14/6/14

Hacia el Norte

Michael silbó desde el balcón. No eran aún las cinco de la tarde, y yo pensaba llegar más tarde de las seis. No me di por aludido, así que seguí hasta darle la vuelta a la calle y pensar que aquel tipo de coleta nevada podía ser mi anfitrión, el marido de mi anfitriona, aunque según me había dicho ésta, Michael estaría en el garaje. Todo se resolvió cuando recordé que la casa daba a dos calles, y yo finalmente entré por la de arriba. 

Michael me gusta. Y Bee, su esposa, también. Rondan los setenta y se conocieron hace no muchos años. Él se apuntó a una agencia matrimonial. Un día quedó a tomar un café con una mujer, pero ella, la potencial pretendiente, debió de calar su espíritu salvaje y le dijo: “Tú encajas con una amiga mía”. La llamó por teléfono, quedaron, y desde entonces no se han separado. En el año 2005 compraron una casa con vistas al lago Wasilla, donde Michael pedalea cuando está helado y navega con su canoa en verano. Y es ahí donde cené bien, dormí mejor, y desayuné aún mejor. 

Willow Creek
Yo venía de Anchorage, 75 kilómetros al sur, y mi primera etapa, entre un sol que iba y venía, resultó apacible. En Anchorage mis huéspedes me agasajaron con unas tajadas de salmón para el camino. “Duran en buenas condiciones tres o cuatro días”, me dijo Dan. No hicieron falta más que un par de horas, porque justo en el kilómetro 30 ya había abierto la bolsa y por el 35 ya debía de haber comido todas; claro que en el 60 ya andaba maldiciendo al salmón y mis manos y mi aliento ¿salomónico?. Así que, cuando el camino discurría entre vegetación algo espesa y después de la perorata de alaskeños que llaman a la prevención de ataques de osos, ahí andaba yo anunciando mi paso desafinando canciones o gritando de alegría: “¡Estoy en Alaska!” Pero la verdad es que el único peligro que he mascado ha sido algún ladrido de perro desde las ventanas de las furgonetas.

Hoy he llegado a Willow, 60 kilómetros al norte. Me desvié unos kilómetros hacia el campground, al filo del río, con tres o cuatro caravanas puestas y una señora que vivía en otra caravana y que hacía las veces de ranger. Me di una vuelta por allí, comprobé que a pesar de su ubicación bucólica me resultaba un poco triste y decidí regresar a la carretera principal. Poco después di con un amable tipo que me convenció para dormir en su camping. Heme aquí. 

Mañana partiré hacia Talketnaa, donde me han prestado una cabaña y quizá pase un par de noches. Pero ahora no estoy para pensar demasiado, que la cuarta Budweiser se empieza a subir… al alma. Que el barman me deja de instar a tomar más, que soy de tentaciones fáciles y rápidamente se me nubla el entendimiento.

Compañeros de barra

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