22/6/16

El Ramadán y los esclavos

Antes de hundirse en el inmenso río Gambia, el sol tenía un color exageradamente anaranjado. Eran las siete de la tarde y quedaba media hora para que se abriese la compuerta a lo que llaman “desayuno”: son días de Ramadán. Esperé un poco y, sentado en un rincón donde apenas me amparaba un chorrito de luz eléctrica, comí un pescado. Me lo sirvieron entero y, cuando noté algo extraño, caí en la cuenta de que la oscuridad me había hecho empezar por la cabeza. Di le vuelta al plato, me aclaré la boca y volví a comenzar.

Era mi tercera comida del día, porque el desayuno lo había hecho doce horas antes. En este mes santo, la barrera de la noche marca la felicidad (y la actividad, adormecida a medida que pasan las horas del día). Media hora antes de las siete y media, la hora en que la fe les permite meterse al cuerpo algo desde que amanece, ya están preparados. Y ansiosos. Y hambrientos y sedientos.

Hoy, esa hora me pilló en el patio polvoriento de un pequeño hotel en el pueblo de Georgetown, en las entrañas del río Gambia. Un empleado me ofreció un café, que gustosamente acepté, como pensando que iba a disimular un hambre que, en mi caso, no era tan escandalosa como el suyo. Pero llegaron las siete y media -en punto- y asumieron que desayunaría con ellos. O sea, que cenaría.

Y yo no sé decir que no.

Sacaron una bandeja con un contenido color mostaza en el centro de una mesa donde los cinco empleados iban a comer. Pero arrancaron otra media barra de un pan como melancólico pero que aquí es el que existe, y lo pusieron a la orilla de la bandeja: era mi bienvenida.

Esperé a que comenzaran porque no sabía qué hacer (¿meter la palma de la mano? ¿hacer pinza con los dedos? ¿mojar con la barra de pan?), hasta que, imitándoles, utilicé el pan como excusa para agarrar unos huesos que parecían de pollo pero que finalmente eran de una cabra que había degollado uno de los chicos y había cocinado otra de las chicas.

*

Esta ciudad se me antoja triste, como el pan de Gambia. Quizá porque estamos en pleno ayuno, quizá porque fue un puerto de esclavos y aquí murieron por cientos, quizá porque hace calor, el sol achicharra el suelo y se respira más polvo que oxígeno.

Georgetown, o Jangjang-bureh, o isla de MacCarhy -porque tiene esos tres nombres- fue un mercado de esclavos hasta 1807, fecha del fin del comercio de esclavos. Para hinchar las venas de las colonias de ultramar o del incipiente imperio estadounidense, miles de personas fueron secuestradas, encadenadas, vendidas y embarcadas rumbo al otro lado del mar. Muchas, muchísimas, murieron en trayectos de 100 días donde el hambre, la enfermedad y los motines resultaban mortales.

Aquí se conserva la llamada Casa del Esclavo, en cuyo sótano aún se ven los grilletes. Los gemidos de los esclavos ya no se escuchan: a cambio, sí se oye el aleteo de los murciélagos que viven en los techos roídos.

Georgetown está a 300 kilómetros de la capital, que he serpenteado en interminables viajes de transporte público por una carretera que no siempre existió: si este lugar fue un magnífico enclave en el ombligo de este lugar del África tropical es porque se encentraba en un río caudaloso y navegable, a pocos días de la desembocadura.

En Gambia repiten No pasa nada, pero no me resulta un eslogan auténtico. Lo dicen en español, más como un señuelo para otras cosas que como un modo de sincerarse. Porque si hay un lugar donde sí pasan cosas, es aquí. Otra cosa es que no lo sepamos o no queramos enterarnos, aunque a veces sea lo mismo.


Casa del Esclavo (Georgetown)

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