12/11/14

Walden

El tren se sigue escuchando desde los cimientos de su cabaña. A las espaldas de la laguna de Walden, rodeado de pinos jóvenes: allí; allí es donde el peregrinaje toma forma de inspiración y la inspiración -más que nunca- se hace carne.

Llevaba años soñando en venir a este lugar, laboratorio de ideas y sueños de Henry D. Thoreau, alimento de los dioses, pasto de mis noches, ladrón de mi pasado y, de algún modo, bálsamo en mis días flacos. Y por fin hoy estuve allí, caminando poco a poco sobre las hojas, por la orilla, mojando el agua con las manos, preguntando a los pescadores si aún pescaban (“aquí se pescan 3.000 truchas al año”, me respondió uno), especulando largo rato.

Walden está en Concord, un pueblito cerca de Boston, donde estoy pasando unos días haciendo un recorrido por la vida de Thoreau, uno de mis únicos héroes. Este es probable mi viaje más masticado, más paladeado, más espolvoreado, porque tiene que ver con todo menos con la razón: por eso no sé muy bien cómo he llegado hasta aquí. Es probable que si mi vida se guiara por la cabeza estaría en otro lugar, perdiendome este tipo de cosas. Pero el cuerpo, cuando está encerrado, da un saltito: esa zancada me puso en Walden.

Me desperté tarde, tras una noche agitada de párpados en alto y sueños detenidos. Me levanté, me metí algo para el cuerpo y puse rumbo con el cuerpo tiritando de emoción: ¿Qué energía habrá?”, me preguntaba.

El profano en el latido de sus palabras quizá pase por alto “la cabaña del escritor”, como alguien me dijo hoy. Pero cuando yo leí Walden por primera vez me quedé impactado; la segunda entendí el reverso de las palabras. Después me ha acompañado, como la Torá al judío, aquí y allá, en días plomizos y desabridos, en semanas sin sustancia y madrugadas largas, demasiado largas, tratando de leer -perdón por el abuso- con los poros. Así que ir hollando la arena hasta llegar a los cimientos de la cabaña que construyó en un terreno de Emerson es lo más parecido a desandar los últimos años de tu vida e ir al origen.

A Walden la he dado dos vueltas. La primera se la di como se circunvala a un anillo rodeado de árboles en llamas. Porque así lucen los árboles: como rescoldos que se resisten a apagarse en el final del otoño. La segunda fui y volví por el mismo lugar, de nuevo hacia el lugar donde construyó la cabaña, allá donde aún se escucha el traqueteo del tren.

Una visita a un rincón de tu existencia -porque yo asumí ese libro hace mucho tiempo-, es un pellizco al interior en unos tiempos donde prevalece lo externo. Y en el país donde lo artificial, las salsas y las grasas saturadas sacian los ojos a todas horas, encontrar una tierra donde solo retumbe la palabra “verdad” es el mayor tesoro que uno pueda hallar.


2 comentarios:

Ferragus dijo...

Gran entrada, Diego. Ahora entiendo tu dilección por Thoreau.
Gracias por las fotografías.

Diego C. dijo...

Esta visita es una especie de premio a esta pasión confesa.
Un abrazo