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30/11/16

La ruta del blues


Este es el vídeo de un reciente road trip por Estados Unidos, La Ruta del blues: desde Chicago a Nueva Orleans. Al filio del río Mississippi y por la autopista 61, viajamos entre música, kilómetros e historia.

Pero también es –y sobre todo– un viaje a las fuentes de la vida.

                  

3/7/16

Vivir del aire

Aquellos viajes en carretera tenían ese poso donde germinan los años y la furia, casi existencialistas. Eran un refugio, una huida, un temblor. Aquellos viajes en carretera sacaban la lengua y duraban meses, incluso años. Nos bastaba una biblia beat y los tragos amargos de la adolescencia. Nos servía, quiero decir, Jack Kerouac en la imaginación: “Un coche rápido, una costa a la que llegar y una mujer al final de la carretera”. Pero no habíamos nacido para vivir de memoria, la vida de otros. Queríamos protagonizarlo. Y atravesamos Estados Unidos.

Cambian los motivos y las circunstancias, aquellas pompas de jabón que traía una rebeldía mal entendida comenzó a humear poco después: ese humo blanco y espeso que desprende una fogata cuando cae la lluvia. Todo eran confabulaciones contra una realidad ahogada en el pasado. En aquella época lo describí así:

“(…) entre ausente y exiliado/ con algo entre las manos que se desborda/ (…) sin saber por qué./Pero con algo entre las manos”.

Para saber qué tenía entre las manos tuvo que colapsar todo. Por amarla en la cabeza se perdió entre las nubes. Y yo me volví a las montañas: ya nada me servía. 

 * 

Cruzar América fue el principio: mis estanterías están llenas del principio. De aquella época salieron mis lecturas de todo Steinbeck, de Kerouac; en aquel tiempo vino ella, los sonetos (“Cuando enciendo la luz intermitente/ apedrea a la noche, con premura,/ y empotrado en la luz de cualquier duda/ me cura con su alquimia irreverente"), el periodismo. Todo lo que hoy sigue en mis estanterías, todo lo que talló lo que creía ser para después comenzar a vomitarlo. Todo aquello tenía que suceder. Estoy con Thoreau, que escribió que “el poderío del halcón, que surca altivamente los cielos y traza círculos firmes sin apenas esfuerzo, le viene de haber reptado fielmente sobre la tierra, como un reptil, en un estado previo de existencia. Hay que arrastrarse antes de poder correr; y hay que correr antes de poder volar”.

De aquella época salió también el viaje que, en breves, emprendemos. Pero, ay, es todo tan distinto. En aquella época “ya todo iba siendo apenas”, se amaba en el cielo. Ahora se ama en la tierra y se sueña en el cielo. Antes, quiero decir, vivía del cuento; ahora, quiero decir, me alimento del aire.


28/10/15

Las razones del viajero

Jorge planeó su huida. Los dos años anteriores a su partida fue guardando, mes tras mes, una parte de sueldo. Después compró un billete a Alaska y se lo contó a su familia. Su objetivo: escurrirse de una existencia que consideraba aburrida y, de algún modo, demasiado cíclica para un alma sin fronteras. Su método: atravesar América en bicicleta de norte a sur, desde el cogote hasta el último dedo del pie, allá por la Tierra del Fuego.

A Jorge lo conocí a través de sus palabras: “En el parque conocí a una chica que me invitó a pasar unos días en su casa, amplia, blanca, en mitad del bosque. Cuando llegué allí, camino de Fairbanks, parecía la casa de la matanza de Texas 4, me olió a encerrona y seguí camino. La verdad, no tenía yo el chichi pa´farolillos”. Luego coincidí con él y admitió su huida: de su trabajo, de su pasado, de sí mismo. Cuando meses después andaba yo pedaleando por esas mismas latitudes no podía parar de reírme, a pesar de que sí tenía el “chichi pa´farolillos”. O quizá por eso mismo.

                                                                             *

Los viajes han sido siempre la excusa perfecta para no mirarnos a nosotros mismos, para volver la cara al espejo. Y lo digo con la conciencia de haber recorrido un puñado de países de cada rincón del planeta, desde Alaska hasta Ushuaia, desde Sudáfrica a Iverness, desde Australia hasta el Himalaya. Lo digo, quiero decir, a sabiendas de que alguna vez me subí a un avión con una mochila y, como Thoreau en una de sus excursiones a Cape Cod, también dije en la diligencia que me llevaran “lo más lejos que llegase ese día”.

Nombro a Thoreau porque es mi –único– héroe y porque de él he roído hasta los huesos. Su imán me llevó a sentir el latido de sus palabras allá donde fueron escritas: porque él fue quien, sin saberlo –ni él, claro, ni yo– me devolvió a mí mismo. En una carta enviada a Harrison G.O. Blake, colega epistolar, afirmó que “vivir una vida auténtica es como viajar a un país lejano y encontrarnos progresivamente rodeados por nuevos escenarios y hombres”.

Mi primer viaje lejano, aún imberbe, fue a Canadá. El segundo, a Australia.

Necesitaba aire.

Ahora llevo encima el peso y la ligereza de casi 30 primaveras y, en lugar de cambiar de ciudad, he mudado de vida. “¿Piensas que solo a ti te ha sucedido y te sorprende, como un hecho insólito, que con tan largo viaje, a través de países tan diversos, no disipaste la tristeza y la ansiedad del espíritu? Debes cambiar de alma, no de clima”, le aconsejaba Séneca a Lucilio en una de sus Epístolas Morales.

La sencillez está en la cadencia de los días, en la puerta de al lado, en nosotros mismos. Y eso también es –o quizá sea la más auténtica– la manera de viajar a un país lejano. Recuerdo que subiendo al pico Matterhorn, en el macizo de Sierra Nevada, Gary Snyder le dijo a Kerouac que cuando llegara a la cima de la montaña, “siguiera subiendo”. Esa búsqueda constante es la que nos vomita, de repente, al otro lado del mundo. Cuando ni siquiera hemos traspasado la frontera de nosotros mismos.
*

Viajamos a través de las historias, de lo cuentos, de los relatos. Y de ese continuo movimiento, una vez dada la vuelta a las cartas de los motivos, decidimos: y ese impulso que nos pinza, a veces nos lleva lejos. “Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, la víctima debe hallar en primer lugar en sí misma una razón buena y suficiente para irse”, se justificaba John Steinbeck, uno de esos inmortales que, siguiendo la huella del dolor, halló la gloria.

A mí, viajero que busca el purismo en las causas, probablemente imbuido por el carácter uno de los escritores que más amé y de quien seguí su rastro –y el de Las uvas de la ira– desde Oklahoma a California, escribí en cierta ocasión para mis adentros:

“Los vientos del invierno me llevan lejos: se empeñan en sacar a la luz las contradicciones, pero yo también simplemente quiero ser. A un clic he estado de comprar mil billetes en el último mes y las mil veces me he contenido, por una especie de purismo en las causas: ¿por qué quiero irme? Es probable que cuando lo resuelva ya esté volando a algún lugar, aunque de momento indago en las razones mirándome en un espejo de oro”.

Uno de los viajes que más me apasionaron duró el tiempo que me llevó leer El Quijote. Nunca estuve tan cerca de un mundo conocido que cuando la sabiduría andante me llegaba desde el subsuelo de esas palabras: de Turquía a Barcelona, del pasado hasta mí, de lo común a lo extraordinario. Y quizá porque, de alguna manera, “he andado muchos caminos y he atracado en cien riberas”, a medidas que pasa el tiempo, y me voy “alzando hasta lo humano”, hurgo en las razones del viajero.

Es difícil negar el placer del movimiento. Pero en ese purismo en las causas uno debe dinamitar las paredes del pensamiento. Como en Juventud, la novela de Coetzee, “quizá las profundidades en las que quería zambullirse han estado dentro de él todo el tiempo, encerradas en su pecho”. Y ahora no hacen otra cosa que salir del cajón.

*

Recientemente leí un artículo donde el autor –no recuerdo quién– ensalzaba la literatura que no pasaba como tal. Sucede que tengo una predilección por la discreción, algo que parece reñido en unos tiempos donde las balas de fogueo han secuestrado la autenticidad. Pero en realidad, fuera del rigor académico –y del ruido mundanal– no hace tanto frío.

Pocas veces he extraído más savia que en las memorias de Woody Guthrie. Cuando las leí y aún latía en mí el reciente viaje a las raíces de la depresión de los años 30 de Estados Unidos, me pregunté por qué algo tan puro no había llegado antes a mis manos. Mis aspiraciones escoraban hacia ahí:

“Pero Ruth, creo que ahora me doy cuenta. Me vuelvo a la carretera. Ahora, en este instante. No sé lo lejos que tendré que ir hasta que encuentre un lugar donde cantar lo que quiero cantar, y en mi cabeza bullen tantas ideas para nuevas canciones como colores tiene un árbol en una colina en flor. Cantaré en cualquier sitio donde la gente se pare a escucharme. Y ellos mirarán para que no me muera de hambre. Ellos buscarán el modo que tú y yo podamos acabar juntos”.

Guthrie, eterno rebelde, además de su ejército de canciones que aliviaron a los miles de refugiados del polvo y la miseria, escribió una novela cuyo título, Una casa de tierra, ya tiene el poder de su espíritu. “Lo sabíamos”, dice en un momento Ella May a Tike, su esposo, “sabíamos que nos estaban robando. Les enseñamos a robarnos. Les dejamos hacerlo. Les dejamos pensar que nos podían engañar porque somos gente sencilla y normal y corriente. Y cogieron la costumbre”.

Al tiempo que tecleo estas palabra –subrayadas en la novela con la conciencia– vuelvo a caer en esa sencillez que, como una fuerte corriente subterránea, recorrió la vida de Woody Guthrie y de las razones del viajero.

A un viajero contemporáneo como Martín Caparrós –nos cuenta en El Interior– su padre le decía que buscara lo que nunca había perdido. Pero él, que fatigó las provincias norteñas hasta el último aliento de la Argentina, le hubiera gustado tener una misión. “Pero no aspiro a tanto. Me contentaría con saber qué estoy buscando”, escribe.

Porque siempre buscando algo
(que al final es nada)
y hacerlo poema,
o quizá zancada
para llegar a ti, o quizá a mí.

O quién sabe
-yo lo sé-
quizá a los dos.

*

Si en los viajes conviven dosis de emoción con una desconexión de la bruma diaria, me digo, mejor sería mudarse de alma. La sencillez que albergaba Thoreau en uno de sus más célebres obsesiones (¡Simplify, simplify, simplify!) llegó a otro Walden, pues la casa de Ramiro Pinilla se llamaba así. Por eso, sentencias como las que traza en Las ciegas hormigas, me llevan de cabeza al fondo de uno –de mí– mismo: 

“El movimiento que suele constituir para la generalidad la única señal de que se está vivo, el olvidarnos hasta de nosotros mismos, la fuga, la evasión, el ruido inevitable que la acción produce y que furiosamente buscamos, necesitamos, exigimos, estremeciéndonos ante la idea de una soledad estática, no porque sepamos que en ella nos encontramos solos, sino porque nos enfrentamos al único amasijo de células que nos causa verdadero pavor: nosotros mismos”.

Me gusta viajar sabiendo esto, conociendo los tuétanos del mundo en el que vivo y de mí mismo, teniendo la certeza de que si alguna vez un viaje curó mi desconsuelo, el punto de partida después de saber que no había que mudarse de clima fue cuando me atreví a comenzar una travesía por la noche oscura del alma.

15/1/14

Querer ser, simplemente

Si comprendo correctamente, el significado de su vida es el siguiente: querría separarse de la sociedad, de las instituciones, de los usos, de los conformismos, de tal modo que pueda llevar una vida simple y nueva (…). Hay algo de sublime para mí en esta actitud, de la cual yo mismo estoy muy lejos (…). Lo venero porque se abstiene de la acción, y abre su alma con el objetivo de poder ser. En mitad de un mundo de actores bulliciosos y superficiales, es noble hacerse a un lado y decir “Simplemente quiero ser”. Si pudiese plantarme enseguida sobre la verdad, reduciendo al mínimo mis necesidades, me vería inmediatamente más cerca de la naturaleza, más cerca de mis compañeros… y la vida sería in finitamente más rica. Pero ¡heme aquí!, temblando en la orilla….

Harrison G.O. Blake a HD Thoreau, marzo de 1848.

Cuando la brumosa realidad me hace apretar los dientes hasta hacerlos chirriar, me suelo refugiar en la imaginación. Lo bueno de subirme a las nubes es que allí todo es perfecto; lo malo es que cuesta apearse. Supongo que lo deseable sea quedarse jugando con las musas a poca altura, mezclando lo que hay de deseo y de realidad, si es que éste último concepto lo concebimos como algo estático y preestablecido, cosa que niego.

Ahí arriba la vida es a medida, tallada por los sueños más irrealizables, pero de vez en cuando conviene tirar del hilo y manchar las suelas de los zapatos, desafiarse a uno mismo. “Aunque solitario, no soy un exiliado cósmico, pues también soy un exiliado de mí mismo”, le decía Allen Ginsberg a Kerouac por escrito hace setenta años. Y aunque me identifico con cada frase, también creo que resulta preocupante tener que huir de los territorios que son de nuestra jurisdicción por ardernos algo dentro. En lugar de hurgar por ahí dentro, escapar.

Es en ese momento cuando me vienen a la cabeza ciertos pasajes: me veo bajando por el Yukón en bicicleta, caminando por la lava de los volcanes de Islandia, habitando la misma cabaña que Sylvain Tesson o cruzando África de Cabo a rabo, perdón, Cairo. Y sin embargo, es aquí cuando la contradicción aprieta más fuerte, puesto que es en esas aventuras donde con mayor intensidad se acerca uno a sí mismo, se produce un vis a vis inevitable del que es imposible escapar.

Varias veces he deseado algo que se ha cumplido, aunque de manera diferente. Uno imagina un lago cristalino rodeado de árboles, una cabaña en una playa tropical o un gajo de piedra dominando los colores del otoño…y siempre resulta atractivo. A veces uno maldice los libros que le nutren de fantasías. Y entonces entiendes al barbero y al cura tirando al patio los libros de caballerías que llenaron la cabeza de Don Quijote de promesas y obligaciones de deshacer entuertos.

Hasta los 20, quizá 22 años, cuando lo único que importa es verter en la mollera cuanta más fantasía mejor, son bienvenidas las aportaciones de este mundo y de otros, de todas las vidas posibles que caben en una sola vida, aunque sea al precio de estirar las costuras de la realidad. Pero qué narices, lo preocupante sería cargar con 20 años y pensar que la vida es una mierda y que se acaba en las paredes del mañana.

Yo he vivido en solitario en Concord y cazado ballenas a bordo del Pequod; he recorrido la Mancha imaginando bellas princesas que resultaban ser sirvientas. Y he vivido en California, habitado entre versos escritos en la cárcel y viajado a los estados sureños de los años cuarenta sin moverme de la cama. Y, sin embargo, todo ha sido real porque así me han dejado huella.

O como escribió Ángel González,

“¿Por qué lloras, si todo/ en ese libro es de mentira?/ Y él repondió:/ Lo sé;/ pero lo que yo siento es de verdad”

Los vientos del invierno me llevan lejos: se empeñan en sacar a la luz las contradicciones, pero yo también simplemente quiero ser.  A un clic he estado de comprar mil billetes en el último mes y las mil veces me he contenido, por una especie de purismo en las causas: ¿por qué quiero irme? Es probable que cuando lo resuelva ya esté volando a algún lugar, aunque de momento indago en las razones mirándome en un espejo de oro, John Steinbeck: “Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, y el camino que lleva lejos de aquí parece ancho y recto y agradable, la víctima debe hallar en primer lugar  en sí misma una razón buena y suficiente para irse. Esto al vagabundo efectivo no le es difícil. Tiene incorporado un huerto de razones donde elegir”.

19/11/10

Viajar

(...) en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que se trata de una cosa incurable. Expongo esto no para instruir a otros sino para informarme yo mismo.


J. Steinbeck, en Viajes con Charley




A esa raza indomable se la ha llamado homo mochilerus, algo más bruto que el interesante y fino concepto de backpacker. Pero eso no es más que la forma, la apariencia, la proyección: algo de luz en la oscuridad. El contenido es otro tema, es lo genuino: el germen que invade el cuerpo y no hay medicina capaz de acabar con esas ansias de moverse.

Las razones para echarse al mundo son variadas. Y no siempre los pretextos son transparentes. En todos los recuerdos tienen lugar esas personas que se fugan por problemas, pensando que se alejan de su enemigo, que en el lugar más estrambótico la mala fortuna no les pisará los talones. Pero existe un problema. Quien huye, el enemigo lo lleva consigo: es él mismo. Únicamente el tiempo que dure su despiste durará su felicidad.

Luego está el viajero infatigable, curioso hasta la médula, que quiere ver todo, hablar con todo el mundo, entrar en las casas, viajar en los trenes. Es, en mi opinión, el viajero más puro, donde reina la paz, el equilibrio es estelar. Donde ya todo conspiró, donde se libraron todas las guerras, donde los pulsos más encarnizados dejaron de tener sentido. Es el karma.

El viajero nace y se hace. Se tiene la curiosidad y se aprende viajando. Nada es casualidad. Y en ese último estado de placer máximo es en el que a los mochileros/viajeros aspiramos. Es una religión, imperdonable, pagana, en el que uno se encomiendo a su propia alma, donde uno empieza a creer en la voz que se escucha de su interior.

A quien le gusta moverse y ama el conocimiento viaja por tierra. No hay distancias, y si las hay se cuentan por horas, nunca por kilómetros. Cualquiera que lo haya experimentado repetiría tirarse dos días seguidos en autobús con tal de saber que conoces un sitio. Lo contrario, que es lo común, es conocer algunos puntos de una zona.