez a tirar de memoria... Y al presente. 

“Solo un silbido”, comencé diciéndole. “Mataron a Emmett por silbar a una chica”. “Nosotros conocíamos el peligro de hacer algo así, pero él no”, me dijo sentado en un butacón acolchado en el que no paraba de menearse. A partir de entonces siguió contando cómo era Emmett, al que llamaban Bobo –comediante, alegre, bromista–, de lo que hablaban aquellos días y de cómo aquel miércoles 24 de agosto de 1955 se subieron al viejo Ford Sedan del 46 de Moses, el padre de Simeon, para comprar unos refrescos y dulces a la tienda de Bryant en la carretera Dark Fear.

*

Sigue en este enlace de la revista Ctxt

29/8/18

“La situación es tan violenta en Nicaragua porque el ejército ha dado armas de guerra a los paramilitares”

El pasado 21 de julio, en un diario europeo, a Álvaro le preguntaron por la situación de Nicaragua. Él se centró en quién era, de dónde venía, cuántas víctimas se habían cobrado las protestas de su país, por qué les estaban matando y por qué Álvaro, un abogado de treintaytantos años, tuvo que dejar Nicaragua. Álvaro no se llama así, pero al preguntarle qué pseudónimo prefiere, escoge éste.

–¿Por qué?

–Es en honor a un chico de 15 años, Álvaro Conrado, al que un maldito francotirador disparó al cuello: cobarde bestia. Solo llevaba agua a los manifestantes.

Álvaro lanza una piedra a los paramilitares.
Después de la persecución y huida del país, no es extraño que prefiera dejar su identidad de lado. “Mi casa fue rafagueada dos veces. Pasaron disparando en el muro”, aclara desde su refugio europeo, el cual pide que se omita por su propia seguridad y desde donde vive desde entonces. “Eran mensajes, advertencias. Si yo estuviera allí, estoy seguro que ya estaría siendo devorado por gusanos”, señala. Álvaro sabía desde antes que su activismo podría traerle problemas, pero la decisión de abandonar su tierra la tomó después de que un amigo le filtrara que su nombre aparecía en una lista de personas. “No para secuestrar”, aclara ahora, “si no para darle tratamiento especial”. 

Las protestas comenzaron en Nicaragua en el pasado mes de abril, cuando el gobierno decidió hacer una serie de reformas del sistema de seguro social. Los pensionistas comenzaron a protestar y los estudiantes universitarios, cansados de la deriva del gobierno, se sumaron a las protestas en las que Álvaro participó desde el primer día. Era el 18 de abril y las calles de Managua se convirtieron en un campo de guerra en el que el abogado y activista salió malherido el primer día, cuando lo subieron en una de las camionetas blancas –“se han convertido en el símbolo de la muerte”– en el Camino de Oriente. “Tenían varios objetivos ese día y me reconocieron a mí porque he sido un fuerte activista”, admite.

Después lo apalearon, como se recoge en este vídeo (a partir del segundo 30), pero descamisado, con golpes en la cabeza y una puñalada en la mano, pudo escurrirse. “Lo que hice fue correr ensangrentado y me metí en contra del tráfico, sin importar que me atropellaran, pero era la única manera de que no vivieran a por mí. Me tiré por un desagüe y de ahí pude escapar hacia el hospital Lenin Fonseca”, relata con tristeza. Una vez allí, se dio cuenta de que la Ministra de Salud, supuestamente, había dado la orden a los hospitales de no atender a los heridos en las protestas. “Si las heridas hubieran sido algo más profundas”, dice aliviado ahora, “me hubiera desangrado”.

Álvaro era miembro del grupo Unión Masiva Nicaragua, cuyas actividades de apoyo y difusión de las protestas empezó a generarles problemas. Ayudó a los universitarios, canalizando ayudas desde Europa y llevando alimentos y medicamentos a los estudiantes encerrados en la universidad. “Les dolió mucho que yo hablara con lenguaje técnico legal en las calles”, afirma. Aunque hay varios grupos que coordinan las protestas en el país, Movimiento 19 de abril (el día que oficialmente empezó el conflicto) es el más fuerte. Sin embargo, Unión Masiva Nicaragua tuvo que disolverse cuando alguien hizo público el nombre de la treintena de integrantes. Y el de Álvaro estaba entre ellos. 

En Nicaragua el asesinato número 63 supuso un punto de inflexión en la lucha de los nicaragüenses. “Marcó el hastío”, expresa el joven abogado, “porque pensábamos que esto era una pesadilla, que no podía estar pasando”. Fue tan solo una semana después del inicio de las protestas y la tensa situación que Nicaragua había vivido durante los últimos años acabó por explotar. Desde que Daniel Ortega regresó al poder en el 2006 muchas cosas han cambiado, y lejos quedaba aquel lejano sueño que logró aunar al país y expulsar a la familia Somoza tras el triunfo de la revolución [en este reportaje hablé con agentes del país]. Después perdieron –y admitieron la derrota, algo hoy inviable– en las históricas elecciones de 1990, pero tres lustros después de ausencia en el poder, Ortega regresó con otro talante.

Las elecciones del 2011, además, las ganó con acusaciones de fraude y de manera inconstitucional, ya que fue el tercer mandato bajo una Constitución que solo permitía dos legislaturas. Las de 2016 fueron aún más cuestionadas y la victoria del presidente también fue abrumadora. Pero lo que sí es nuevo en Nicaragua es la violencia en uno de los países más seguros de América Latina. “Lo que hace más violenta la situación es el hecho de que el ejército haya dado armas de guerra a los paramilitares. ¿Te imaginas a esas hienas ansiosas de muerte con armas de guerra?”, reflexiona Álvaro.

La Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH) ha contabilizado, hasta el diez de julio, 351 muertos y 260 desaparecidos, pero las cifras siguen aumentando y entre el pasado domingo y lunes se denunciaron 800 secuestros en todo el país. “Él quiere tener suficiente gente presa para negociar una posible amnistía una vez que le llegue la justicia”, asegura el activista. Sin embargo, la batalla que se presenta en la calle lleva muchos años labrándose; y las marchas eran la primera herramienta. “Pensábamos que íbamos a doblegar al gobierno, que iba a dimitir. Nunca pensamos que la policía se iba a convertir en verdugo y asesino, y que iban a aparecer estos grupos paramilitares”, reflexiona. 

Lejos de una dimisión o unas elecciones anticipadas que exige la Organización de los Estados Americanos (OEA), la represión en Nicaragua está aumentando. Las órdenes, asegura el abogado, vienen directamente de El Carmen [palacio de gobierno], donde el presidente vive rodeado de cientos de policías: “Nos tienen miedo porque ya no tenemos miedo”.

Álvaro relata con tristeza la última tragedia, ocurrida en la noche del 24 de julio, cuando una estudiante de medicina brasileña de 31 años, Rayneia Lima, fue asesinada en el coche. “El hecho de que hayan asesinado a una brasileña puede ser el principio del fin de Otega: la Corte Penal Internacional, en quienes hemos pensado utilizar para condenarlo. Así se abre la puerta para responsabilizarlo por los casi 400 asesinatos”, dice Álvaro.

Junto a esto, otros casos han expandido la tragedia de Nicaragua a todo el mundo, visibilizando la deriva de la pareja presidencial (Ortega y su mujer, Rosario Murillo) en los últimos tiempos. Ambos se han ganado calificativos (por parte de políticos, escritores y de defensores de derechos humanos) como cleptómanos, reaccionarios, autoritarios, dictadores, inconstitucionales o ladrones. Álvaro los tilda, directamente, de “psicópatas”. 

El asesinato de una familia entera en el barrio Carlos Marx el pasado mes de junio, respaldaba –una vez más– la brutalidad represiva. Según los familiares testigos, algunos de ellos supervivientes, fueron los paramilitares los que prendieron fuego a la vivienda de la familia Velásquez. La razón es que se habían negado a dejar el tercer piso de la casa a los grupos armados para que los francotiradores la usaran contra manifestantes. Tras quemar la casa, se apostaron en la puerta con metralletas para que no saliera nadie. Una de las hijas se tiró por el balcón y se salvó, aunque finalmente murieron quemados vivos seis de los nueve miembros.

Un conflicto que sacude todo el país 

Hay varios puntos en los que el gobierno se ha cebado especialmente. El barrio indígena de Monimbó, en Masaya, es uno de ellos. Masaya es símbolo de la resistencia de la población, pero el pasado 17 de julio, 1.500 efectivos –“ejército, policía y paramilitares: el trío de la muerte”, dice el activista– aplastó a los rebeldes. Hubo tres muertos.

Es en ciudades así donde los grupos que apoyan al gobierno y que, según Álvaro, el gobierno financia con sueldos diarios, entran en las ciudades opositoras y queman alcaldías y juzgados para borrar pruebas en contra del gobierno. Luego plantan la bandera sandinista a modo de reconquista. Entre ellos, destaca, hay grupos de mercenarios venezolanos y el equipo cubano de élite Avispas Negras, algo que la prensa local ha sacado a la luz y él analiza ahora: “Por eso no entendíamos antes que nicaragüenses estaban matando tan fácilmente a nicaragüenses”. La actuación del grupo de élite cubano ya irrumpió en las protestas de Venezuela, cuyo número de víctimas ha superado ampliamente Nicaragua en mucho menos tiempo.

“Quisiera no comparar lo que pasa en Nicaragua con Venezuela, porque son situaciones distintas”, asegura. “Mientras Nicaragua está viviendo el clima de un país de derechas, Venezuela está viviendo el terror de ser un país socialista, aunque eso no es socialismo”. En Nicaragua, sostiene Álvaro, existe un empresariado tranquilo y la élite sandinista “ama el dólar”. Y es en ese contexto donde recuerda que el país vendió su soberanía a un empresario chino en el proyecto fantasma del Canal Interoceánico [hace tiempo escribí este reportaje], algo que nadie entendió. La relación entre ambas naciones ha sido estrecha hasta el punto que el gobierno sandinista recibía un apoyo económico que ahora, con la caída de los precios del petróleo, ha repercutido en su debilidad: Ortega recibía –sin dar explicaciones ni pasar por el presupuesto nacional– 500 millones de dólares anuales.

Las críticas internacionales arrecian, los movimientos civiles del país centroamericano se han refugiado en la protesta pacífica y el Gobierno, que en los últimos años trató de conectar con las clases populares vistiéndose de religiosidad, está enfrentado a la Iglesia Católica, desconcertada por tanta represión. “Yo creo que estamos viviendo la peor crisis en la historia de Nicaragua”, afirma Álvaro, contundente, a pesar de que Nicaragua ha experimentado el terror de la guerra. 

Sin embargo, afirma el activista, en la guerra había dos bandos armados mientras que ahora el pueblo se enfrenta con piedras, barricadas y refugiándose en la universidad e iglesias en un país que –afirma– comienza a vivir una “caza de brujas”. Por su parte, no tiene otra opción que confiar en una solución. “A veces sueño con la intervención de los cascos azules”, sugiere desde su refugio, donde trata de consolarse: “No hay mal que cien años dure…”.

20/8/18

Hoy te fui a ver y te he visto

Qué poco curioso es el hombre
que apenas ha buscado su misterio. 

 –Henry D. Thoreau



Hoy te fui a ver
y te he visto
y oído, y desvestido el aliento
de poniente, 
donde todo empieza,
o acaba el resto.

Hoy te fui a ver
y hemos hablado
y rondado, y ladrado a las flores,
las arrugas, el tiempo y al agua
que limpia las fachadas
de varices, vientos,
nevadas.

Hoy te fui a ver
y la pared de plomo y piel
me guiñó que descansabas.
El sol dándonos la espalda
y me has visto
arañar el aire y el silencio
con espuelas de helechos
y manzanas.

Hoy nos hemos visto y
nos veremos:
cuando acabe agosto
y se vendimie el campo
el poso de todo
y escuchemos el deshielo
del cuerpo,
que siempre se está yendo.

Hoy te fui a ver y me viste,
como un perro con pena,
aullar, ya ronco,
a tus huellas
de almíbar y arena.