26/7/16

Sonidos

En algún momento pensé que el tiempo era un goteo de lluvias y de lunas, como en África, pero los campos despeinados de Illinois me devolvieron al reloj y a la prosa donde antes solo había poesía.

Los caminos se tuercen y retuercen entre maizales, océanos de soja y graneros bajo un cielo que se descuelga demasiado: en la carretera número 4, que un poco más allá desemboca en San Luis, amenazaba con cerrar las mandíbulas. A lo lejos se ven unas columnas difusas y oscuras, color petróleo, a modo de advertencia, como si fueran colmillos que se hincan en la tierra. Aunque escapamos de los mordiscos, sí nos salpican los ecos de una tormenta extraña.

En Estados Unidos -para qué insistir- todo es grande, ruidoso, todo deriva en gestos que, sin palabras, te dicen 'aquí estoy yo'. Lo hemos vivido antes, en anteriores aventuras por este país donde el sol precedía a la tormenta y en mitad de la tormenta salía un sol empapado. La prosa metálica que se pierde tras el lomo de una motocicleta en que nos deslizamos hasta el sur del país, se vuelve poesía cuando todos los fenómenos caben en uno, cuando los policías perdonan multas tras haber rellenado el formulario y ladrar una bronca y casi un mordisco -ríete, tormenta-. Cuando el Mississippi aparece grandioso y sabemos que lo perseguiremos hasta su final.

A veces, un silencio.

En mitad del bullicio, de las branquias de un motor que me ensordece, en la memoria de unos años que me devolvieron a mí -y me quitaron otro tanto-; así suena este viaje musical e histórico. Si supiera flotar me lanzaría al Mississippi encharcado de barro e historia y me mecería hasta Nueva Orleans. Pero parece que el río lo viviremos en secano: hasta el delta de nuestras vidas (y del Mississippi) aún quedan por retumbar muchísimos sonidos.

San Luis (Missouri)

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