27/11/13

Cuando uno se identifica

En épocas difíciles, me habían enseñado desde niña, lee,
aprende, prepárate, recurre a la literatura.

Joan Didion, en El año del pensamiento mágico


Uno va por ahí sin saber un millón de cosas cuando de repente, zas, parece que alguien escribió un libro hablando de uno mismo. Que alguien piense que “está listo para el romance, listo incluso para la tragedia, de hecho, está listo para lo que sea siempre y cuando le consuma y remueva” no es lo más concreto que pueda sentir uno en sus pieles; ni siquiera el hecho de pensar que “vestir un traje oscuro y hacer un trabajo de oficina que te aniquila el alma” y a uno lo sienta tal cual; tampoco esa obsesión de “transmutar la experiencia en arte” o (y ya me callo) la creencia de que “la infancia es un tiempo en el que se aprietan los dientes y se aguanta”. Pero página a página sí conforman un todo inevitablemente identificador. 

Ese puñado de ideas pertenece a un par de novelas de Coetzee, Infancia y Juventud, en las que bebí semanas atrás y me sentí profundamente identificado con muchas de las reflexiones. Más allá de algunas certezas de su inocencia temprana (“…no iría a terapia ni en sueños. La meta de la terapia es hacerte feliz. ¿Qué sentido tiene? La gente feliz no es interesante. Mejor aceptar la carga de la infelicidad e intentar transformarla en algo que valga la pena, poesía, música o pintura: es lo que él cree”), se hallan verdaderas joyas, como su decisión de vivir “la única historia que está dispuesto a aceptar, la historia de sí mismo” o cuando se sacude los aires melancólicos: “No va a adoptar la visión del mundo que ella quiere forzarle a adoptar: una visión seria, decepcionante, desilusionada”. Resignada, añado. 

Sucede muchas veces, cuando parece que el aliento de otro tallara el pasado (y la imaginación de uno mismo). Y qué mejor modo de huir de lo mismo que el sudafricano huía: “Del aburrimiento. De la ignorancia. De la atrofia moral. De la vergüenza”.

2 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Yo ya no encuentro interesante a nadie.
Y menos que nadie, yo.

Miguel dijo...

Lo interesante siempre ha sido lo infeliz. El morbo nunca va asociado a la felicidad.

Un abrazo.