15/1/15

La revolución perdida de Nicaragua

Días antes de llegar a Nicaragua leí un reportaje de un tipo, esos que el reportero Diego Enrique Osorno calificaría como “uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio”, en el que se asombraba de la propaganda personalista por parte del Gobierno, así que me imaginé una Managua sembrada de mensajes, lemas, fotografías y demás armas habituales. Cuando salí del aeropuerto, camino de la capital, me fijé en las orillas de la carretera y en las rotondas, pero apenas vi nada parecido a eso que aquel tipo decía: tan solo unos arbolitos espantosos con lucecitas en la avenida Bolívar y alguna foto del bueno del presidente en alguna pancarta elevada. Y nada más.

Claro que yo venía de Cuba y mi capacidad de asombro estaba a prueba de bombas en ese sentido, pero aquello no era para tanto. Después de escribir varios reportajes de aquel viaje, ayer me puse a teclear uno cuyo sentido desborda nuestra realidad: un país tan irónico, contradictorio y polarizado que ya nadie reconoce a un gobierno -o al menos a un presidente- que en su día fue uno de los liberadores del país.

Transcribo las entrevistas. La de Wilfredo Navarro, ex ministro de Trabajo y actual diputado de una escisión del Partido Liberal, que opina cosas como que “el Frente Sandinista hace fraude porque son cleptómanos”. Recuerdo cómo llegué a casa de Navarro: andaba yo tomando una cerveza en un bar de Managua cuando conocí a un chaval, colega del amigo nicaragüense con el que yo estaba, que me pregunto qué hacía allí. Se lo comenté y me respondió: “Pues quizá te interese conocer a mi padre”. Una hora después y la vista algo nublada de cervezas, estaba yo en una casa de un barrio bien de Managua, entre sirvientas ofreciéndonos café en un jardín que también albergaba un pequeño zoológico.

También me dijo cosas como ésta: “Cuando triunfó la Revolución, los comandantes eran pobres. Ahora son millonarios; empresarios, terratenientes, dueños de empresas. El flujo de dinero que viene de Venezuela vía presupuestos que no se controla -porque supuestamente es un apoyo no al Gobierno sino al partido- permite unos niveles de corrupción inmensos”.


Menos casual fue la entrevista con Enrique Sáenz, sandinista desencantado y diputado por el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS). Él pidió un té helado y yo un café capuccino -lo sé porque lo escucho ahora en la grabación- y criticó con muchísima dureza al Gobierno. “Estamos frente a un régimen dictatorial oligárquico; dictatorial en el nuevo sentido de la palabra y oligárquico en el viejo sentido de la palabra. Ortega y su grupo no pudieron romper las cadenas de la historia y han resumido en el régimen todas las taras históricas del país”.

Para empezar, pienso, no estaba nada mal aquellas declaraciones tan espontáneas que parecían salir de algún lugar profundo. Tal es así que, al preguntarle por el comienzo de las perversiones de un partido, el Frente Sandinista, que algún día ilusionó al país, me dio cuatro momentos concretos y después me dijo: “Esto que te estoy diciendo lo voy a escribir, porque me está saliendo ahora”.

Quería alguien que abundara en esas perversiones, así que, aunque me recomendaron no ir andando, llegué a mi cita con Gonzalo Carrión a pie, el responsable de denuncias del Centro Nicaragüense de los Derechos Humanos (CENIDH). En toda Nicaragua se vivían momentos de máxima alerta por un terremoto que había removido todo el país y, de hecho, en el transcurso de aquella entrevista el suelo -y el techo- tembló levemente bajo nuestros pies; pero Gonzalo me contó entre risotadas las ironías del Gobierno: “El Gobierno nos acusa de que somos fascistas, que somos del imperialismo y de la CIA. Pero en los períodos liberales ellos incendiaban el país y el CENIDH los protegía. Los respaldábamos en su lucha social. Ahora se les ha olvidado y ni siquiera permiten una pancarta que diga No a la dictadura”.

Al salir de allí -un relato con estas acusaciones tiene que continuar así-, la casa privada del presidente, que también es la sede del Gobierno en una manzana inmensa cerrada al público y blindada por policía y muros, fui mascando todas aquellas declaraciones sobre un país que alguna vez llegó a soñar de la mano de las mismas personas que hoy lo devoran.

Unos días antes, cuando el primer latigazo de 6,2 grados a diez kilómetros de profundidad me sacó de la primera planta de una cafetería, hablé con Octavio Enríquez, premiado periodista que trabaja para el diario El Confidencial. Hablamos en un pequeño patio de la redacción del periódico, donde luego me presentó a un compañero reportero que las tropas gubernamentales habían acuchillado; y me dejó helado con unos argumentos que continuamente respaldaba con  telarañas de conexiones e información.

“Cuando son temas que tocan a la familia del presidente, hay muy poca transparencia. Este Estado lo puedes describir como Estado-familia-negocios. Es el mismo esquema de la familia Somoza; la diferencia es que Luis Somoza listaba todos sus bienes”, me decía Enríquez con una firmeza que él luego me volvía a justificar: “Hago esto por compromiso con mi país”.

La lista de realidades absurdas, elevadas a un nivel sin sentido, seguía engordando. En un momento me dijo en qué empleaba el presidente los 500 millones de dólares que anualmente entran a Nicaragua procedente de Venezuela a través del ALBA: hoteles de lujo y gasolineras de su propiedad, entre otras cosas. También me habló de la lista de medios independientes que se extinguen en Nicaragua, absorbidos por un partido político cuyos responsables son millonarios. “En la política nacional, Ortega ya no es solo el líder político, sino que tiene un rol protagonista en lo económico. La empresa privada ya no lo ve como el rebelde de Reagan: lo ven como alguien con quien pueden hablar de negocios. Ya no son aquellos chavales que llegaron al poder con rifles de palo. Ya no son los mismos, ahora son millonarios”.

Salí de allí apesadumbrado pero asombrado del papel que se juega demasiado en cada palabra. Después llegó el terremoto, desalojaron la cafetería a la que había ido al salir de la redacción de El Confidencial y allí esperé a una persona que nunca llegó. Y la luz se cortó. El reportero acuchillado, que estaba allí haciendo una entrevista, esperó conmigo hasta que mi amigo pasara a recogerme tiempo después. 

Entre medias, el periodista me tiró los trastos amparado en la oscuridad y el silencio del desalojo, se le caló el coche y me pidió que empujara el carro cuesta abajo mientras él trataba de arrancarlo. Después, se despidió diciendo que le avisara si cambiaba de acerca. La alerta roja aumentaba y aquellos días dormí con la puerta abierta y una mochila listo para escaparme en el próximo zurriagazo del subsuelo de Nicaragua.

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