24/1/13

Otro intento fallido

Trato de despejarme de la duermevela que me ha vencido en la última hora y pongo los pies en la calle. Llevo días queriendo comprar algo de fruta para entretener al estómago entre horas, pero nunca encuentro el momento. Por fin me decido. La calle 23 es una larga avenida que desemboca en el mar y los motores diésel vestidos de viejos trajes de otro siglo zumban como si fueran a explotar, pero siempre acaban parando y vuelven a arrancar sin mayor incidente que un vómito blanco de humo. Sabiendo que por allá no encontraré fruta, subo en la otra dirección.
Entro en un supermercado y amago con hacer cola, pero venden queso; no es algo que eche de menos (no me ha dado tiempo aún), así que paso de largo con mi hamburguesa de cerdo con un trozo de lechuga que compré en un puesto que decía algo así como “pizzas ricas” y la dependienta se meneaba caribeñamente entre sándwich y jugo de guayaba. Aún con el hambre amenazando, me puse a la cola de un restaurante donde sacaban pizzas a discreción por cinco pesos. Me zampo una y entro en una cafetería a tomar un café, pero no hay. “Enfrente, señor”, me dice un tipo que tiene pinta de vivir atado a una mesa solitaria. Allá que voy, y allá que de dos sorbos me meto para el cuerpo el espeso café. Ni rastro de la fruta.
El cruce de las calles 23 y 12 es un lugar lleno de cines, tiendas y clubes literarios. Ayer, cuando ya había anochecido, me dejé caer por allí, pero estaba casi todo cerrado. Me arrastré de vuelta y acabé comiendo debajo de casa antes de irme a dormir a horas que en España todavía no habría salido a trotar. Por ahí vivo, entre callejuelas donde florecen negocios privados y mercadillos que desmantelan de un día para otro. Al lado del hospital, me dice hoy un cubano, es un buen lugar para los negocios; también es un lugar estratégico para vivir, porque el abastecimiento de agua y luz, si es que alguna vez falla, es menos probable que lo haga. Además, en esa esquina donde nunca fallan clientes, ni la luz, ni enfermeras de impecable blanco para llevarse a la boca pizzas de quesos a 10 pesos, está el puesto de jugos, garantía de apagar la sed para evitar cualquier asomo de cólera que resurge estas semanas. El de guayaba es dulce, demasiado dulce, y el de mango no llegará hasta que entre el verano, cuando la fruta esté al alcance de la mano o de un buen trepador de árboles.
Hoy mis intenciones tenían más que ver con devolverme a la vida de mi estado aletargado -con la excusa de hacerme con fruta-  para poder trotar que hacerme con un zumo, cruzar el semáforo en rojo y buscar sin éxito cualquier cosa que en mi duermevela haya imaginado. Y, sin embargo, todo eso he hecho mientras digería mi café solo y arrugaba con la mano derecha una lata de Tukola.

5 comentarios:

Miguel dijo...

Jugosa crónica de un solitario en un país diferente. Me ha gustado.

Un abrazo.

Diego dijo...

Miguel,
me gusta pasear por La Habana, aunque confieso que hecho de menos un poco más de silencio. Me gusta la ciudad, pero estresa no tener un horizonte por le que perderse. En Madrid me pasaba lo mismo.
Un abrazo

Anónimo dijo...

Agradeciendo encarecidamente el breve relato de un momento cualquiera de la vida de un amigo. No voy a ponerme pesadamente estupenda. Te deseo todos los parabienes en esta nueva andadura y que hagas partícipes al resto en la medida en que puedas. Un abrazo. ISA.

TRENDY PAPER DOLL dijo...

¿Y ya has encontrado el lugar donde comprar fruta? ;)

Implantes Dentales dijo...

Buen post el que nos compartes, todo un gusto visitarte, saludos.