12/4/14

Claudicar

...poseer una casa y poca hacienda
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.



Vengo de tomar cervezas entre las calles de Masaya, una población a 50 kilómetros de Managua. Y pienso que quien ahora mismo teclea a las dos y media de la mañana alguna vez escribió versos en este mismo espacio; también quebraderos del alma y la cabeza, odas a la noche y cabreos contra cosas demasiado inabarcables como para que nadie se rindiera a mis reclamas. También pienso que aquí, en este espacio, he escrito desde los cinco continentes: crónicas, pareados, experiencias. Todo ello ha tenido cabida aquí, un lugar más concebido a expiar los dolores más profundos que a airear cualquier sentimiento.

Hace unas semanas me pasó algo que amenazó al devenir de los últimos años. Como acabo de decir, entre las paredes de esta habitación sin paredes he volcado cualquier cosa, siempre sin ninguna pretensión de ningún tipo, sin apenas revisión -son palabras que salen a borbotes y rara vez revisadas-, sin apenas filtros, pero siempre con el mismo de ser refugio de mi propia identidad. Sería fácil conocerme: basta con leer los post de este espacio de los últimos años.

El caso es que creé una web con otros aires para así reunir mi trabajo periodístico. En este mundo, pensé, además de tratar de hacer las cosas bien, hay que parecerlo. Movido por esas certezas me creé una web con una presentación mía, una recopilación de algún trabajo y un blog en el que pensé que imprimiría mi sello más relacionado con los reportajes que trato de colocar en los medios, algunos con más éxito con otros.

Sin embargo, y tras la falsa euforia del principio, caí en la cuenta de lo poco que me gusta sentirme con esa obligación. Para bien o para mal, este edén es sincero, espontaneo; es tan yo que sería imposible exportarlo a un sitio con diferente propósito. Pero fabriqué otro lugar.

El pavor me atravesó al sentir que podía dejar de lado este blog que me viene acompañando desde hace casi 500 entradas y varios años. Y porque, al tener un enfoque más serio, perdería la frescura de los escritos, que son hechos a latigazos.

Releo mi biografía en ese espacio y me parece absurda. No tengo necesidad de mostrarme quién soy, ni qué carajo he hecho en mi vida. ¿Por qué lo hago? Tampoco me gusta la egodemostración de Twitter, pero me he hecho esa red social. Hace unos meses me hice una página web personal con el mismo propósito que el que ahora me ha movido. Y la eliminé a las dos semanas por las mismas razones que ahora arguyo; también creé una cuenta de Twitter, y me duro poco más de ese tiempo: me parece una enfermedad el modo en que se utiliza.

Si a eso se suma que, aunque busco historias y he escrito desde decenas de países, no me gusta denominarme eso que llaman periodista -no quiero que mi comida depende de esa profesión humillada y plagada de vanidades, en la que no me siento cómodo-, entonces da cuenta de esas contradicciones que me atenazan. No sé cuánto duraré con esa página web. Tampoco sé cuánto duraré con el Twitter, el cual anda mudo porque soy incapaz de tratar de teclear ingeniosas frasecillas (¿para qué?, ¿para qué me digan, como mucho, que qué bien?).

No lo sé. Veo que cualquier que haya hecho cuatro cosas abre una web y se sabe vender. Yo no sé venderme, y de algún modo no quiero. También he visto casos de periodistas que se definen de viajes habiendo realizado cuatro viajes y periodistas que se dicen con experiencia en ONG habiendo hecho una pasantía de un mes. No soy capaz de competir con tal descaro. Quizá legítimo, pero descaro.

Me van más las cosas del alma, las aguas de los arroyos, los paseos por ahí, mis entradas y anécdotas en este blog sin tener que demostrar nada, mi Thoreau y la verdad de mis amigos, la no adulación. No sé por qué me siento así cuando todo eso me da igual y a ciencia cierta sé las debilidades y traiciones del ego y de la mente, tirana de tantas personas. Lo que sí recuerdo siempre, y revolotea en mi cabeza sin marearse, aquel verso de José Agustín Goytisolo que me viene al pelo: “Uno por mucho menos se hace guardia civil”. Pues eso.

7 comentarios:

Miguel dijo...

Son felices reflexiones las tuyas, de un ser pensante. De un ser humano que duda y piensa. Y esto es todo lo que se le puede pedir a una persona.

Un abrazo.

Ferragus dijo...

Se agradece que este edén escrito sea sincero y espontáneo.

Yeamon Kemp dijo...

Éste edén tiene algo de familiar. Los que hace algunas entradas que te seguimos pasamos por aquí como quien va al bar del pueblo.

El periodista serio es menos accesible, igual que su página. Pero quizá cada cosa tenga su lugar, ¿no?

Anónimo dijo...

"Mas sea verdad o sueño, obrar bien es lo que importa". Gracias por seguir contándonos tus sueños estando despierto. Un abrazo desde la distancia, que nunca desde el olvido.

Diego Cobo dijo...

Y sin los fieles, esto tampoco sería lo mismo.
Pocos pero magníficos

Anónimo dijo...

Considerame, sin dudarlo, uno de ellos.
Alejandra

Anónimo dijo...

Bello comentario.Y cierto.Alejandra.