2/12/14

Concord

Me puedo acostumbrar a los atardeceres, a Nueva York, a El Quijote, a la playa del Inglés y al Vodka barato que comprábamos en las noches -gélidas- universitarias. Me puedo acostumbrar a muchas cosas: a lo bueno, a lo feo, a lo malo, a lo excepcional. Pero nunca me acabé de acostumbrar, cada vez que entraba en Concord y miraba a mano izquierda, a la erguida y orgullosa casa de Emerson.

Sé que en Madrid camino a la sombra de la casa de Lope de Vega y de las palabras de Larra por la calle Segovia. También recuerdo bien la casa de Cervantes en Valladolid, la de Mandela en Soweto, la de Borges en Buenos aires o, qué se yo, la casa natal de Fidel Castro en Birán. Y aun así, cada vez que pasaba en coche, en bici, a pie, por la carretera que entraba a Concord me sorprendía pasar por al lado de la casa de Ralph Waldo Emerson, conocido simplemente como Waldo.

Pero Concord -17.500 almas, primera batalla de la revolución, cuna del trascendentalismo, una estética asombrosa, una lluvia de hojas del color del fuego- tiene algo que embriaga, emborracha, imanta, atrapa.

Nunca he caminado tanto, de un extremo a otro, como en Concord. De la laguna de Walden
The Old Manse
a la de Batemans hay siete kilómetros, que caminé feliz. De Walden a Lexington otros tantos, que pedaleé como buscando algo que al final resulto ser nada. Y otra vez a Walden, y otra vez al cementerio Sleepy Hollow con una bicicleta prestada apoyada en alguna tumba mientras caminaba entre el silencio de una lápida llamada “Henry”.

De Concord me gustan sus arces rojos, sus robles y sus pinos. Sus casas: las anónimas, la de Hawthorne, la de Old Manse; la cena en un colegio internado en el que me colé, las hamburguesas del bar de Helen. Y sobre todo los recuerdos asociados -esos que no se guardan en la cabeza, sino en algún otro lugar- a la casa de Emerson cada vez que entraba por Lexington Road.


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