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22/11/17

El último campanero artesano

Al principio, Abel Portilla dudó de la propuesta, pero lo que parecían ideas extravagantes de un grupo de Barcelona se fueron volviendo tan evidentes que a Abel, ahora, no le queda más remedio que reconocerlo:

 —Poco a poco me di cuenta de que sabían, que aportaban.

Los visitantes le fueron contado el proyecto que una de las mujeres imaginó: construir un poblado en una finca de doce hectáreas donde los niños crecieran sanos, conectados al profundo sentir, a los objetivos que el progreso ha despreciado. Entre dos cerros, soñó la mujer, instalaría una campana para que su reverberación alcanzara toda la extensión. Portilla la fabricará.

Portilla hace campanas con las manos: de un kilo, de cien, de mil. A los 58 años calcula que habrá hecho más de 4.000, así que tampoco es extraño que esta mañana de octubre una pequeña cuadrilla haya venido con una idea poco convencional. Portilla desdobla una página arrugada y en el papel se despliega un corazón con tres definiciones de lo que somos: «Únicos», «Complementarios» y «Uno».

—¿Y lo que está escrito debajo?

—Yo les decía a ellos que cuanto menos sepan los artesanos, mucho mejor.

Una mujer, entonces, definió lo que él quería decir y ha recogido debajo: «Sabiduría natural».

El pequeño grupo de personas que ha visitado el taller viene de las cumbres sociales catalanas, pero tras educar a una generación en la universidad y en los asideros intelectuales del siglo XX, se dieron cuenta de que aquellas promesas no prometían nada. «Que han aprendido mucho pero no han aprendido nada», resume el campanero.

De su boca sale un castellano cantarín moldeado por el viento sur que sopla a menudo en Cantabria y crispa las ramas, las aguas y los nervios: cualquiera diría que nació en Pedreña, al otro lado de la bahía de Santander, tierra de mariscadoras, golfistas y ganado, porque ese tono es más propio de las montañas que del mar. Entre ambas —la costa y el interior— también ha estado por la mañana junto a los clientes: en Vierna, donde tiene una casa museo construida en el siglo XVI.

Una mujer del grupo le dijo, durante la visita, que aquel era un lugar con energía especial. Él comenzó a desperezar los seis sentidos y la imagen de la propuesta estrambótica se resquebrajó un poco más porque allí mismo, siglos atrás, había un hospital de peregrinos del camino de Santiago. 

Todo esto es lo que le ha pasado a Portilla esta mañana de octubre con viento de nordeste.

—Pero esta historia igual no viene a cuento, ¿no?

       
 Vídeo: Marcos Bardón


*

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21/6/17

El pintor que abrió un museo por su divorcio

A Pedro Díaz Obregón la pintura —asegura— le ha evitado «hacer muchas tonterías», aunque no un divorcio traumático. Todo empezó ahí: se dolió tanto que de tanta sangre su pintura merodeó en lienzos que cubren ahora cinco salas del Museo Pobre del Pintor. «La pintura», dice «me absorbió».

Díaz Obregón no oculta aquel desgarro que aún colea, como intacto. No hay párrafo que no vaya acompañado de la coletilla «mi exmujer», ni dardo que no vaya contra su exmujer, pero al fin, aflojando, dice que no tiene una cruzada contra —de nuevo— su exmujer, sino contra el sistema judicial: 

—Me siento discriminado no como hombre, sino como bueno. 

Del divorcio hace ya muchos años —«pon el año 90»—; muchos más de la pintura —años 40—, pero el Museo Pobre del Pintor, a la sombra del monasterio franciscano en Soto Iruz, Cantabria, no tiene más de 15 años. 

Díaz Obregón tiene 79 años y unos ojos azules como el río Pas, que apenas balbucea en esta primavera seca a su paso por el pueblo, y unos ágiles dedos que han hibernado en los últimos meses. No le gusta pintar con frío, aunque para él lo más gélido es su historia. «Yo era el ser más despreciable de la humanidad», dice con una mueca. El episodio le costó la relación con sus tres hijos, que va retomando como a pequeños sorbos con uno de ellos, el varón.

—¿Sí?

—Después de 25 años y gracias a mi nuera. Las mujeres son más incisivas.

El divorció le llevó por delante, durante 25 años, el contacto con ellos, pero ahora se concede una tregua burlona porque «los tres chavales», dice, «estudiaron arte: ninguno costura, como mi ex».

La casa donde vive, pinta, maldice y expone la compró en 1982 cuando intuyó que tenía que tener un vientre de ballena donde recrear su mundo, hacer lo que le viniera en gana; ir, venir, salir, volver —o no—, entrar y dejar entrar. 

—Aquí no viene nadie: no sé si lo he pasado putas o canutas.

Dice Díaz Obregón, que más tarde contará que sí viene mucha gente (esta mañana tres coches llenos de una misma familia), cada día o tres caminantes que llegan desde un balneario cercano, otros a quienes les llega en un soplo que un pintor se pelea contra sí mismo en un museo que alguna vez fue una cuadra. 

Así ha llegado a media tarde un matrimonio de pensión anémica y ganas de apretar el gatillo, de desear tiempos de más orden, menos inmigrantes, más seguridad. Díaz Obregón, apretando los labios, es amable: deja que ambos se extiendan y magreen la realidad a su antojo. Entonces resuelve el discurso de ambos con un simpático «hombre, yo no creo que sea así». El matrimonio, afable, de esos que se han quemado las pestañas trabajando, dice que volverá al museo otro día. Díaz Obregón, defensor de causas perdidas, les responde:

—Pero yo volveré a hablar de lo mío.

Pedro Díaz Obregón. Foto: Guillermo Ezquerra

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3/4/17

La mejor amiga del tejo milenario

Había sido una noche de perros, pero nadie sospechó que fuera la última. Tenía las piernas rugosas y musculadas; también la debilidad de su edad, cuatro o cinco siglos. Cuando amaneció roto por los vientos y la lluvia del enésimo temporal del invierno del 2007, ella se derrumbó.

«Bajé aquella mañana y vi el desastre que había aquí; lloré como si hubiera sido por una persona», dice Covadonga Vejo, mujer menuda de 89 años, bajita, muy bajita, con un vozarrón de piedra. Covadonga sigue diciendo que aquel árbol a los pies de la iglesia mozárabe de Lebeña, en Liébana (Cantabria), donde ahora recita los versos que le escribió durante muchos años, es milenario. 

Mantener una conversación con ella sin que su voz vaya cargada de versos no es habitual. Si le preguntas, por ejemplo, cómo fue aquella noche, ella responde con algo que escribió aquel día negro:

Si llorar por un árbol es pecado,
que me perdone Dios, pues yo he llorado. 
Y a la vez he sentido
mucha rabia y dolor al verle herido .

Al preguntarle en un susurro qué es para ella un tejo, su sordera retuerce el sentido y cuenta cómo un día estaba limpiando el cementerio con la guadaña y se acercó una turista, que en este lugar llegan a chorro o a cuentagotas, y no vio a nadie. Ella pegó un brinco y se apareció junto a la visitante, que vio aquella señora salir de ninguna parte en un lugar donde sólo se escucha el viento, la nada. Covadonga lo recuerda ahora y se muere de la risa.

Una risa atascada. Y una memoria prodigiosa. «Será lo único bueno que me queda», bromea ella. «¡También eres poeta!», le recuerda un vecino que la sostiene en pie. Pero ella, arañando la tradición, le dice: «Después de viejo, mandil verde». Entonces el vecino responde:

 – Pero tú todavía floreces.


*

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15/10/15

Juicy

(…) el público en general está tan egoístamente preocupado por sus asuntos particulares que presta muy poca atención a los problemas que trascienden el terreno personal.

Erich Fromm, en ¿Tener o ser?


Juicy tiene los ojos muy pardos, color café de las Blue Mountains. Se acerca a la orilla de arena blanca y limpia el cazo con el que ha preparado el desayuno. Aún es temprano y el amanecer se empieza a afianzar. El sol todavía rebota en las aguas -y no por mucho tiempo. En esta temporada, pasada por brumas, el cielo se empieza a empañar temprano.

Estamos en Negril, extremo oeste de Jamaica, cofa en la primavera de mi vida. Y Juicy, un hombre cuyo interior revolotea con pasión y yo todavía no lo veo, me trata de convencer: “Yo tengo buen corazón”. Juicy es negro sin matices; yo, de piel blanca algo insumisa en verano: buena combinación en una mañana cálida mientras el olor a ganjah -marihuana- perfuma el encuentro.

Juicy -su nombre real es Hector Washington, me dirá ya por la noche- podría pasar por un vendedor de pulseras y batallas, pero además de eso es un tipo especial. Honesto, de esos que van descalzos de pies y vida; de esos que confían en las personas que confían mutuamente: una vida anónima en un lugar concurrido no da -pensarán muchos- para demasiado.

La primera sospecha de estar ante un tipo tierno y cálido, amable y bueno, fue seguida de un par de fotografías que le hice. El sol le daba en la cara y le dije que, por favor, se colocara aún más a la luz para poder retratarle. Después, ya en la habitación, le volví a mirar a los ojos. Acerqué la fotografía hasta mis propios ojos y nos miramos, uno en frente del otro: él, su nariz chata y su mirada profunda bajo unos pelos más negros aún que su piel.

Hablo con una amiga y me dice: “Es que, generalmente, vemos sin mirar”. Y así pasamos la vida, ignorando lo que nos rodea solo porque nos rodea. El caminante sin fondo y poeta Matsuo Basho lo expresó mejor que nadie:

Cuando miro atentamente
¡veo florecer la nazuna
en la cerca!

Cuando yo me hice periodista -sentí- era para conocer el mundo. En realidad todo lo que he hecho en mi existencia ha sido un pretexto para ensanchar el alma. Y estos viajes, que me dan la oportunidad de conocer a gente como Juiciy, un peldaño más en esa evolución: pero mi amiga me pellizca y me pregunta cómo miré a Juiciy, cómo le pregunté sobre su vida, si realmente, bajo esos lemas No problem o One love, que encharcan todo el país, él se sentía realmente así.

A veces se nos olvidan los motivos que nos llevaron a ahorrar, a tener hijos, a hacernos periodistas. En este blog, que alegremente va pasando desapercibido incluso para quienes me rodean, he volcado trozos de mi ser que nunca hubiera imaginado que existían a no ser que estos dedos -correa de transmisión de mi alma- no cumplieran con su deber. Y en esa secuencia me horrorizaría haber olvidado las verdaderas razones por las que estoy en este país: la gente.

De Juicy me gustaría aprender su gusto por las artesanías y por su vida. Contrariamente al movimiento rastafari, que repiten la palabra verdad más de lo que a mí está repitiendo el desayuno local que me he metido para el cuerpo, este hombretón presiento que vive en ella. Sin meter ruido, como si alguien hubiera lanzado una piedra con todas sus fuerzas y el caminante la hallase allí, sola, infatigable, sin preguntar qué hago aquí porque ya está allí.

Juicy.

Es ya de noche y siento que tengo que ir a buscar a Juicy: habíamos quedado en que esto del periodismo es un pretexto -quizá el más adecuado- para vivir en otros dolores, sufrir en otras muertes. De hecho, al tiempo que mi amiga ponía en cuarentena mi encuentro, yo le conté otro en el que me sentí un extranjero, un visitante fugaz y deshonesto cuando, escribiendo un reportaje sobre los cortadores de caña de azúcar que mueren por cientos en Nicaragua, un moribundo hombre me dijo: “Que el mundo se entere de lo que nos está pasando”. Y aquello no me atravesó como un rayo.

Allí en la playa, rodeados por un cielo que vuelca las estrellas, un hombre prende fuego a unas cañas de bambú. Un aliento sofocante se suma a la noche ya cálida y yo pregunto por Juicy a otro tipo que rondaba por la mañana. Y al rato, entre una música chirriante, aparece él y nos chocamos los nudillos y me cuenta sus viajes a Estados Unidos y yo le cuento este viaje a Jamaica.

Hay una gran diferencia entre el uso de la primera persona: no salir del cerco de las carnes de uno es quizá la más aburrida y triste de las realidades -egocentrismo; pero hablar en primera persona de lo que hay de universal en el ser humano es grandioso. Thoreau decía: “No hablaría tanto de mí mismo si hubiera otra persona a la que conociera tan bien”.

Juicy me recuerda los motivos por los que decidí -la vida me ha ido colocando- hacer lo que hago. Vivir bajo la piel de otros no es fácil: nos han metido tan profundamente que seamos de hielo, que no salgamos de la soberanía de nuestra individualidad, que dolerse por el dolor ajeno -que nunca es ajeno- es imposible.

Pero, ay, cuando uno comienza a vivir de verdad las vidas de otros, se le quita toda la fruslería y las ganas de usar la palabra para señalar lo que no importa. Pero, entonces, ¿de qué iban a vivir los periódicos?

22/1/15

El último sarruján de Cantabria

El abuelo de Julián Díaz murió a casi 2.000 metros de altura mientras acompañaba al ganado, así que años después, cuando su padre le dijo en la montaña que se estaba muriendo, Julián y su hermano lo bajaron en el carro hasta su casa de Carmona, en Cantabria.

Julián hoy tiene 90 años. “Largos”, dice él, y yo no sé si se refiere a casi 91 o a alguno más, aunque da igual: sube las escaleras de su casa con pasmosa habilidad; tiene una memoria  deslumbrante y, a pesar de que dice, insiste y repite que no ha ido a la escuela, a mí me pareció uno de esos sabios a los que me gustaría parecerme.

Llegué a su casa cuando mi tía me comentó de la existencia del último sarruján (criado del pastor, según la santa Real Academia) en Cantabria. Él tenía 17 años, una fortaleza juvenil y un porvenir algo oscuro. Pero ahora, viéndole sentado en un sofá mientras hila una historia con otra, me tiene con la boca -y sobre todo, con el corazón- abierta.

Murió su padre y acabó en un pueblo donde alguna posibilidad de trabajo en algún lugar cerrado brindaban las circunstancias. Es curioso: los de la ciudad quieren ir al pueblo y los del pueblo ansían ir a la ciudad; los de la ciudad no tienen que enseñar nada y los del pueblo, todo. Y esto es en lo que él me insistía una y otra vez, con esa inteligencia propia de los que han estudiado poco o nada –mi abuela es igual.

Hasta esa edad que uno tiene que tomar decisiones, la de él coincidiendo con la muerte del padre, acompañó al ganado por los puertos de Sejos, en los techos de Cabuérniga, en Cantabria. Cuando no, acompañaba –también al padre- a talar las hayas de donde sacaban las albarcas. Durante un mes, y a mano, serraban 15 ó 20 árboles. De cada uno sacaban 40 pares de albarcas. Dormían en cuevas -una noche tuvieron que sacar de una de esas cuevas a una osa-, se calentaban con fogatas y descendían a Carmona con los troncos, ya algo secos, menos pesados y con parte de ellos tallados, tirados por bestias.

Hace poco, me dijo Julián, se quiso hacer un homenaje al último escultor, por no decir fabricante, de albarcas de Carmona. Y no encontraron a nadie: las tradiciones se esfuman cuando las personas se esfuman.

Al jubilarse, allá por los ochenta, Julián comenzó a tallar madera. Nunca antes, me dijo, había tallado nada. Quizá una vara de avellano, pero ni siquiera el trabajo fino de las albarcas, que era encomendado a los mayores. Pero llegó la jubilación y se puso a tallar y a tallar: su casa es un museo de obras finísimas. Vacas, bueyes, colodras, dalles. Y cadenas de madera de una sola pieza. Una vez le preguntó una de sus nietas: “¿Cómo sabes que dentro  de uno de esos trozos de madera hay una vaca?”

Julián dice que apenas lee, que apenas escribe, que no fue a la escuela. Pero no hace falta esas acreditaciones para intuir que yo estaba ante un hombre de una inteligencia prodigiosa. A pesar de esas deficiencias, ayudaba a sus hijas en la escuela. Y el profesor, sabiendo que aquel hombre de pelambre blanca no había ido al colegio, se asombraba de cómo acertaba los problemas de sus hijas. Así que comenzó a dar deberes a sus hijas…  para que se los diera al padre. Cómo será que, en cierta ocasión, Julián le mandó de vuelta un problema al maestro. Y el maestro dijo, por Dios, hasta aquí.

Después de media mañana entre conversaciones y anécdotas y visita a su estudio -qué paz se respiraba allá arriba- me regaló un llavero de unos pequeños bolos. Me fui de allí jarreando, como había llegado, mientras él miraba sin cerrar la puerta del todo hasta que me perdió de vista, como si yo fuera el último cordero y el fuera el último sarruján.

22/11/14

Mi anfitrión en Nantucket


Amanecía en Nantucket. Creo que en todos los lugares, pero especialmente en sitios como éste, el mayor encanto se extrae de esos momentos. Erick me había tratado muy bien: algo que no sospeché cuando me recogió en su camioneta y eché mi mochila a la caja trasera de madera.

Pero quienes hacen las cosas siempre así, al no dar importancia a sus actos, tampoco los rodean de liturgia. Te dicen: ahí tienes tu cama, ahí el salón, aquí la casa. No se preocupan de que todo esté en su sitio ni de que las sábanas estén limpias ni de que todo cuadre perfecto. Incluso, al despedirnos apenas me dio un apretón de manos, o chocamos los puños, y le dije que ojalá nos volviéramos a ver (porque él me dijo que a Nantucket mejor llegar en verano y yo le dije que a mí me gustaba noviembre). Eran casi las seis y media de la mañana, hacía un frío de narices y él esperó a que yo trepara por la rampa del barco mientras, con el coche en marcha y a poquísima velocidad, agitaba la mano. Algo que resumía todo. De pocos lugares me he ido con tanta nostalgia.

- ¿Por qué acoges a gente en tu casa?-, le pregunté un día.

Muelle de Nantucket.
No sé que me respondió. No le dio importancia y me debió de decir que por qué no. Insistí un poco y me dijo que le gustaba conocer gente, ayudar a los demás. Sin importancia se ofreció a meterme cinco millás arena arriba hasta Brant Point, un faro alejado, aunque finalmente los deberes de su hija, que llegó a media tarde, nos fastidiaron el plan. Además, por la noche había invitado a cenar a unos amigos, así que no había tiempo para todo.

Él hizo una sopa, yo compré vino, la pareja hizo una especie de empanada y David, que llegó
algo tarde, trajo otra botella de vino -argentina, que bebía a sonoros sorbitos-, algo de café molido y dos rollos de papel de cocina. Cuando sacó estas cosas nos moríamos de la risa. Estábamos en Nantucket y David llegaba de invitado y traía dos rollos de papel de cocina.

Hablamos de todo, de lo divino y humano, de unas experiencias en este genial sistema llamado couchsurfing que me han puesto en más de un apuro en la multitud de casas donde me he alojado, con gente rarísima, gente que trató de propasarse y gente que me abrió su puerta y no la volví a ver nunca más.

Erick se moría de la risa cuando conté mi aventura neoyorquina y un tipo, amable, discreto y yo diría que hasta en paz consigo mismo, me dijo que durmiera con él porque en el sofá hacía frío. Claro que no me hubiera importado dormir con él si minutos antes no le hubiera frenado con un huracán de intenciones -las mías- que eran contrarias -e incompatibles- con las suyas. Por ejemplo.

La cena transcurría hasta que se apagó el vino y la luz y el café que trajo David, un tipo que parecía duro y tosco, pero que resultó ser amabilísimo y tener interés por la vida de los demás. Eso lo decía todo. Luego saqué la cámara, nos hicimos una fotografía de grupo y luego le saqué a él una. A Erick, el anfitrión despreocupado, el que choca el puño y sin decirlo te ofrece todo, con cuya bici recorrí la isla haciendo un apaño -casi pedaleando con el cable del cambio agarrado entre los dientes para que tensara- y el que me esperó que subiera al barco, agachando la cabeza tras el cristal, y removiendo la mano en el aire. El que me dijo, ahora lo recuerdo, que él creía en los cambios individuales, no en los culturales.

24/6/14

Brandom, el Yupik

Es inútil escribir sobre temas previamente elegidos. Hay que esperar a que estos hayan caldeado la llama de nuestra mente (…). La resolución fría no engendra, no da nacimiento a nada. Es el tema quien me busca a mí, y no al revés. La relación del poeta con el tema es la relación de los amantes. No hace falta cortejo alguno. Obedece, informa. 
HD Thoreau


Brandom Afcan, de Alakanuk, 1.500 kilómetros río abajo, casi en el mar de Bering, tiene algo envidiable: sabe desprenderse de lo material. Aunque la mitad de su vida la ha pasado en la ciudad, la otra media -y ya van trece años- ha transcurrido en la orilla del Yukon, cazando liebres y alumbrado por el sol de medianoche en verano y las centelleantes luces del invierno bolear. Y desde hace no mucho, junto a Chikigak, su prometida. 

Son Yupiks, uno de los pueblos nativos que habitan la región. Y están en Nenana de vacaciones. Cuando conocí a Brandom de casualidad no presté tanta atención a su vida, pero cuando dijo de dónde venía, se encendió mi interés: llevaba tres semanas navegando el río en busca de madera para construirse una casa y para comprar alimentos -más baratos que de donde viene.

“¿Dónde tienes tu barca? ¿Podemos verla?”, le pregunto.

Bajamos al río Tanana, donde está atracado su lanchón metálico de cinco metros y curioseo en su vida, aunque él también se recrea contándomela. “Prefiero vivir en espacios abiertos”, me explica, “pero si estuviera en la ciudad estaría en la rueda de la sociedad. En los bosques puedo ir en la dirección que quiera”. Chikigat, su novia, no abre la boca. 

Este amable esquimal, apasionado e inteligente, compró la barca por 28.000 dólares; ya ha pagado un tercio. Lo hace poco a poco, a la empresa a la que vende el salmón que pesca río arriba a partir de julio. O lo que queda de salmón, porque se queja de las grandes embarcaciones que están dejando sin pescado el océano y con ello, un modo de vida. El suyo. “Mi mente está enfocada en un estilo de vida relacionada con el ejercicio. Prefiero conducir mi barca, recoger redes o tirar de cuerdas. El tipo de trabajo en las ciudades… Trabajos basura, poner números en una calculadora, pulsar botones en un ordenador… ¡Yo engordaría”, sonríe. 

Hay ciertas cosas que me asombran de un estilo de vida basado en la autosuficiencia. Porque aunque antes podía vivir únicamente de la pesca, ahora lo combina con otras actividades para tirar durante el largo invierno en Alakanuk, a donde únicamente se puede llegar en avioneta o por el río. Así que además de pescar cerca de 1.500 salmones por temporada, también recolecta madera que después vende. Y oro. “28 gramos”, se enorgullece. Le pregunto si lo ha vendido. Y me dice que no, que lo guarda por si tiene algún apuro, por si no pudiera pescar algún día. 

Su vecino más próximo está a casi un kilómetro, y quizá ahora se alejen un poco más porque espera hacerse con 45 troncos de pino para hacer su nueva casa. Entretanto se casarán y seguirán paladeando la pura atmósfera del gran norte. 

“En la ciudad todo pasa más rápido. La vida real es más lenta; puedes dedicar más tiempo a tus objetivos personales, a hacer lo que quieres. Yo creo que es mejor”, enfatiza mientras seguimos charlando en su barco y Chikigat, de rasgos mucho más marcados que él, nos observa sentada a la sombra. Y me dice: “Sabemos muy bien cómo vivir en hermandad con la naturaleza… No sé, soy un countryboy. Un villageboy”.

Quiso el azar que dos horas después me volviera a reencontrar con Brandom y Chikigat junto a Gerald Riley, el campeón de la Iditarod del año 1976. Me uno a ellos y hablamos de mil cosas; Riley participó en aquella fatídica Iditarod del año 1980, en la que se estrelló el avión de Félix Rodríguez de la Fuente mientras lo filmaban; y Brandom conoce el nombre y legado de Segundo Llorente, el misionero leonés que pasó 40 años en Alaska, gran parte de ellos en el delta del Yukon. “S-e-g-u-n-d-o”, repite una y otra vez, como demostrando que no le es ajeno. 

Poco después me vi en una furgoneta con los dos esquimales, el viejo musher y su mujer en busca de Nancy Schaw, la ganadora del Nenana Ice Clasic de 1997. Pero eso ya es otro capítulo.

5/4/14

Buscando a Óscar

Óscar es un tipo misterioso: eso se sabe desde antes de poner los pies en Masaya, a un puñado de kilómetros de Managua. No coge el teléfono durante varios intentos de llamada. ¿Dónde estará Óscar? Mis referencias sobre él no son demasiadas. Sé que algún día fue periodista, que tiene contactos en Univisión, Telesur, La Prensa (y es aquí donde necesito de él), la CNN y que se salió de ese mundo para hacer cosas por su cuenta. También sé que es artista, por lo que me empiezan a encajar más cosas.

Ya es de noche y vamos en su búsqueda.

En la puerta de su casa nos dicen que no está, pero entramos para comprobarlo. Salimos de allí y andamos por las calles de este pueblo -debe de ser el que tiene más farmacias y dentistas del mundo por habitante-, y hallamos a su hermano con otros amigos. Uno de ellos nos deja el teléfono para llamarle, pero al tercer toque, Óscar cuelga. Al poco tiempo, mientras el amigo nos sigue para darle un cigarro, nos llama. Vale, ya intuimos dónde está. Subimos al coche y nos bajamos en la puerta del Cevichero, un local “underground”, me dice mi amigo.

Sacudimos las manos en otras manos repetidas veces, pasamos tres pequeñas salas algo iluminadas girando la cabeza; yo, en segundo plano, nunca me había sentido tan misteriosamente en tal estado de interrogación por un hecho aparentemente tan banal: buscar a Óscar.

Al fondo, en una especie de trastienda sin luz, sentado en una mesa con dos chicas, está él. Como por arte de magia, se enciende la luz y otro tipo se sienta en la mesa. Entonces la bombilla descubre a un joven con la camisa desabrochada, rastas por debajo de los hombros y cuatro botellas grandes de cerveza en el suelo. Nos traen dos sillas, pero nos despedimos. Ya comprendemos el misterio de Óscar.

Una gira por cuatro bares antes de volver al Cevichero, pero ya no están. Y es imposible adivinarlo.

“¡Es que no tienes moral”!, le grita mi amigo cuando nos cruzamos con él esta mañana. Él se ríe a carcajadas mientras nos pita el coche de atrás, que está esperando a que dejemos de hablar con Óscar, que está subido en su coche, un jeep rojo chillón con un hacha incrustado en el portón trasero.

Maldito Óscar.