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6/10/16

Tras las huellas de Thoreau en Concord

El traqueteo del tren se sigue escuchando desde la laguna de Walden y los pescadores aún consiguen truchas. Más de 3.000 al año, dicen un par de ellos en este día soleado. El filósofo y escritor norteamericano Henry David Thoreau parece que sigue allí. A 200 años de su nacimiento, merece la pena seguirle el rastro.

Henry David Thoreau (Concord, Massachusetts, 12 de julio de 1817 - 6 de mayo de 1862) habitó en la orilla de la laguna de Walden, de esta «fuente perenne en medio de los bosques de pino y roble, sin otro afluente que las nubes y la evaporación», como describió esta charca en el libro del mismo nombre. “Walden”, su obra maestra, nació aquí, de un retiro que duró dos años. Thoreau es uno de los escritores y filósofos más célebres de Estados Unidos, padre de la desobediencia civil, del ecologismo y de la ironía, todo girando sobre una vivencia espiritual que marcó su existencia. Pero también –y sobre todo– es quizás la persona que más ha contribuido a expandir el nombre de este pueblo ubicado en el noreste de los EEUU. «He viajado mucho en Concord», escribió con ironía en Walden. Así que sus palabras son la mejor guía para conocer este lugar histórico. El escritor levantó una cabaña en 1845 a las espaldas de la laguna, siguiendo la carretera 126 y a dos kilómetros del centro de Concord. Hoy apenas se ven unos pilares, pero este lugar sigue influido por sus escritos y una placa recuerda por qué experimentó esta estancia: «Fui a los bosques porque deseaba vivir deliberadamente, quería vivir profundamente y extraer toda la esencia de la vida y dejar a un lado todo lo que no fuese vida, para no descubrir en el momento de mi muerte, que no había vivido».

Sigue en 7K, el dominical del diario Gara.

*Para leer y éste y otros reportajes, puedes visitar mi página web www.dcobo.com

12/12/14

La hora de la siembra

A veces es mejor hablar por boca de otro:

“Mi diario debiera ser el archivo de mi amor. En él, solo debiera escribir sobre las cosas que amo, sobre el afecto que siento hacia algún aspecto del mundo, o sobre aquello sobre lo que me encanta pensar. En mis anhelos, no hay más intención discernible que la que posee un brote en gestación, que apunta, claro está, hacia la flor y la fruta, hacia el verano y el otoño, pero percibe solo la influencia de la primavera y el sol cálido. Me siento maduro para algo, pero no hago nada, y no soy capaz de descubrir qué es ese algo. Me siento fértil, eso es todo. Es la hora de la siembra para mí. He estado ya suficientemente en barbecho”.


HD Thoreau, 16 de noviembre de 1850.

Laguna Walden. Noviembre 2014.



2/12/14

Concord


Me puedo acostumbrar a los atardeceres, a Nueva York, a El Quijote, a la playa del Inglés y al Vodka barato que comprábamos en las noches -gélidas- universitarias. Me puedo acostumbrar a muchas cosas: a lo bueno, a lo feo, a lo malo, a lo excepcional. Pero nunca me acabé de acostumbrar, cada vez que entraba en Concord y miraba a mano izquierda, a la erguida y orgullosa casa de Emerson.

Sé que en Madrid camino a la sombra de la casa de Lope de Vega y de las palabras de Larra por la calle Segovia. También recuerdo bien la casa de Cervantes en Valladolid, la de Mandela en Soweto, la de Borges en Buenos aires o, qué se yo, la casa natal de Fidel Castro en Birán. Y aun así, cada vez que pasaba en coche, en bici, a pie, por la carretera que entraba a Concord me sorprendía pasar por al lado de la casa de Ralph Waldo Emerson, conocido simplemente como Waldo.

Pero Concord -17.500 almas, primera batalla de la revolución, cuna del trascendentalismo, una estética asombrosa, una lluvia de hojas del color del fuego- tiene algo que embriaga, emborracha, imanta, atrapa.

North Bridge,
Nunca he caminado tanto, de un extremo a otro, como en Concord. De la laguna de Walden
a la de Batemans hay siete kilómetros, que caminé feliz. De Walden a Lexington otros tantos, que pedaleé como buscando algo que al final resulto ser nada. Y otra vez a Walden, y otra vez al cementerio Sleepy Hollow con una bicicleta prestada apoyada en alguna tumba mientras caminaba entre el silencio de una lápida llamada “Henry”.

De Concord me gustan sus arces rojos, sus robles y sus pinos. Sus casas: las anónimas, la de Hawthorne, la de Old Manse; la cena en un colegio internado en el que me colé, las hamburguesas del bar de Helen. Y sobre todo los recuerdos asociados -esos que no se guardan en la cabeza, sino en algún otro lugar- a la casa de Emerson cada vez que entraba por Lexington Road.

The Old Manse.


17/11/14

El cabo Bacalao

Los hechos más simples son siempre los más aceptables para una mente curiosa.

HD Thoreau, en Cape Cod 

El bíceps, el codo, el antebrazo, la mano y el dedo índice. El Cape Cod lleva esa secuencia en su superficie: todo el mundo se refiere así a su anatomía. Hoy me vi caminando en su dedo índice, uno de los confines de este país, a través de la bahía abrazada por el pueblo de Provincetown, con el frío pegándome bocados mientras yo daba saltos entre piedras y atravesando los juncos de las marismas para llega al faro de Wood End. 

Desde el océano, esta torre parece cuadrada y solitaria. Pero desde sus pies parece aún más solitaria. Es uno de los faros más desamparados de Massachusetts que he visto hasta el momento. Porque estoy aquí haciendo una especie de ruta del bacalao (ruta del Cod) y de faros. Especialmente en el cabo, por lo expuesto que está este brazo de arena a las embestidas del mar, resultan duros los inviernos y los otoños, cuando el mar lucha por comerle territorio a una tierra que alguna vez emergió de las profundidades.

Cape Cod, paraíso de veraneo y segundas residencias en fila india, es muy similar en todas sus versiones: norte, sur, este y oeste. Pero quienes viven aquí distinguen el espíritu de los lugares: Chatham es más animado que Brewster, dicen, pero Hyannis es genial y Provincetown es un oasis. A mis ojos lo único que cambia es la vegetación, más baja y pelada a medida que se sube por el antebrazo. Desde ahí, el mar se puede ver a los dos lados del camino.

En el Cabo hay 25 campos de gof. En uno de ellos el faro está en mitad del hoyo 8. Se llama Highhands (el faro y el campo de golf), Thoreau, en su libro Cape Cod, publicado en 1865 habla así del faro: “La vivienda y faro consta de un edificio de ladrillo de sólido aspecto, pintado de blanco y rematado por una estructura de hierro que alberga el fanal; anejo al mismo está la morada del farero, de una planta, también de ladrillo, y construida por el gobierno”. Y en realidad sigue de esa guisa, aunque cien metros más atrás debido a la erosión de las rocas y los mordiscos del océano.

Al Cape Cod, antes que en coche; antes que cualquier otra cosa, me ha traído ese texto del siglo XIX. Lo mismo que me ha traído a todos los lugares que ando merodeando, pero especialmente New Bedford. Su pasado ballenero lo delatan los relatos y el aura de Moby Dick. Pero ese espíritu de puerto ballenero y tabernas plácidas al calor de la leña ya no existen. Así como otros lugares históricos mantienen cierta esencia (como Concord), cuando recorrí New Bedford maldije a eso que llaman progreso mil y una veces.

El cabo, aunque apenas es ya lo que definió Thoreau (“las casas anticuadas y sin pintar lucían más confortables, y también más pintorescas,que las modernas y más pretenciosas, que estaban menos en armonía con el paisaje, y menos firmemente asentadas”), al menos mantiene cierta elegancia entre la multitud de lagunas, bosques y pescadores que siguen escarbando la arcilla del dedo índice de esta extremidad mágica de Massachusetts.

Faro de Wood End.

13/11/14

El otoño en Nueva Inglaterra

Charles Dickens llegó tarde al otoño de Nueva Inglaterra, pero cuando lo hizo preguntó qué significaba la denominación “trascendentalismo”. Investigó, y tras no quedar conforme cuando alguien le dijo que trascendental era aquello que era “incomprensible”, averiguó que esa corriente filosófica seguía a Ralph Waldo Emerson. “Este caballero ha escrito un volumen de Ensayos en el que, entre alguna opinión producto de la imaginación y la fantasía, hay muchos más postulados auténticos y valientes, honestos y atrevidos. (…) El trascendentalismo tiene sus ocasionales rarezas, pero a pesar de ellas posee cualidades positivas; y, lo que no es menos importante, demuestra una fuerte aversión a la hipocresía y cierta aptitud para descubrirla tras el millón de atuendos de su interminable vestuario. Por lo tanto, si yo fuera bostoniano, creo que sería trascendentalista”, dice Dickens en sus Notas de América.

Hoy estuve en la casa de Emerson. Estaba cerrada al público -abre la temporada turística-
pero, husmeando por los cristales, un tipo que debía de encargarse del mantenimiento me preguntó amablemente de dónde venía. Le conté mi película y me hizo una pequeña visita por esa gran casa. Después me fui al museo de Concord, con una sala dedicada a Emerson (de quien hace tiempo escribí esto) y otra, claro, a Thoreau.

*

Yo he llegado en los últimos coletazos del otoño, cuando el suelo es un eterno crujir de hojas pero los árboles aún no han escupido todas sus ropas: las ramas se resisten a soltar toda su vestimenta en unos días que se prevén helados. A veces me sorprendo a mí mismo tirando de una hoja, tenaz y rebelde, que ignora los mandamientos de mitad de noviembre.

El otoño en Nueva Inglaterra es espectacular. En Nueva Inglaterra, en estas semanas, llueven más hojas que agua: calderos de hojas inundan las casas, los tejados, la carretera, las aceras, las tumbas. Todo tiene un aspecto marrón, tostado, y todos comparten esa ilusión por ser espectadores de esta obra genial. No se preocupan por limpiar insistentemente el suelo porque al día siguiente estará igual. Y prefieren esperar, pasadas las semanas, cuando la belleza ya se haya consolidado, y todo el mundo la haya disfrutado, y nadie se haya quedado sin contemplarla. Porque al menos esa es la sensación que yo tengo: que aquí saben vivir dentro de la belleza sin tener que marginarla únicamente a parques naturales.

Quizá el resumen definitivo del otoño más adelantado en estas latitudes que en en el sur sean los arces rojos que brillan al punto de que sus hojas podrían pasar por farolillos rojos encendidos en la noche; una luz natural que sustituye a aquella que emborrona el cielo y que apenas existe en Concord para así poder ver las estrellas.


12/11/14

Walden

El tren se sigue escuchando desde los cimientos de su cabaña. A las espaldas de la laguna de Walden, rodeado de pinos jóvenes: allí; allí es donde el peregrinaje toma forma de inspiración y la inspiración -más que nunca- se hace carne.

Llevaba años soñando en venir a este lugar, laboratorio de ideas y sueños de Henry D. Thoreau, alimento de los dioses, pasto de mis noches, ladrón de mi pasado y, de algún modo, bálsamo en mis días flacos. Y por fin hoy estuve allí, caminando poco a poco sobre las hojas, por la orilla, mojando el agua con las manos, preguntando a los pescadores si aún pescaban (“aquí se pescan 3.000 truchas al año”, me respondió uno), especulando largo rato.

Walden está en Concord, un pueblito cerca de Boston, donde estoy pasando unos días haciendo un recorrido por la vida de Thoreau, uno de mis únicos héroes. Este es probable mi viaje más masticado, más paladeado, más espolvoreado, porque tiene que ver con todo menos con la razón: por eso no sé muy bien cómo he llegado hasta aquí. Es probable que si mi vida se guiara por la cabeza estaría en otro lugar, perdiendome este tipo de cosas. Pero el cuerpo, cuando está encerrado, da un saltito: esa zancada me puso en Walden.
Me desperté tarde, tras una noche agitada de párpados en alto y sueños detenidos. Me levanté, me metí algo para el cuerpo y puse rumbo con el cuerpo tiritando de emoción: ¿Qué energía habrá?”, me preguntaba.

El profano en el latido de sus palabras quizá pase por alto “la cabaña del escritor”, como alguien me dijo hoy. Pero cuando yo leí Walden por primera vez me quedé impactado; la segunda entendí el reverso de las palabras. Después me ha acompañado, como la Torá al judío, aquí y allá, en días plomizos y desabridos, en semanas sin sustancia y madrugadas largas, demasiado largas, tratando de leer -perdón por el abuso- con los poros. Así que ir hollando la arena hasta llegar a los cimientos de la cabaña que construyó en un terreno de Emerson es lo más parecido a desandar los últimos años de tu vida e ir al origen.

A Walden la he dado dos vueltas. La primera se la di como se circunvala a un anillo rodeado de árboles en llamas. Porque así lucen los árboles: como rescoldos que se resisten a apagarse en el final del otoño. La segunda fui y volví por el mismo lugar, de nuevo hacia el lugar donde construyó la cabaña, allá donde aún se escucha el traqueteo del tren.

Una visita a un rincón de tu existencia -porque yo asumí ese libro hace mucho tiempo-, es un pellizco al interior en unos tiempos donde prevalece lo externo. Y en el país donde lo artificial, las salsas y las grasas saturadas sacian los ojos a todas horas, encontrar una tierra donde solo retumbe la palabra “verdad” es el mayor tesoro que uno pueda hallar.


Walden Pond.

2/11/14

Seguir la huella

Hay libros que se leen con los poros, ciudades que se leen con los pies y lugares que se leen con ambos. El que emprendo ahora es de esta última clase: “Mis lectores deben esperar únicamente el grado de salinidad adquirido por la brisa terrestre al soplar un brazo del mar, o la que se percibe en las ventanas  y en la corteza de los árboles a veinte millas tierra adentro, tras los vendavales de septiembre”, escribió Henry D. Thoreau de un lugar al que fue tres veces en su vida.

Era Cape Cod y lo recorrió en 1849, 1850 y en 1855. El libro que arrancó de esas experiencias (de igual título) narra su primer viaje junto a su amigo Ellery Channing, que empezó al decir a la la diligencia de la que salieron de Sandwich que los llevase  “lo más lejos que llegase ese día”.

Yo llevo días mirando el mapa, trazando el recorrido de aquel viaje por “el desnudo brazo curvado de Massachusetts” para seguir sus huellas. Lo hizo el escritor Clifton Johnson en 1908 y, en realidad, lo hacen miles de personas en verano: qué ironías, ese brazo de caminos pesados de arena y refugios para pescadores es ahora el centro vacacional de la aristocracia americana.

Llevaba tiempo mascando la posibilidad de visitar Concord, la tierra natal de Thoreau y de adopción de Emerson; también el lugar donde explotó hace 240 años la Revolución Americana y los patriotas se apuntaron su primera victoria. Y es ahora cuando ese imán que toda naturaleza interior tiene y algunos nos rendimos ante ella, me lleva allá en los finales de este otoño.

Los europeos que llegan a América se sorprenden de la brillantez del follaje otoñal. En la poesía inglesa no dan cuenta de semejante fenómeno, porque allí los árboles adquieren sólo unos pocos colores radiantes”, observa Thoreau en su ensayo Colores de otoño.

De momento, el núcleo de esta excusa me está devorando hasta el punto de barrer de mi memoria los demás puntos de mi trayectoria -siempre abierta-: las obsesiones, aunque sean sanas, son así. Así que mato el gusanillo y las horas revisando lo que escribió nuestro amigo en su diario en las fechas en las que me arrodillaré ante la tumba de quien, gracias, alguna vez me cambió la vida. Como esta entrada del 12 de noviembre de 1851:

“Pienso que el poderío del halcón, que surca altivamente los cielos y traza círculos firmes sin apenas esfuerzo, le viene de haber reptado fielmente sobre la tierra, como un reptil, en un estado previo de existencia.  Hay que arrastrarse antes de poder correr; y hay que correr antes de poder volar”