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19/12/12

Lo que uno quiere

Cuando la ciudad pinte sus labios de neón
subirás en mi caballo de cartón.


Una noche calurosa de hace no tantos meses, en el lírico desierto de Nevada, entre motas de luces enhebradas a través de lo imposible que perfilan Las Vegas, un tipo arrancaba los acordes de una canción que me persiguió un tiempo y que hoy resurge en mí.

Mientras tecleo a tientas, tras la niebla del cansancio en los ojos, la escucho y armo para mí tantas reflexiones que el día no da de sí para encajarlas en su estructura. Yo no sé si uno no puede conseguir siempre lo que quiere, que reza el perseguidor, aunque sí se intenta muchas veces quizá alguna vez cristalice el éxito.

Tengo que acudir al contexto de la melodía de aquellas seis cuerdas en una cálida noche americana que acabó, al amanecer, con los pies metidos en el lago del Caesars Palace y con una negociación para una fiesta extraña con gente extraña que al final no culminó. Y, al refugiarme en ese recuerdo, rueda libremente la bobina de esta historia: ¡qué libertad saber que no se puede conseguir todo lo que se desea!

Las madrugadas marginan los delirios del reloj, porque en ellas es capaz de suspenderse cualquier cosa mientras se duerme; después, pasadas las horas, se retoman los asuntos donde se dejaron al hundir la cabeza en la almohada.  Pero descender por el tiempo hasta instalarse en las profundidades de la noche con los últimos coletazos de lucidez justifica los achaques de sueño del día siguiente, con el aparejado arrastre de huesos y los ojos entreabiertos.

Por más que intensifico el control de mis interioridades, no consigo sacarle al día la paz que  extraigo de la noche. Parece que las fuerzas desplazan mi centro de concentración a partir de la medianoche, libre ya de ruidos, de ataduras, de berrinches de bebé y aullidos de gatos y algún lobo. Mañana intentaré, para sentir que he cumplido, concentrarme a media tarde. Y ya sé la respuesta: chaval, nos vemos a las doce. Uno no siempre consigue lo que quiere.

Menos mal.

30/5/12

. . .

Nos desplazábamos a oscuras, en la frontera entre la medianoche y la vigilia. Eran horas propias de secretos,  de intenciones silenciosas. Es la ventaja de los territorios nocturnos, que apedrea a la rutina y la imaginación estalla por los aires. Despreocupado entonces de todo nudo que asfixia, me vi en la encrucijada de sacar la lengua o el dedo corazón y profanar la carne del día.

Nunca fui de reservarme los buenos momentos para las multitudes; siempre creí que la soledad era más dolorosa en una discoteca que en mi habitación. Y antiguamente, cuando soñaba y lloraba en alto, aquí dejaba la correspondiente señal, como si fueran las migas que me recordaran el camino de vuelta en noches sucesivas. Pero siempre volvía por otro camino.

Eran noches de cortes de mangas, de luces y sombras, de nostalgias paralelas a una vida que no siempre estaba al alcance, de seducción, a veces logradas, otras fracasadas. Pero siempre volvía al lugar de partida, volvía a dudar de la duda, volvía a colgarme a la incertidumbre. Consecuentemente, amanecía tarde, cansado, agitado, sudoroso, con los párpados revueltos y los ojos cegados. A eso me achacan la blancura de mi piel.

Confesaré que el ánimo, que por el día decae, resurge por la noche. Es un fastidio, porque ahora por las mañanas trabajo y estoy de exámenes;  por las tardes no me concentro y al día siguiente mediomadrugo, por lo que el tiempo para estudiar me lo invento. Aun así aprobaré. Es un desafío demasiado personal como para fallarme (una vez más).

Con todo, el día, ante mí, se sigue presentando sin coartada. Quizá sea por eso por lo que tengo una inclinación predilecta hacia el invierno, las noches largas y la temperatura suave. Pero aún no estoy seguro.

Otros noctámbulos consabidos y cómplices refuerzan mis interioridades. Supongo que fue en el silencio de la noche donde tomé mis decisiones, y las próximas yanheladísimas también serán en ese escenario.

Lo que no puedo dejar de confesar, rastro de aquellos llantos y carcajadas que me picaban en la pantalla, es que en las últimas semanas me alarma la vida desabrida, a sabor de pasillo de hospital. Me tiene en jaque, con gramos de sal por sangre y una cara inexpresiva que mira todo sin ver nada.

5/4/12

Otra noche inabarcable

Sólo por la noche se vive verdaderamente con serenidad, por largo tiempo; sólo por la noche no existen las palabras que comprometen para toda la vida, ni las promesas mortales, ni las situaciones sin salida, con el breve plazo que corre y se escapa inexorablemente, y con la muerte o la vergüenza como único término y posibilidad de escape. Sí, por la noche no sucede como en la vida diurna, en la que lo que se dice una vez permanece irrevocable y convertido en ineludible promesa. Por la noche todo es libre, infinito, anónimo y mudo.

Ivo Andric, en Un puente sobre el Drina.


Mis manías, a la hora de encomendarme a la noche, vienen seguidas por una resaca que no se apaga hasta pasados unos días. Cada noche sin obligaciones me entrego a las horas que se deslizan sigilosamente hasta que se enciende un nuevo día, pero no lo saludo hasta bien entrada la mañana. Quien siga este lugar desde hace tiempo, sabrá que es un espacio noctámbulo, a veces borracho de alcohol, otras de tormento, siempre de sangre.

Aunque menos de lo extendido en el imaginario, los gatos aún cazan ratones: así atrapo lo que queda de noche cuando a ello me dispongo, cuando en el silencio de la inmensidad despejo las sombras que aún salpica el día. Debe de ser contagioso perseguir algo cada vez que se tiene la oportunidad; pero prefiero la sinceridad de la soledad a la falsa compañía de la muchedumbre, el dorado mito que alumbra la esperanza de madrugar. El nervio de la oscuridad mueve músculos congestionados a horas domesticadas.

Sí, quemo las ramas de la noche cada vez que puedo. Y bajo su copa me acuesto mirando las estrellas cuya luz se filtra. No sé si somos el tiempo que nos queda, pero, si así fuera, solo quisiera vivir al este de las doce.


Los párpados del silencio
encierran la noche incandescente
prendida en mi pecho arrepentido,
en los latidos apagados
o el reverso del espejo.
¿Quién sofoca los suspiros asfixiantes
de otra madrugada inabarcable?

Humeantes los quicios de las horas,
los latidos que no llegan
a su cita, a otro día, a otras vidas.

Humeantes los escombros
de otro fuego en las banderas de la sangre.

Somos la noche que nos queda.

8/2/11

Últimas voluntades

Se arrincona la noche
derramada en las preguntas
del tiempo.
Nostalgia de hoy,
y el vértigo desciende
por los años
al mirar qué promesas
sostienen mi existencia.
Hundido en las horas
interrogo algunas dudas postergadas
con urgencia disimulada,
pero ya sospechas del vigía
que pronuncia mis últimas voluntades,
pues siempre fueron las primeras.

12/6/10

Lo que quieras

Soledad, aquí están mis credenciales.

Jorge Drexler


Cómo crees que a estas horas se me pasa por la cabeza sostener en las manos algo serio, abrir unas tapas blandas y husmear en aventuras bíblicas. No podría soportar cantinelas de actualidad, rollos intempestivos ni ladrillos académicos aunque mi deber sea tozudo. Ya me cuesta digerir la prensa diaria como para añadir más basura al reciclaje, si es que esos temas tienen más de una vida.

Las chispa la provocaron dos voces al unísono cabalgando por unos versos de Lope de Vega que dejaron mi cara casi muda. Ahora hay una fina voz que navega por el poema 20 de Neruda, mientras la Canción desesperada descansa en mi zurda y he vomitado algún experimento por estos dedos cargados de furia y de alguna otra materia difícil de catalogar:

(...) Para qué contar los latidos por minuto, por hora,
por madrugada,
si nadie los escucha,
y aunque rompieran en llanto,
ni siquiera sabría qué reclaman:
hoy todo se mezcla en un experimento
que llaman vida,
o existencia, o cicatriz (...)

Algo así tiene cierto sentido en un contexto de rabiosa actualidad. Día plomizo, noche lluviosa, horizonte negro y optimismo famélico. Miro con disimulo el lomo de un libro de Neruda que reluce porque lo empapa la luz: parece de oro, y quizá su valor así lo sea. Cierra los ojos y que el diablo haga su trabajo, o quien esté de guardia, que digo yo que esté al tanto. "Abandonado como los muelles en el alba", reza el tercer verso de la Canción desesperada. Si además luego te ordena que hay que partir, capitán, para algo están los marineros.