1/9/11

Condena

Ya no es que ciertos poemas deban ser pasto más de los psicólogos que de los críticos literarios; podría permitir incluso que el insomnio provocado lo tratara un hechicero a un gurú del tiempo: en todo caso son días un tanto acelerados, como un aullido, como un viaje con Dean Moriarty, como un calambre en el alma o una carretera quemada por el sol en algún lejano paraíso.

La última semana, el último día, la última hora… todo evoca a algo diferente, a un retorcido juego del destino donde las cartas están por echar. Y entre esas, cuando el mamífero, en este caso ya alimentado, puede hacerlo, se precipita al abismo a derramarse en sí mismo. En los próximos días contaré alguna aventura que me ha cambiado en la revista Viajes al pasado. Recuerdo con vibrante amor los surcos de agua que corrían por el sur de Vietnam a las seis de la mañana, cuando el sol se desperezaba, y nosotros nos desperezábamos, y todo se desperezaba.


De la última frontera en el reparto
del campo, la belleza y otros encantos
regreso ensangrentado en varios llantos
de una guerra que aun herido comparto.

Mis últimas batallas son de infarto
-cuando acumulo apenas veintitantos-;
en pedazos me transformo en otros tantos
seres desgarrados, que también hartos

del día y sus tan pálidos disparos,
se esconden en cualquier negro universo.
Y mi cuerpo trepando en el pasado

me arrincona y condena sin reparos.
En la horca balancea mi reverso:
que, aunque dulcemente, yo ya fui apresado.


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