22/1/18

Permacultura en Cuba

En el límite entre una playa sin nombre y los sueños del viejo Santiago, el protagonista de El viejo y el mar, Rolando me enseñó su huerta. Hacía poco más de dos meses que el huracán Irma había desguazado la costa, empujado las olas más allá de las lechugas y cubierto los campos de Cojímar de troncos y chatarra. Cuando Rolando se acercó a los cultivos, se le hundió el ánimo y pensó que jamás recuperaría aquel lugar. 

Rolando es permacultor, uno de esos atributos que no pueden separarse de la ambición más pura del ser humano: cuidar de sí mismo. Yo había llegado tras entrevistar a Cari, la directora de un programa de permacultura de una de esas fundaciones cubanas con nombre humanista (Fundacion Antonio Núñez Jiménez de la Naturaleza y el Hombre). Cari me contó que en Cuba hay ya más de 1.200 personas que cultivan, y comienzan a vivir, bajo los parámetros de la permacultura, una disciplina que apuesta por el respeto de la vida en todas sus dimensiones. Es decir: adherirse a su curso armónico y circular.

  

La naturaleza es bondadosa. Después de que el mar cabalgara por su huerta, dejando una capa de sal, lleva semanas lloviendo. La sal se disuelve y Rolando, esperanzado, me explica las técnicas que lleva aplicando los últimos tiempos al campo y a su vida. “Yo pensaba que no era machista”, me explica, “pero después me dado cuenta de que sí, y la permacultura me ha favorecido mucho”.

 –¿En qué más has cambiado?

 –Nunca fui competitivo–, me dice–, ni esclavo del dinero, pero la permacultura me ayuda muchísimo a cerrar el ciclo, a ver las cosas de manera más integral. Vino a poner el punto que faltaba en mi vida. 

Días antes había tomado un autobús para conocer las huertas de Blanca y Jesús en el barrio del Sevillano, a quienes pedí semillas y me explicaron el diseño de sus huertos, incluidos las zonas de robo. ¿Zonas de robo?, pregunté, sorprendido, a Blanca. Sí, me respondió: las que dan al río y a la carretera, y por eso planta árboles y plátanos como muro. Las hortalizas, más codiciadas, están adentro, así que quienes arrancan las frutas –“por necesidad”, matiza Blanca– es el peaje de cultivar aquí.

De allí me traje las semillas y el anhelo de cerrar mi ciclo; también el elogio más sencillo, hondo y precioso que he recibido nunca y que me atravesó, después de estar media mañana con Cari en su despacho. Entonces telefoneó a Jesús y le dijo que iría a visitarle. “Es periodista”, le dijo, “pero tiene aspecto de permacultor”. 

Ahora, fines de enero, me preocupa el tiempo de plantar las patatas. Estaré fuera un tiempo, justo en la época de su siembra: si las adelanto a febrero aún podrán caer heladas; si las atraso a mayo, será tarde, aunque por el momento confío en una respuesta que Virgilio nos da en sus Geórgicas:

Otras lecciones varias
que legado nos han nuestros abuelos
darán rumbo acertado a tus desvelos
mostrándote las vías necesarias.


Que marzo nos pille preparados. 

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