(...) en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que se trata de una cosa incurable. Expongo esto no para instruir a otros sino para informarme yo mismo.
J. Steinbeck, en Viajes con Charley
A esa raza indomable se la ha llamado homo mochilerus, algo más bruto que el interesante y fino concepto de backpacker. Pero eso no es más que la forma, la apariencia, la proyección: algo de luz en la oscuridad. El contenido es otro tema, es lo genuino: el germen que invade el cuerpo y no hay medicina capaz de acabar con esas ansias de moverse.
Las razones para echarse al mundo son variadas. Y no siempre los pretextos son transparentes. En todos los recuerdos tienen lugar esas personas que se fugan por problemas, pensando que se alejan de su enemigo, que en el lugar más estrambótico la mala fortuna no les pisará los talones. Pero existe un problema. Quien huye, el enemigo lo lleva consigo: es él mismo. Únicamente el tiempo que dure su despiste durará su felicidad.
Luego está el viajero infatigable, curioso hasta la médula, que quiere ver todo, hablar con todo el mundo, entrar en las casas, viajar en los trenes. Es, en mi opinión, el viajero más puro, donde reina la paz, el equilibrio es estelar. Donde ya todo conspiró, donde se libraron todas las guerras, donde los pulsos más encarnizados dejaron de tener sentido. Es el karma.
El viajero nace y se hace. Se tiene la curiosidad y se aprende viajando. Nada es casualidad. Y en ese último estado de placer máximo es en el que a los mochileros/viajeros aspiramos. Es una religión, imperdonable, pagana, en el que uno se encomiendo a su propia alma, donde uno empieza a creer en la voz que se escucha de su interior.
A quien le gusta moverse y ama el conocimiento viaja por tierra. No hay distancias, y si las hay se cuentan por horas, nunca por kilómetros. Cualquiera que lo haya experimentado repetiría tirarse dos días seguidos en autobús con tal de saber que conoces un sitio. Lo contrario, que es lo común, es conocer algunos puntos de una zona.
"... que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad..."
Preámbulo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos (4/7/1776).
(Una ironía del destino).
Una sacudida eléctrica, como si de un cable de alta tensión uno se colgara, recorre el cuerpo de quien acude al Museo de recuerdos de la guerra de Saigón. Los escarnios de los americanos se asoman a este rincón de Vietnam para remover el compromiso un poco más. Tiene este museo la capacidad y la virtud de suministrar la conciencia que este mundo, y cada vez con mayor locura, pierde por cada costado. La guerra que mató a tres millones de vietnamitas, gran parte de ellos civiles, se deja entrever en los textos, en las fotografías de los prisioneros, en los amasijos de carne que provocaron las bombas, en los cuerpos chamuscados y demás paisajes de un conflicto.
La amnesia colectiva suele ser el alimento de hoy en día. Se habla de derrota en la contienda por parte de los americanos. Sin embargo, parece que solo se acuerdan de los caídos del lado yankie, ignorando que murieron 60 veces más vietnamitas. Realmente los héroes pertenecen al pueblo, anónimos que se juegan el pellejo y rara vez reciben el reconocimiento. Y cuando alguno se ha erigido en líder, acaba siendo un maldito tirano, pero soportado con el pretexto que lo subió al poder.
Es difícil entender cómo la potencia primera del mundo, que ya en el siglo XVIII hablaba de libertad, de igualdad y demás patrañas, sigue cometiendo tantos abusos, sigue pisando tantos derechos y sigue ahí en pie, orgullosa y todavía haciéndose la víctima. Si Lincoln levantara la cabeza… Si Luther King resucitara y viera los extrarradios de Chicago, dónde trabajan hoy los negros. Si se paseara por las cárceles americanas y viera el porcentaje de cabezas de turco.
Lo peor de todo es que queda esa clase vomitiva del planeta, fascista en el sentido más puro de la palabra (en España creo recordar que hay alguno vivito y coleando dando charlas por universidades), que vende al mundo que en Iraq había armas de destrucción masiva, que se trata de buenos y malos, como si la Guerra Fría se hubiera desenterrado.
Llorar ante la historia, pensar que fue un mal sueño, que esos muertos no existieron. La realidad me araña, me remueve, me hinca sus podridos dientes para demostrarme que, aunque luchemos, no existe la justicia.
'¿Por qué lloras, si todo en ese libro es de mentira?'
Y él respondió: 'Lo sé; pero lo que yo siento es de verdad.'
La verdad de la mentira, de Ángel González
El cielo se ha derrumbado y por las carreteras, que ayer parecían ríos, avanzan las miles de motocletas que definen Saigón. Es lo que tiene este clima, que hoy el cielo se vacía y para mañana ya está otra vez preñado. Maldito proceso de embarazo, qué fertilidad. Y qué furia en el parto. A la ciudad más grande de Vietnam he llegado después de cuatro horas por carreteras llenas de baches y esquivando camiones, peatones, bicicletas y demás integrantes del paisaje local. Cuando estuve a punto de estamparme con la noche, me bajé en la estación de autobuses, lejos de donde pretendía venir a dormir.
Me decido por venir en mototaxi, más barato y más rápido, que culebrea como una vívora y se come los tráficos, los mogollones y los minutos. Uno debe perderle el miedo a la moto, aunque quien la maneje sea un enclenque que lo remueva hasta el más leve soplo de brisa. Anteayer, en el autobús que me llevó a Can Tho, me topé con otro mochilero, que me sugirió compartir taxi al centro de la ciudad. Le dije que mejor íbamos en moto. Además de ser más rápido, es obligatorio vivir de primera mano esta magnífica locura, de sentir la habilidad de unos conductores que llegan a un cruce, embisten la nube, la maraña, el enjambre, el nudo de moteros, y salen de allí airososos y sin parar. Como si de Moisés se tratara en pleno éxodo, el mar de personas se abre, deja un pasillo minúsculo. Pero lo increíblemente enigmático es que cada persona abre su mar a la vez. En España morirían a razón de decenas por minuto. Aquí aún no he visto ni un roce.
El tipo acepta y negociamos precio con las mototaxis. Me despide, acojonado y agarrado casi arrancándo un apéndice de la moto, con un "good luck". Le correspondo. Aquello ocurrió en esa ciudad del delta del Mekong. Ayer fue en esta megalópolis de más de seis millones de almas y cuyas arterias se estancan ante la invasión de miles de bichos de dos ruedas. El tipo que me llevaba a punto estuvo de perderme: se metía por las aceras, zigzagueaba con habilidad de reptil. Yo llevaba la mochila a la espalda mientras él fabricaba el espacio.
El conductor se desprende de mí en Pham Ngu Lao y me dirijo al lugar donde previamente Mari Cruz y Quique, ya en España, me habían recomendado. Me ofrecen un amable café, que aunque está un poco encharcado, lo ventilo rápidamente. Me enseñan una habitación y cerramos precio. Salgo a tomar algo con un inglés con quien trabé conversación entre rollitos de primavera y sopa con noodles. Conocemos, por el camino, a un belga que se hospeda en este mismo lugar. Tras tres horas en el Bufalo bar, me devuelvo a mi habitación mientras ellos se van a otro sitio. Esta noche hemos quedado para salir.
Con el cielo ya renovado pero las carreteras inundadas por la impresionante tromba de agua que ha caído, camino por la mitad de la calle, entre dos aguas, esgrimiéndo una sonrisa un tanto pícara sin más razón que la de la situación. Poco después subo los seis pisos que llevan a mi habitación y abro el libro que había cogido abajo, en la recepción, en el depósito de intercambio que los viajeros van dejando. Alba Cromm. Lo empiezo cuando escucho tímidos sonidos (espero que no sean más salamandras: mi chancla ayer aplastó a dos), y finalmente descubro que es el aparato de aire acondicionado, que gotea. Tengo ganas de escribir y no encuentro un bolígrafo, pero bajo a recepción a pedir uno. Regreso.
Cinco horas después los gallos me molestan con sus onomatopeyas y el amanecer con su luz. Me he devorado las 260 páginas del tirón de un libro que me ha encanto (el autor, Vicente Luis Mora, es director del Cervantes de Albuquerque). Pura intriga, suspense que me desconcierta. Y me hace pensar en la sociedad contemporánea de miedo y persecución, de abusos y cada día menor libertad.
Son las cinco de la mañana y me apetece volver a España.
El agobio no cesa. Al del calor del ambiente se le suma el de la gente, el de los engañabobos, los avispados que despistan al despistado, los de los mototaxis que primero te dicen 100.000 y acabas yendo por 20.000 con la mochila a cuestas y zigzagueando por las calles de Can Tho.
Total, que llego a la estación después de despedirme de Mari Cruz y Quique, mis queridos compañeros de viaje, y el boleto me recuerda que tengo asiento asignado. Y que el autobús tiene aire acondicionado, aunque luego compruebo que es una especie de vapor de agua (serán mis delirios). No es extraño que uno se alegre de que el autobús tenga esas comodidades. El que en tu billete, quien los vende haya escrito un número difuso que se asemeja a un dos, es todo un triunfo. Significa que es una autobús mínimamente serio, que tiene un horario y paradas establecidass, que llega a una hora predeterminada.
Unos días antes, llegamos a Can Tho desde Saigón, ahora llamada Ho Chi Min City. El autobús, o llámase microbús, o mejor aún, furgoneta, es de esos trastos que te ponen la música a toda pastilla (en este no había karaoke), te malsientas donde puedes y la gente fuma adentro, sube bolsas de los olores más insoportables que uno imagina. Y lo más desesperante: el tipo decide arrancar cuando el bus se llena. Esta vez no esperamos más de 45 minutos. Tuvimos suerte. Recuerdo un viaje en una furgoneta de este tipo que me llevaba desde Mbabane hasta Maputo, que estuve más de tres horas esperando sentado como un imbécil.
En las estaciones de tren de Vietnam te rondan los taxistas y te los tienes que sacudir; en los puertos te invaden las vendedoras de agua y patatas; en las estaciones de autobús, que es el trasnporte más común entre los vietnamitas, cuando el autobús (o furgoneta) está entrando, rodean los conductores de mototaxis el vehículo y echan a correr como si de escoltas se tratara. Cuando bajas, te rodean y te bombardean. Así se ganban la vida. Es el medio de transporte más accesible, más democrático y universal entre los ciudadanos dados los bajos precios.
Entre esas aventuras regateo al tipo que pretende llevarme al puerto, que finalmente me cobra cinco veces menos, y me suelta en una oficina de venta de billetes de barco. Pregunto y me cobran 15 dólares. Le digo: “Espera, voy a comprobar precios”. Hay muchos barcos que parten hacia Phu Quoc. Recorro unas cuantas oficinas y el precio es exactamnte el mismo en todos los sitios. Lo compré en una de las compañías que nombra la Lonely Planet, la biblia de esta aventura.
Esa desconfianza es la espada que hay que blandir en muchos países, incluido éste. Sino, seguramente, te descalcen en cualquier lugar que pises: hoteles, taxis, puestos callejeros, tiendas. En cualquier lugar, en cualquier momento. Agota regatear a todas horas. Y a veces uno se pregunta si pagan justos por pecadores, si no ofreces lo suficiente a costa de haber pagado demasiado en otro sitio. Pero al fin, uno recaba recuerdos y concluye: “Si no lo vale no te lo dan. Ellos no van a perder”.
En media hora embarco hacia la isla de Phu Quoc. Es una especie de isla salvaje en el Golfo de Tailandia que, de momento, el turismo no ha robado su encanto. Apenas hay asfalto, sino un polvillo rojo, y apenas está urbanizada un pedazo de la costa oeste. Es un contraste con lo vivido hasta ahora, con los impresionantes, abarratados y soñolientos mercados flotantes. Pero, imagino, será igual de gratificante.
Los trenes se van, las estaciones se quedan. El agua se agita, las islas aguantan. La nubes desaparecen, el cielo no. Los coches se queman, el asfalto quema. Los poemas se sienten, la gente no siente. Los niños crecen, los viejos decrecen. El mundo gira, las personas dejan de girar. Yo me voy. Y tú no estás.
Envueltos en unos sacos de seda, de esos que se compran por dos dólares en cualquier tienda callejera de Vietnam y 50 euros en algún negocio de Santander, medio dormimos en un tren que nos puso en poco más de cinco horas en Dieu Trieu. Eran ya casi las cinco de la mañana y Allí, a pesar de la hora, el trajín era considerable: apostados alrededor de las vías docenas de tiendecitas rogaban la atención de los viajeros. A nosotros, extranjeros, al contrario que en cualquier lugar con un mínimo de tradición turística, no nos hacían ni caso. Para qué, ni siquiera sabían decir una palabra en inglés.
Al pasar la puerta de la estación de tren, los taxistas, ávidos de trabajo, revoloteaban como lo hacen las abejas alrededor de la miel. Nuestro destino era Quy Nhon, donde estamos ahora, y esto está a un puñado de kilómetros. Finalmente, tras regatear al taxista, hacer el amago de irnos y llegar a un acuerdo, llegamos, para ser testigos de una realidad en forma de postal: el sol se levantaba por el mar, mientras las palmeras del paseo se estampaban en ese cielo rojizo que lucha por dominar. A los pies de las palmeras, decenas, cientos de personas haciendo tai chi.
Veníamos de Hoi An, uno de los pueblos con más encanto que estos ojos han presenciado. Al margen de lo variado, exquisita y económica comida -ayer cenamos tres personas hasta casi estallar por menos de 200.000 dongs, menos de 8 euros-, pasearse por las márgenes del río o perderse por el mercado que venden lo que quieras, Hoi An guarda bastante historia. Porque aquí las sucesivas guerras de este siglo no arrasaron la ciudad; así se mezclan las casas coloniales francesas con edificios históricos de hace tres siglos. Cenar al filo del agua, con los farolillos rojos reflejándose en el agua, es digno de cualquier sueño.
A pesar de ser una ciudad no muy poblada, existen 500 sastres que materializan tus deseos en 24 horas a precios de risa. Nosotros nos dejamos tomar las medidas para después encargar, con las telas que quisimos y los caprichos que dispusimos, algo de ropa. Creo que podremos presumir de tener abrigos únicos, porque los hicimos al gusto. Nadie en este mundo llevará la misma ropa que nosotros. Y todo a precios de ganga.
En cualquier sitio de Vietnam, ni que decir tiene la capital, se puede comprar la misma ropa que compramos en España por precios de risa. De escándalo, que dice El Corte Inglés. Pero aquí el escándalo es de verdad, y aún así ganan dinero. Uno se da cuenta, estando aquí y paseándose por alguna tienda, que en esos mundos de Dios que llamamos desarrollados o avanzados, nos engañan demasiado. Se quedan con nosotros.
Veamos: por un abrigo hecho a medida con las mejores telas que tú eliges, con las mejores lanas y estampados a capricho, hemos pagado 40 dólares. Perfectamente Gucci podría poner su etiqueta y cascarte 400 euros -¿o quién creéis que fabrica para esas marcas?- Ya le gustaría a marcas más modestas pero que lo vende a precios no tan altos obsequiar con esa calidad.
Algo ya de marca, como es una mochila grande (North Face) que en España no pagas menos de 140 euros -la misma, la que luego por llevarla a España se multiplica el precio por 10- la conseguimos por 15 dólares.
En Oklahoma empecé a leer -es cierto, con premeditación- la obra maestra de Steinbeck, Las uvas de la ira. Aquí, en Vietnam, por puro azar, por una maldita coincidencia, en mis manos ha caído Patas arriba. La escuela del mundo al revés, un libro que aunque con dosis concentradas de opinión, quizá de prejuicios, da cuenta de la perversa realidad, de los mundos en desarrollo -víctimas de la globalización- y todas esas características que esbozan a los habitantes del Planeta Tierra -corrupción, maldición, banqueros, sinvergüenzas varios y demás cómplices-.
Arrastrándose por estas tierras alargadas las conciencia trabaja, porque hemos sido educados en un mundo superior, ignorando que esta gente ya tenía universidad cuando en España aún no se había empezado a quemar a la gente por pensar de manera diferente.
Pdta.: para los interesados, los tres jinetes cabalgamos hacia el sur con las herraduras intactas. Sin problemas. Un abrazo.
Mientras el viejo tren de la Reunification Express avanzaba por su sendero de hierro, tres jóvenes de edad diferente y de sueños variados poníamos en común miles de palabras. Luego, cuando se consumía la noche y comimos no más que unas frutas desabridas, compartimos los respectivos libros que llevábamos. Quique cayó pronto; Mari Cruz devoró 170 páginas de su Dolor de la guerra; yo aguanté un poco más y le di un buen bocado a Galeano, que le arranqué casi 180 a la luz de una leve luz azul y envuelto en el traqueteo incesante del vagón.
Los trenes viejos, de maderas nobles que un día tuvieron algo que decir, tienen ese misterio romántico y nómada que conviene –mucho más a estas edades- experimentar. Era el caso de este viaje de olor añejo que atravesaba toda la madrugada y nos lanzaba, como de un vómito placentero, a Hue, capital del país durante siglo y medio, hasta que cayera la dinastía Nguyen y empezara el caramelo francés y americano.
Y así, descenciendo entre campos del sudeste asiático, entre milenios de historia desconocida en lo que llaman el mundo desarrollado y un abrigo de sudor, la imaginación se funde con los deseos para fabricar una realidad futura. Hay lugares que facilitan esa tarea; también hay situaciones que alivian el bochorno de la rutina. Un viaje así, saltando de unas incertidumbres a otras, hace de comodidad relativa para unir esas dos materias. Henry David Thoreau se largó a la laguna Walden dos años: allí no dejó de leer a los clásicos, a escribir y a contemplar la belleza natural. Era capaz de describir su relación con un somormujo como si fuera una amante; relataba cada elemento de su alrededor con tal pasión literaria que a uno le da vergüenza escribir. Recientemente descrubrí a otro bohemio, Matsuo Bashô, quien caminó por todo Japón y que cuando pudo fugarse al campo lo hizo para escribir y reflexionar.Y en sus haiku, poemas breves de tres versos, aprisionaba toda la furia que pocos consiguen concentrar en todo el papel del mundo.
Hay quien encuentra el placer entre el murmullo de la gente, quienes lo buscan en la más estricta soledad: pero la mayoría de personas no lo plantea, sino que directamente pasa por los días con la misma naturaliad que se arranca una hoja del calendario. Por eso, Galeano recurre a un mito en Colombia para enseñarnos a vivir: hay una historia en la que se dice que al infierno van de cabeza quienes no han vivido con pasión. Hay aque apurar cada trago de vida como si fuera la última gota de agua a las puertas del desierto.
Estas oportunas reflexiones se hace uno cuando el reloj despistó hace horas al sueño y el amanecer se acerca con su habitual traje de luces. Y cuando en un extraño pueblo de Vietnam no se escucha más que un ventilador en la pared y el eco de estas palabras, que de manera machacona viven en mi mente. Hallar fuera de esos pensamientos una forma de vida sería un descubrimiento, aunque a día de hoy no conozca, ni siquiera en el mundo ficticio, una manera más realista de soñar. Cada segundo de existencia quizá viole la, para muchos, inquebrantable realidad. Pero es que a veces olvidamos que esa realidad es aquello que queremos vivir. En España o en Vietnam, las reglas son las mismas y los deseos solo varían lo que me separa ahora de mi hogar: las ganas de aprender a vivir.
Vuelve el calor a derretir todo cuando rodea, vuelve la humedad a debilitar a cualquiera mientras los litros de "bia hoi", una fresca cerveza vietnamita, caen sin compasión. Teniendo en cuenta que la jarra, que solo se beben en puestos callejeros, cuesta 4.000 dongs (unos 17 céntimos de euro) y aquí se suda descontroladamente, tampoco la conciencia tiene que aguantar mucho.
El día de hoy tuvo unas cuentas horas de viaje para regresar a Hanoi. Pensábamos que la brutal humedad de estos días era propia de lugares más cercanos al mar, pero nuestras teorías poco tienen que decir ante esta horneada realidad. Si Hanoi mantiene aún esa esencia oriental de larga tradición, la bahía de Halong no ha resistido los embates del turismo masivo: sus aguas están repletas de barcos que pasan el día y la noche con, como dice Quique, hordas de turistas. No es que acabe con el encanto de ese lugar, pero si le resta mucha autenticidad. Aún así, esa maravilla natural es necesaria.
Tras un par de meses por lugares tan extremadamente diferentes la mezcla de sensaciones conviene reposarlas y asumirla: para que deje poso, para que la conciencia se relaje, para ajustar cuentas con las realidades, a veces espantosas, a veces irónicas, otras ni se sabe; porque antes de volver a partir es necesario hacer cosas que la vida del viajero no permite. De leer aquello que dejamos medioempezad, de retomar aquellos estudios que dejamos colgados, de disfrutar con personas, con noches con aroma a café y poder respirar tranquilidad que permita escribir sobre algo más estricto que lo que aquí tecleo, que aunque alimenta la imagiación, aún no está digerido para materializarlo en letras.
Por lo pronto, mañana cogemos un tren nocturno a Hue. Supongo que, si tengo internet a mano, siga escribiendo algo. Si os apetece, en estsos oscuros territorios nos encontraremos.
Este camino ya nadie lo recorre salvo el crepúsculo.
Matsuo Bashô
No es el pueblo vietnamita especialmente agradable con el extranjero. Hay algo en su composición que les niega echarte una sonrisa o simplemente devolverte un saludo o un gracias. A saber... Pero mientras sus caras a veces congeladas se mantienen así, como petrificadas, a alguno, de vez en cuando, le da por ser amable. Pero aquí no es demasiado común.
Esa era una de las conversaciones que ayer, hasta las tres de la mañana, tuve con Mari Cruz en la cubierta del barco en el que dormimos en mitad de la Bahía de Halong. A algo más de 150 kilómetros de Hanoi, este paraíso dibujado por algún sueño loco, guarda lo más descabellado y encantador de lo místico. Sus 3.000 islas parecen talladas por el deseo del más soñador de los poestas. Sin embargo, los vietnamitas lo atribuyen a una leyenda. Y el dragón protagonista de ésta, dicen, sigue habitando las aguas. Pero de momento, a pesar de que ayer nos estuvimos zambuyendo en mitad de la bahía, no hemos hayado sospechas de su existencia.
Los atardeceres en esta belleza natural, reservado al lugar más sagrado de los placeres, supongo que tenga escasos rivales en todo el mundo. Clavar o barrer con la mirada el reflejo del sol anaranjado en las mansas aguas, mientras una pequeña barca pesquera interrumpe con un motor sonoro, que parece que se ahoga, que retumba en medio de la paz; esperar a que la oscuridad oculte el peñón más cercano y en el cielo empiecen a arder estrellas por miles. Porque aquí no llega ni el murmullo del trajín que se respira en las ciudades, ni por asomo se imagina que las nubes de humo de Hanoi existen: tan solo paz y naturaleza.
Acariciando ya finales de agosto, el chapuzón de hoy fue, cómo no, inevitable. En una pequeña isla cercana a Cat Ba, desde donde ahora aporreo el teclado y me derrito a pesar de que la noche cayó hace horas, fue casi con total seguridad la mayor de las dosis de placer diario. La humedad es agotadora, derrite. Qué mejores razones para no salir del agua que el calor.
Poco a poco pisamos territorio vietnamita y nos mezclamos con locales. Mañana regresamos a Hanoi para pasar la fiesta nacional de independencia allí; después, el miércoles noche bajaremos en tren hasta Hue, antigüa capital imperial. Aún aguardan semanas de viaje por estas tierras. Algo contaremos desde un país demasiado diferente, enriquecedor, variado y apasionado como para no mantener al filo de los sentidos cada sensación, cada aroma, cada capricho de la imaginación.
Las calles de Hanoi son todo lo contrario a lo que concebimos en el mundo occidental: una humedad asfixiante, miles, millones de motos rebosando las calles, mucha locura, restaurantes callejeros, variedad insospechada de olores, tiendas de ataudes al lado del mercado de frutas... Y aquí, tres cántabros recorriendo la capital de Vietnam, pisando un país con bastantes tintes democráticos -el que yo pueda escribir en este blog tiene algo que ver....- y casi muriendo de risa a cada paso.
Los dos días que llevamos en el antigüo Vietnam del Norte se han estirado mucho, y aunque volveremos en tres días y más adelante, en alrededor de dos semanas, una ciudad como ésta agota. Es un bullicio que mata, que agota. De ahí que ya mañana nos retiremos por tres días al remanso que la naturaleza creó en Halong. Después de eso, regresaremos a Hanoi un par de días para vivir aquí el día de la independencia, que es el dos de septiembre. Después iremos bajando hasta Saigón poco a poco.
Una reflexión inevitable es la de pensar por qué en España, incluso en Europa, no existen héroes nacionales como en infinidad de países. Aquí en Vietnam, Ho Chi Min es un tipo venerado y lugar de peregrinación de vietnamitas. No hay más que darse un garbeo por su mausoleo, un imponente edificio de mármol que va incluso en contra de la voluntad de éste, quién dijo que quería ser incinerado, para apreciar el amor a la patria, a la historia y al espíritu de un país que ya tenía su Universidad (siglo XI) mucho antes de que se creara en Palencia, Alcalá de Henares o en Salamanca; donde sus templos y pagodas, más quizás las primeras que las segundas destellan sabiduría, y que su complejidad religiosa (tienen una especie de triple religión conjunta) resulta súmamente aleccionadora. Confunfio aquí tiene mucha cabida, y esa corriente filosófica se nota. Estados Unidos tiene su Lincoln, Venezuela su Bolivar, Uruguay su Artigas y Zimbabue tuvo a su hoy tirano Mugabe. España, tan acostumbrada ella al complejo, tiene tímidamente a Daoíz y Velarde, venerados a pequeñita escala por cuatro enterados. ¡Cómo imaginar un lugar sagrado para nuestros héroes nacionales! Eso, diría algún resabido, es fascismo, aunque entonces no existiera aún el concepto...
Vietnam ha pasado de ser un país comunista a una república socialista. Pero es imposible que un país que no puede borrar la huella de un pasado reciente macabro se desprenda de las consideraciones izquierdistas. No es difícil dar dos pasos sin inmutarse de que estás en una nación que lleva ese collar. Como tampoco es difícil comprobar que es un estado cañero, que emite una publicidad propia de un mecanismo así: la prensa no es libre, afiliarse al Partido Comunista da muchas ventajas... Dicen que aquí no hay censura, sino autocensura.
Los visitantes creo que se van contentos de un Estado como éste. Pero sobre todo la mayor de las ventajas es que aún se puede disfrutar de un lugar al que el turismo internacional no ha acabado de aterriozar con todo su armamento. Y eso se agradece, pues ver occidentales por las calles de Hanoi no es la norma. Quizá todavía sea pronto para juzgar, pero hasta hoy hay que cruzar los dedos para que esta tendencia genuina se mantenga.
El tenue sol que quedaba en San Diego auguraba una noche especial, de esas que obligan a desplegar recuerdos en tromba, sin compasión. Qué mejor lugar para remotar tal comeetido que una madrugada en el sur de California, donde ni hace calor ni las playas tienen nada que envidiar. Si además, ese trabajo de surcar el pasado tiene lugar en la ciudad vieja de un sitio que lleva por nombre mi santo tocayo, se dobla el interés. No por la coincidencia del nombre, si no por ser el lugar que más me ha gustado de lo que conozco de los Estados Unidos, al menos en un primer barrido con la mirada.
Recorriendo los últimos confines de estos territorios, uno comprueba que el tiempo fluctúa más que el precio de la gasolina, que sube o baja hasta un dólar dependiendo del lugar. Se pasa del aire abrasador de los desiertos de Utah y Nevada al frío helador de San Francisco, al clima templado de Nuevo México, al tímido calor de Los Ángeles. Por no hablar del escalonado cambio de paisaje de este a oeste, donde se pasa del más frío de los colores al más cálido en tres estados, de las fértiles llanuras a los kilométricos horizontes de polvo.
Cómo no guerdar en un sitio privilegiado de la memoria esa noche inolvidable en Las Vegas, o esa tarde especial en el Gran Cañón del Colorado. O aquel tipo que iba de duro en el desierto del Death Vallet, cuando nos pusimos a tomarnos unas cervezas bajo la sombra de un árbol en una zona que ponía “prohibido el paso a vehículos no autorizados”, y vino el Ranger con tono chulesco y creyó chuleranos, y nos reímos y mi tío soltó: “John Wayne”. Claro que nos descojonábamos del Ranger y de su dureza barata, y del cielo cuando se derrumbaba encima de nosotros y nos ofrecía toda la electricidad del mundo, pero era incapaz de detenernos. O de esos locos en las gasolineras y en las carreteras.
Nos ha golpeado en la cara el aire de 10 estados: Illinois, Missouri, Oklahoma, Kansas, Nuevo México, Arizona, Utah, Nevada, Arizona y California. A falta de 150, quizá 200, hemos cubierto ya 4.500 millas. Hemos probado las americanadas más ridículas y hemos soltado carcajadas por miles...
Como todas las historias, ésta también se consume. Y ya en el sur de este país y de este viaje, a punto de volar otras tantas millas, de recoger lo nuestro, entre esa sombra de tristeza que cubre todo final, lo único que podemos hacer es apurar los días y todas las cervezas en las barras de California.
El próximo destino, Los Ángeles, será puro trámite para saltar a España, descansar una semana y saltar a Vietnam. Si allí no me convierto, poco faltará. Qué será, que voy detrás de las sonrisas, y en el sudeste asiático abundan. Todo son sonrisas. Sonrisas, sonrisas, sonrisas. Con algo más de frecuencia que esta vez (la condición de viaje me ha impedido acceder a internet) espero contar historieras desde aquel continente.
Life is old there.
Older than the trees,
younger than the mountains
growin´ like a breeze.
Country Roads, John Denver
Santa Fe mantiene el aire colonial hispano, y esa tradición es exactamente la que rezuma la ciudad que este año cumple su 400 aniversario. A pocos kilómetros de Albuquerque, esta villa es la meca del turismo rico. Tiene su encanto, aunque su cara sombría son los precios, que se elevan más arriba de las nubes. En la cabeza de uno, estando en Nuevo México, es inevitable no tener siempre presente a Ángel González, quien fue profesor de la universidad de este Estado.
Tras un par de noches en un hotel cercano al centro, ponemos rumbo a Gallup, ya en Arizona, aunque finalmente avanzamos algo más y llegamos hasta Holbrook. El límite entre Nuevo México y Arizona es sorprendente. Esos son las tierras de las películas del Oeste, donde parece que de un momento a otro los indios van a acribillarte. Es exactamente igual. Si además se le añaden los interminables trenes de mercancías que surcan estos viejos y quemados territorios, la fotografía es idéntica.
Sin embargo, algo inusual sucede estos días, pues el cielo se viene abajo. Estas tierras desérticas donde los armadillos y los coyotes comparten espacio, están arrasadas por las temperaturas infernales. Pero los nubarrones que estallan e inundan la carretera y nos golpea la cara es algo poco habitual. Cuando aquí relampaguea, el cielo se parte en mil trozos. El horizonte se ilumina y es tan lejano que no se escucha ni el estruendo. Pero vomita el cielo mares y la incomodidad para avanzar millas se vuelve inmensa. Aunque cierto es que a veces desafiamos a la naturaleza y, sin usar ni una parte de la razón, nos lanzamos bajo unas cortinas de agua impresionantes.
Las nubes en estas zonas parecen de algodón y se ven en 3D. Es algo que no he visto nunca. Aquí, en la América profunda, en realidad se ven cosas desconocidas. Cómo imaginar que esta gente es amabilísima, que te acoge y te da conversación en cualquier bar, en cualquier gasolinera, en cualquier Motel.
Seguimos comiendo terreno y avanzando hacia donde el sol se esconde. Si las inclemencias asalvajadas lo permiten, mañana alcanzaremos el cañón del Colorado, antesala para pasearnos por Las Vegas.
Según la tradición judeo-cristiana Dios descansó el séptimo día al crear el mundo. Según Bruce Springsteen, el quinto, sexto y séptimo día, Dios se dedicó a dar vueltas con su novia en un Cadillac. Naturalmente, recorriendo estas tierras, uno se da cuenta de que el Boss está en lo cierto. Dejando en el este los estados de Illinois, Missouri, Oklahoma y Texas, donde los Cadillacs, las Harleys y todo lo monumental, y toda la locura tienen cabida, es f'acil comprobarlo.
Pasada ya la línea de Missouri y cayendo la tarde, unos nubarrones del color del petróleo avanzaban junto a nosotros. En la tierra de Oklahoma los tornados son muy pintorescos y habituales, pero la cosa no fue a más al menos encima de nosotros: algo de viento fuerte y lluvia bastante abundante. Si los dos estados anteriores a este los campos son los que dominan el paisaje, Oklahoma sigue en esa línea, aunque ya la tierra se vuelve rojiza y empiezan a aparecer esos ranchos que ya en Texas se vuelven kilométricos. Y qué mejor lugar para empezar a leerse Las Uvas de la ira que aquí.
Ya en Texas, hicimos noche en Amarillo, una ciudad totalmente deshumanizada en su centro, como en casi todos los Estados Unidos, y sin nada especial que señalar más que los americanos en bruto. Hay un megarestaurante en el que si te acabas el chuletón de 70 onzas, no lo tienes que pagar. Tienes una hora para hacerlo… Aunque no imagino cómo hay gente que lo termina, pues yo me zampé uno de 16 y quedé como un señor.
Aún con el estómago caliente, a la mañana siguiente seguimos dirección Santa Fé, Nuevo México, desde donde tecleo. En busca de uno de esos pueblos fantasma, nos perdimos por un rancho, donde un trabajador nos invitó a unas cervezas y nos enseñó la casa de los dueños, la familia Smith. Uno se asomaba por la parte de atrás de la casa y Toc, que es como se llamaba el vaquero, nos enseñaba hasta dónde llegaban las tierras del rancho. La vista no alcanzaría a verlo si no fuera porque lo delimitaban unas lejanas colinas.
El recorrido por el corazón de América es toda una aventura. Se atraviesa
n pueblos abandonados que en su día fueron esplendorosos. La ruta 66 no es más que testimonial, pero en la Gran Depresión y hasta los años 70 ese fue el camino de miles de personas que emigraban en busca de un futuro mejor. Se ven las gasolineras cochambrosas y salones de maderas desvencijados, restaurantes a medio caer. Apenas existe vida en los pueblos.
Entre tanto, cinco cántabros que abundan en la vida y en la carretera, entre tormentas a media tarde e historias, y Moteles, y carteles luminosos que dan vida a nuestras vidas.
En este pueblecito de Missouri, llamado Joplin, hemos llegado después de mil millas atravesando Illinois y gran parte de este estado, y las impresiones que uno introduce en su fuero interno son variadas. No es que la naturaleza de esta aventura sea excesivamente loca, que tiene parte de ello, pues atravesar Estados Unidos de costa a costa tiene su punto de delirio. Pero apenas llevamos recorridos un par de estados y esto promete.
En primer lugar, Illinois, cuya capital es uno de los miles de Springfield que hay en esta país, es como la palma de una mano y verde como si los inviernos estuvieran pasados por agua (que algo de eso debe de ser). Lanzarse a 80 millas por hora entre maizales y campos inmensos de soja tiene su encanto, más si te persigue el sheriff al más puro estilo americano, pues el límite era 55. - ¿No veis que os vengo siguiendo desde hace unas millas?, nos dice. – Lo sentimos, pero no le habíamos visto. Entonces nos pide la documentación de la moto, el carné de conducir y en un gesto de perdonar la vida y tras pensarlo, nos despide con un amable “take care, guys”, antes de advertirnos que esto no es la jungla y que hay normas.
Claro que no es la maldita jungla, a pesar de que sí se respira libertad. Cada estado es muy independiente y, como actualmente se está evidenciando con los problemas de inmigración de Arizona, los Estados y el poder central se pisan las competencias. Pero sobre todo aquí se respira libertad absoluta. La tierra simboliza tal sentimiento, los cementerios inmenos en campos preciosos que ya quisieran los barrios lujosos de España, las rectas kilométricas que se confunden con el sol que se pone en un horizonte alcanzable que se esfuma por Rolla, ya en el estado de Missouri, el puzzle de puentes, carreteras y caminos que se enredan en los alrededores de St. Louis, una ciudad que ve cómo se unen los ríos Missisipi y Misouri... Aquí todo es así. Como si el mundo estuviera borracho.
Como también absolutamente todo es inmenso, desde la ignorancia hasta las barrigas, pasando por los coches, la comida y las lluvias torrenciales como la que nos cayó esta tarde cuando nos lanzábamos por la 66 en dirección a Tulsa. Las religiones son un tema aparte... Tanta rama del cristinianismo vuelve loco a cualquiera. Aunque son mayoría los católicos, los baptistas son los segundos. Y se ven sus iglesias ultramodernas salpicando las eternas carreteras, anunciadas con carteles luminosos y con ¡cruces de neón! También se ven, junto con las señales de Moteles, inscripciones del tipo “Jesus is the answer”. Fucking men.
Avanzando hacia el oeste, y eso que nos quedan aún miles de kilómetros, este territorio se vuelve más salvaje, aunque aún es pronto para hacer un balance definitivo. Qué pasará cuando lleguemos a Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona... Pero los modales son exquisitos, y eso es un ejemplo. Aunque esta gente no tenga ni la más remota idea de dónde está España –piensan que está en Sudamérica e incluso te lo debaten- tienen una educación y amabilidad soreprendente. Aún hay nostálgicos de la carretera, viejecitas amables y rudas que de desean un “safe trip”. Esto es América, la tierra que siempre sorprende.
Son demadiasas cosas que contar como para condensarlas, y son sensaciones demasiado enrevesadas como para traducirlas a prosa común. Otro lenguaje seguramente estaría lejos de mi alcance. Y ni siquiera conozco ese lenguaje.
Poco a poco avanzamos por estas tierras verdes, de aquí en adelante rojizas, amarillas y desérticas, conociendo a gente auténticamente pirada y pisando los lugares que uno siempre soñó. This is America, guys. This is crazy America.
Lo que se ha consumido ya de este mes es materia suficiente para saciar muchos intereses. En realidad, con la ingesta de información y de vivencias, esto raya la sobredosis, la saturación. No únicamente por las entrevistas, encuentros y charlas con civiles israelíes y palestinos, sino por las constantes evidencias de la ocupación en los Territorios.
En dos días abandono estos lugares del mundo, paro un par de días en el viejo continente, y arranco para América. Desde allí contaré alguna "sensación americana". Creo que más de 5.000 kilómetros por tierra merecen alguna explicación.
...y sentía una desconfianza impropia de su edad hacia todo lo que resultara trivial, fácil o vulgar.
– F.S. Fitzgerald, en Suave es la noche
En unos extraños momentos más propicios a buscar cobijo que andar deambulando, me devoró cierta curiosidad. Pasto de unas insaciables ansias por retener en la memoria cuanto más mejor, enfilé la calle principal que me condujo a la fuente de Al-manara. Allí, en pleno mediodía, en el corazón de la semana, se observa como hierven las calles de Ramallah. Me colé en el mercado de verduras y me pitaban los oídos de tanto ruido, de tanto trajín propio de estas culturas. Aunque el tráfico es lentísimo, no tiene nada que ver con lo que ocurrió la noche del sábado. Regresábamos de la playa de Tel Aviv y en el check point de Qalandia, a las puertas de la capital de la AP, hubo que esperar casi dos horas. Cisjordania o West Bank está rodeada por un muro. No solamente Gaza vive en una prisión. Aquí los palestinos sólo pueden salir si tienen permisos especiales. Aún cuando tienes permiso o eres internacional, el chequeo muchas veces es exhaustivo: los militares piden pasaportes, registran y hacen preguntas. Lo más sangrante sucede en ciudades como Qalqilia, que está estrangulada por el muro. Son estrategias israelíes, que comen territorio palestino más allá de las líneas verdes, que son las fronteras que se acordaron después de la primera guerra árabe-israelí. Pero el estado judío ha construido el muro más adentro de esas líneas, robando a los Territorios cerca de un 10% de su tierra y separando, dentro de Palestina, a más de 10.000 personas. En alguna áreas, se han introducido hasta 22 kilómetros. Resulta que son zonas estratégicas por su fuentes de riqueza. En Belén, cuna de Jesucristo y monumento al negocio -después de la ciudad vieja de Jerusalem- el muro también hace estragos. Y no sólo estéticamente. A las personas se les amputa su derecho a moverse dentro de su espacio vital. Israel alega así que los terroristas no pueden pasar a Israel y volarse por los aires con los que se encuentren por su camino. Son demasiadas sensaciones las que a uno le surgen. Y la incomprensión se queda muy huérfana. Desolada la razón ante tanto absurdo, tanta inventiva afilada a base silencio. Aquí, en esta zona que dicen que es un polvorín, reina la tranquilidad la paz… El muro rebosa pintadas de libertad, de lucha, pero eso no nada importa. Las peleas son desproporcionadas. Y la maldita realidad es que los israelíes, al margen de consideraciones, reclaman estas tierras porque hace 3.000 años existieron las dinastías de Salomón y David… Todo se reduce a una historia que en manos de estos fanáticos resulta peligrosísima, pues consideran a su libro sagrado por encima de la ley civil. Si además, uno se da una vuelta por aquí y ve como a los palestinos les derriban las casas, les roban el agua, les usurpan territorio, les masacran, les niegan la movilidad y aún nadie dice ni hace nada; hablas con palestinos y su discurso es razonable, sus exigencias –aunque Arafat rechazara alguna oferta tentativa- flexibles y su única reivindicación, más allá de banderas y territorio, son derechos civiles y humanos (es la posición de la Oficina de Negociaciones de la OLP), entonces se da cuenta de que Israel es el perfecto canalla que siempre sale impune. Imagen que se agiganta al escuchar a los políticos israelíes, derechizados hasta el infierno y bastante repugnantes. El silencio y la complicidad del mundo entero provocan esto. Europa condena pero no actúa y Estados Unidos, que hace de vedette de ceremonias, tan sólo pone la cara pero nunca se ha logrado nunca. Se sigue permitiendo que se lapide cada derecho de cada palestino, que la mitad de la población se halle bajo el estatus de refugiado. Israel se niega a absorber a refugiados, que suman más de cuatro millones. Por estas cosas y un millón más a veces a uno no le interesa lo más mínimo el fútbol, porque hay más cosas en las que pensar. Y porque como a Rosemary, la joven actriz de la novela de Fitzgerald, no me interesa lo superficial.
Mientras ayer el 90% de los españoles escupía furia y sudaba orgullo, las tres cuartas partes de la población palestina sobrevivió, un día más, con menos de dos euros Aquí también vieron el fútbol y animaron a la selección más que en ningún lugar. Y son capaces de unirse a un equipo y sentirelo como propio, con la única diferencia que son una nación sin estado y que al día siguiente tendrán que trampear las duras condiciones de vida. En pocos lugares está tan jus¡tificado adherirse a un equipo para distraerse, para ser felices con actos de otros y fabricar emociones previas, que en esta inhóspita manta de polvo y piedras.
Al mediodía de ayer, mientras España entera supongo que contuviera el aliento y preparara sus ánimos para "su día D", en el centro de rehabilitación mental de Jenin, al norte de los Territorios, más de un corazón se estremecía. En los dos rostros de un matrimonio, él más joven que ella, ella más apuesta que él aunque cubierta entera por su condición religiosa, tenían los ojos más tristes que he visto nunca.
Lo malo que tienen los ojos de las personas es que pueden ver todo menos su mirada, y a veces no son conscientes de la tristeza que emanan. Quizá sea la capacidad de adaptación del ser humano la que así lo dispuso para que la gente pudiera seguir viviendo a pesar de las desgracias. En una fría sala del centro, con paredes espantosas y dos camillas, sus dos hijas estaban en manos de dos terapeutas. Ellos les agarraban las manos, como transmitiéndoles fuerza. El padre le limpiaba la baba a la pobre niña, que se le caía cuando uno de los voluntarios de la media luna roja le levantaba los brazos; la madre, al lado de la otra camilla, miraba a no sé dónde, con ojos perdidos.
Después de aquello, en las dependencias de la mezquita del pueblo, nos prepararon algo para tomar. Lo mismo que hoy, y que ayer, y que todos los días. Aunque son las costumbres anfitrionas las de tratar bien al invitado, hay algo que no me acaba de encajar, y es la sensación de que creen que eres alguien. Porque te ven de algún país desarrollado y te quieren y tratan bien. Los niños te abrazan y te ven como muy lejano, a años luz. Cuando entonces te confundes con ellos y quieres ser uno más, tomas el protagonismo y les haces felices. Con qué poco se conforman, con pedirte tu correo electrónico, con ofrecerte Coca-Cola, con qué les dediques un minuto o compartas foto con ellos.
No puedo parar de imaginar que mientras ayer millones de personas en países desarrollados se emborrachaban porque un equipo de fútbol, que al fin y al cabo ni les de da de comer ni les arregla sus asuntos personales, ganaba, otros tantos millones de personas, en todos los continentes del mundo, se conformaban con una sonrisa. Son capaces de transformarlas en alimentos para tirar un día más.
Brincar de una desgracia a otra no es fácil, aunque uno ya amolda la conciencia. Digamos que es el mismo perro con distinto collar. En la pequeña aldea de Ajua, a más de 220 metros bajo el nivel del mar, a una docena de kilómetros de Jericó, el odio les llevó el agua; el odio y 80 pozos que construyeron los invasores y que permitió que las llanuras donde a principios de los 90 crecían los bananeros con furia juvenil, hoy tan solo sea una estepa árida y polvorienta. Es el valle del Jordán, donde hace años un chico palestino de color tostado se zambullía desde lo alto de un pedrusco a un río con cuatro o cinco metros de profundidad. Hoy, julio del 2010, tan sólo se ve un pequeño pozo en el que se pelean cientos de renacuajos por sobrevivir. Por ese lecho caminamos un rato bajo el infernal calor.
Un rato para reposar las injusticias en Jericó, comer algo típico y templar el cuerpo con un poco de té para partir al norte de los Territorios, a Nablus. Llegamos sorteando carretaras realmente imposibles, esquivando montañas por un puerto infumable, pero que a su vez suponía una atalaya con unas vistas privilegiadas del valle del Jordán. ¿A quién preguntamos si nos perdemos? Me bajo del coche y le pregunto a un tipo que casualmente está en medio del desierto parado con el coche. Me dice que todo recto. Aquí preguntas algo y siempre dicen que todo recto. Siguiendo sus indicaciones, llegamos hasta un tipo que regula el tráfico pues hay obras. Un judío de mala hostia. Como son el país ocupante, desconfían. Tienen que hacer obras en la carretera y tienen a dos tipos de seguridad con dos fusiles, uno a cada extremo del área en el que trabajan. Claro, al lado había un inmenso asentamiento judío.
Los judíos se van a esos settlements porque las casas ahí son más baratas. Los programas de inmigración de aquí son la virgen. Para poblar la maldita tierra santa trajeron a un millón de rusos supuestamente judíos. Pero se crearon mafias y a gran cantidad de mujeres las metieron a putas. Así es este maldito país.
Llegamos a Nablus y nos entrevistamos con el director de una organización que trabaja en el campo de refugiados de Balata. Es difícil seguirle el discurso porque los niños del centro gritan. Después, ya más calmadamente, un chaval nos acompaña por el campo de refugiados. Explica algo,pero con observar basta. Son 25.000 personas apiñadas, el 60% menores. Su dulzura es inceible. Si no me han dado la mano 50 niños en un día no me la ha dado ninguno. Se te acercan y te rodean, juegas con ellos al fútbol. Pero en sus angostas calles ves la mierda, la basura y las desgracias de esta gente. Tienen sus comercios y sus sistema, porque fue establecido el campo del 1951. Y desde entonces llevan allí sobreviviendo.
Hoy, y con la mayor honestidad que cabe en la vida de estas personas, no me puedo sacar de la cabeza ese verso de Neruda: "Niégame el pan, el aire/la luz, la primavera/pero tu risa nunca/ porque me moriría". Es lo único propio que tienen. Y aún tienen la valentía de regalártelo.
La ciudad de Hebrón es especialmente significativa en la sangrante pugna entre palestinos y colonos. En el centro, más de medio millar de judíos habitan desafiando a la población. Para mayor burla, ironía y demás calificativos atroces, plantan sus banderas por doquier, como diciendo "aquí estamos". Como las casas que habitan, muchas veces expulsando a sus legítimos dueños, dan a la larga galería histórica que simboliza el espíritu comercial, echan basura por sus ventanas. Así que los vendedores han tenido que poner redes en el techo de la calle para que no les caiga la mierda y las piedras que esta gente les tira.
El calor vuelve a ser asfixiante en estas tierras y cuando la brisa apenas sopla se pasa mal. La piel arde, hierve. Los ojos se irritan y el cuerpo se queda pegajoso. Para ganarle la partida a las quemaduras, uno tiene que embadurnarse de protección opaca. Y da sus frutos.
Después de recorrer el centro histórico durante la mañana y ver una vez más los escarnios que los judíos llevan a cabo, después de vomitar moralmente una vez más y ver cómo las palestinos tienen que cubrir completamente sus ventanas de redes para que los colonos no les rompan los cristales, después de que los niños que juegan por las calles te expliquen con ahínco las luchas fraticidas y que por las calles ajadas por el tiempo y la miseria israelí se mezcle la pobreza árabe y el lujo judío en forma de ultraortodoxos y Volvos, nos fuimos a Kaabna-Al-najadah, una comunidad de 700 personas en la tierra más hostil. Allí, un tipo amable nos recibió en su casa de hormigón. Sentados en unos cojines, su hijo nos trae unos tées riquísimos, a pesar de que no haya agua.
Viven en una tierra pedregosa, elevada y ondulante. El sol ajusticiaba al más mísero de los hombres, y el horizonte se confundía con el amarillo de la arena y del polvo. Aunque esta gente lleva viviendo en esta área desde antes de los otomanos, desde hace 10 años los más afortunados tienen un techo duro. Otros muchos, muchísimos, siguen viviendo bajo tiendas donde las condiciones son insufribles. Pero tiene miga el asunto, porque a pesar de ser una superficie totalmente absurda para habitarla, Israel ha dictado órdenes de demolición para esas casitas humildes. La razón es que la consideran como tierras de agricultura. Todo esto, claro, en tierras palestinas.
Junto a esta comunidad en la que los burros y los camellos abundan, está un asentamiento colono de no muchos cientos de personas. Ellos tienen casas a la europea, y comodidades y todo lujo para vivir como quieren. Les robaron el territorio a los palestinos, como otras 500.000 personas, y no pasa nada. Aunque la construcción de esas colonias ha disminuido, se siguen levantando casas en la tierra que roban. Pero no pasa absolutamente nada.
Un apunte: en Ramallah el mundial se vive con fervor. Y haber vivido la victoria de la selección desde aquí es toda una experiencia.
A los casi 40 grados que hoy apretaban en la ciudad de Belén se le sumaban 5 ó 6 más si estabas dentro del coche. Y ahí era precisamente donde tuvimos que estar más de una hora, parados, esperando a pasar el check point para entrar en territorio israelí. Los soldados, jóvenes que hacen el servicio militar, tan sólo son marionetas manejadas por un sistema atroz que aburre cada vez a más gente. Por eso estaban allí fusil en mano y órdenes en la cabeza.
A tan solo 10 minutos de ese paso, se encuentra el campo de refugiados de Ayda. Es pequeño, unos 6.000 habitantes, y llevan desde la creación del Estado isrtaelí alejados de la dignidad. Hice alguna foto curiosa y dramática, porque aunque viven en casas construidas a partir de 1975, son los fondos de la cooperación inyectados los que les acercan agua, educación y algún trabajo. Se acercó un niño para regalarnos un palo con el que estaba jugando a modo de pistola.
Las impresiones que uno se lleva son esas, la de la precariedad de las vidas de la gente, la de la violación de derechos de un país bastante odioso. Pero no pierden la sonrisa ni bajo estas condiciones. En estas pequeñas reflexiones que hago no pretendo analizar el conflicto, porque no tengo la preparación para hacerlo. Eso requiere de un bagaje del que carezco. Por eso hablo de las cosas que uno ve, de lo obvio, de que Israel viola sistemáticamente los derechos, de que machaca al palestino. Si tanto defensor de este país se acercara por aquí y viera las barbaridades que se cometen... Objetivas, no subjetivas.
En estas tierras pedregosas, y más que nunca, se evidencia el veneno que inocula la religión. Y más a estas alturas de la vida resulta difícilmente imaginable como los fanáticos se agarran a su libro sagrado para hacer lo que les salga del alma. Cuando hace dos semanas los ultraortodoxos se manifestaban situando la Torá por encima del Estado civil por las cuestiones de educación en la mezcla de sus hijos, pusieron en jaque al país. A mi eso me da repugnancia. Como, por cierto, también me lo da que los israelíes tengan ocupadas las zonas de donde se extrae el agua en áreas palestinas para su beneficio. La ironía viene cuando los propios palestinos, a los que se les roba el agua, tienen que comprar su agua a la compañía ocupante. Es de coña.
Bueno, es tarde y me voy a dormir, En una hora el maldito Imán de la mezquita de enfrente del hotel empieza a llamar a la oración. Sus cánticos se me meten en la cabeza cuando medio duermo o dormito, depende de la hora a la que me acueste, y a veces lo confundo con una pesadilla. Es horrible cuando a las cuatro de la mañana piensas que el apocalípsis toma cuerpo en tu cabeza.
Durante los próximos dos meses y pico que andaré por el mundo intentaré contar este tipo de cosas. Ni tengo el interés de analizar cada trozo de realidad que piso ni podría hacerlo por ser tantas cosas. Pero así, de esta manera, acerco visiones y observaciones, tanto de este lugar como de los próximos países a visitar.
PDTA.: hoy estuvimos con un tipo palestino al cual el ejército israelí mató a su niña de 10 años. También pasó siete años en la cárcel por tirar piedras al ejército. Ellos estaban con blindados.
Es difícil venir a Palestina e Israel y no cuestionar a Yaveh. Es imposible no sentir una responsabilidad abrumadora, una sensación de culpa que te acerca al infierno. Sería irresponsable pisar los Territorios Ocupados y no sentir la más desgarradora crueldad del mundo. Porque en estas tierras viven más de diez millones de palestinos a los que Israel les niega poco menos que el aire. Les roban las casas, se las derrumban, les confiscan la vida y les hipotecan el futuro.
Si antes de venirme tenía mis ciertas dudas, ahora se esfuman ante la más espantosa realidad de un pueblo que quiere vivir en paz, que escucha la retórica de un país prepotente y sin conciencia que les atenaza, que su razón de ser por sí es descabellada. Me pregunto cómo esta gente, que hace sesenta años sufrió un holocausto brutal, mantiene en estas condiciones al pueblo Palestino. Israel sigue colonizando los Territorios: en Cisjordania se siguen construyendo asentamientos para atraer judíos, dadas las condiciones económicas favorables de esas colonias; en Jerusalén Este los derrumban casas de los palestinos, o directamente las ocupan, expulsando por la fuerza a quien se encuentre en su interior. Y allí se quedan los muy desvergonzados, ondeando con prepotencia su maldita bandera en mitad de un barrio árabe. Para que no se los coman, Israel debidamente les paga seguridad privada.
Dando un paseo hoy por un barrio de Jerusalén Este junto con Meir Margalit, concejal en el ayuntamiento de la ciudad por un partido izquierdista abrí más la perspectiva. Estábamos enfrente de una casa en la que 10 meses atrás echaron por la fuerza a su familia legítima y lo poblaron una familia judía ortodoxa. El tipo que salía de la casa parecía un ciudadano normal, pero Margalit, con unos huevos como campanas, sin cortarse un pelo nos dijo señalándolo: “Parece una persona normal, pero es una basura humana”. Eso fue a modo de presentación.
Israel es la potencia ocupante y controla todo incluso de Palestina, desde el agua hasta ¡los movimientos del Abbas! Es decir, que para que el presidente palestino pueda salir de esta cárcel, Israel lo tiene que consentir. Hay muchas cosas odiosas en estos lugares y muy injustas. Más cuando vemos que los países emplean mucha verborrea complaciente pero que en realidad luego no hacen nada, y que Israel hace lo que quiere y no pasa absolutamente nada. Hay que ver cómo han levantado ese vergonzoso muro que incluso divide a palestinos. Es todo una mentira.
Israel es una mentira, la opinión pública está engañadísima y solo hace falta hablar con un ciudadano hebreo corriente para observar que no tienen argumentos, que les han lavado el cerebro, que no tienen conciencia. El ciudadano medio no sabe qué ocurre ni qué están haciendo a este pueblo martirizado. Pero también que las nuevas generaciones empiezan e estar hartas de vivir en un país que vive bajo tensión constante, en un país militarizado y bajo miedo. Todo esto es una maldita mentira.
La gente quiere dos Estados, incluidos muchísimos israelíes. Aquí la gente quiere tranquilidad, pero hay mucho extremismo que ejerce presión, muchos intereses estratégicos que hacen inviable esa opción, según he podido concluir después de escuchar opiniones de varias personas. Y es que Israel se queda sin razones. Para comprobarlo, uno no sale de su error. Muy al contrario. Visitando ayer el Knesset, el parlamento, fue una propagando más propia de Goebbels que de su arma recurrente: “la única democracia de Oriente Medio”.
Aquí da pena no solo por los pobres palestinos que se les niega el aire. Es que aquí corrompen cualquier derecho. Y lo peor de todo es que la gente del mundo no sabe o no quiere saber las condiciones de los palestinos. Todo es una sucia y repugnante mentira que los países más desarrollados alimentan.