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24/12/19

Viaje a Concord, la ciudad de 'Mujercitas'

Amos Bronson Alcott compró una casa rodeada de cuatro hectáreas de tierra y cuarenta manzanos por menos de mil dólares. Tras repararla durante varios meses e instalarse con su familia en 1858, la bautizó como Orchard House (Casa de la Huerta).

Pero si esta vivienda de madera oscura, varios tejados y aspecto tenebroso ubicada en Concord, un plácido poblado a treinta kilómetros del centro de Boston, sigue recibiendo visitas más de un siglo y medio después de que aquel excéntrico profesor la comprara, es porque en su interior se fraguó una de las grandes obras literarias. La novela se llamó Mujercitas y su autora, Louisa May, era una de las cuatro hijas que Amos Bronson tuvo con Abigail May. 

El libro fue publicado en 1868 por una escritora que, por aquel entonces, tenía 36 años y había trabajado como voluntaria en un hospital de Washington durante la Guerra Civil, donde conoció a Walt Whitman. Al regreso, su editor le sugirió escribir una historia para niñas y ella respondió que sabía muy poco de ellas, ya que solo había convivido con sus hermanas. A pesar de ello, decidió recurrir a la memoria y convertir a sus hermanas (y a ella) en las hermanas March para crear una novela insumisa. Louisa se refugió en el personaje de Jo, de quien Patti Smith confesó, en el prólogo de una edición especial por el 150 aniversario de su publicación, que le había enseñado a seguir su propio camino y desobedecer las convenciones sociales.

Sigue en este enlace de Viajes NG.

27/7/19

La ballena olvidada de Herman Melville

A veces resulta imposible saber qué partes de una historia nacen de la imaginación y cuáles de la experiencia, pero en el caso de Herman Melville se hace aún más difícil: lo que podría pasar por fantasías, lo había vivido en primera persona. Es así, a través de su extravagante vida, como el autor de Moby Dick rompió la barrera entre realidad y ficción.

Melville nació en Nueva York el 1 de agosto de 1819 en una familia que se dedicaba a la importación, aunque eso no significaba mucho en un país donde te podías arruinar con la misma velocidad con la que se cumplían los sueños. Su padre no soportó la quiebra del negocio y murió, dejando a su esposa y a los ochos hijos con las manos vacías. Melville, con apenas trece años, se empleó en un banco en Lansingburg, donde se habían mudado, y acabó dando clases. Pero no aguantó ninguno de los trabajos y los artículos que escribía para un periódico bajo el título Fragmentos desde una mesa de escritorio apenas le daban beneficios. Entonces, decidió enrolarse en un barco mercante. 

Tras regresar cuatro meses después, fue incapaz de adaptarse en tierra firme y pensó que la próxima vez, ya con el mar dentro de él, viviría una aventura más intensa. Se acercó al puerto de New Bedford y se enroló en el ballenero Acushnet. “Esos viajes son para mí”, escribió en Moby Dick, “el sucedáneo de la pistola y la bala”.

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Sigue en la revista La Aventura de la Historia.



28/6/19

La batalla de las trabajadoras del Metro de Madrid

Las trabajadoras del Metro de Madrid recuerdan con cariño a Carmen Vicente, una de las primeras jefas de estación. Había entrado en la empresa a finales de los setenta y un conductor se negó a obedecer sus órdenes porque él, dijo, no obedecía a una mujer. Fue entonces cuando la responsable tuvo que llamar al inspector jefe para que diera la orden. 


Metro de Madrid fue una de las primeras empresas que empleó a mujeres, algo que sorprendió en la España de 1919, el año en que se inauguró la llamada Compañía Metropolitano y la presencia de taquilleras, el gremio al que pertenecían, atrajo el interés de los periodistas: aquello era revolucionario. Con los años, las trabajadoras del metro han tenido que abrirse paso en un entorno laboral masculino que también tomaba las decisiones.

Cuando Pilar Bravo llegó con su familia a Madrid desde Ceuta y vio el anuncio en el periódico de 200 plazas para trabajar en el metro, se lo consultó a su tío, que aprobó su decisión. “Yo no sabía esa fama que tenían las taquilleras”, recuerda ahora, “pero cuando se lo dije a mis amigas, lo vieron como una cosa mala”. 

Pilar tenía 19 años, se había examinado en agosto de 1966 y empezó a trabajar tres semanas después. Entre medias, sin embargo, la Guardia Civil entró en su casa para conocer a la futura empleada. “Tenían que saber qué tipo de personas éramos para hacer ese trabajo”, dice Pilar. Los guardias se debieron de quedar tranquilos al comprobar que su padre era militar. Se presuponía un orden.

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Sigue en este enlace de Yahoo noticias.

26/6/19

La isla de Nantucket

Las ráfagas de luz del faro Brant Point anuncian tierra firme. Es de noche, hace dos horas que el barco ha salido del puerto de Hyannis y aún no se adivina la isla de Nantucket, que aparece bruscamente. Al descender las escalinatas, compruebo que su aspecto es el mismo que llevo en la imaginación. 

Del puerto de Nantucket, un lugar entre la realidad y la fantasía, salió el Pequod, el barco que Herman Melville inmortalizó en Moby Dick. El escritor publicó la novela en 1851, a pesar de que aún no había pisado la isla. Pero las viejas historias y leyendas de la capital ballenera le sirvieron para describirlo en una de las obras más universales.

Hoy ese legado se transpira en apenas 23 kilómetros de largo y tres y medio de ancho, ya sin los barcos que llegaban tras meses de aventuras por todo el mundo cargados de aceite de ballena. A cambio, ese viejo ajetreo de pescadores, herreros y almacenes del siglo XVIII, ha sido sustituido por veleros que siembran la bahía en verano y definen el nuevo Nantucket, destino predilecto de artistas y poetas de Estados Unidos.

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Sigue en el número de julio de la revista Viajes National Geographic.



30/5/19

Medellín, la ciudad recuperada

Una espesa niebla empaña las mañanas de Medellín. El paisaje de esta ciudad situada a 1.500 metros de altura y rodeada por un cinturón de cerros la otorga un aspecto agreste y montañoso, pero el eterno clima templado desmiente la primera impresión. Este ambiente primaveral es lo único que no ha debido cambiar en la ciudad: la capital de Antioquía se ha visto envuelta en una transformación sin precedentes en los últimos 25 años. 

A partir de la década de los 80, Medellín estuvo inmersa en una espiral de violencia que la colocó como la capital mundial del narcotráfico y uno de los lugares más peligrosos del planeta. Sin embargo, gracias a una inteligente estrategia, esa misma ciudad que lloraba miles de muertes se ha convertido en una modernísima urbe que ha ido dejando atrás sus viejas pieles, como las serpientes, hasta convertirse en un ejemplo a seguir. 

Una visión panorámica desde cualquiera de las laderas de la ciudad sirve para comprobar que la alegría de Medellín, alguna vez sepultada bajo la tristeza de los años de “plata o plomo”, ha salido de su escondite. Y los modernos paseos peatonales, las ráfagas de los coches por las modernas carreteras, los edificios emblemáticos que se iluminan como linternas y las luces que trepan por las lomas por las que se extiende la ciudad le dan un aspecto de metrópoli dinámica, llena de vida. La definición de cambio se queda corta, pues se batido todos los récords de transformación, de descenso de la criminalidad –un 80 por ciento en veinte años– y aumento de número de turistas. A esta ciudad de algo más de dos millones de habitantes –cuatro con su área metropolitana–, encajada en el estrecho Valle de Aburrá y surcada por el río Medellín, llegan anualmente 700.000 turistas. Porque, en fin, lo que ha sucedido aquí es uno de esos milagros que suceden cada mucho tiempo.


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Sigue en el número de mayo de la revista Viajar.

20/5/19

Retiro espiritual en el pequeño Tíbet español

El Dalai Lama llegó en 1982, vio estas vaguadas áridas, las montañas encadenadas y el paisaje agreste, y le impresionaron las semejanzas con su añorado Tíbet. Tras un breve descanso y meditaciones en este santuario salvaje de la naturaleza, lo bautizó como O Sel Ling: Lugar de la Luz Clara.

O Sel Ling es un centro budista clavado en La Alpujarra de Granada y fundado en 1980 por los lamas tibetanos Yeshé y Rimpoché. Yeshé había creado años antes la Fundación para la Preservación de la Tradición Mahayana (FPMT), que hoy tiene más de un centenar de centros budistas por todo el mundo. Pero O Sel Ling, debido a su aislamiento, es uno de los más característicos.

Desde Órgiva, la carretera de asfalto serpentea y a la altura de Soportújar un cartel anuncia el desvío. A partir de aquí un camino de tierra y piedras trepa por las montañas, al filo de un barranco, hasta alcanzar los 1.600 metros de altitud. Tras seis kilómetros de pista forestal, se ven las primeras banderas budistas de oración ondeando al viento. Al cruzar el portón de acceso, unos molinillos y una gran rueda de oraciones dan la bienvenida al visitante, que puede caminar por una maraña de senderos de tierra que conectan los diferentes símbolos y monumentos budistas.

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Sigue en este enlace de El Mundo/Viajes.

8/5/19

El sueño final del oro negro

Entre las leves ondulaciones del páramo de La Lora aún se asoman los catorce balancines cobrizos. La maquinaria aparece intacta, como si en cualquier momento fuera a volver a la vida, a mecerse, a extraer el petróleo del vientre de la tierra. Este paréntesis, dicen en Sargentes de la Lora, es eterno.

Durante medio siglo, al aullido del viento, que en esta llanura a 1 100 metros de altura no encuentra barreras naturales, le ha acompañado el interminable chirrido de los caballitos. Hasta que hace dos años las operaciones de los únicos pozos de petróleo de la península ibérica se congelaron, como el viento que rasga las pieles, la vegetación y las banderas. «Las tenemos que cambiar cada dos años», dice Carlos Gallo, el alcalde de un municipio expuesto al aire gélido. «A este paso», bromea, «las vamos a hacer de chapa».

La Lora es una extensa meseta al norte de la provincia de Burgos, limítrofe con Cantabria, atravesada por el río Rudrón, afluente del Ebro; una alfombra de hierba y piedras cuyos costados están bordados de hayas y robles, y apenas habitada por 115 personas en los ocho pueblos —dos abandonados— del municipio. La explotación del campo petrolífero de Ayoluengo, que fue concedida en 1967 a tres empresas —Campsa, Calspain y Texaco—, abarcaba 10 619 hectáreas, pero los 53 pozos que se llegaron a abrir están diseminados en apenas 30 hectáreas. De alguno de ellos no se llegó a sorber ni siquiera un litro y la última prospección fue en 1990, cuando la extracción de petróleo comenzó a ser anecdótica —apenas 25 000 toneladas anuales—. Los empleados se preguntaban cómo se pagarían sus salarios. Tras los cincuenta años de concesión, la empresa cerró.

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Sigue en este enlace de Altair Magazine.

Balancín en Sargentes de La Lora.

1/5/19

Whitman, la voz libre de América

Todo empezó en marzo de 1842, cuando Ralph Waldo Emerson impartió la conferencia ‘El poeta’ en Nueva York. Por entonces, Walter Whitman era un redactor de la revista Aurora que acudía a la cita del filósofo con mayor prestigio de Estados Unidos. Emerson comenzó diciendo que el verdadero poeta rompe las cadenas de todos, que representa al hombre completo y la belleza, que ese poeta daba fe de lo que experimentaba y que llevaba a la liberación personal. Pero Emerson aún no lo había encontrado en su país: “Busco en vano a este poeta del que hablo”.

Whitman se quedó tan fascinado que aquellas palabras se quedaron resonando en su interior hasta que, ocho años después, escribió los primeros versos. Llevaba casi una década haciendo acopio de la fuerza y libertad con la que escribiría toda su vida, y decidió que aquel impulso creativo tenía que ver la luz en 1855. Su grito al mundo se llamaba Hojas de hierba. Whitman no olvidaba quién le había inspirado.

Acudió a la oficina de correos y envió a Concord (Massachusetts) un paquete con uno de los mil ejemplares que había pagado de su bolsillo. El filósofo de Concord recibió desconcertado un libro anónimo con el retrato de un hombre de barbas y sombrero, los derechos de autor a nombre de un tal Walter Whitman, y unos versos encajados en el primer poema que decían: “Walt Whitman, un cosmos, el hijo de Manhattan”.

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Sigue en el número de mayo de La Aventura de la Historia.

19/4/19

Parlache, el lenguaje que se inventaron las bandas callejeras de Medellín

Luz Stella Castañeda y José Ignacio Henao escucharon un rastro de palabras que no entendían. Luego trataron de comprenderlas. Era el Medellín de finales de los años ochenta, la violencia y el narcotráfico habían tomado las riendas de la ciudad, y ambos siguieron el reguero de términos de extraña arquitectura que se escuchaba en la radio, aparecía en los periódicos y hablaban los estudiantes.

Después llegó su suerte. El director Víctor Gaviria estrenó en 1991 la película Rodrigo D. No Futuro y mandó una carta a la Universidad de Antioquia. Tras grabar con actores naturales, escribió, le impresionaba el lenguaje que usaban. Los investigadores ya tenían la antena académica encendida, por lo que al llegar la carta, levantaron la mano: nosotros nos encargamos de examinarlo.

“La carta fue el impulso”, dice ahora Luz Stella junto a su marido, José Ignacio, en el despacho de la Universidad de Antioquia, donde continúan las investigaciones en aquellos barrios periféricos, casi siempre marginales, de donde brotaban las palabras: Zamora, Blanquizal, Belén Aguas Frías, Sol de Oriente, Manrique.

Sigue en este enlace de El País Semanal.

Cerros de Medellín.

19/11/18

Permacultura en Cuba: una oportunidad ante la escasez forzada

El penúltimo huracán empujó las olas más allá de los cultivos. Cuando Rolando se acercó a la huerta se le hundió el ánimo y pensó que jamás recuperaría aquel lugar: el mar había salado la tierra y toneladas de troncos y ramas lo cubrían todo. Rolando Martínez, 57 años, pasea ahora por las huertas aún encharcadas con el ánimo revuelto, pero bendice a la naturaleza. Qué generosa es, suspira, porque lleva semanas lloviendo y la sal ya se ha disuelto. Del campo despuntan las primeras orejas de lechugas. 

Rolando es permacultor, uno de esos oficios que no puede separarse de la ambición más pura del ser humano: cuidar de sí mismo. La permacultura nació en los años setenta en Australia, impulsada por Bill Mollison y David Holmgren, para colocar al ser humano en la posición que realmente ocupa: un elemento más de la naturaleza. Y es en esta concepción que concibe la existencia desde todos los ángulos –ético, espiritual, agrícola— donde se encuadra la permacultura. O, como la definió Bill Mollison, “una filosofía de trabajar con la naturaleza, en vez de contra; de observación prolongada y reflexiva en vez de acción prolongada y desconsiderada, de mirar a los sistemas en todas sus funciones en vez de esperar sólo un rendimiento y de permitir que los sistemas demuestren sus propias evoluciones”.

Rolando lo ejerce en Cojímar desde 1989, el municipio de La Habana en el que soñaba el viejo Santiago y en quien Hemingway volcó El viejo y el mar. Antes, este ingeniero agrícola cuya tesis de maestría ahondó en el análisis del suelo, solo creía en la agricultura industrial: en tractores, pesticidas, horizontes de tierra quemada, arrancarle a la tierra todo lo posible. “Yo no encontraba a la permacultura ni pies ni cabeza, y menos cultivar en este lugar”, dice en la finca que trabaja con métodos manuales y ecológicos. Junto a Elisabeth, su mujer –“ella es la exploradora”–, abrieron camino en el mundo de la agricultura urbana; después vino la permacultura, el siguiente escalón. “Si lo ves solamente como agricultura urbana”, sostiene ahora, “jamás puedes verlo como un sistema amplio, una cosa cíclica, como algo donde el ser humano es el centro… del problema”.

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Sigue en este enlace de Pikara Magazine.

4/9/18

“Hemos pasado de ser asesinados por el Ku Klux Klan a ser asesinados por la policía. Y no pasa nada”

Y la historia se desenterró de nuevo. El pasado día 13 de julio el Departamento de Justicia de Estados Unidos anunció que reabría las fosas de la historia: la investigación por el asesinato racista de Emmett Till, un chico negro de 14 años. Fue en el ya lejano 1955 del lejano Money, en el áspero estado de Mississippi.

Sesenta y tres años después y atravesados varios intentos de juzgar a los asesinos (el caso se cerró en el 2007 tras la muerte de los acusados), el cambio de versión de una de las testigos en aquel proceso en un libro del historiador Timothy Tyson hace que se vuelva a revisar. Carolyn Bryant, a quien el joven dirigió el silbido, es la confesora: durante el breve proceso judicial, ella mintió. “Nada de lo que hizo ese chico”, admite Bryant en The Blood of Emmett Till, publicado el año pasado, “podría nunca justificar lo que le ocurrió”. Y lo que ocurrió fue que después de comprar, junto a sus primos, unos refrescos y dulces en una tienda de Money, Emmett silbó a la chica, que atendía el establecimiento. Fue su sentencia de muerte.

Poco importaron los testigos de lo que había sucedido; la montaña de pruebas contra los acusados Roy Bryant (marido de Carolyn) y John Milam, los autores materiales del asesinato tres días después de aquel silbido. Ni siquiera, a día de hoy, ha servido la investigación del FBI que concluyó mediante una prueba de ADN que el cuerpo exhumado en 2005 efectivamente era el cadáver de Emmett Till. Mucho menos sirvió el testimonio de la persona que más de cerca vivió todo, Simeon Wright, su primo. Simeon estaba en la tienda y dormía en la misma cama que Emmett cuando, en la madrugada de aquel sábado 27 de agosto, los asesinos irrumpieron en la casa familiar y se llevaron al joven. Cansado de los bulos, en 2010 escribió Simeon’s Story, donde dice que Emmett “nunca agarró a Mrs. Bryant, ni le puso los brazos encima, que fue lo que ella testificó más tarde durante el juicio. Los separaba un mostrador: Bobo tendría que haber saltado. Bobo no le pidió una cita ni la llamó “nena”. No tuvieron ninguna conversación lasciva. Y pasados pocos minutos, él pagó lo que había comprado y nos fuimos de la tienda juntos”.

Era el 24 de agosto, un miércoles asfixiante y húmedo. No se supo nada de Emmett hasta que, tres días después, apareció muerto y casi irreconocible. Cuando su madre, que vivía en Chicago, dijo que era su hijo, los supremacistas blancos dijeron que lo que quería era cobrar el seguro de vida. 

Simeon Wright tiene ahora 76 años y aún se le cristalizan los ojos cuando habla de aquello. Vive en una apacible urbanización a 25 kilómetros del centro de Chicago, en una de esas casas con un césped que, envuelto en el aura del río Michigan, parece fluorescente. Y allí estuve con él, hace dos veranos, escribiendo sobre las consecuencias de la esclavitud en Estados Unidos para lo que sería el libro Huellas Negras (La Línea del Horizonte). Durante toda una mañana Simeon, atento y didáctico –y paciente– volvió, otra vez a tirar de memoria... Y al presente. 

“Solo un silbido”, comencé diciéndole. “Mataron a Emmett por silbar a una chica”. “Nosotros conocíamos el peligro de hacer algo así, pero él no”, me dijo sentado en un butacón acolchado en el que no paraba de menearse. A partir de entonces siguió contando cómo era Emmett, al que llamaban Bobo –comediante, alegre, bromista–, de lo que hablaban aquellos días y de cómo aquel miércoles 24 de agosto de 1955 se subieron al viejo Ford Sedan del 46 de Moses, el padre de Simeon, para comprar unos refrescos y dulces a la tienda de Bryant en la carretera Dark Fear.

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Sigue en este enlace de la revista Ctxt

22/7/18

La aldea colombiana que perdonó a sus verdugos

Los mamones cuelgan del árbol en forma de alveolos. Son pegajosos, como el calor tropical que empuja el maíz, el ñame, la papaya.

–No te limpies las manos con la camisa– advierte Juana Alicia Ruiz– porque las manchas no pueden quitarse. 

A las espaldas de la plaza central de Mampuján, donde la hierba se lanza anárquica al cielo y las ramas de los árboles se agitan, corre un arroyo cuyas aguas no limpian ni la baba de los frutos ni los recuerdos que guarda el tiempo: el pueblo entero fue expulsado por un grupo de paramilitares.

–Pero no queremos mostrarlos como unos monstruos que hicieron daño, aunque hicieron mucho, sino como seres humanos que se creyeron con el derecho a vengarse. Y esa venganza fue hacia mucha gente–, dice Juana Alicia, líder comunitaria de esta pequeña aldea afrocolombiana en las faldas de los Montes de María, en el departamento de Bolívar ( Colombia).

Edward Cobos Téllez, alias ‘Diego Vecino’, y Uber Enrique Banquez, alias ‘Juancho Dique’, eran los miembros de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) –grupo paramilitar de extrema derecha financiado por empresarios– que habían liderado el desplazamiento forzoso de las 245 familias de Mampuján el 10 de marzo del 2000. Durante el proceso judicial en el año 2010 en Bogotá, donde fueron condenados a ocho años de cárcel por este delito, uno de los representantes de la comunidad se acercó a ellos, los abrazó y les regaló una biblia a cada uno. Los miró a los ojos y les dijo: “No entiendo qué tenían en la cabeza cuando cometieron ese crimen. En mi tierra no le apostamos a más guerra: el que está enfermo es el que no puede perdonar”.

Dos años después, ambos jefes paramilitares acudieron al nuevo Mampuján, el territorio que la comunidad había fundado monte abajo, en el marco de Ley de Justicia y Paz a la que se habían acogido. La ley, del año 2005, prometió no castigar a 30,000 guerrilleros y paramilitares con la severidad de la justicia ordinaria a cambio de colaboración, el reconocimiento de los hechos y el perdón. Al llegar a Mampuján, los criminales esperaban encontrarse una comunidad cargada de ira por haber sido arrancada de su tierra, de sus vidas. Pero a la hora del almuerzo, Sixta Tula, una de las vecinas desplazadas, colocó una mesa envuelta en un mantel blanco y dos sillas para que ambos comieran. A ellos se les saltaron las lágrimas.

–¿Y se arrepintieron?

–Si se arrepintieron de verdad solo lo saben ellos, pero nosotros sí les perdonamos– confiesa, aliviada, Juana Alicia.

A Diego Vecino, los tribunales le atribuyen 70,000 desplazamientos y 2,000 crímenes, además de secuestros y varias masacres, mientras que Juancho Dique confesó 565 crímenes entre los cuales está la masacre en Chengue, donde mataron a golpes a 27 campesinos.

Solo en el municipio María La Baja, donde el viejo Mampuján se ahoga entre matorrales y el nuevo Mampuján respira tristeza, fueron desplazadas 17,500 personas entre 1997 y 2010 por las AUC. María La Baja es un municipio de la región Montes de María en la cual la violencia alcanzó niveles desconocidos: el número de desplazados aquí es cinco veces más que en los departamentos aledaños de Sucre y Córdoba. 

Las narraciones de los sucesos que ambos dirigieron en la región se hunden en lo macabro. Según cuentan, los paramilitares, fusil y cuchillo en mano, mataron, amenazaron, decapitaron, violaron, colgaron a las víctimas de los árboles, arrasaron casas y jugaron al fútbol con las cabezas cortadas de los habitantes. En Mampuján aún se preguntan por qué tanta atrocidad, aunque Juana Alicia sugiere una idea: “Detrás de cada hecho violento hay un niño asustado”.

La historia personal de los líderes del desplazamiento se conoció más tarde, cuando los paracos (paramilitares) se desmovilizaron el 14 de julio del 2005 y rindieron versiones libres de los hechos durante el proceso judicial, en los años 2007 y 2008. Juancho Dique fue maltratado por su padre y Diego Vecino, víctima de los guerrilleros, perdió a un tío, lo secuestraron dos veces y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) le incrustaron una bala en el cráneo. Antes de regresar a la vida civil, Dique era líder del frente Canal del Dique y Diego Vecino, comandante del Bloque Héroes de Montes de María.

–¿Y para ti son héroes? 

–No, por favor, cómo voy a creer eso–, dice Juana Alicia, y suelta una carcajada–. Son asesinos.

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Mampuján Nuevo. 

6/7/18

La autopista del blues

La voz de Elvis Presley, envuelta en motas de polvo, susurra “My Hapiness”. La grabación es de abril de 1953, cuando el joven entró a Sun Records en Memphis para grabar, a cambio de cuatro dólares, dos canciones para regalarle a su madre por su cumpleaños. Regresó meses después y Sam Philips, el propietario, le preguntó qué sabía hacer. “Cualquier cosa”, respondió. Así empezaba la leyenda.

Sun Records es hoy un edificio de ladrillo convertido en un himno a la memoria que recorro junto a un grupo de aficionados. Entre sus paredes grabaron leyendas del blues y el rock, como Muddy Waters, Roy Orbison o Johnny Cash, de quien una guía comienza a rasgar la guitarra e interpretar “I Walk the Line”. Un museo en la planta de arriba y los viejos estudios abajo nos recuerdan que aquí se grabó, en 1951, “Rocket 88”, la primera canción de rock&roll de la historia. Memphis se extiende sobre un recodo del río Mississsippi, en Tennessee, y está atravesada por la ruta 61, conocida como Autopista del Blues, una carretera que surca las entrañas musicales de Estados Unidos: el blues, el rock&roll o el jazz nacieron en los bordes de este camino, a quien Bob Dylan honró en su álbum Highway 61.

Habíamos salido días antes de Chicago rumbo a Nueva Orleans, siguiendo la 61, y Memphis era la primera gran parada. Elvis aprendió aquí los trucos de los cantantes negros, pero además del Rey, muchos artistas están en deuda con el alma de sus calles. Riley Ben King se subía a los escenarios a finales de los años 40 con tanta frecuencia que lo empezaron a llamar “Beale Street Blues Boy”: B.B. King. Sobre Beale hay decenas de clubes que, al caer la noche y encender las luces de neón, nos indican que algo va a suceder, como comprobamos al escuchar la armónica de Vince Johnson. Este virtuoso actúa junto a The Plantation Allstars en el Rum Boogie. La atmósfera y su eterno soplido –un minuto sin tomar aire– hacen honor a lo que, orgulloso, anuncia antes de una canción: “I am a bluesman!”.

Sigue en el número de julio de la revista Aire (Aeroméxico).

28/6/18

Alaska, la última frontera

Desde los 1.000 metros del Mount Robert, los enormes buques de pasajeros que dejan su estela de agua frente al puerto de Juneau parecen pequeñas embarcaciones. Juneau es la capital de Alaska y, debido a su aislamiento, también el mejor comienzo de un viaje a estas latitudes. Encajada entre las aguas y la cordillera costera, es una de esas extrañas urbes a las que no se llega por tierra, como si quisiera proteger sus misterios. Gracias a que la isla Douglas la defiende de las gélidas corrientes del océano, la fría monotonía del invierno se hace más llevadera para las 30.000 personas que viven aquí todo el año. Caminar por sus callejuelas de coloridas casas de madera y edificios firmes produce la extraña sensación de haber viajado a otro tiempo, una mezcla de presente y de los días de euforia exploradora.

En 1880 Richard Harris y Joseph Juneau descubrieron oro en una zona de bosques e islas que pronto comenzó a ser habitada. Igual que otras ciudades de Alaska, Juneau nació de la mano de mineros que buscaban fortuna y fama eterna. 
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Sigue en el número de julio de Viajes National Geographic.

29/5/18

Viaje al surrealismo de Gabo

En Macondo sucedían cosas raras: llovió cuatro años seguidos, los objetos no tenían nombre y se los señalaba con el dedo, nadie tenía más de treinta años y caían flores amarillas del cielo. Gabriel García Márquez, Gabo, encerró todas las fantasías que había vivido en el Macondo de carne y hueso, una bulliciosa población del caribe colombiano llamada Aracataca, donde vivió hasta los diez años. Gabo nació en la casa familiar en 1927, un viejo edificio reconstruido a partir de 2006 como la dejó el escritor al irse con sus padres a Barranquilla tras la muerte del abuelo. El largo pasillo de las begonias que la atraviesa lleva a todas las habitaciones, desde la del propio escritor al taller donde su abuelo fabricaba pescaditos de oro mientras él lo pintarrajeaba todo alrededor. Al fondo, el corredor desemboca en un espeso y bello jardín.

Su abuelo materno, un coronel retirado, había ido a parar a Aracataca en 1912 después de matar a un hombre en un duelo. Nicolás Márquez era un veterano de la Guerra de los Mil Días que dormía con un revólver bajo la al mohada, además de ser el responsable de alimentar las fantasías de su nieto con historias de batallas reales. Mientras tanto, su abuela inventaba fábulas de espíritus que vagaban entre los vivos. Sin saberlo, ambos estaban sembrando el universo literario que más tarde se desparramó en Macondo.

Rodeado de tías, mil comensales e historias inquietantes de guerra, en esta amplia casa encalada aquel niño engordó de tal modo su imaginación que no tuvo más remedio que convertirse en escritor. «Es algo que se lleva dentro desde que se nace y contrariarlo es lo peor para la salud», le había dicho el médico a su madre cuando ambos regresaron a Aracataca unos cuantos años después.


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2/5/18

Lenin está en La Habana

El enorme rostro de Vladímir Ilich Uliánov, Lenin, vigila La Habana mientras una docena de figuras humanas de mármol lo jalean. Su cara, esculpida en bronce, resplandece custodiada por ruinas, edificios nobles y la historia. La escena está sacada de los huesos mismos de la Revolución cubana y fue el primer homenaje que se hizo al líder bolchevique fuera de la Unión Soviética.

Cuando Lenin murió el 21 de enero de 1924, el alcalde de Regla —uno de los municipios de La Habana—, Antonio Bosch, decretó a Lenin «Gran Ciudadano del Mundo» e invitó a los vecinos a que fueran a la Loma del Fortín a celebrarlo el 27 de enero, cuando lo despedían en Moscú. En la ceremonia, el alcalde animó a los miles de vecinos que acudieron a la cita a estudiar su obra, ya que —dijo– era uno de los hombres más importantes en la historia de la humanidad. 

Aquella fue una tarde memorable en la que se mantuvieron dos minutos de silencio y se lanzó un bando municipal que ordenaba paralizar todas las actividades sociales. «Los vehículos pararán, los establecimientos no efectuarán operación alguna y los individuos quedarán en quietud absoluta», decía el documento emitido por Bosch. Hacia las cinco de la tarde, se plantó un olivo como homenaje y aquel lugar pasó a ser conocido como Colina Lenin, una denominación que estira la lengua hasta nuestros días. El siglo de historia que carga la colina a sus espaldas y comenzó con un acto de rebeldía era una especie de prólogo a los siguientes años porque Gerardo Machado, que gobernó la isla durante una década, desterró cualquier anhelo comunista.

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16/1/18

Los judíos errantes se refugian en Guatemala

“¡Mil árboles de mango!”. El campamento se esparce a los dos lados del camino: primero un anuncio de la comunidad -“Para los refugiados que son víctimas del odio falso e injustificable”- y después las pequeñas casas de lona negra con número pintados. Entre medias, una maraña de árboles. “Cada uno da 2.000 frutas…”, calcula el rabino Uriel Goldman.

En la inmensa finca hay tierras, un río, bosques y montañas que Goldman, 46 años, 14 hijos, barba y tirabuzones ásperos, aún no ha recorrido por completo. “Nunca he subido por esas montañas”, explica en un castellano trastabillado en estos campos de Oratorio, a cien kilómetros de Ciudad de Guatemala. Es el hogar de Lev Tahor, una comunidad judía ultraortodoxa que cayó en Guatemala en 2014 después de abandonar Israel -expulsada por la presión judicial y mediática- y pasar por Estados Unidos y Canadá. La causa, aseguran ellos, siempre ha sido la misma. “Nosotros somos antisionistas: esa es la raíz de toda nuestra persecución. Estamos del lado de la Torá, y vemos que el Estado de Israel deja espacio a lo religioso, pero no lo es”, sostiene Goldman.

Shlomo Helbrans fundó Lev Tahor -“Corazón Puro”- en los años ochenta. Poco después se mudó a Nueva York como líder espiritual de una comunidad formada actualmente por 70 familias. Tras ser acusado de secuestrar a un menor que se acercó a recibir sus enseñanzas, pasó dos años en la cárcel y fue deportado a Israel. En el año 2001, Helbrans se mudó a Quebec con una visa temporal que se convirtió en asilo político. Canadá se lo había concedido y el Ministerio de Inmigración lo respaldó: “Es una persona que necesita protección”.

Así, entre investigaciones de maltrato infantil, la secta -a la que medios israelíes denominan "judíos talibanes"- llegó a Guatemala. Ahora son cerca de 500 miembros. “Yo busco la verdad y vivir fielmente a Dios: estoy aquí porque es lo más cercano a la verdad, al judaísmo puro. No cumplimos las leyes como esclavos, sino con amor. Y esta comunidad es el resultado de muchos años de persecución”, aclara, con amabilidad, Sholem Abrham Yitzjok, de 32 años y expublicista; una amabilidad desconfiada, ya que cargan con denuncias, exilios, investigaciones y deportaciones a sus espaldas. Los 'músculos' de Lev Tahor están cansados y Sholem muestra todo tipo de documentación para respaldar, con el brío de sus convicciones, la lucha: “La mayoría de los judíos lo son porque nacieron judíos, pero no tienen un sentido; nosotros sí”.


27/12/17

Las palomas mensajeras de Cuba

En las aldeas remotas de Cuba aún se utilizan palomas mensajeras. Durante las últimas elecciones municipales del pasado mes de noviembre, solo en la provincia de Guantánamo se emplearon 400 palomas para «asegurar el envío de los partes desde asentamientos intrincados», según el presidente de la Federación Colombófila de la provincia. Guantánamo está en el extremo oriental del país, donde los vientos alisios se estampan contra las montañas del norte; de los 10 municipios que tiene, seis solicitaron palomas para el proceso electoral.

Después de la votación, las engancharon los informes y las aves volaron a casa de sus propietarios que, diligentemente, llevaron los resultados a las diferentes comisiones electorales. Sin embargo, el uso generalizado de estas aves domesticadas tiene otros usos.

«Es un medio de entretenimiento», sostiene Rafael González, secretario de la Sociedad Colombófila de la provincia de La Habana. «Es mi pasión y me relaja. Anoche estuve hasta las once de la noche en el palomar. Allí entreno a las palomas, les doy medicinas, les quito bichos, les reviso la garganta, les veo comportamientos o hago cruces entre ellas». 

Rafael es un hombre hablador y apasionado que habla en la sede de la delegación de La Habana, en el descascarillado Centro Habana. En casa tiene 100 palomas con las que compite durante la temporada que comienza en julio. El campeonato nacional está compuesto por 17 vuelos de tres categorías diferentes y comienzan con una suelta: lanzan al aire, como si arrojaran un puñado de polvo, destino a sus casas. Los vuelos en este país alargado son de hasta 920 kilómetros. «Y porque se nos acaba la isla», intermedia Inés Barros, trabajadora de la sociedad.


20/9/17

El pequeño Manhattan del Caribe

Entre todos los vecinos que fueron al último entierro de Santa Cruz del Islote había más de 20 apellidos. Esta erupción de corales tiene 10.000 metros cuadrados, así que a los muertos los despiden la mayoría de los vecinos: los Hidalgo, los De Hoyos, los Cardales, los Julio o los Cortés. Justiniano, fallecido hace casi un año, era un Morelos.

-Pero aquí no hay ningún cementerio.

-Sí, señor: allá, en la otra isla, con bóvedas y lápidas.

Rocío de Hoyos extiende el brazo hacia Tintipán, adonde los pescadores dirigen las chalupas cargadas de vecinos los días esporádicos de funeral. El islote es una piña con un centenar de casas de hojalata y cemento frente al golfo de Morrosquillo, en el departamento de Bolívar, Colombia, y no hay espacio para cultivar maíz, criar animales o enterrar vecinos. Cada habitante tiene 20 metros cuadrados de espacio: no es raro que a este pedazo de rocas se le atribuya ser la isla más densamente poblada del planeta.

«Es bonito cuando vamos a enterrar a una persona y se ve una caravana de botes», dice Rocío, presidenta del Consejo Comunitario de Santa Cruz del Islote, una de las 10 islas del Archipiélago de San Bernardo que aún asoma la espalda. En la década de los 50, cuando el islote ardió y el fuego se llevó los cerdos, las gallinas y las pocas casas, había 16 islas.

Pero el mayor cambio ha venido en los últimos años. 

En el 2013, a las instituciones -en cuyos archivos había registradas seis casas- llegó el rumor de que 1.200 personas vivían amontonadas en un lugar remoto y minúsculo. Hicieron cálculos, se asustaron de aquella barbaridad poblacional, emitieron una orden de desalojo y ordenaron un censo que finalmente pinchó aquel bulo: los propios habitantes habían contribuido a inflar la exageración. El recuento fijó la población en 492 personas. Al isleño le gustaba exagerar y la realidad no le desilusionó del todo, porque aquí la densidad de población es de 50.000 habitantes por kilómetro cuadrado, el doble que en Manhattan.

«No éramos visibles para el Estado, que solo venía a recoger votos cuando había elecciones», dice Rocío, líder de esta comunidad afrodescendiente. Una ley de 1993 reconocía los derechos de las comunidades negras y la formación de Consejos Comunitarios como modo de organización. La noticia, 40 minutos mar adentro en lancha, llegó 20 años después.

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18/8/17

Guatemala, la penúltima frontera

Es fácil. Cruzar ilegalmente la frontera que separa Guatemala de México es muy fácil: basta con pagar tres dólares y subirse en una balsa para llegar a la otra orilla del río Suchiate. Es un trayecto de apenas 100 metros, envuelto en el bullicio de comerciantes de contrabando —“¡esto es para alimentar a nuestra familias!”, grita uno, enfadado—, cambistas y predicadores.

Foto: Gerson Cifuentes
Cerca de allí, sobre un pasadizo alargado, está la aduana oficial de Tecún Umán, desde la que se contempla el movimiento comercial de un río marrón y perezoso. Pero en los últimos tiempos un nuevo fenómeno ha crecido en la frontera: el tránsito de miles de centroamericanos rumbo a Estados Unidos.

“El problema no es cruzar la frontera, sino atravesar México”, aclara el misionero escalabriniano Ademar Barilli, director de la Casa del Migrante de Tecún Umán. Allí es donde los migrantes en tránsito comen, y descansan antes de seguir su camino. Ayer llegó una treintena, pero a media mañana apenas quedan cuatro o cinco. “Ya se han ido”, resuelve Barilli. El año pasado desfilaron por aquí 6.000 personas.

Dima Yuman —camisa a cuadros, gorra de béisbol, dientes de oro— lo hará en dos días. “Por el amor a mi hija y a la familia; la aventura es llevar fe en el nombre de Dios”, explica este guatemalteco mientras desgrana una planta de chile. Yuman, que fue deportado de vuelta a su país en el año 2014 tras 30 años viviendo en Tulsa en el Estado de Oklahoma, quiere regresar a EE UU. Ya lo intentó en 2016, más de 30 años después de conseguirlo. “En aquel tiempo era más fácil”, admite. El año pasado, en cambio, tardó cinco días en llegar a la frontera. "Pero regresé porque no quise arriesgarme a pasar".

Como Yuman, cerca de 400.000 personas atraviesan cada año el límite entre Guatemala y México, la última barrera oficial antes de toparse con la frontera estadounidense. Violencia, abusos, secuestros y extorsiones acompañan el viaje en territorio mexicano rumbo al norte. 

— Y con esos riesgos, ¿no les sugieren que desistan?

—Nunca—, responde Barilli—. Les damos información, pero es su decisión. Muchos están amenazados por la violencia, no podemos decirles que regresen a esos países de los que huyen.

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