2/2/15

Mojarse

El otro día me llamó mi padre: “Diego, vamos a cortar leña”. Llovía bastante –como a mí me gusta, como llueve en el norte, como sucede en este mismo instante– y yo ya me había cambiado de ropa un par de veces en el día. Pero aun así, porque llovía y hacía frío y me gusta mojarme, le dije a mi padre que sí. 

Eso debió de ser el sábado, o el domingo, y esa misma semana me había llegado a casa después de una búsqueda de más de tres años, La mente salvaje, una recopilación de poemas y ensayos de Gary Snyder, el resumen definitivo de mis aspiraciones: ese modo de estar en la vida que combina lo físico y lo mental. Snyder –ya viejo– ha trabajado como leñador o guarda forestal, pero ha firmado algunos de los poemas silvestres más bellos jamás escritos, además de unos ensayos salidos directamente de un alma revolucionaria como la suya.

Creo que el trabajo con las manos ennoblece: además de huir de la ya manida alienación, supone recuperar tareas básicas que estos tiempos posmodernos nos han arrebatado. Ya ni siquiera está a nuestro alcance lo más rudimentario: respirar sano, procrear –¡vivan las clínicas de fecundación!– o comer saludablemente se ha convertido en productos de lujo. El neoliberalismo lo llama progreso; los sociólogos lo tildan de desastre y dicen que el colapso es inminente. 

El caso es que Gary Snyder vive en las montañas de Sierra Nevada, en California, traduciendo los chasquidos de la naturaleza en haikus y los paseos en arte. ¡Qué tiempos aquellos en los que pasear no era un producto de lujo! Y desde aquel fortín ve los días encadenarse mientras descifra los colores del arcoíris.

Me gusta mojarme. Al escritor Manuel Rivas le decía su madre: “Cuando seas mayor, busca un trabajo donde no te mojes”. Pero él, que se hizo escritor, se mojó y con el tiempo admitió que el destino de su linaje era mojarse. El mío también: por eso busco la fórmula para mojarme por dentro y por fuera. Ahora, veamos cómo me voy mojando.

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