15/10/15

Juicy

(…) el público en general está tan egoístamente preocupado por sus asuntos particulares que presta muy poca atención a los problemas que trascienden el terreno personal.

Erich Fromm, en ¿Tener o ser?


Juicy tiene los ojos muy pardos, color café de las Blue Mountains. Se acerca a la orilla de arena blanca y limpia el cazo con el que ha preparado el desayuno. Aún es temprano y el amanecer se empieza a afianzar. El sol todavía rebota en las aguas -y no por mucho tiempo. En esta temporada, pasada por brumas, el cielo se empieza a empañar temprano.

Estamos en Negril, extremo oeste de Jamaica, cofa en la primavera de mi vida. Y Juicy, un hombre cuyo interior revolotea con pasión y yo todavía no lo veo, me trata de convencer: “Yo tengo buen corazón”. Juicy es negro sin matices; yo, de piel blanca algo insumisa en verano: buena combinación en una mañana cálida mientras el olor a ganjah -marihuana- perfuma el encuentro.


Juicy -su nombre real es Hector Washington, me dirá ya por la noche- podría pasar por un vendedor de pulseras y batallas, pero además de eso es un tipo especial. Honesto, de esos que van descalzos de pies y vida; de esos que confían en las personas que confían mutuamente: una vida anónima en un lugar concurrido no da -pensarán muchos- para demasiado.

La primera sospecha de estar ante un tipo tierno y cálido, amable y bueno, fue seguida de un par de fotografías que le hice. El sol le daba en la cara y le dije que, por favor, se colocara aún más a la luz para poder retratarle. Después, ya en la habitación, le volví a mirar a los ojos. Acerqué la fotografía hasta mis propios ojos y nos miramos, uno en frente del otro: él, su nariz chata y su mirada profunda bajo unos pelos más negros aún que su piel.

Hablo con una amiga y me dice: “Es que, generalmente, vemos sin mirar”. Y así pasamos la vida, ignorando lo que nos rodea solo porque nos rodea. El caminante sin fondo y poeta Matsuo Basho lo expresó mejor que nadie:

Cuando miro atentamente
¡veo florecer la nazuna
en la cerca!

Cuando yo me hice periodista -sentí- era para conocer el mundo. En realidad todo lo que he hecho en mi existencia ha sido un pretexto para ensanchar el alma: ahora sé dónde estoy. Y estos viajes, que me dan la oportunidad de conocer a gente como Juiciy, un peldaño más en esa evolución: pero mi amiga me pellizca y me pregunta cómo miré a Juiciy, cómo le pregunté sobre su vida, si realmente, bajo esos lemas No probem o one love, que encharcan todo el país, él se sentía realmente así.

A veces se nos olvidan los motivos que nos llevaron a ahorrar, a tener hijos, a hacernos periodistas. En este blog, que alegremente va pasando desapercibido incluso para quienes me rodean, he volcado trozos de mi ser que nunca hubiera imaginado que existían a no ser que estos dedos -correa de transmisión de mi alma- no cumplieran con su deber. Y en esa secuencia me horrorizaría haber olvidado las verdaderas razones por las que estoy en este país: la gente.

De Juicy me gustaría aprender su gusto por las artesanías y por su vida. Contrariamente al movimiento rastafari, que repiten la palabra verdad más de lo que a mí está repitiendo el desayuno local que me he metido para el cuerpo, este hombretón presiento que vive en ella. Sin meter ruido, como si alguien hubiera lanzado una piedra con todas sus fuerzas y el caminante la hallase allí, sola, infatigable, sin preguntar qué hago aquí porque ya está allí.

*

Es ya de noche y siento que tengo que ir a buscar a Juicy: habíamos quedado en que esto del periodismo es un pretexto -quizá el más adecuado- para vivir en otros dolores, sufrir en otras muertes. De hecho, al tiempo que mi amiga ponía en cuarentena mi encuentro, yo le conté otro en el que me sentí un extranjero, un visitante fugaz y deshonesto cuando, escribiendo un reportaje sobre los cortadores de caña de azúcar que mueren por cientos en Nicaragua, un moribundo hombre me dijo: “Que el mundo se entere de lo que nos está pasando”. Y aquello no me atravesó como un rayo.

Allí en la playa, rodeados por un cielo que vuelca las estrellas, un hombre prende fuego a unas cañas de bambú. Un aliento sofocante se suma a la noche ya cálida y yo pregunto por Juicy a otro tipo que rondaba por la mañana. Y al rato, entre una música chirriante, aparece él y nos chocamos los nudillos y me cuenta sus viajes a Estados Unidos y yo le cuento este viaje a Jamaica.

Hay una gran diferencia entre el uso de la primera persona: no salir del cerco de las carnes de uno es quizá la más aburrida y triste de las realidades -egocentrismo; pero hablar en primera persona de lo que hay de universal en el ser humano es grandioso. Thoreau decía: “No hablaría tanto de mí mismo si hubiera otra persona a la que conociera tan bien”.

Juicy me recuerda los motivos por los que decidí -la vida me ha ido colocando- hacer lo que hago. Vivir bajo la piel de otros no es fácil: nos han metido tan profundamente que seamos de hielo, que no salgamos de la soberanía de nuestra individualidad, que dolerse por el dolor ajeno -que nunca es ajeno- es imposible.

Pero, ay, cuando uno comienza a vivir de verdad las vidas de otros, se le quita toda la fruslería y las ganas de usar la palabra para señalar lo que no importa. Pero, entonces, ¿de qué iban a vivir los periódicos?

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