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10/8/12

El espíritu de Katmandú

El humo de incienso balbucea y me acaricia la nariz mientras, a oscuras, trato de esforzarme por poner los pies en suelo firme. Llueve en Katmandú; y el reloj, extrañamente, lo he adelantado quince minutos con respecto al horario indio.Los perros no se inmutan del paso de los transeúntes, ni de las gotas enormes que caen de la chapa de los tejados al suelo. Parece que están muertos, enroscados, mirándose el ombligo: simplemente son pasotas.

Una pequeña escena de la capital de Nepal lleva tatuada un apagón sempiterno, una nube que varía (dependiendo de las lluvias) entre el polvo reseco y la contaminación y un algo que subyace en el espíritu de esta ciudad. No es una lugar especialmente colorido para darse a los paseos y respirar el aire virgen que sí pulula por las alturas. Pero en su fondo y forma guarda una química que atrae. Por ahí he leído que la definían como "el Disneyland de los mochileros". Aquí la gente llega de todas partes, por tierra o aire, con mochilas o maletas; los bares están llenos de mochileros y es fácil perderse una noche en cualquier lugar a escuchar música.

Es un lugar bullicioso, donde los locales y los viajeros comparten esa virtud de agarrarse a la vida con los dientes y una insospechada humedad trepa hasta los 1.200 metros donde está montado todo el tinglado. Aquí se formó una burbuja en los 70 donde escapar del oscuro mundo occidental, y ahora tan solo son los ecos de aquello lo que se huele. Pero aquello se esfumó, y el turismo y lo comercial se impone a cambio de una paz enlatada que conviene mejor buscarla en otros lugares del país. Pero con pensar en todo lo que me queda por vivir, vuelvo a mostrar un gesto travieso.