22/8/13

Girar el cuello

Sería difícil exportar las costumbres de aquí a cualquier lugar del mundo sin elevarlas a la categoría de exótico. Ciertamente, en Cuba se pueden hacer y ver cosas curiosas poco -o nada- extendidas en otros rincones del planeta: ir a trabajar en un Chevrolet del año 53, cortarse el pelo en una relojería -y arreglar el reloj en una peluquería-, no poder comprar una botella de agua en una gasolinera porque afuera el camión cisterna llena los depósitos de gasolina (¿?),  ver caer una ventana de casa, desde un piso 14, en una noche de tormenta, ir a un concierto de Pablo Milanés y conocer, de carne presente, a la Yolanda que ya es mito o ir a hacer la compra en autobús y que una madre siente a su bebé en tus piernas.

Pero esto es Cuba, un país singular, un animal extraño, por lo que sus manifestaciones responden a esa composición cultural de una sociedad que, irónicamente, guarda un especial cariño a España, la madre patria.  O quizá no sea tal la ironía, sino cosas del pueblo, ajeno a los intereses de los de arriba (¡ay, Aznar; ay, Espe!) que juegan sus partidas de ajedrez utilizándonos como peones. De hecho, las coincidencias en el universo de la diversidad cultural son inmensas.

Pero entre todo ese mundo de manifestaciones, me causan más curiosidad las que más se diferencian de las que dominan nuestro país. Desde las filas, institución cubana presente en cada esquina -para comprar café hasta para comprar una pizza-, los intentos de sacarte un dinero de más -y la desesperación correspondiente- en el mercado, el funcionamiento de muchas cosas que en cualquier otro lugar no funcionarían o los piropos.

España no es ajena a ese lenguaje del piropo, asociado a los albañiles (cuando existían), y que tantas críticas levanta. Al margen de esas consideraciones machistas, los piropos, o acosos, son más ingeniosos aquí, como son más ingeniosos con casi todo lo material que tienen entre sus manos. Como hombre, no puedo opinar demasiado sobre el asunto porque, sencillamente, no he sufrido dicho acoso más que un par de veces, en dos países lejanos, en un par de contextos comprometidos. No obstante, nada que ver con aquella oleada de violaciones a hombres en Zimbabwe.

Después de escuchar varias de esas frasecillas, no sabía qué más comparaciones se podían hacer después de que no se librara de las redes del acoso ni las metáforas con el peso cubano. Sin embargo, pensé, tanto ingenio para nada en el país donde con más saña los hombres giran el cuello ante el paso de mujeres.

El caso es semanas atrás iba a casa en taxi colectivo cuando conversaban el conductor y un pasajero del asiento de atrás. Yo iba en el asiento delantero y, en un breve parón en la carretera antes de un cruce, pasó una chica delante de nosotros, que subió por el camino. El otro pasajero giró el pescuezo mientras yo esperaba a que el conductor arrancara de nuevo, pero éste estaba ocupado mirando con cara de vicio a la muchacha mientras, en un suspiro, le gritaba: “¡Qué abusadora, mami!”. Y aceleró.

5 comentarios:

Yeamon Kemp dijo...

Jimena no deshoja las margaritas / por miedo a que le digan todas que sí.

Miguel dijo...

Nunca me han gustado los piropos, pero este me encanta...

Un abrazo.

Chilango dijo...

En Tenochtitlan ocurren cosas parecidas, empezando por el nombre. Si España es un país de pandereta, México es de pandereta y además surrealista. Es capitalista, pero en plan desmadroso subdesarrollado, tropicaloide y guapachón.

Salud.

Oesido dijo...

Hacía tiempo que no visitaba el Edén y me han gustado mucho estas crónicas habaneras.

Diego dijo...

un placer Oesido!