22/1/15

El último sarruján de Cantabria

Foto: zonacachonera.wordpress.com
El abuelo de Julián Díaz murió a casi 2.000 metros de altura mientras acompañaba al ganado, así que años después, cuando su padre le dijo en la montaña que se estaba muriendo, Julián y su hermano lo bajaron en el carro hasta su casa de Carmona, en Cantabria.

Julián hoy tiene 90 años. “Largos”, dice él, y yo no sé si se refiere a casi 91 o a alguno más, aunque da igual: sube las escaleras de su casa con pasmosa habilidad; tiene una memoria  deslumbrante y, a pesar de que dice, insiste y repite que no ha ido a la escuela, a mí me pareció uno de esos sabios a los que me gustaría parecerme.

Llegué a su casa cuando mi tía me comentó de la existencia del último sarruján (criado del pastor, según la santa Real Academia) en Cantabria. Él tenía 17 años, una fortaleza juvenil y un porvenir algo oscuro. Pero ahora, viéndole sentado en un sofá mientras hila una historia con otra, me tiene con la boca -y sobre todo, con el corazón- abierta.

Murió su padre y acabó en un pueblo donde alguna posibilidad de trabajo en algún lugar cerrado brindaban las circunstancias. Es curioso: los de la ciudad quieren ir al pueblo y los del pueblo ansían ir a la ciudad; los de la ciudad no tienen que enseñar nada y los del pueblo, todo. Y esto es en lo que él me insistía una y otra vez, con esa inteligencia propia de los que han estudiado poco o nada –mi abuela es igual.

Hasta esa edad que uno tiene que tomar decisiones, la de él coincidiendo con la muerte del padre, acompañó al ganado por los puertos de Sejos, en los techos de Cabuérniga, en Cantabria. Cuando no, acompañaba –también al padre- a talar las hayas de donde sacaban las albarcas. Durante un mes, y a mano, serraban 15 ó 20 árboles. De cada uno sacaban 40 pares de albarcas. Dormían en cuevas -una noche tuvieron que sacar de una de esas cuevas a una osa-, se calentaban con fogatas y descendían a Carmona con los troncos, ya algo secos, menos pesados y con parte de ellos tallados, tirados por bestias.

Hace poco, me dijo Julián, se quiso hacer un homenaje al último escultor, por no decir fabricante, de albarcas de Carmona. Y no encontraron a nadie: las tradiciones se esfuman cuando las personas se esfuman.

Al jubilarse, allá por los ochenta, Julián comenzó a tallar madera. Nunca antes, me dijo, había tallado nada. Quizá una vara de avellano, pero ni siquiera el trabajo fino de las albarcas, que era encomendado a los mayores. Pero llegó la jubilación y se puso a tallar y a tallar: su casa es un museo de obras finísimas. Vacas, bueyes, colodras, dalles. Y cadenas de madera de una sola pieza. Una vez le preguntó una de sus nietas: “¿Cómo sabes que dentro  de uno de esos trozos de madera hay una vaca?”

Julián dice que apenas lee, que apenas escribe, que no fue a la escuela. Pero no hace falta esas acreditaciones para intuir que yo estaba ante un hombre de una inteligencia prodigiosa. A pesar de esas deficiencias, ayudaba a sus hijas en la escuela. Y el profesor, sabiendo que aquel hombre de pelambre blanca no había ido al colegio, se asombraba de cómo acertaba los problemas de sus hijas. Así que comenzó a dar deberes a sus hijas…  para que se los diera al padre. Cómo será que, en cierta ocasión, Julián le mandó de vuelta un problema al maestro. Y el maestro dijo, por Dios, hasta aquí.

Después de media mañana entre conversaciones y anécdotas y visita a su estudio -qué paz se respiraba allá arriba- me regaló un llavero de unos pequeños bolos. Me fui de allí jarreando, como había llegado, mientras él miraba sin cerrar la puerta del todo hasta que me perdió de vista, como si yo fuera el último cordero y el fuera el último sarruján.

2 comentarios:

Miguel dijo...

¡Qué bonito! ¡Qué entrañable!
Esta es la vida. La vida que pasa y que queda. Aunque a veces, las personas nos empeñemos en no hacer caso al poso que dejan nuestras vivencias.

Un fuerte abrazo.

Diego C. dijo...

Gentes que merecen la pena, Miguel

Un abrazo