10/9/13

Un paseo por México DF

Una hilera de hombres tostados bailan en pañales al ritmo del repiqueteo de unos tambores y los alaridos de un par de altavoces. Piden audiencia con el secretario de gobernación: nada nuevo bajo el sol. 

¿Eres norteamericano?, me pregunta un hombre entre los coches atascados a la altura de Alameda Central. Le digo que no, que soy de un país venido a menos -España. Esto va a reventar, me dice. Se manifiestan todos: maestros, electricistas, campesinos. Esto va a reventar

A un escaso kilómetro, en el corazón mismo de la capital mexicana, el Zócalo, los toldos y las pancartas tapizan uno de los lugares más emblemáticos –y antiguos- de la ciudad.

¿Qué vendes, joven?, me pregunta un viejo que busca despistados. No tengo nada que vender para engordar el mercado de segunda mano. Mucho menos que nada. Relojes, cadenas, alpargatas.

- Lo siento.

Y me voy.

Lleva tiempo lloviendo en México DF y me refugio en una librería de viejo donde se acumulan columnas de polvo y libros por igual. Tan altas, tan grandes, tan anchas, tan exageradamente vertiginosas que extraña la eficacia a la hora de encontrar, siempre que exista, cualquier libro de lomo desgastado o mordido.

Así que salgo y enfilo una calle de tiendas caras que, para mi sorpresa, inundan el centro, y no tanto centro, de esta ciudad de más de veinte millones de almas. Claro, no es de extrañar que vaya a reventar un país donde la exclusividad, como un caramelo a la puerta de un colegio, se enfrente a miradas marchitas de la mitad de la población, que vive en la miseria.

Esto va a reventar.

La mañana la comencé echando una fotografía a un señorito repantigado a quien le lustraban los zapatos mientras se desayunaba el periódico. Cuestión de estatus, me digo. Ya el resto del día lo dediqué a coleccionar contradicciones, las propias de un país como éste.




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