15/2/17

El taxista amable

Tenía buenas maneras, como la mar en calma. Unos modales de quien se dice esculpido por una cultura media, o alta. La aparente paz del volcán apagado -esto es Guatemala-; pero tras un rato con él, un taxista blanco, comprobé que el vientre de esa montaña hervía.

Sin perder la compostura.

Primero empezó a dar sus opiniones, sin que se las hubiera pedido, en el viaje de ida, al tiempo que atendía amablemente por teléfono a una clienta cuyo marido esperaba al taxi. Pero nos habíamos perdido en esta ciudad alborotada en hora punta y a todas horas, así que sus nobles maneras le llevaron a disculparse con esos modos exageradamente lustrosos. Los mantuvo también a la vuelta, aunque comenzaron a delatarle los humos.

Primero empezó a criticar a la izquierda, “porque nunca deja hacer nada”; después, sin que yo abriera la boca, afirmó que en este país no había existido genocidio, quizá tratando de romper alguna opinión que yo trajera de casa. Como ya había arrancado, había tráfico y tiempo de espera, empezó a encadenar opiniones. “El indio es muy necio”, comenzó diciendo, “y el indio educado es aún más peligroso que el ignorante”.

Me habla de progreso, de vivir mejor, de lo fácil que es inundar una zona para montar una presa y armar las casitas en otro sitio, así, como si se arranca un roble milenario de la tierra y se transplantara en otro sitio. Y mantuviera la salud. Seguí sin hablar, quizá sí asintiendo, mirando por la ventana sorprendido por la dulzura con la que decía que democracia sí pero que se pasan con lo de los derechos humanos. “Es que ya no hay pena de muerte”, se lamenta. “Ya sabes... los derechos humanos...”.

Él no pierde la sonrisa y la amabilidad, incluso la honradez en nuestro trato -se pierde y me cobra menos, y me espera, y en la vuelta me cobra menos-; él echa de menos los tiempos de las dictaduras -“había paz, me lo decían mis abuelos, al ladrón que huía lo disparaban”- aunque no niega la democracia. Pero sí se encabrita con la corrupción.

Por la tarde consulto qué perfil de habitante es este, y me dicen que es muy común. Pero entre la montaña de opiniones, lo que más me sigue llamando la atención son sus modos. Su amabilidad, su disponibilidad -“para servirle”, repite-, su dulzura quizá contenida, toda una estructura coherente que esconde un discurso inhumano, xenófobo, fascista.

Sucede muchas veces, como la botella de champán cuyo corcho encierra durante meses toda la furia que las burbujas le hacen volar en un segundo. Así con las personas, ahogadas en condicionamientos y creencias que, a lo largo de los años, han ido acumulando -por experiencias, por educación, por heridas-.

Es fácil identificarse con las bondades que promete la sociedad. En una línea que divide lo “bueno” de lo “malo”, rara vez escucharemos que alguien levante la mano cuando se le acusa de aquellos atributos cuya etiqueta ética o social es negativa: siempre son los demás quienes cargan esos fardos. Y sin embargo nunca podremos vaciarnos de ello hasta que asumamos que por las venas nos corre todo aquello que odiamos (por eso mismo).

Digo esto porque estoy por primera vez en un país herido, tristón y apasionante, colorido en sus ropas y en su vida, al cual vengo sin demasiada información. Estas semanas trataré de escuchar los latidos que esconde esta piel con arrugas, que es la violencia: la evidente y la disimulada, como la de nuestro amabilísimo taxista.