3/4/17

La mejor amiga del tejo milenario

Había sido una noche de perros, pero nadie sospechó que fuera la última. Tenía las piernas rugosas y musculadas; también la debilidad de su edad, cuatro o cinco siglos. Cuando amaneció roto por los vientos y la lluvia del enésimo temporal del invierno del 2007, ella se derrumbó.

«Bajé aquella mañana y vi el desastre que había aquí; lloré como si hubiera sido por una persona», dice Covadonga Vejo, mujer menuda de 89 años, bajita, muy bajita, con un vozarrón de piedra. Covadonga sigue diciendo que aquel árbol a los pies de la iglesia mozárabe de Lebeña, en Liébana (Cantabria), donde ahora recita los versos que le escribió durante muchos años, es milenario. 

Mantener una conversación con ella sin que su voz vaya cargada de versos no es habitual. Si le preguntas, por ejemplo, cómo fue aquella noche, ella responde con algo que escribió aquel día negro:

Si llorar por un árbol es pecado,
que me perdone Dios, pues yo he llorado. 
Y a la vez he sentido
mucha rabia y dolor al verle herido .

Al preguntarle en un susurro qué es para ella un tejo, su sordera retuerce el sentido y cuenta cómo un día estaba limpiando el cementerio con la guadaña y se acercó una turista, que en este lugar llegan a chorro o a cuentagotas, y no vio a nadie. Ella pegó un brinco y se apareció junto a la visitante, que vio aquella señora salir de ninguna parte en un lugar donde sólo se escucha el viento, la nada. Covadonga lo recuerda ahora y se muere de la risa.

Una risa atascada. Y una memoria prodigiosa. «Será lo único bueno que me queda», bromea ella. «¡También eres poeta!», le recuerda un vecino que la sostiene en pie. Pero ella, arañando la tradición, le dice: «Después de viejo, mandil verde». Entonces el vecino responde:

 – Pero tú todavía floreces.



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