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12/9/10

Aventuras vietnamitas (VII)

No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.
Requiem, de Pepe Hierro

El agobio no cesa. Al del calor del ambiente se le suma el de la gente, el de los engañabobos, los avispados que despistan al despistado, los de los mototaxis que primero te dicen 100.000 y acabas yendo por 20.000 con la mochila a cuestas y zigzagueando por las calles de Can Tho.

Total, que llego a la estación después de despedirme de Mari Cruz y Quique, mis queridos compañeros de viaje, y el boleto me recuerda que tengo asiento asignado. Y que el autobús tiene aire acondicionado, aunque luego compruebo que es una especie de vapor de agua (serán mis delirios). No es extraño que uno se alegre de que el autobús tenga esas comodidades. El que en tu billete, quien los vende haya escrito un número difuso que se asemeja a un dos, es todo un triunfo. Significa que es una autobús mínimamente serio, que tiene un horario y paradas establecidass, que llega a una hora predeterminada.

Unos días antes, llegamos a Can Tho desde Saigón, ahora llamada Ho Chi Min City. El autobús, o llámase microbús, o mejor aún, furgoneta, es de esos trastos que te ponen la música a toda pastilla (en este no había karaoke), te malsientas donde puedes y la gente fuma adentro, sube bolsas de los olores más insoportables que uno imagina. Y lo más desesperante: el tipo decide arrancar cuando el bus se llena. Esta vez no esperamos más de 45 minutos. Tuvimos suerte. Recuerdo un viaje en una furgoneta de este tipo que me llevaba desde Mbabane hasta Maputo, que estuve más de tres horas esperando sentado como un imbécil.

En las estaciones de tren de Vietnam te rondan los taxistas y te los tienes que sacudir; en los puertos te invaden las vendedoras de agua y patatas; en las estaciones de autobús, que es el trasnporte más común entre los vietnamitas, cuando el autobús (o furgoneta) está entrando, rodean los conductores de mototaxis el vehículo y echan a correr como si de escoltas se tratara. Cuando bajas, te rodean y te bombardean. Así se ganban la vida. Es el medio de transporte más accesible, más democrático y universal entre los ciudadanos dados los bajos precios.

Entre esas aventuras regateo al tipo que pretende llevarme al puerto, que finalmente me cobra cinco veces menos, y me suelta en una oficina de venta de billetes de barco. Pregunto y me cobran 15 dólares. Le digo: “Espera, voy a comprobar precios”. Hay muchos barcos que parten hacia Phu Quoc. Recorro unas cuantas oficinas y el precio es exactamnte el mismo en todos los sitios. Lo compré en una de las compañías que nombra la Lonely Planet, la biblia de esta aventura.

Esa desconfianza es la espada que hay que blandir en muchos países, incluido éste. Sino, seguramente, te descalcen en cualquier lugar que pises: hoteles, taxis, puestos callejeros, tiendas. En cualquier lugar, en cualquier momento. Agota regatear a todas horas. Y a veces uno se pregunta si pagan justos por pecadores, si no ofreces lo suficiente a costa de haber pagado demasiado en otro sitio. Pero al fin, uno recaba recuerdos y concluye: “Si no lo vale no te lo dan. Ellos no van a perder”.

En media hora embarco hacia la isla de Phu Quoc. Es una especie de isla salvaje en el Golfo de Tailandia que, de momento, el turismo no ha robado su encanto. Apenas hay asfalto, sino un polvillo rojo, y apenas está urbanizada un pedazo de la costa oeste. Es un contraste con lo vivido hasta ahora, con los impresionantes, abarratados y soñolientos mercados flotantes. Pero, imagino, será igual de gratificante.

Los trenes se van, las estaciones se quedan.
El agua se agita, las islas aguantan.
La nubes desaparecen, el cielo no.
Los coches se queman, el asfalto quema.
Los poemas se sienten, la gente no siente.
Los niños crecen, los viejos decrecen.
El mundo gira, las personas dejan de girar.
Yo me voy. Y tú no estás.

8/9/10

Aventuras vietnamitas (VI)

Envueltos en unos sacos de seda, de esos que se compran por dos dólares en cualquier tienda callejera de Vietnam y 50 euros en algún negocio de Santander, medio dormimos en un tren que nos puso en poco más de cinco horas en Dieu Trieu. Eran ya casi las cinco de la mañana y Allí, a pesar de la hora, el trajín era considerable: apostados alrededor de las vías docenas de tiendecitas rogaban la atención de los viajeros. A nosotros, extranjeros, al contrario que en cualquier lugar con un mínimo de tradición turística, no nos hacían ni caso. Para qué, ni siquiera sabían decir una palabra en inglés.

Al pasar la puerta de la estación de tren, los taxistas, ávidos de trabajo, revoloteaban como lo hacen las abejas alrededor de la miel. Nuestro destino era Quy Nhon, donde estamos ahora, y esto está a un puñado de kilómetros. Finalmente, tras regatear al taxista, hacer el amago de irnos y llegar a un acuerdo, llegamos, para ser testigos de una realidad en forma de postal: el sol se levantaba por el mar, mientras las palmeras del paseo se estampaban en ese cielo rojizo que lucha por dominar. A los pies de las palmeras, decenas, cientos de personas haciendo tai chi.

Veníamos de Hoi An, uno de los pueblos con más encanto que estos ojos han presenciado. Al margen de lo variado, exquisita y económica comida -ayer cenamos tres personas hasta casi estallar por menos de 200.000 dongs, menos de 8 euros-, pasearse por las márgenes del río o perderse por el mercado que venden lo que quieras, Hoi An guarda bastante historia. Porque aquí las sucesivas guerras de este siglo no arrasaron la ciudad; así se mezclan las casas coloniales francesas con edificios históricos de hace tres siglos. Cenar al filo del agua, con los farolillos rojos reflejándose en el agua, es digno de cualquier sueño.

A pesar de ser una ciudad no muy poblada, existen 500 sastres que materializan tus deseos en 24 horas a precios de risa. Nosotros nos dejamos tomar las medidas para después encargar, con las telas que quisimos y los caprichos que dispusimos, algo de ropa. Creo que podremos presumir de tener abrigos únicos, porque los hicimos al gusto. Nadie en este mundo llevará la misma ropa que nosotros. Y todo a precios de ganga.

En cualquier sitio de Vietnam, ni que decir tiene la capital, se puede comprar la misma ropa que compramos en España por precios de risa. De escándalo, que dice El Corte Inglés. Pero aquí el escándalo es de verdad, y aún así ganan dinero. Uno se da cuenta, estando aquí y paseándose por alguna tienda, que en esos mundos de Dios que llamamos desarrollados o avanzados, nos engañan demasiado. Se quedan con nosotros.

Veamos: por un abrigo hecho a medida con las mejores telas que tú eliges, con las mejores lanas y estampados a capricho, hemos pagado 40 dólares. Perfectamente Gucci podría poner su etiqueta y cascarte 400 euros -¿o quién creéis que fabrica para esas marcas?- Ya le gustaría a marcas más modestas pero que lo vende a precios no tan altos obsequiar con esa calidad.

Algo ya de marca, como es una mochila grande (North Face) que en España no pagas menos de 140 euros -la misma, la que luego por llevarla a España se multiplica el precio por 10- la conseguimos por 15 dólares.

En Oklahoma empecé a leer -es cierto, con premeditación- la obra maestra de Steinbeck, Las uvas de la ira. Aquí, en Vietnam, por puro azar, por una maldita coincidencia, en mis manos ha caído Patas arriba. La escuela del mundo al revés, un libro que aunque con dosis concentradas de opinión, quizá de prejuicios, da cuenta de la perversa realidad, de los mundos en desarrollo -víctimas de la globalización- y todas esas características que esbozan a los habitantes del Planeta Tierra -corrupción, maldición, banqueros, sinvergüenzas varios y demás cómplices-.

Arrastrándose por estas tierras alargadas las conciencia trabaja, porque hemos sido educados en un mundo superior, ignorando que esta gente ya tenía universidad cuando en España aún no se había empezado a quemar a la gente por pensar de manera diferente.

Pdta.: para los interesados, los tres jinetes cabalgamos hacia el sur con las herraduras intactas. Sin problemas. Un abrazo.

3/9/10

Aventuras vietnamitas (IV)

Y nos dijiste: "permítanme,
voy a quedarme cinco minutos,
cinco minutos, los que me quedan,
y olvido el luto,
cinco minutos,
cinco y no más".

Cinco minutos, de L.E. Aute

Mientras el viejo tren de la Reunification Express avanzaba por su sendero de hierro, tres jóvenes de edad diferente y de sueños variados poníamos en común miles de palabras. Luego, cuando se consumía la noche y comimos no más que unas frutas desabridas, compartimos los respectivos libros que llevábamos. Quique cayó pronto; Mari Cruz devoró 170 páginas de su Dolor de la guerra; yo aguanté un poco más y le di un buen bocado a Galeano, que le arranqué casi 180 a la luz de una leve luz azul y envuelto en el traqueteo incesante del vagón.

Los trenes viejos, de maderas nobles que un día tuvieron algo que decir, tienen ese misterio romántico y nómada que conviene –mucho más a estas edades- experimentar. Era el caso de este viaje de olor añejo que atravesaba toda la madrugada y nos lanzaba, como de un vómito placentero, a Hue, capital del país durante siglo y medio, hasta que cayera la dinastía Nguyen y empezara el caramelo francés y americano.

Y así, descenciendo entre campos del sudeste asiático, entre milenios de historia desconocida en lo que llaman el mundo desarrollado y un abrigo de sudor, la imaginación se funde con los deseos para fabricar una realidad futura. Hay lugares que facilitan esa tarea; también hay situaciones que alivian el bochorno de la rutina. Un viaje así, saltando de unas incertidumbres a otras, hace de comodidad relativa para unir esas dos materias. Henry David Thoreau se largó a la laguna Walden dos años: allí no dejó de leer a los clásicos, a escribir y a contemplar la belleza natural. Era capaz de describir su relación con un somormujo como si fuera una amante; relataba cada elemento de su alrededor con tal pasión literaria que a uno le da vergüenza escribir. Recientemente descrubrí a otro bohemio, Matsuo Bashô, quien caminó por todo Japón y que cuando pudo fugarse al campo lo hizo para escribir y reflexionar.Y en sus haiku, poemas breves de tres versos, aprisionaba toda la furia que pocos consiguen concentrar en todo el papel del mundo.

Hay quien encuentra el placer entre el murmullo de la gente, quienes lo buscan en la más estricta soledad: pero la mayoría de personas no lo plantea, sino que directamente pasa por los días con la misma naturaliad que se arranca una hoja del calendario. Por eso, Galeano recurre a un mito en Colombia para enseñarnos a vivir: hay una historia en la que se dice que al infierno van de cabeza quienes no han vivido con pasión. Hay aque apurar cada trago de vida como si fuera la última gota de agua a las puertas del desierto.

Estas oportunas reflexiones se hace uno cuando el reloj despistó hace horas al sueño y el amanecer se acerca con su habitual traje de luces. Y cuando en un extraño pueblo de Vietnam no se escucha más que un ventilador en la pared y el eco de estas palabras, que de manera machacona viven en mi mente. Hallar fuera de esos pensamientos una forma de vida sería un descubrimiento, aunque a día de hoy no conozca, ni siquiera en el mundo ficticio, una manera más realista de soñar. Cada segundo de existencia quizá viole la, para muchos, inquebrantable realidad. Pero es que a veces olvidamos que esa realidad es aquello que queremos vivir. En España o en Vietnam, las reglas son las mismas y los deseos solo varían lo que me separa ahora de mi hogar: las ganas de aprender a vivir.

1/9/10

Aventuras vietnamitas (III)

Vuelve el calor a derretir todo cuando rodea, vuelve la humedad a debilitar a cualquiera mientras los litros de "bia hoi", una fresca cerveza vietnamita, caen sin compasión. Teniendo en cuenta que la jarra, que solo se beben en puestos callejeros, cuesta 4.000 dongs (unos 17 céntimos de euro) y aquí se suda descontroladamente, tampoco la conciencia tiene que aguantar mucho.

El día de hoy tuvo unas cuentas horas de viaje para regresar a Hanoi. Pensábamos que la brutal humedad de estos días era propia de lugares más cercanos al mar, pero nuestras teorías poco tienen que decir ante esta horneada realidad. Si Hanoi mantiene aún esa esencia oriental de larga tradición, la bahía de Halong no ha resistido los embates del turismo masivo: sus aguas están repletas de barcos que pasan el día y la noche con, como dice Quique, hordas de turistas. No es que acabe con el encanto de ese lugar, pero si le resta mucha autenticidad. Aún así, esa maravilla natural es necesaria.

Tras un par de meses por lugares tan extremadamente diferentes la mezcla de sensaciones conviene reposarlas y asumirla: para que deje poso, para que la conciencia se relaje, para ajustar cuentas con las realidades, a veces espantosas, a veces irónicas, otras ni se sabe; porque antes de volver a partir es necesario hacer cosas que la vida del viajero no permite. De leer aquello que dejamos medioempezad, de retomar aquellos estudios que dejamos colgados, de disfrutar con personas, con noches con aroma a café y poder respirar tranquilidad que permita escribir sobre algo más estricto que lo que aquí tecleo, que aunque alimenta la imagiación, aún no está digerido para materializarlo en letras.

Por lo pronto, mañana cogemos un tren nocturno a Hue. Supongo que, si tengo internet a mano, siga escribiendo algo. Si os apetece, en estsos oscuros territorios nos encontraremos.

31/8/10

Aventuras vietnamitas (II)

Este camino
ya nadie lo recorre
salvo el crepúsculo.
Matsuo Bashô

No es el pueblo vietnamita especialmente agradable con el extranjero. Hay algo en su composición que les niega echarte una sonrisa o simplemente devolverte un saludo o un gracias. A saber... Pero mientras sus caras a veces congeladas se mantienen así, como petrificadas, a alguno, de vez en cuando, le da por ser amable. Pero aquí no es demasiado común.

Esa era una de las conversaciones que ayer, hasta las tres de la mañana, tuve con Mari Cruz en la cubierta del barco en el que dormimos en mitad de la Bahía de Halong. A algo más de 150 kilómetros de Hanoi, este paraíso dibujado por algún sueño loco, guarda lo más descabellado y encantador de lo místico. Sus 3.000 islas parecen talladas por el deseo del más soñador de los poestas. Sin embargo, los vietnamitas lo atribuyen a una leyenda. Y el dragón protagonista de ésta, dicen, sigue habitando las aguas. Pero de momento, a pesar de que ayer nos estuvimos zambuyendo en mitad de la bahía, no hemos hayado sospechas de su existencia.

Los atardeceres en esta belleza natural, reservado al lugar más sagrado de los placeres, supongo que tenga escasos rivales en todo el mundo. Clavar o barrer con la mirada el reflejo del sol anaranjado en las mansas aguas, mientras una pequeña barca pesquera interrumpe con un motor sonoro, que parece que se ahoga, que retumba en medio de la paz; esperar a que la oscuridad oculte el peñón más cercano y en el cielo empiecen a arder estrellas por miles. Porque aquí no llega ni el murmullo del trajín que se respira en las ciudades, ni por asomo se imagina que las nubes de humo de Hanoi existen: tan solo paz y naturaleza.

Acariciando ya finales de agosto, el chapuzón de hoy fue, cómo no, inevitable. En una pequeña isla cercana a Cat Ba, desde donde ahora aporreo el teclado y me derrito a pesar de que la noche cayó hace horas, fue casi con total seguridad la mayor de las dosis de placer diario. La humedad es agotadora, derrite. Qué mejores razones para no salir del agua que el calor.

Poco a poco pisamos territorio vietnamita y nos mezclamos con locales. Mañana regresamos a Hanoi para pasar la fiesta nacional de independencia allí; después, el miércoles noche bajaremos en tren hasta Hue, antigüa capital imperial. Aún aguardan semanas de viaje por estas tierras. Algo contaremos desde un país demasiado diferente, enriquecedor, variado y apasionado como para no mantener al filo de los sentidos cada sensación, cada aroma, cada capricho de la imaginación.

29/8/10

Aventuras vietnamitas (I)

Las calles de Hanoi son todo lo contrario a lo que concebimos en el mundo occidental: una humedad asfixiante, miles, millones de motos rebosando las calles, mucha locura, restaurantes callejeros, variedad insospechada de olores, tiendas de ataudes al lado del mercado de frutas... Y aquí, tres cántabros recorriendo la capital de Vietnam, pisando un país con bastantes tintes democráticos -el que yo pueda escribir en este blog tiene algo que ver....- y casi muriendo de risa a cada paso.

Los dos días que llevamos en el antigüo Vietnam del Norte se han estirado mucho, y aunque volveremos en tres días y más adelante, en alrededor de dos semanas, una ciudad como ésta agota. Es un bullicio que mata, que agota. De ahí que ya mañana nos retiremos por tres días al remanso que la naturaleza creó en Halong. Después de eso, regresaremos a Hanoi un par de días para vivir aquí el día de la independencia, que es el dos de septiembre. Después iremos bajando hasta Saigón poco a poco.

Una reflexión inevitable es la de pensar por qué en España, incluso en Europa, no existen héroes nacionales como en infinidad de países. Aquí en Vietnam, Ho Chi Min es un tipo venerado y lugar de peregrinación de vietnamitas. No hay más que darse un garbeo por su mausoleo, un imponente edificio de mármol que va incluso en contra de la voluntad de éste, quién dijo que quería ser incinerado, para apreciar el amor a la patria, a la historia y al espíritu de un país que ya tenía su Universidad (siglo XI) mucho antes de que se creara en Palencia, Alcalá de Henares o en Salamanca; donde sus templos y pagodas, más quizás las primeras que las segundas destellan sabiduría, y que su complejidad religiosa (tienen una especie de triple religión conjunta) resulta súmamente aleccionadora. Confunfio aquí tiene mucha cabida, y esa corriente filosófica se nota. Estados Unidos tiene su Lincoln, Venezuela su Bolivar, Uruguay su Artigas y Zimbabue tuvo a su hoy tirano Mugabe. España, tan acostumbrada ella al complejo, tiene tímidamente a Daoíz y Velarde, venerados a pequeñita escala por cuatro enterados. ¡Cómo imaginar un lugar sagrado para nuestros héroes nacionales! Eso, diría algún resabido, es fascismo, aunque entonces no existiera aún el concepto...

Vietnam ha pasado de ser un país comunista a una república socialista. Pero es imposible que un país que no puede borrar la huella de un pasado reciente macabro se desprenda de las consideraciones izquierdistas. No es difícil dar dos pasos sin inmutarse de que estás en una nación que lleva ese collar. Como tampoco es difícil comprobar que es un estado cañero, que emite una publicidad propia de un mecanismo así: la prensa no es libre, afiliarse al Partido Comunista da muchas ventajas... Dicen que aquí no hay censura, sino autocensura.

Los visitantes creo que se van contentos de un Estado como éste. Pero sobre todo la mayor de las ventajas es que aún se puede disfrutar de un lugar al que el turismo internacional no ha acabado de aterriozar con todo su armamento. Y eso se agradece, pues ver occidentales por las calles de Hanoi no es la norma. Quizá todavía sea pronto para juzgar, pero hasta hoy hay que cruzar los dedos para que esta tendencia genuina se mantenga.

13/7/10

Sensaciones palestinas (VI)


 ...y sentía una desconfianza impropia de su edad hacia todo lo que resultara trivial, fácil o vulgar. 

– F.S. Fitzgerald, en Suave es la noche


En unos extraños momentos más propicios a buscar cobijo que andar deambulando, me devoró cierta curiosidad. Pasto de unas insaciables ansias por retener en la memoria cuanto más mejor, enfilé la calle principal que me condujo a la fuente de Al-manara. Allí, en pleno mediodía, en el corazón de la semana, se observa como hierven las calles de Ramallah. Me colé en el mercado de verduras y me pitaban los oídos de tanto ruido, de tanto trajín propio de estas culturas.

 Aunque el tráfico es lentísimo, no tiene nada que ver con lo que ocurrió la noche del sábado. Regresábamos de la playa de Tel Aviv y en el check point de Qalandia, a las puertas de la capital de la AP, hubo que esperar casi dos horas. Cisjordania o West Bank está rodeada por un muro. No solamente Gaza vive en una prisión. Aquí los palestinos sólo pueden salir si tienen permisos especiales. Aún cuando tienes permiso o eres internacional, el chequeo muchas veces es exhaustivo: los militares piden pasaportes, registran y hacen preguntas.

Lo más sangrante sucede en ciudades como Qalqilia, que está estrangulada por el muro. Son estrategias israelíes, que comen territorio palestino más allá de las líneas verdes, que son las fronteras que se acordaron después de la primera guerra árabe-israelí. Pero el estado judío ha construido el muro más adentro de esas líneas, robando a los Territorios cerca de un 10% de su tierra y separando, dentro de Palestina, a más de 10.000 personas. En alguna áreas, se han introducido hasta 22 kilómetros. Resulta que son zonas estratégicas por su fuentes de riqueza.

En Belén, cuna de Jesucristo y monumento al negocio -después de la ciudad vieja de Jerusalem- el muro también hace estragos. Y no sólo estéticamente. A las personas se les amputa su derecho a moverse dentro de su espacio vital. Israel alega así que los terroristas no pueden pasar a Israel y volarse por los aires con los que se encuentren por su camino.

Son demasiadas sensaciones las que a uno le surgen. Y la incomprensión se queda muy huérfana. Desolada la razón ante tanto absurdo, tanta inventiva afilada a base silencio. Aquí, en esta zona que dicen que es un polvorín, reina la tranquilidad la paz… El muro rebosa pintadas de libertad, de lucha, pero eso no nada importa. Las peleas son desproporcionadas. Y la maldita realidad es que los israelíes, al margen de consideraciones, reclaman estas tierras porque hace 3.000 años existieron las dinastías de Salomón y David…

Todo se reduce a una historia que en manos de estos fanáticos resulta peligrosísima, pues consideran a su libro sagrado por encima de la ley civil. Si además, uno se da una vuelta por aquí y ve como a los palestinos les derriban las casas, les roban el agua, les usurpan territorio, les masacran, les niegan la movilidad y aún nadie dice ni hace nada; hablas con palestinos y su discurso es razonable, sus exigencias –aunque Arafat rechazara alguna oferta tentativa- flexibles y su única reivindicación, más allá de banderas y territorio, son derechos civiles y humanos (es la posición de la Oficina de Negociaciones de la OLP), entonces se da cuenta de que Israel es el perfecto canalla que siempre sale impune. Imagen que se agiganta al escuchar a los políticos israelíes, derechizados hasta el infierno y bastante repugnantes.

El silencio y la complicidad del mundo entero provocan esto. Europa condena pero no actúa y Estados Unidos, que hace de vedette de ceremonias, tan sólo pone la cara pero nunca se ha logrado nunca. Se sigue permitiendo que se lapide cada derecho de cada palestino, que la mitad de la población se halle bajo el estatus de refugiado. Israel se niega a absorber a refugiados, que suman más de cuatro millones.

Por estas cosas y un millón más a veces a uno no le interesa lo más mínimo el fútbol, porque hay más cosas en las que pensar. Y porque como a Rosemary, la joven actriz de la novela de Fitzgerald, no me interesa lo superficial.

8/7/10

Sensaciones palestinas (III)

La ciudad de Hebrón es especialmente significativa en la sangrante pugna entre palestinos y colonos. En el centro, más de medio millar de judíos habitan desafiando a la población. Para mayor burla, ironía y demás calificativos atroces, plantan sus banderas por doquier, como diciendo "aquí estamos". Como las casas que habitan, muchas veces expulsando a sus legítimos dueños, dan a la larga galería histórica que simboliza el espíritu comercial, echan basura por sus ventanas. Así que los vendedores han tenido que poner redes en el techo de la calle para que no les caiga la mierda y las piedras que esta gente les tira.

El calor vuelve a ser asfixiante en estas tierras y cuando la brisa apenas sopla se pasa mal. La piel arde, hierve. Los ojos se irritan y el cuerpo se queda pegajoso. Para ganarle la partida a las quemaduras, uno tiene que embadurnarse de protección opaca. Y da sus frutos.

Después de recorrer el centro histórico durante la mañana y ver una vez más los escarnios que los judíos llevan a cabo, después de vomitar moralmente una vez más y ver cómo las palestinos tienen que cubrir completamente sus ventanas de redes para que los colonos no les rompan los cristales, después de que los niños que juegan por las calles te expliquen con ahínco las luchas fraticidas y que por las calles ajadas por el tiempo y la miseria israelí se mezcle la pobreza árabe y el lujo judío en forma de ultraortodoxos y Volvos, nos fuimos a Kaabna-Al-najadah, una comunidad de 700 personas en la tierra más hostil. Allí, un tipo amable nos recibió en su casa de hormigón. Sentados en unos cojines, su hijo nos trae unos tées riquísimos, a pesar de que no haya agua.

Viven en una tierra pedregosa, elevada y ondulante. El sol ajusticiaba al más mísero de los hombres, y el horizonte se confundía con el amarillo de la arena y del polvo. Aunque esta gente lleva viviendo en esta área desde antes de los otomanos, desde hace 10 años los más afortunados tienen un techo duro. Otros muchos, muchísimos, siguen viviendo bajo tiendas donde las condiciones son insufribles. Pero tiene miga el asunto, porque a pesar de ser una superficie totalmente absurda para habitarla, Israel ha dictado órdenes de demolición para esas casitas humildes. La razón es que la consideran como tierras de agricultura. Todo esto, claro, en tierras palestinas.

Junto a esta comunidad en la que los burros y los camellos abundan, está un asentamiento colono de no muchos cientos de personas. Ellos tienen casas a la europea, y comodidades y todo lujo para vivir como quieren. Les robaron el territorio a los palestinos, como otras 500.000 personas, y no pasa nada. Aunque la construcción de esas colonias ha disminuido, se siguen levantando casas en la tierra que roban. Pero no pasa absolutamente nada.

Un apunte: en Ramallah el mundial se vive con fervor. Y haber vivido la victoria de la selección desde aquí es toda una experiencia.

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