25/3/15

La soledad de la selva

La selva: oscuridad y silencio.
Hubo un momento en el que miré al cielo y pensé demasiadas cosas. Pensé en versos cursis, en la novela de Llamazares, en una canción de Aute, en Antonio Vega, en mi propia vida, en los satélites. Lejos de la civilización, con la única conexión que la naturaleza provee, allí estaba yo tumbado en unos maderos en mitad de la selva mientras daba manotazos, aquí y allá, contra los mosquitos que venían a incordiar. El cielo estaba precioso, como esas noches castellanas donde nada se interpone entre los ojos y las estrellas: el cielo estaba demasiado agujereado, colapsado por estrellas y el polvo que las envuelve.

Hay una novela, llamada El enamorado de la Osa Mayor, donde esta constelación le sirve a Vladek, su protagonista, como guía definitiva durante todos sus escarceos por las fronteras de Polonia. No paré de pensar en Vladek, que se mezclaba con lo que yo andaba viviendo en ese momento. Había tardado un par de días, primero en una lancha motora y luego a remos, en llegar hasta esta ramificación del río Samiria, en la reserva Pacaya Samiria. Cansado y con cierta curiosidad, la vida me había puesto allí, después de comer un par de pescados que habíamos desentrañado de las trampas en los ríos, y tumbado boca arriba, como pasando lección al pasado.

La selva es así y la gente de la selva lo dice: la selva, la gente de la selva, la comida de la
selva, la vida de la selva. Parece una colección de frases turísticas, pero cuando te cuelas en las casas de la gente de la selva, en lugares remotos a los que solo se llega, después de muchas -demasiadas- horas por río -aquí no hay carreteras- y los ves comer, y dormir, y hablar tumbados entre las aguas que en esta época de lluvias ensucia las casas, compruebas que eso que agitan en el concepto “la vida de la selva” es cierto.

Creo que la vida en estas poblaciones es demasiado monótona, insoportablemente cíclica. En nuestro mundo puede que también siga el mismo patrón -y vuelta a empezar- pero aquí, en caminos polvorientos donde las adolescentes con sus hijos miran la vida pasar, es un retrato que tiene poco encanto.

Más adentro, ya lejos de la población, entre aquellos maderos donde el cielo se volcaba en tromba, las cosas eran diferentes. Todo era más idílico. Jeffry, Wellington, Miguel, Lena se desternillaban, y yo les preguntaba qué les aportaba vivir rodeados de agua y del zumbido de las cigarras, y no sé qué respondían porque yo estaba ensimismado buscando la Osa Mayor, persiguiendo a los satélites, quizá buscando mi propia vida allá arriba, porque en el cuerpo que habitaba en esos momentos no la encontraba.

Preparando la cena.

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