28/2/17

El rabino y un anciano

Tiempo atrás, en las calles estriadas de Masaya, estuvimos buscando a Óscar. Él éxito fue relativo, porque apareció en la penumbra de un bar y desapareció al instante. La última vez que lo vimos, a la mañana siguiente —después de preguntar en las calles, en su casa, en los bares— fue de perfil: tan solo las espaldas de su jeep rojo con un hacha enmarcado en la rueda de repuesto.

A San Juan La Laguna, en el departamento de Sololá, a la orilla del lago Atitlán, vine en busca de Francisco. Pero Francisco no está en la oficina, que está cerrada. En un despacho aledaño me dicen dónde lo podía encontrar: en una galería de arte sin nombre, enfrente de un café con nombre de patrono.

El azar quiso que en un vagar sin rumbo —porque atender las instrucciones en un susurro entre voces es imposible— diera con el café, pero no con la galería de arte. Ya no existe.

*

Encontrar a Francisco es importante para completar un reportaje en otro lugar de este mismo país, a unos pocos cientos de kilómetros, buscando a otra persona: el rabino Godman. En el departamento de Santa Rosa, en la villa de Oratorio, me bajo por el portón trasero de una camioneta después de dos horas de viaje desde la ciudad de Guatemala, con sus curvas y el temor a estamparse acechando, y pregunto dónde vive el rabino y su comunidad judía. A diez minutos en camioneta, me dicen.

Allá vamos.

El chófer de la camioneta me avisa: aquí.

Pero “aquí” es un secarral del que asoma algún yerbajo y del que brota una inmensa nave ganadera, o secadero, o un garaje de maquinaria de campo: cosechadoras, sembradoras, remolques. Pero entro y hay zanahorias por el suelo, sacos de remolacha, bolsas de pepinos, un gato remolón y numerosos bultos cubiertos de alfombras. También está Sholem, que me recibe amablemente pero que antes de pasarme con el rabino, me pregunta —por decirlo suavemente— a qué vengo aquí. Y me cuenta que esos bultos son las máquinas de una imprenta, que es lo que resguardan estos altos techos, y que la comida es para repartirla entre las 70 familias que viven en la aldea, a poca distancia.

Pero hoy nadie le puede atender.

Me vuelvo, como vine, a la ciudad.

*

Entro en una galería de arte que no es en la debería de haber estado Francisco, pero un chico me dice dónde puedo encontrarlo: al lado de un hotel, al otro lado del pueblo. Francisco es uno de los siete miembros del Consejo de Ancianos de San Juan, una aldea maya tzutuhil de 8.000 habitantes; el Consejo un órgano que lleva cuestiones morales allá donde la ley no llega: arreglan malentendidos entre vecinos, entre parejas, ponen paz en discusiones por lindes, por mojones, reprenden a jóvenes que se han desviado de la rectitud, encauzan tradiciones mayas en vías de extinción.

Llego a la casa de Francisco y subo un breve camino de hormigón. Doy un pequeño grito, o un bufido, o un resoplido, y me devuelven la respuesta. Respondo. Me responden. Como no sale nadie, corro la cortina bordada que hace las veces de puerta y una mujer tendida en la cama, a oscuras, se sorprende. Le cuento que busco a Francisco, por qué lo busco, qué creo que puedo encontrar en Francisco. La mujer, sin levantarse, me dice que no está, que venga mañana. Pero yo necesito encontrar a Francisco hoy.

El hermano de Francisco se ha muerto, me cuenta, y no volverá hasta la noche. El hermano aún no ha salido de la casa; después “van al culto” —a las 2— , “luego al camposanto”. “A las cinco”, concluye, “puedes venir”. Pero a las cinco es tarde: el servicio de transporte por el lago acaba antes. Así que le pregunto por otro miembro del Consejo de Ancianos. Bartolomé, dice. Bartolomé vive en el embarcadero.

Voy al embarcadero y por el camino entro en el cementerio: los operarios están preparando una tumba de cemento.

*

Sholem, ya con confianza, me hace pasar varias cribas. Han hablado muy mal de su comunidad —doy fe— y ahora quieren filtrar algo más las entradas. Dos días después, tras llamadas y explicaciones, me dicen que vale, que regrese. Lo hago esta vez acompañado del fotógrafo, pues basta que los filtros sean más exigentes para que se esconda una buena historia. Vamos a la comunidad, al final de un camino pedregoso, pero dos guardianes nos echan el alto. Nos están esperando en la nave.

El rabino está allí, nos dicen.

Tras más de una hora de amable conversación conseguimos que nos abran las puertas de la aldea judía, uno de esos lugares donde el asombro y la curiosidad no quedan nunca satisfechas. Por momentos me creo en Marte, en la Luna, en una distopía, en algo que deja a Macondo en una ciudad de vacaciones. Ver a un chico mexicano, converso al judaísmo, con los hábitos y la kipá, ordeñar una vaca ala la sombra de un mango, tiene estas cosas.

Nos dan a probar la leche recién ordeñada, tibia y sabrosa, pero —supongo— llena de bacterias.

Al hervirla se pierde el 50% de los nutrientes—, dice el rabino.

*

Unas señoras sirven arroz, milanesa de pollo, rábanos, chile relleno, arroz, frijoles. Están al lado del embarcadero, en el pasadizo que desemboca en una vivienda, y pregunto por Bartolomé. Vive aquí, me confirman, pero está en San Pedro.

— ¿Quieres esperarle?
— Claro—, respondo.
Y pido comida.

Bartolomé está llegando, me dicen. Es la hora del almuerzo y Bartolomé tiene que venir a almorzar. Pero yo acabo el mío y Bartolomé sigue llegando sin acabar de llegar. Los anuncios, pasado el rato y poco a poco la digestión, se hacen reales: ahí viene Bartolomé con un sombrero y paso lento. Su mujer se lo arranca de la cabeza, y se lo lleva. Ya podemos hablar. Primero, otra criba: qué quiero, por qué, para quién, cómo.

Y qué opino.

Lo llaman judíos ortodoxos, o algo así; sí, judíos ortodoxos”, comienza diciendo Bartolomé, de 71 años, ya sin sombrero. Pero no se adaptaban en San Juan, se bañaban desnudos en el lago y por las noches —me lo dice literal— salían a pasear vestidos de negro y se quedaban así, quietos, en la oscuridad. ¿Para qué?, dice seriamente, muy seriamente, pero joder, a mí me entra la risa, me entran las carcajadas.

No sé en qué momento de la historia de la humanidad unos habitantes mayas se enfrentaron a judíos ortodoxos.

*

Ayer hubo un eclipse de sol. Sobre el lago Atitlán —“entre aguas”— el sol rozaba las montañas, que caen en picado hasta estas aguas verdes vidriosas. Fui corriendo al borde, pero solo una mancha nebulosa se perdía por el horizonte. Una oscuridad rugosa se iba imponiendo, como granulada, mientras el lago seguía latiendo por puro instinto maternal. Custodiado por tres volcanes y la serenidad de la eternidad, este ojo hundido en la tierra desapareció ante la vista. Y sin embargo

En Atitlán
no se ven eclipses
solo el sol.

*

Qué ironías esconde la historia de la humanidad, caníbal y enredada, que se va extinguiendo mientras Atitlán, los volcanes y la bruma que pinta cada amanecer las copas de estas montañas cónicas seguirán como siempre estuvieron y siempre estarán. ¿Cómo habitar en la eternidad y dar cuenta de lo efímero?

Y, además, con armonía.

Sholem.


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