29/11/17

Lo que entra en Cuba no sale

La primera vez que estuve en Cuba fue durante un año, y me traje besos: muchos besos. De entre las cosas que escribí en esa tierra recuerdo una pregunta que me hice: “¿A quién no le han besado en La Habana?” Ahora los besos vienen y van por el aire porque es difícil estar en Cuba y no sentir, como un huracán, ese poderoso imán de lo que somos. No lo cuestiono.

De Cuba me traigo muchas cosas, aunque se dice que lo que entra allí no sale. Y de algún modo es cierto porque me dejé muchas cosas –entre otras, un pedazo de vida y las zapatillas de correr– y me costó salir de allí: cuesta salir desde un lugar donde la vida es tan furiosamente nueva cada día. Recordé lo que le escribió García Lorca a su madre: “Esta isla es un paraíso… si yo me pierdo, que me busquen en Andalucía o en Cuba”. En algún momento se me trastabillaron las palabras y me dieron ganas de gritar, en mitad del malecón, que me buscaran en Cantabria o en Cuba. Alguna vez los barcos conectaban las dos tierras.

Creo que lo que a un extraño le gusta de los lugares en los que se adentra son sus gentes, y una vez más supe que las de allí son de lo más apacibles y generosas del planeta. No exagero. En esta parte del mundo, con una democracia recalentadísima a base aceite mal quemado, no les gusta que allá gobiernen los mismos de siempre, como si aquí fuera muy diferente. Pero es cierto: hay cosas tan evidentes que negarlas sería amputar la realidad, que no siempre es al antojo de uno o de nadie, aunque si quien le gobierna a uno es ningún deseo, creo que se puede acceder a lo cotidiano con mayor claridad. Así que lo que hice en La Habana fue escuchar y no juzgar, porque quién es uno para juzgar lo lejano y ajeno.

Me lo resumió un chico que estaba hasta el gorro del sistema político una noche de esas que salí a pasear entre las callejuelas, como en tiempos de Drake: “La libertad está en el pensamiento”. Y, por pensar, pensé que tampoco aquello era del todo cierto si uno piensa con la arcilla moldeada por otras manos, pero sabíamos de qué hablaba.

Tan obvio como que La Habana echa musgo es que es una ciudad apasionante. A ratos se caen edificios y los vecinos no se detienen demasiado porque tienen cosas mejor que hacer. ¿Y los viejos? Pareciera que no existen. “Esos viejos de La Habana Vieja que son bien jodedores…”, me dijo Rolando, entre carcajadas, para referirse a los jubilados divertidos que fueron a su finca en Cojímar y decidieron dormir en tiendas de campaña para seguir la fiesta. Rolando, a quien el huracán Irma le encharcó las huertas, ha vuelto a cultivar. Como si el mar creyese que puede acabar con la furia cubana.

Un día fui a buscar un libro a la librería y, entre sesudos tratados marxistas, la historia del azúcar y la lírica política de este sindiós, saqué alguna cosa que nunca leí pero cargué en la mochila y, no sé, alguna utilidad tendrá. ¿Recordarme que la Providencia también bromea?

De La Habana traje libros, tabaco, un pequeño amago de tostado en la cara, anotaciones, semillas para la huerta. Conocí a un par de babalaos sacerdotes yorubas, uno más parlanchín que el otro, que pisó tierra y confesó que su único papel era interpretar a Orula. Entonces me acordé de lo que Margaret Fuller nos dice en Verano en los lagos: “Seamos completamente naturales antes de preocuparnos por lo sobrenatural”.

Dormí varios días en su casa y por la mañana me hacía un desayuno a base de huevos, pimienta y queso mientras yo trataba de despegar los párpados escuchando santos, credos y adivinaciones, y preguntándole cómo se encontraba esa mañana: el babalao, de sacrificar palomas para las santificaciones, había cogido alguna enfermedad. Claro que él, un tipo maravilloso, me ayudaba a salir de allí pensando que yo había estado en Marte, quizá porque Cuba entera es un delirio entero en las fiebres de Occidente.

Una tarde en Matanzas.

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