3/9/10

Aventuras vietnamitas (IV)

Y nos dijiste: "permítanme,
voy a quedarme cinco minutos,
cinco minutos, los que me quedan,
y olvido el luto,
cinco minutos,
cinco y no más".

Cinco minutos, de L.E. Aute

Mientras el viejo tren de la Reunification Express avanzaba por su sendero de hierro, tres jóvenes de edad diferente y de sueños variados poníamos en común miles de palabras. Luego, cuando se consumía la noche y comimos no más que unas frutas desabridas, compartimos los respectivos libros que llevábamos. Quique cayó pronto; Mari Cruz devoró 170 páginas de su Dolor de la guerra; yo aguanté un poco más y le di un buen bocado a Galeano, que le arranqué casi 180 a la luz de una leve luz azul y envuelto en el traqueteo incesante del vagón.

Los trenes viejos, de maderas nobles que un día tuvieron algo que decir, tienen ese misterio romántico y nómada que conviene –mucho más a estas edades- experimentar. Era el caso de este viaje de olor añejo que atravesaba toda la madrugada y nos lanzaba, como de un vómito placentero, a Hue, capital del país durante siglo y medio, hasta que cayera la dinastía Nguyen y empezara el caramelo francés y americano.

Y así, descenciendo entre campos del sudeste asiático, entre milenios de historia desconocida en lo que llaman el mundo desarrollado y un abrigo de sudor, la imaginación se funde con los deseos para fabricar una realidad futura. Hay lugares que facilitan esa tarea; también hay situaciones que alivian el bochorno de la rutina. Un viaje así, saltando de unas incertidumbres a otras, hace de comodidad relativa para unir esas dos materias. Henry David Thoreau se largó a la laguna Walden dos años: allí no dejó de leer a los clásicos, a escribir y a contemplar la belleza natural. Era capaz de describir su relación con un somormujo como si fuera una amante; relataba cada elemento de su alrededor con tal pasión literaria que a uno le da vergüenza escribir. Recientemente descrubrí a otro bohemio, Matsuo Bashô, quien caminó por todo Japón y que cuando pudo fugarse al campo lo hizo para escribir y reflexionar.Y en sus haiku, poemas breves de tres versos, aprisionaba toda la furia que pocos consiguen concentrar en todo el papel del mundo.

Hay quien encuentra el placer entre el murmullo de la gente, quienes lo buscan en la más estricta soledad: pero la mayoría de personas no lo plantea, sino que directamente pasa por los días con la misma naturaliad que se arranca una hoja del calendario. Por eso, Galeano recurre a un mito en Colombia para enseñarnos a vivir: hay una historia en la que se dice que al infierno van de cabeza quienes no han vivido con pasión. Hay aque apurar cada trago de vida como si fuera la última gota de agua a las puertas del desierto.

Estas oportunas reflexiones se hace uno cuando el reloj despistó hace horas al sueño y el amanecer se acerca con su habitual traje de luces. Y cuando en un extraño pueblo de Vietnam no se escucha más que un ventilador en la pared y el eco de estas palabras, que de manera machacona viven en mi mente. Hallar fuera de esos pensamientos una forma de vida sería un descubrimiento, aunque a día de hoy no conozca, ni siquiera en el mundo ficticio, una manera más realista de soñar. Cada segundo de existencia quizá viole la, para muchos, inquebrantable realidad. Pero es que a veces olvidamos que esa realidad es aquello que queremos vivir. En España o en Vietnam, las reglas son las mismas y los deseos solo varían lo que me separa ahora de mi hogar: las ganas de aprender a vivir.

2 comentarios:

Yeamon Kemp dijo...

Hoy sí.

Diego dijo...

Hoy toca a un optimmismo "por barba".