12/12/12

Chicas y ciudades


A ti que te has colado
en el coto privado de mi vida.

Me dijo que un beso era la expresión máxima de la decadencia, que sonaba como a despedida, y que lo que realmente se llevaba era lo de entrelazar los dedos. Pero a mí eso no me gustaba. En cierta ocasión me escondí la mano izquierda en el bolsillo como para rebuscar unas monedas, y trabó su brazo en el círculo que trazó mi voluntario despiste. Aquello me gustó.

Otros gestos fui inventando más a lo ancho que a lo largo del tiempo, y otros símbolos pasaron por encima de los dedos y los morros. Aquel disimulo de hurgar en el bolsillo ya fue tan recurrente que los dos aros formados por los dos brazos se hicieron demasiado obvios, por lo que me tiraba las horas, los días, pensando en nuevas maneras de disimulo.

Hoy me desperté con los párpados pegados al pasado. Traté de despejarme los recuerdos de la noche anterior, que todo eso dio los últimos coletazos. Después de un sueño tierno, el día se hace plomizo, cuesta levantar los talones de la acera, cuesta caminar erguido. Los primeros síntomas ya los intuía de atrás, y la prolongación se extiende hasta este momento.

Concebir lo que se fragua en las noches como una losa a veces es inevitable. En gran medida, vivo del subconsciente. También de los gestos que me inventé en el pasado, de los recelos que luego no lo fueron tanto, de otros modos de estar unido, de una relación a veces torpe, a veces mística conmigo mismo…

Al pisar las calles de Madrid (adiós, Lavapiés, adiós) sentí la crudeza de la deshumanización. En el bolsillo, oda al adiós, Travesía de Madrid. Quería despedirme del asfalto y de sus letras con la prosa urdida en la clandestinidad de las madrugadas valiéndose de las brumas de humo: difícil ahora separar su realidad de mi ficción, sus aventuras de juventud con las mías de posadolescencia en una ciudad, ésta, que amagué con amar, la troté, y cuando metí mi mano a buscar monedas existentes se colgó con disimulo de mi antebrazo aprovechando mi despiste voluntario.





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