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27/7/19

La ballena olvidada de Herman Melville

A veces resulta imposible saber qué partes de una historia nacen de la imaginación y cuáles de la experiencia, pero en el caso de Herman Melville se hace aún más difícil: lo que podría pasar por fantasías, lo había vivido en primera persona. Es así, a través de su extravagante vida, como el autor de Moby Dick rompió la barrera entre realidad y ficción.

Melville nació en Nueva York el 1 de agosto de 1819 en una familia que se dedicaba a la importación, aunque eso no significaba mucho en un país donde te podías arruinar con la misma velocidad con la que se cumplían los sueños. Su padre no soportó la quiebra del negocio y murió, dejando a su esposa y a los ochos hijos con las manos vacías. Melville, con apenas trece años, se empleó en un banco en Lansingburg, donde se habían mudado, y acabó dando clases. Pero no aguantó ninguno de los trabajos y los artículos que escribía para un periódico bajo el título Fragmentos desde una mesa de escritorio apenas le daban beneficios. Entonces, decidió enrolarse en un barco mercante. 

Tras regresar cuatro meses después, fue incapaz de adaptarse en tierra firme y pensó que la próxima vez, ya con el mar dentro de él, viviría una aventura más intensa. Se acercó al puerto de New Bedford y se enroló en el ballenero Acushnet. “Esos viajes son para mí”, escribió en Moby Dick, “el sucedáneo de la pistola y la bala”.

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Sigue en la revista La Aventura de la Historia.



19/11/14

Nantucket: Sacad el mapa y miradla


Cuando yo leí Moby Dick, hará ahora un año, me dije: “Yo quiero vivir en Nantucket”. Es de ese puerto de donde zarpó el Pequod, aquel barco bajo el rudo mando del capitán Ahab. Cómo será que incluso, después de aquello, hice mío el término “hijo de la oscuridad”, como lo hizo Ahab  para maldecir  a los marineros cuando avistaba una ballena en aquella histórica y monumental novela que tanto le debe a Nantucket.

Herman Melville no conocía Nantucket cuando escribió Moby Dick. Él estaba en New Bedford, la capital ballenera de mediados del siglo XIX, pero todos los relatos, el pasado glorioso y, de algún modo, las leyendas, provenían de Nantucket, el lugar que en otro tiempo fue la capital mundial de la caza de la ballena. Lo que leyó, escuchó y soñó venía del pasado.

Ya estaba resuelto a no darme al mar si no era en un barco de Nantucket, porque había algo hermoso y turbulento en todo lo relacionado con esa isla antigua y hermosa, algo que me atraía de manera extraordinaria”, escribió Melville en la novela. También dijo de la isla: Sacad el mapa y miradla. Ved el punto exacto que ocupa en el mundo, cómo se halla lejos del litoral, más solitaria que Eddystone. Miradla: un simple collado y un brazo de arena; todo playa, sin fondo alguno”.
Con esa presentación llegué a bordo de un barco que me acercó desde Cape Cod, 50 kilómetros al norte. Era ya de noche, de lejos se veía una isla sin apenas luz y los disparos de algún faro comenzaban a darle un aspecto como el que armé en mi imaginación. Una vez en tierra, las sospechas se confirmaron: Nantucket no defrauda.

New Bedford es un insulto a la memoria; pero Nantucket es una especie de homenaje. Las fotografías del siglo pasado podrían pasar por el presente, la legisación es estricta en cuestiones estéticas y las casas son de madera de pino. Con el tiempo oscurecen, algunas languidecen, pero hoy me dijeron que había 800 casas anteriores a la Guerra Civil.

Nantucket hoy vive del turismo. Y del pasado. Apenas existen pescadores y su pasado se mantiene en los museos, pero también en las fachadas de las casas, en las calles empedradas, en las caras curtidas de sus gentes, en el silencio que inspira Nantucket, en el cielo estrellado que la contaminación no empaña...

No ha pasado mucho tiempo desde que pensé en vivir en Nantucket hasta que he llegado. Por eso, lo primero que hice cuando amanecí hoy fue irme al puerto a conocer a pescadores, así que acabé subiendo la bicicleta que me habían prestado a la camioneta de uno de ellos que iba directo del barco a la lonja.

11/10/13

Mi ballenero

A los que, como Ismael, preferimos embarcarnos como simples marineros cuando nos hacemos a cualquier mar, nos gustan las vidas simples. “Hoy en día, la pesquería de la ballena sirve de asilo a muchos jóvenes románticos, melancólicos y atolondrados, asqueados ante las agobiantes preocupaciones de tierra firme, y que buscan sentimientos en la brea y el lardo”, decía Herman Melville en Moby Dick. Yo, que vivo a lomos de un caimán encallado y me atolondran las preocupaciones de tierra firme, trato de despistar esa grisura huyendo de lo mundano. 

No creo que sea pecado escurrir las responsabilidades que a uno le encaja la sociedad, empeñada en igualar en aburrimiento a cada miembro. ¡Hay muchos modos de escapar de sus tentáculos! Cada uno, a su manera, trata de hacerlo lo mejor que sabe. Por ejemplo, a bordo de un ballenero “una sublime monotonía te arropa durante la mayor parte del tiempo: no oyes noticias; no lees gacetas, los números extraordinarios con alarmantes informes de vulgaridades nunca te inducen a emociones innecesarias; no oyes hablar de aflicciones domésticas, ni de seguros de quiebra, ni de caída de valores; nunca te preocupa la idea de qué tendrás para cenar”.

Mi particular ballenero ha sido una mezcla de ausencia y de suelte de lastre, un juego de suma cero: por una parte, me he sacudido esos lazos que a uno le atan a las malas noticias; por otra, he logrado dejar de prestar atención a los acontecimientos diarios. Nada me importa más que lo que sucede en las nubes: allí mi vida también es tranquila.

El pasado septiembre, Diego Fonseca lo describía certeramente en la genial revista Gatopardo: “Leer periódicos en una crisis no es someterse al látigo: es pedirlo. Con fruición”. Ahora que he logrado desprenderme del látigo, me veo rodeado en la mesa navideña escuchando más de lo mismo. Como volver al instituto, pasados los años, y ver al chaval de 15 años con la scooter que sigue tratando de chulear, del mismo modo, con diez años más: ridículo.

“Todo, menos el tedio, me da tedio” decía el poeta que, esperando el encanto del amor, se quedó con las manos vacías. Y esperando las buenas noticias parece que un país se desangra en ánimos y esperanza. La alergia se propaga, las puestas de sol se vuelven dramáticas y la tinta de imprenta solo dibuja pesadillas. “¿Pero qué pasa en tu país?”, me preguntaban un par de cubanos que andaban viendo las noticias de España. Que cada cual salve su pellejo, deben de pensar muchos que se creen a salvo.

Mientras, sigo travesía en ese cascarón de nuez, pues creo que es el mejor lugar para navegar “pues un barco ballenero fue mi facultad de Yale y mi Universidad de Harvard”, aunque al atracar en el puerto le dé a uno un vahído. El otro día, por esas cosas del viajar, acabé en un hospital con un gotero alimentándome las venas. No habían pasado unos minutos desde que me levantaran de la cama cuando la enfermera, que me había mimado en horas bajas, entró y me dijo: “Tienes que pasar por facturación”. Yo, aún tambaleante, pensé que era la mejor metáfora que nunca había escuchado.