12/9/12

Encrucijadas (y alguna certeza)

Me cuesta horrores echar a bailar los dedos. No sé si es la música la que no los enciende, la pista descascarillada de baile o el desfase entre mi ritmo y los nuevos movimientos que se imponen. El resultado final es la incapacidad de volcar aquí nada; al menos nada que repercuta en la soberanía de mis carnes.

Hablar de cosas ajenas lo considero inútil y nada original. Las ganas de comprarme un billete de avión y cargarme una mochila me atrae demasiado: tengo dos destinos en la manga (y en cuestión de viajes, me gusta cumplirlo), ambos con ganas de arrancarles (definitivamente) largas historias. A veces sí asoma una pata y explico cosas que creo necesarias, pero al día siguiente me digo: “¿Quién eres tú para soltar sermones? Pareces un predicador, o lo que es peor, un periodista analista”.

Desde hace meses, no escribo versos. Mal o bien, es síntoma de escasa creatividad, de un terreno poco fértil donde crecer cosas nuevas. Me da rabia: escribir sonetos, encajar las piezas en el puzle, buscarle más sentidos a las palabras y retorcerlas el pescuezo hasta leerlas con los ojos al revés es algo que me gusta y entretiene. Pero el allanamiento del ánimo, la predisposición, me lo impide.

La duda de sentar o mover el culo. A finales de noviembre, me largo al otro lado del charco: es la condición de mi beca/contrato. Un año en Madrid, otro por ahí. Me apetece desde el punto de vista periodístico, porque hallaré historias que llevarse a la boca, y conoceré las venas y la sangre de otros mundos.

¿Qué libro escoger? Es algo que me machaca todas las noches. He acabado mis exámenes, por lo que ahora puedo detenerme por las palabras de libros que me han esperado las últimas semanas. Al dente. Pero, ¿novela o ensayo? Lo último que leí fue El talento de Mr Ripley. Ahora muerdo cada noche una historia de Plomo en los bolsillos y ayer empecé un regalo a demanda: la obra ensayística de Ralph Waldo Emerson. Durante meses la he tenido vigilante en la estantería, y la tocaba de vez en cuando. Pero no la leí. He depositado muchas expectativas, y me da miedo que no me cale como lo hizo Thoreau, por quien llegué a él.

Las raíces y sus manifestaciones. Vivo en Madrid, pero si me preguntan digo que en Cantabria. Todas mis cosas, los andamios sobre lo que se han construido la mayoría de lo que soy (excluyendo la memoria), las tengo en mi casa de Cantabria. Me niego a hacer una réplica de esa habitación en nuevas casas. He pasado largas temporadas en muchas ciudades, años incluso pero nunca amenacé a mi refugio cántabro, nunca me llevé los libros o los cuadros, los discos o las figuritas que traje de los cinco continentes. Sigo rechazando esa idea, y en las habitaciones donde paso las noches que no son en mi pueblo, tan solo las maquillo con un poster barato de James Dean y alguno de Nueva York. Y las cosas que voy utilizando poco a poco. Cuando acabo un libro (una ristra sí espera en las baldas de Madrid) rápidamente me lo llevo a Cantabria y allí lo dejo reposando.

Antonio Machado. Me gusta. Recito algunos poemas de memoria (“Sabe esperar, aguarda que la marea fluya…”, “N0 extrañéis dulces amigos….”, “Mi infancia son recuerdos…”, pero no he asumido aún la espina dorsal de su pensamiento. Mi amiga Alejandra me regaló, en una edición, toda su obra poética y me lo dedicó, naturalmente, con el Caminante no hay camino. Lo leo al tuntún, disperso, sin orden; pero no me he puesto a desmenuzar sus códigos ni a leer todos los poemas. Me da rabia.

El camino del corazón. Por las noches, cuando antes de caer dormido dedico un tiempo a la reflexión, es una pregunta que me invade. Por el día me aplaca la desilusión de la monotonía laboral, el sentirse desaprovechado a pesar del entusiasmo prisionero de las circunstancias. Me vendría debajo de no ser porque a medida que va evolucionando mi interior (¡gracias psicoanalistas del mundo!) voy reventando las capas que me lo impiden. Aunque a ciertas horas me atenaza, esa verdad me libera.

Éste y otros blogs. Últimamente no hago visitas a mis blogs amigos con los que tanto disfruto. No lo sé. De éste me planteo su función. En realidad lo utilizo para escribir de un modo que no escribo para mis diarios, mis papeles sueltos. Me da ritmo y disfruto jugando a decir cosas, algunas de ellas estupideces, otras de ellas me sirven de pescozón cuando vuelvo a ellas pasado el tiempo.

Y el otoño. Se acerca con muy poco ruido, con el calor aún campante. En mi reciente viaje a Nepal, aprendí ciertas pautas de la filosofía budista, entre ellas una de las causas del sufrimiento: el deseo. Peco en ello, por eso ya hace tiempo me puse manos a la obra para alcanzar la cátedra en la felicidad. El otoño, de verdad, me lo recuerda. Período reflexivo, bullicio interior, introspección. Al contrario que Ronaldo, al menos un sabe dónde tiene que buscar sus fuentes.

2 comentarios:

Ferragus dijo...

Esperanzador ese entusiasmo que ya se viste de otoño ¿lo intuyes prisionero? Ya verás cuando se bañe con las primeras lluvias. Ten salud.

Fer dijo...

Me pasa bastante parecido, Diego, con respecto a ciertas dudas al momento de decidir sentarme o mover el culo, estar o no estar en Blogger. También hay días en los que la inspiración y el entusiasmo de antes parecen haber desaparecido. Inclusive el sentido.

Aquí lo puedo adjudicar a la primavera, que infecta con su luminosidad, con las ganas que da de saltar por la ventana y dejar de mirar hacia adentro y pensar tanto siempre la vida en lugar de jugarla de acuerdo a cómo viene la pelota cada vez y ya.

La receta de la felicidad budista suena muy tentadora, pero se me hace más difícil de alcanzar que la cima del Everest...

Espero que Emerson no te defraude.

Me llevo lo de Machado: “Sabe esperar, aguarda que la marea fluya…”

Un beso!