22/11/14

Mi anfitrión en Nantucket

Erick.
Amanecía en Nantucket. Creo que en todos los lugares, pero especialmente en sitios como éste, el mayor encanto se extrae de esos momentos. Erick me había tratado muy bien: algo que no sospeché cuando me recogió en su camioneta y eché mi mochila a la caja trasera de madera.

Pero quienes hacen las cosas siempre así, al no dar importancia a sus actos, tampoco los rodean de liturgia. Te dicen: ahí tienes tu cama, ahí el salón, aquí la casa. No se preocupan de que todo esté en su sitio ni de que las sábanas estén limpias ni de que todo cuadre perfecto. Incluso, al despedirnos apenas me dio un apretón de manos, o chocamos los puños, y le dije que ojalá nos volviéramos a ver (porque él me dijo que a Nantucket mejor llegar en verano y yo le dije que a mí me gustaba noviembre). Eran casi las seis y media de la mañana, hacía un frío de narices y él esperó a que yo trepara por la rampa del barco mientras, con el coche en marcha y a poquísima velocidad, agitaba la mano. Algo que resumía todo. De pocos lugares me he ido con tanta nostalgia.

- ¿Por qué acoges a gente en tu casa?-, le pregunté un día.

No sé que me respondió. No le dio importancia y me debió de decir que por qué no. Insistí un poco y me dijo que le gustaba conocer gente, ayudar a los demás. Sin importancia se ofreció a meterme cinco millás arena arriba hasta Brant Point, un faro alejado, aunque finalmente los deberes de su hija, que llegó a media tarde, nos fastidiaron el plan. Además, por la noche había invitado a cenar a unos amigos, así que no había tiempo para todo.

Él hizo una sopa, yo compré vino, la pareja hizo una especie de empanada y David, que llegó
David.
algo tarde, trajo otra botella de vino -argentina, que bebía a sonoros sorbitos-, algo de café molido y dos rollos de papel de cocina. Cuando sacó estas cosas nos moríamos de la risa. Estábamos en Nantucket y David llegaba de invitado y traía dos rollos de papel de cocina.

Hablamos de todo, de lo divino y humano, de unas experiencias en este genial sistema llamado couchsurfing que me han puesto en más de un apuro en la multitud de casas donde me he alojado, con gente rarísima, gente que trató de propasarse y gente que me abrió su puerta y no la volví a ver nunca más.

Erick se moría de la risa cuando conté mi aventura neoyorquina y un tipo, amable, discreto y yo diría que hasta en paz consigo mismo, me dijo que durmiera con él porque en el sofá hacía frío. Claro que no me hubiera importado dormir con él si minutos antes no le hubiera frenado con un huracán de intenciones -las mías- que eran contrarias -e incompatibles- con las suyas. Por ejemplo.

La cena transcurría hasta que se apagó el vino y la luz y el café que trajo David, un tipo que parecía duro y tosco, pero que resultó ser amabilísimo y tener interés por la vida de los demás. Eso lo decía todo. Luego saqué la cámara, nos hicimos una fotografía de grupo y luego le saqué a él una. A Erick, el anfitrión despreocupado, el que choca el puño y sin decirlo te ofrece todo, con cuya bici recorrí la isla haciendo un apaño -casi pedaleando con el cable del cambio agarrado entre los dientes para que tensara- y el que me esperó que subiera al barco, agachando la cabeza tras el cristal, y removiendo la mano en el aire. El que me dijo, ahora lo recuerdo, que él creía en los cambios individuales, no en los culturales.


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