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29/8/18

“La situación es tan violenta en Nicaragua porque el ejército ha dado armas de guerra a los paramilitares”

El pasado 21 de julio, en un diario europeo, a Álvaro le preguntaron por la situación de Nicaragua. Él se centró en quién era, de dónde venía, cuántas víctimas se habían cobrado las protestas de su país, por qué les estaban matando y por qué Álvaro, un abogado de treintaytantos años, tuvo que dejar Nicaragua. Álvaro no se llama así, pero al preguntarle qué pseudónimo prefiere, escoge éste.

–¿Por qué?

–Es en honor a un chico de 15 años, Álvaro Conrado, al que un maldito francotirador disparó al cuello: cobarde bestia. Solo llevaba agua a los manifestantes.

Álvaro lanza una piedra a los paramilitares.
Después de la persecución y huida del país, no es extraño que prefiera dejar su identidad de lado. “Mi casa fue rafagueada dos veces. Pasaron disparando en el muro”, aclara desde su refugio europeo, el cual pide que se omita por su propia seguridad y desde donde vive desde entonces. “Eran mensajes, advertencias. Si yo estuviera allí, estoy seguro que ya estaría siendo devorado por gusanos”, señala. Álvaro sabía desde antes que su activismo podría traerle problemas, pero la decisión de abandonar su tierra la tomó después de que un amigo le filtrara que su nombre aparecía en una lista de personas. “No para secuestrar”, aclara ahora, “si no para darle tratamiento especial”. 

Las protestas comenzaron en Nicaragua en el pasado mes de abril, cuando el gobierno decidió hacer una serie de reformas del sistema de seguro social. Los pensionistas comenzaron a protestar y los estudiantes universitarios, cansados de la deriva del gobierno, se sumaron a las protestas en las que Álvaro participó desde el primer día. Era el 18 de abril y las calles de Managua se convirtieron en un campo de guerra en el que el abogado y activista salió malherido el primer día, cuando lo subieron en una de las camionetas blancas –“se han convertido en el símbolo de la muerte”– en el Camino de Oriente. “Tenían varios objetivos ese día y me reconocieron a mí porque he sido un fuerte activista”, admite.

Después lo apalearon, como se recoge en este vídeo (a partir del segundo 30), pero descamisado, con golpes en la cabeza y una puñalada en la mano, pudo escurrirse. “Lo que hice fue correr ensangrentado y me metí en contra del tráfico, sin importar que me atropellaran, pero era la única manera de que no vivieran a por mí. Me tiré por un desagüe y de ahí pude escapar hacia el hospital Lenin Fonseca”, relata con tristeza. Una vez allí, se dio cuenta de que la Ministra de Salud, supuestamente, había dado la orden a los hospitales de no atender a los heridos en las protestas. “Si las heridas hubieran sido algo más profundas”, dice aliviado ahora, “me hubiera desangrado”.

Álvaro era miembro del grupo Unión Masiva Nicaragua, cuyas actividades de apoyo y difusión de las protestas empezó a generarles problemas. Ayudó a los universitarios, canalizando ayudas desde Europa y llevando alimentos y medicamentos a los estudiantes encerrados en la universidad. “Les dolió mucho que yo hablara con lenguaje técnico legal en las calles”, afirma. Aunque hay varios grupos que coordinan las protestas en el país, Movimiento 19 de abril (el día que oficialmente empezó el conflicto) es el más fuerte. Sin embargo, Unión Masiva Nicaragua tuvo que disolverse cuando alguien hizo público el nombre de la treintena de integrantes. Y el de Álvaro estaba entre ellos. 

En Nicaragua el asesinato número 63 supuso un punto de inflexión en la lucha de los nicaragüenses. “Marcó el hastío”, expresa el joven abogado, “porque pensábamos que esto era una pesadilla, que no podía estar pasando”. Fue tan solo una semana después del inicio de las protestas y la tensa situación que Nicaragua había vivido durante los últimos años acabó por explotar. Desde que Daniel Ortega regresó al poder en el 2006 muchas cosas han cambiado, y lejos quedaba aquel lejano sueño que logró aunar al país y expulsar a la familia Somoza tras el triunfo de la revolución [en este reportaje hablé con agentes del país]. Después perdieron –y admitieron la derrota, algo hoy inviable– en las históricas elecciones de 1990, pero tres lustros después de ausencia en el poder, Ortega regresó con otro talante.

Las elecciones del 2011, además, las ganó con acusaciones de fraude y de manera inconstitucional, ya que fue el tercer mandato bajo una Constitución que solo permitía dos legislaturas. Las de 2016 fueron aún más cuestionadas y la victoria del presidente también fue abrumadora. Pero lo que sí es nuevo en Nicaragua es la violencia en uno de los países más seguros de América Latina. “Lo que hace más violenta la situación es el hecho de que el ejército haya dado armas de guerra a los paramilitares. ¿Te imaginas a esas hienas ansiosas de muerte con armas de guerra?”, reflexiona Álvaro.

La Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos (ANPDH) ha contabilizado, hasta el diez de julio, 351 muertos y 260 desaparecidos, pero las cifras siguen aumentando y entre el pasado domingo y lunes se denunciaron 800 secuestros en todo el país. “Él quiere tener suficiente gente presa para negociar una posible amnistía una vez que le llegue la justicia”, asegura el activista. Sin embargo, la batalla que se presenta en la calle lleva muchos años labrándose; y las marchas eran la primera herramienta. “Pensábamos que íbamos a doblegar al gobierno, que iba a dimitir. Nunca pensamos que la policía se iba a convertir en verdugo y asesino, y que iban a aparecer estos grupos paramilitares”, reflexiona. 

Lejos de una dimisión o unas elecciones anticipadas que exige la Organización de los Estados Americanos (OEA), la represión en Nicaragua está aumentando. Las órdenes, asegura el abogado, vienen directamente de El Carmen [palacio de gobierno], donde el presidente vive rodeado de cientos de policías: “Nos tienen miedo porque ya no tenemos miedo”.

Álvaro relata con tristeza la última tragedia, ocurrida en la noche del 24 de julio, cuando una estudiante de medicina brasileña de 31 años, Rayneia Lima, fue asesinada en el coche. “El hecho de que hayan asesinado a una brasileña puede ser el principio del fin de Otega: la Corte Penal Internacional, en quienes hemos pensado utilizar para condenarlo. Así se abre la puerta para responsabilizarlo por los casi 400 asesinatos”, dice Álvaro.

Junto a esto, otros casos han expandido la tragedia de Nicaragua a todo el mundo, visibilizando la deriva de la pareja presidencial (Ortega y su mujer, Rosario Murillo) en los últimos tiempos. Ambos se han ganado calificativos (por parte de políticos, escritores y de defensores de derechos humanos) como cleptómanos, reaccionarios, autoritarios, dictadores, inconstitucionales o ladrones. Álvaro los tilda, directamente, de “psicópatas”. 

El asesinato de una familia entera en el barrio Carlos Marx el pasado mes de junio, respaldaba –una vez más– la brutalidad represiva. Según los familiares testigos, algunos de ellos supervivientes, fueron los paramilitares los que prendieron fuego a la vivienda de la familia Velásquez. La razón es que se habían negado a dejar el tercer piso de la casa a los grupos armados para que los francotiradores la usaran contra manifestantes. Tras quemar la casa, se apostaron en la puerta con metralletas para que no saliera nadie. Una de las hijas se tiró por el balcón y se salvó, aunque finalmente murieron quemados vivos seis de los nueve miembros.

Un conflicto que sacude todo el país 

Hay varios puntos en los que el gobierno se ha cebado especialmente. El barrio indígena de Monimbó, en Masaya, es uno de ellos. Masaya es símbolo de la resistencia de la población, pero el pasado 17 de julio, 1.500 efectivos –“ejército, policía y paramilitares: el trío de la muerte”, dice el activista– aplastó a los rebeldes. Hubo tres muertos.

Es en ciudades así donde los grupos que apoyan al gobierno y que, según Álvaro, el gobierno financia con sueldos diarios, entran en las ciudades opositoras y queman alcaldías y juzgados para borrar pruebas en contra del gobierno. Luego plantan la bandera sandinista a modo de reconquista. Entre ellos, destaca, hay grupos de mercenarios venezolanos y el equipo cubano de élite Avispas Negras, algo que la prensa local ha sacado a la luz y él analiza ahora: “Por eso no entendíamos antes que nicaragüenses estaban matando tan fácilmente a nicaragüenses”. La actuación del grupo de élite cubano ya irrumpió en las protestas de Venezuela, cuyo número de víctimas ha superado ampliamente Nicaragua en mucho menos tiempo.

“Quisiera no comparar lo que pasa en Nicaragua con Venezuela, porque son situaciones distintas”, asegura. “Mientras Nicaragua está viviendo el clima de un país de derechas, Venezuela está viviendo el terror de ser un país socialista, aunque eso no es socialismo”. En Nicaragua, sostiene Álvaro, existe un empresariado tranquilo y la élite sandinista “ama el dólar”. Y es en ese contexto donde recuerda que el país vendió su soberanía a un empresario chino en el proyecto fantasma del Canal Interoceánico [hace tiempo escribí este reportaje], algo que nadie entendió. La relación entre ambas naciones ha sido estrecha hasta el punto que el gobierno sandinista recibía un apoyo económico que ahora, con la caída de los precios del petróleo, ha repercutido en su debilidad: Ortega recibía –sin dar explicaciones ni pasar por el presupuesto nacional– 500 millones de dólares anuales.

Las críticas internacionales arrecian, los movimientos civiles del país centroamericano se han refugiado en la protesta pacífica y el Gobierno, que en los últimos años trató de conectar con las clases populares vistiéndose de religiosidad, está enfrentado a la Iglesia Católica, desconcertada por tanta represión. “Yo creo que estamos viviendo la peor crisis en la historia de Nicaragua”, afirma Álvaro, contundente, a pesar de que Nicaragua ha experimentado el terror de la guerra. 

Sin embargo, afirma el activista, en la guerra había dos bandos armados mientras que ahora el pueblo se enfrenta con piedras, barricadas y refugiándose en la universidad e iglesias en un país que –afirma– comienza a vivir una “caza de brujas”. Por su parte, no tiene otra opción que confiar en una solución. “A veces sueño con la intervención de los cascos azules”, sugiere desde su refugio, donde trata de consolarse: “No hay mal que cien años dure…”.

15/1/15

La revolución perdida de Nicaragua

Días antes de llegar a Nicaragua leí un reportaje de un tipo, esos que el reportero Diego Enrique Osorno calificaría como “uno de esos periodistas fanfarrones de escritorio”, en el que se asombraba de la propaganda personalista por parte del Gobierno, así que me imaginé una Managua sembrada de mensajes, lemas, fotografías y demás armas habituales. Cuando salí del aeropuerto, camino de la capital, me fijé en las orillas de la carretera y en las rotondas, pero apenas vi nada parecido a eso que aquel tipo decía: tan solo unos arbolitos espantosos con lucecitas en la avenida Bolívar y alguna foto del bueno del presidente en alguna pancarta elevada. Y nada más.

Claro que yo venía de Cuba y mi capacidad de asombro estaba a prueba de bombas en ese sentido, pero aquello no era para tanto. Después de escribir varios reportajes de aquel viaje, ayer me puse a teclear uno cuyo sentido desborda nuestra realidad: un país tan irónico, contradictorio y polarizado que ya nadie reconoce a un gobierno -o al menos a un presidente- que en su día fue uno de los liberadores del país.

Transcribo las entrevistas. La de Wilfredo Navarro, ex ministro de Trabajo y actual diputado de una escisión del Partido Liberal, que opina cosas como que “el Frente Sandinista hace fraude porque son cleptómanos”. Recuerdo cómo llegué a casa de Navarro: andaba yo tomando una cerveza en un bar de Managua cuando conocí a un chaval, colega del amigo nicaragüense con el que yo estaba, que me pregunto qué hacía allí. Se lo comenté y me respondió: “Pues quizá te interese conocer a mi padre”. Una hora después y la vista algo nublada de cervezas, estaba yo en una casa de un barrio bien de Managua, entre sirvientas ofreciéndonos café en un jardín que también albergaba un pequeño zoológico.

También me dijo cosas como ésta: “Cuando triunfó la Revolución, los comandantes eran pobres. Ahora son millonarios; empresarios, terratenientes, dueños de empresas. El flujo de dinero que viene de Venezuela vía presupuestos que no se controla -porque supuestamente es un apoyo no al Gobierno sino al partido- permite unos niveles de corrupción inmensos”.

Menos casual fue la entrevista con Enrique Sáenz, sandinista desencantado y diputado por el Movimiento de Renovación Sandinista (MRS). Él pidió un té helado y yo un café capuccino -lo sé porque lo escucho ahora en la grabación- y criticó con muchísima dureza al Gobierno. “Estamos frente a un régimen dictatorial oligárquico; dictatorial en el nuevo sentido de la palabra y oligárquico en el viejo sentido de la palabra. Ortega y su grupo no pudieron romper las cadenas de la historia y han resumido en el régimen todas las taras históricas del país”.

Para empezar, pienso, no estaba nada mal aquellas declaraciones tan espontáneas que parecían salir de algún lugar profundo. Tal es así que, al preguntarle por el comienzo de las perversiones de un partido, el Frente Sandinista, que algún día ilusionó al país, me dio cuatro momentos concretos y después me dijo: “Esto que te estoy diciendo lo voy a escribir, porque me está saliendo ahora”.

Quería alguien que abundara en esas perversiones, así que, aunque me recomendaron no ir andando, llegué a mi cita con Gonzalo Carrión a pie, el responsable de denuncias del Centro Nicaragüense de los Derechos Humanos (CENIDH). En toda Nicaragua se vivían momentos de máxima alerta por un terremoto que había removido todo el país y, de hecho, en el transcurso de aquella entrevista el suelo -y el techo- tembló levemente bajo nuestros pies; pero Gonzalo me contó entre risotadas las ironías del Gobierno: “El Gobierno nos acusa de que somos fascistas, que somos del imperialismo y de la CIA. Pero en los períodos liberales ellos incendiaban el país y el CENIDH los protegía. Los respaldábamos en su lucha social. Ahora se les ha olvidado y ni siquiera permiten una pancarta que diga No a la dictadura”.

Al salir de allí -un relato con estas acusaciones tiene que continuar así-, la casa privada del presidente, que también es la sede del Gobierno en una manzana inmensa cerrada al público y blindada por policía y muros, fui mascando todas aquellas declaraciones sobre un país que alguna vez llegó a soñar de la mano de las mismas personas que hoy lo devoran.

Unos días antes, cuando el primer latigazo de 6,2 grados a diez kilómetros de profundidad me sacó de la primera planta de una cafetería, hablé con Octavio Enríquez, premiado periodista que trabaja para el diario El Confidencial. Hablamos en un pequeño patio de la redacción del periódico, donde luego me presentó a un compañero reportero que las tropas gubernamentales habían acuchillado; y me dejó helado con unos argumentos que continuamente respaldaba con  telarañas de conexiones e información.

“Cuando son temas que tocan a la familia del presidente, hay muy poca transparencia. Este Estado lo puedes describir como Estado-familia-negocios. Es el mismo esquema de la familia Somoza; la diferencia es que Luis Somoza listaba todos sus bienes”, me decía Enríquez con una firmeza que él luego me volvía a justificar: “Hago esto por compromiso con mi país”.

La lista de realidades absurdas, elevadas a un nivel sin sentido, seguía engordando. En un momento me dijo en qué empleaba el presidente los 500 millones de dólares que anualmente entran a Nicaragua procedente de Venezuela a través del ALBA: hoteles de lujo y gasolineras de su propiedad, entre otras cosas. También me habló de la lista de medios independientes que se extinguen en Nicaragua, absorbidos por un partido político cuyos responsables son millonarios. “En la política nacional, Ortega ya no es solo el líder político, sino que tiene un rol protagonista en lo económico. La empresa privada ya no lo ve como el rebelde de Reagan: lo ven como alguien con quien pueden hablar de negocios. Ya no son aquellos chavales que llegaron al poder con rifles de palo. Ya no son los mismos, ahora son millonarios”.

Salí de allí apesadumbrado pero asombrado del papel que se juega demasiado en cada palabra. Después llegó el terremoto, desalojaron la cafetería a la que había ido al salir de la redacción de El Confidencial y allí esperé a una persona que nunca llegó. Y la luz se cortó. El reportero acuchillado, que estaba allí haciendo una entrevista, esperó conmigo hasta que mi amigo pasara a recogerme tiempo después. La alerta roja aumentaba y aquellos días dormí con la puerta abierta y una mochila listo para escaparme en el próximo zurriagazo del subsuelo de Nicaragua.

12/5/14

Pequeña historia nicaragüense

El bueno de G. me dice que haga algo con los hechos, con lo que sucedió una madrugada en playa Popoyo, en la costa pacífica de Nicaragua, hace unas semanas. Y tiene razón si tenemos en cuenta que aquella noche tuvo bastante de suspense, alumbrado todo por un eclipse de luna, que fue enrojeciendo al mismo ritmo que sucedían los hechos.

Os pongo en antecedentes: un amigo nicaragüense (nica, en lenguaje popular) me ofreció acompañarle al Magnific Rock, un hostel-restaurante construido encima de un acantilado a unos tres kilómetros de la hamaca donde leía Adiós Muchachos. Le dije que fuese él solo, porque ya habíamos ido por la mañana y me había quemado los pies. Después de sudar y recuperar lo perdido, regresamos y habíamos paramos en una choza a comer un nacatamal.
Se fue solo, por aquello del sexo opuesto, y regresó a las seis de la tarde dando tumbos. Me saludó y, sin darme tiempo para preguntaré cómo le había ido, se quedó dormido en la arena. En esas anochecía.

Una hora después, le desperté y fuimos a su casa, donde se acostó. Yo cogí el ordenador, me pegué una ducha en un baño exterior que había, y regresé al bar de la hamaca, encima de la playa. Empecé a teclear.

Esa noche no quería tomar ni una cerveza, porque en este país se bebe en exceso y mi misión era otra, pero llegaron dos hondureños con una botella de whisky ya en el estómago y se sentaron conmigo (los conocía de la noche anterior). Todo transcurría entre apagones y el alcohol que seguían metiéndose para el cuerpo. Al poco tiempo, se sentaron el dueño del bar y otro nicaragüense bastante imbécil, aunque eso lo descubrí más tarde.

Vaya por delante que nunca he visto beber de modo tan aguerrido a nadie tanto como a los hondureños, que se propusieron acabar con la frente pegada a la mesa. Y lo consiguieron.

Hablamos apaciblemente hasta que llegamos a una discusión: si Manuel Mel Celaya sufrió un golpe de estado. Técnicamente, decía uno, no lo era; el otro, que vivía en San Pedro Sula, la ciudad más peligrosa del mundo, decía que sí. El dueño del bar, con aires sensatos, decía que no. Y el imbécil no se enteraba.

Pasada la media noche me enteré de lo del eclipse mientras el guardia del lugar, un joven que se emborrachó más tarde, cuando su jefe, el dueño gordo,  acabó desubicado y roncando en una hamaca, advirtió que había una tortuga desovando. “¿Dónde, que quiero ir?” le pregunté. “Te acompaño”, me susurró el dueño del bar.

No recuerdo si cuando me dijo eso ya me había dicho otras cosas al oído, o si fue después. El caso es que después, como intuyó que no me había percatado de sus intenciones, pasó a una estrategia más directa: las “manitas”.

En eso que el imbécil, como habíamos hablado de la colonización, se calentó y vertió en mí toda la rabia acumulada de los últimos cinco siglos. Y me dijo que me iba a “turquear” (dar una hostia, vamos). Insistió en que era porque yo era español y toda esa perorata que manejaba Chávez. Lo que hay que ver.

Los dos hondureños seguían bebiendo como locos mientras el gordo ordenaba al guardia que me sacara cervezas, como si eso me hiciera cambiar de opinión, de acera o de ambas cosas, porque el tipo era bastante feo. Aumentaba la tensión con el borracho, al que me imaginé incrustándole una silla en el lomo, cuando uno de los hondureños se propuso dirimir la disputa, si es que se puede llamar así a los desvaríos de un tipo que antes de comenzar a beber me acompañó amablemente a por cerveza: sacando la pistola.


Yo estaba cansado, un tipo metiéndome mano, otro insultándome por ser descendiente de los reyes católicos y otro diciendo que iba a sacar la pistola para poner orden. Así que me fui a la casa, donde dormía, desde las siete de la tarde, mi amigo el nica.

Pero se despertó. Y yo tenía hambre. Así que la casa vecino, donde estaba el hijo de los dueños y dos amigos -claro, también borrachos-, se nos antojó adecuada para cenar. Entramos tranquilamente a la cocina, pusimos a hervir unos noodles picantes y los cenamos, a eso de las tres de la mañana, en el porche de la casa donde croaban un par

de sapos enormes y que me amigo el nica los cogió para enseñármelos.

Pensando en ir a dormir, le conté la anécdota de la playa, con bastante humor. Pero sus ganas de tomarse un trago o despejarse después de su ración de sueño, nos llevó de nuevo al lugar de los hechos, donde la luz iba y se iba continuamente. Agarró el puñal –supongo que en tono jocoso o preventivo-, una linterna y observé cómo se retorcían los dos hondureños. Acabaron la última botella de whisky… y sacaron una, de un litro, de ron. Me sorprendió la capacidad de martirio de algunas personas.

Regresé a casa, me dormí y desayuné unas galletas que había cogido en la cocina del vecino la noche anterior. Ese día creo que dormí en Chichigalpa, después de varias desventuras en transporte público. Pero eso merece otro capítulo.

25/4/14

Morir en Chichigalpa

Chichigalpa, en el estado de Chinandega, es un cementerio al aire libre: un cementerio donde las muertes se anuncian con ironía. En la entrada principal de la ciuidad, donde se entra procedente de Managua, a 130 kilómetros, una pintada anuncia: “Dios Bendiga a Chichigalpa”. Muy cerca, entre ese cartel y la destilería del ron Flor de Caña, otro dice: “Chichigalpa es inolvidable”. 

Ahora se entenderá.

Un poco más adelante está la plaza central. Y siguiendo por esa calle, en la calle del mismo nombre, hay dos funerarias con sus ataúdes bien dispuestos. También es probable que el improbable extranjero que se asome por aquí escuche la voz que, a través de un micrófono, anuncia la muerte de un joven.

Son miles los afectados. Mueren de Insuficiencia Renal Crónica, una enfermedad que ataca los riñones. Si no se trata adecuadamente, se suele morir en un plazo breve. Y en este pueblo han muerto ya 9.000 personas en los últimos años.

Ellos acusan al gran motor de la economía local: el ingenio San Antonio, donde espiga la caña de azúcar que después se beberá en las botellas de Ron de Flor de Caña. Los pesticidas y maduradores que se emplean contaminan las aguas, de las que beben. La empresa lo niega. Pero hay muchas evidencias que prueban lo que los afectados reclaman. 

Francisco lleva cinco años viviendo en una chabola
de madera reclamando una indemnización.
No únicamente actuaciones autoritarias, acusaciones falsas e insultos, o un muerto el otro día en una huelga con un balazo de la policía. Son 9.000 muertos, 15.000 afectados que pronto morirán (tienen asumido su destino y repiten “estamos en manos de Dios”) y demasiada tristeza.

Es demoledor. 

Julio Cadenas, uno de los afectados, acabó una madrugada en urgencias porque sintió fuertes convulsiones, vómitos y las piernas le fallaban. Eran las cuatro de la mañana y tuvo que pagar una camioneta hasta Managua para que le llevara. Fue en julio, y su nivel de creatinina era de ¡28 miligramos por decilitro! A partir de 1,3 se considera enfermedad; en la empresa los echan. Empezó a hacerse hemodiálisis, primero en Managua y ahora en León, a 45 minutos de casa. Va y viene en autobús. Hoy está molido: en la mano lleva un trozo de esparadrapo. Ha estado conectado cuatro horas a una máquina. Dice que le machaca.

“Peleo por la indemnización porque esto es de la empresa. Yo me afecté en la empresa, en el ingenio san Antonio”, me explica sentado en una silla con grandes molestias. “Quienes primeros se dieron cuenta es el ingenio San Antonio, por eso fue que empezaron a sacar a la gente. Ellos dijeron: es más preferible que vayan saliendo de Chichigalpa a que que digan “se murió fulano de tal reparto, se murió el otro”. No es lo mismo que murieran de aquí, uno a uno, que del Ingenio San Antonio. Todos los diputados lo saben. Estamos en manos de Dios, que es el único que nos puede salvar. Aquí ha habido investigaciones de todo tipo. Estuvimos cinco meses en la Asamblea. Toditos los saben. Y son los que están ahora mandando en el Gobierno. Cuando mandaban los liberales, ellos decían que los buscáramos para que nos apoyaran; los liberales nunca nos apoyaron. Ahora que están ellos en el poder, los buscamos y nos cantan fado”. 

En este pueblo se respira tristeza plomiza, insoportable.

Después de pasar un par de días, vagando entre este cementerio anunciado, recuerdo las palabras de Marcos, un afectado que también dice estar en manos de Dios: “¿Verdad que lo vas a contar en España? ¿Verdad que se va a enterar todo el mundo?”

12/4/14

1.000 meneos en Managua

Nicaragua se sacude los lomos y ya andamos por la alerta roja.

Esto de vivir un movimiento telúrico es curioso. Yo andaba esperando en la segunda planta de la Casa del Café una cita con una periodista local cuando, leyendo a Gioconda Belli, se removió todo el edificio. Pocos minutos después, otra sacudida nos saca a la mayoría de personas del lugar. Una camarera llora. 

“¿Tienes miedo?”, le pregunto a un camarero. “Miedo no”, me responde. “La vida es Cristo y la muerte es un mandado”. Mi cita nunca tuvo lugar. “Por razones obvias”, me escribe la periodista. 

En realidad no fui consciente del peligro hasta que llego a casa y vi el color de la alerta y las recomendaciones: dejar la puerta abierta, tener una mochila preparada con lo imprescindible y citar a la familia en un sitio de reunión, por si las moscas. 

A las doce de la noche me quedé dormido. Amanecí ocho horas después. En ese tiempo se sucedieron más de 300 réplicas. A las 12.30 del mediodía, mientras andaba en otro cita, el suelo volvió a agitarse. El temblor, de 6,7 grados en la escala Richter, fue mayor que el de ayer, pero se produjo a mayor profundidad, por lo que su manifestación fue menos dañina. El terremoto que barrió Managua en 1972 fue de 6,2 grados. A esta hora ya se han registrado más de 1.000 temblores.

Los temblores han sido la causa de que se hayan cerrado colegios y universidades. Los cortes de luz han cancelado los trabajos y una cita que tenía esta mañana con el filósofo Alejandro Serrano Caldera. También han cerrado la cafetería donde tomaba café con sabor a colonia cinco veces más barato que en la cafetería de al lado (comer en esos sitios permite viajar más veces y durante más tiempo). Las camareras sonríen igual, pero te despluman. 

5/4/14

Buscando a Óscar

Óscar es un tipo misterioso: eso se sabe desde antes de poner los pies en Masaya, a un puñado de kilómetros de Managua. No coge el teléfono durante varios intentos de llamada. ¿Dónde estará Óscar? Mis referencias sobre él no son demasiadas. Sé que algún día fue periodista, que tiene contactos en Univisión, Telesur, La Prensa (y es aquí donde necesito de él), la CNN y que se salió de ese mundo para hacer cosas por su cuenta. También sé que es artista, por lo que me empiezan a encajar más cosas.

Ya es de noche y vamos en su búsqueda.

En la puerta de su casa nos dicen que no está, pero entramos para comprobarlo. Salimos de allí y andamos por las calles de este pueblo -debe de ser el que tiene más farmacias y dentistas del mundo por habitante-, y hallamos a su hermano con otros amigos. Uno de ellos nos deja el teléfono para llamarle, pero al tercer toque, Óscar cuelga. Al poco tiempo, mientras el amigo nos sigue para darle un cigarro, nos llama. Vale, ya intuimos dónde está. Subimos al coche y nos bajamos en la puerta del Cevichero, un local “underground”, me dice mi amigo.

Sacudimos las manos en otras manos repetidas veces, pasamos tres pequeñas salas algo iluminadas girando la cabeza; yo, en segundo plano, nunca me había sentido tan misteriosamente en tal estado de interrogación por un hecho aparentemente tan banal: buscar a Óscar.

Al fondo, en una especie de trastienda sin luz, sentado en una mesa con dos chicas, está él. Como por arte de magia, se enciende la luz y otro tipo se sienta en la mesa. Entonces la bombilla descubre a un joven con la camisa desabrochada, rastas por debajo de los hombros y cuatro botellas grandes de cerveza en el suelo. Nos traen dos sillas, pero nos despedimos. Ya comprendemos el misterio de Óscar.

Una gira por cuatro bares antes de volver al Cevichero, pero ya no están. Y es imposible adivinarlo.

“¡Es que no tienes moral”!, le grita mi amigo cuando nos cruzamos con él esta mañana. Él se ríe a carcajadas mientras nos pita el coche de atrás, que está esperando a que dejemos de hablar con Óscar, que está subido en su coche, un jeep rojo chillón con un hacha incrustado en el portón trasero.

Maldito Óscar.