11/11/16

Tres guardianes en Santo Toribio

Reportaje escrito para la Revista Excelente, de las aerolíneas Iberia.



A primera hora de la mañana, la carretera hacia el monte la Viorna está desierta. “O llegan todas las personas a la vez o desaparecen en un momento”, bromea, con razón, Juan Manuel Núñez. Poco después, empiezan a subir autobuses al Monasterio de Santo Toribio de Liébana, que se inunda de visitantes con la misma rapidez con la que vuelve a vaciarse.

Juan Manuel es, desde hace seis años, el Padre Guardián de este monasterio en el ombligo de Liébana, una comarca montañosa de Cantabria a la que el azar convirtió en centro de peregrinación. “¿Qué vería el Papa para declararlo lugar santo en 1512? Aquí se conserva la mayor reliquia de la cruz de Jesús”, se responde a sí mismo.

El edificio de piedra está en mitad de un mar de montañas a escasos tres kilómetros de Potes, la capital de la comarca. A este templo habitado por frailes franciscanos desde su restauración en 1961 –quedó abandonado en 1837– llegó el brazo izquierdo de la cruz tras varias peripecias que comienzan en el siglo V, cuando Toribio de Astorga vivía en Jerusalén. A su regreso a España, el Papa le permitió llevar consigo ciertas reliquias, entre las que se encontraba el “Lignum Crucis” (madera de la cruz). 

En el año 711 comenzó la invasión musulmana, así que los cristianos huyeron con los restos de Toribio y con la reliquia, buscando un lugar seguro: salieron de Astorga, cruzaron los montes y dieron con este enclave donde un obispo de Palencia, a los pies de los Picos de Europa, había levantado un monasterio.

Liébana era un lugar remoto, hoy conectado con la costa cantábrica por un estrecho desfiladero, algo que no fue impedimento para que Santo Toribio fuera un importante motor de desarrollo de la economía y la religión de la comarca. Los dominios del monasterio llegaron a incluir un centenar de ermitas, como las de San Miguel y Santa Catalina. Desde estas capillas reconstruidas se contempla el inmenso valle donde el respeto a la naturaleza ha sabido lidiar con un turismo rural enfocado a la montaña y actividades al aire libre. Pero la vida ascética de los antiguos monjes poco tiene que ver con la de los tres frailes actuales. “Es tan normal…”, cuenta Juan Manuel, que dedica su tiempo a los rezos, misas o labores de mantenimiento del jardín de este monasterio que algún día se conoció como “la pequeña Jerusalén”.


*Sigue en el número de noviembre de la revista Excelente (aerolíneas Iberia)

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